Celosía y lluvia. Veo la plaza a través de la contraventana. El viejo restaurante donde comen jinetes y princesas. La muralla medieval que emergió de improviso entre los escombros y huele a orina las mañanas de los lunes. La ventana por donde escupe ruidosa y vigorosamente un anciano casi centenario. Este banco de piedra donde sólo el musgo se sienta. El balcón desde el que ladran a menudo esbeltos perros de caza. La pátina de orbayu sobre el empedrado. Y ese cielo detenido a escasos centímetros de los aleros que parece apenas una claraboya de cristales sucios. Sé que al fondo también anda el mar. Que bate al lado mismo de la iglesia. Pero aunque oigo las campanas cuando dan las horas, no me llega nunca el ruido de los oleajes.
miércoles, octubre 29, 2008
martes, octubre 28, 2008
Dudas
No son las dudas sino sabuesos que azuzamos tras presas muy astutas de carnes siempre escasas.
sábado, octubre 25, 2008
Algunas imágenes inolvidables
A C.Si inventariase los recuerdos
más dulces de tu cuerpo
salvaría sin duda aquella risa primera
que aún guardo en la memoria
abriéndome en dos el pecho.
Si quisiera dibujarte
en el escorzo con que el tiempo
modela los deseos,
tus piernas calzarían
la noche hasta los muslos
y en la hendidura misma del alba
se ocultarían tus dedos
como sierpes tenaces
reptándote la dicha.
(De entre las acuas)
jueves, octubre 23, 2008
Mirada interior
El tiempo que les dedicamos a los otros puede enriquecernos o pudrirnos. Nos hace mejores cuando es entrega generosa, admiración o consuelo. Nos envilece, en cambio, cuando alimenta la murmuración o nos enfanga en la envidia. Males estos que se vuelven a menudo más tercos con la edad, con la deriva infeliz que toman tantas veces las vidas. Reconocer que casi nada fue al fin como quisimos genera un resentimiento que nos roba alegría y, sobre todo, tiempo; que nos pone en una desasosegante alerta, recelosos de quienes nos rodean, peligrosamente vengativos respecto de la dicha ajena. Por ello, a medida que se envejece, suelen volvérsenos más crueles los tiempos muertos, el ocio y la soledad. Eso que a veces se descalifica como aburrimiento. Porque entonces no sólo somos conscientes de la rapidez con que mengua el resto de nuestros días, sino también porque a la vez se nos abren las carnes en canal, la entraña misma de aquello en lo que, para bien o para mal, nos hemos ido convirtiendo. A esa umbría palpitante y viscosa sólo llega la mirada introspectiva en el silencio y a solas. Y cuando se tiene el cuajo suficiente.
martes, octubre 21, 2008
Heterónimos
Los heterónimos son ángeles caídos sobre cuya tumba Dios siempre mantiene flores frescas.
jueves, octubre 16, 2008
Cartas desde Selva
Cartas desde Selva es una selección de la correspondencia mantenida por Avelino Hernández en los últimos seis años de su vida, los que transcurrieron en su retiro mallorquín. No pretendiendo ser un libro mayor —no hay en estas cartas una primordial intención literaria—, su prosa desnuda, sincera y contagiosamente animosa atrapa la más noble atención del lector. Lo pone en la pista de una biografía singular, la de un escritor al que le apasionaba su trabajo, pero al que sobre todo le podía la amistad y la vida. Un tipo valiente que en 1996, con ya más de cincuenta años, deja la seguridad de sus trabajos administrativos y de su residencia urbana por un lugar en el Mediterráneo donde dedicarse a lo que verdaderamente le importaba, disfrutar de la vida en la compañía de su mujer Teresa Ordinas, escribir y navegar. El pueblo elegido fue Selva, en la ladera sur de la Tramontana mallorquina. Poco más de mil habitantes. Allí se hacen con la casa que fuera de María Stomnichka, una polaca de origen judío, nacida en 1910 e hija de terratenientes, a la que las guerras y los exilios la hicieron recorrer Europa hasta que recaló en la isla tras contraer matrimonio con un diplomático inglés pobre y muy educado. Desde lo que fuera la casa de esta mujer de vida azarosa escribió incansable Avelino Hernández a un montón de amigos y familiares. Va contándoles las pequeñas cosas de su vida, de su huerto, de su jardín, del paisaje y de la mar a la que regularmente acude a bordo de un llaut. Asistimos, al tiempo, al entusiasmo con que habla de los textos que escribe y que van poco a poco teniendo acogida en las editoriales. Libros de narrativa infantil, novelas, poesía. Y nos conmueve la compañía alegre y querida de su mujer Teresa, que intermitentemente aparece en todo cuanto emprende, intuyendo el lector que es ella siempre partícipe jovial y laboriosa de todas las dichas y de todas las empresas. A Teresa incluso le dirige una de las cartas: “Todo es azul en la isla: el cielo, el mar, las montañas, el humo que sube de las hojas del otoño quemándose al atardecer… Sólo en la horabaixa el horizonte se llena de todos los colores. Tu también eres azul y cada día te llenas de todos los colores”.
Pero de repente, esa dicha apacible que ambos disfrutan en Selva se ve sombríamente amenazada por la irrupción de una enfermedad terrible. En una carta tan precisa como estremecedora, Avelino Hernández le cuenta el 29 de mayo de 2002 a Carina Pons, de la Agencia Literaria Balcells, lo que sigue: “Querida Carina. Te voy a contar un asunto que me/nos a llevar a tomar algunas decisiones. Tengo cáncer de riñón, maligno, con metástasis varias por ahí dentro. Francamente feo, estadísticamente, meses –me han dicho. Lo supe hace una semana”. Avelino Hernández murió en julio de 2003. Pues bien, hasta entonces, aun bregando con el mal y con la terapia agresiva con que lo combatió, tuvo ánimo suficiente para escribir, oír música (“los viejos cantantes que nos dieron alas y ahora nos dan nostalgia”), leer, proyectar libros, ordenar sus cosas por si acaso y disfrutar de todo lo que la isla le ponía al paso: “hemos cogido la primera cosecha de vino en la plantación nueva de unos amigos; hemos recogido la cosecha de almendras, pendientes de elaboración en casa y de, en su momento, hacer el turrón; está en la bodega, aliñada, la cosecha de olivas del año, queda hacer el aceite. Y ahora mismo, en cuanto suelte el ordenador, está ahí al lado Teresa esperándome para una sesión más de la tradición que llamamos ´Los viernes se va a los puertos`. La iniciamos al llegar a Mallorca; cada viernes nos íbamos a comer y a pasar la tarde, viernes a viernes y uno a uno, en todos los puertos de la isla. El recorrido de hoy es bellísimo: Orient, un pueblecito precioso, el más alto en la montaña de la Tramontana, y la mansión renacentista de Raixa”. En esos años insulares, hubo para Avelino Hernández, en el modo en que afrontó su existencia, antes y después de conocer la enfermedad que terminó llevándoselo, varios referentes literarios a los que alude en algunas de sus cartas. Horacio le puso en la pista de cómo debía ser aquella estancia en Selva: “Dichoso el que, alejado de los negocios / cultiva la tierra con sus manos / no le sobresalta el ánimo la ambición del éxito / y rehuye el foro, las puertas de las ciudades demasiado poderosas”. Li Po fue un referente vital: “Es un tipo que me va. Materialista, amante de la naturaleza, el gozo, el vino y los amigos, y socialmente comprometido”. Y, por último, tuvo siempre presentes las citas de Gil de Biedma: “ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra”, y de Oscar Wilde: “hay que poner la inteligencia en la vida, y si algo sobra, aplicarlo al arte”.
Esta recopilación de cartas muy probablemente sea para quienes lo trataron más que el libro de un escritor conocido, el registro de la voz más natural de un amigo, la de su conversación, la de la confidencia, la del aliento. Para los demás, los que hemos llegado casualmente a sus páginas, el testimonio de un hombre que se empeñó en vivir por encima de cualquier otra cosa, y que lo hizo, digno y entusiasta, aún en los trances más difíciles.
Pero de repente, esa dicha apacible que ambos disfrutan en Selva se ve sombríamente amenazada por la irrupción de una enfermedad terrible. En una carta tan precisa como estremecedora, Avelino Hernández le cuenta el 29 de mayo de 2002 a Carina Pons, de la Agencia Literaria Balcells, lo que sigue: “Querida Carina. Te voy a contar un asunto que me/nos a llevar a tomar algunas decisiones. Tengo cáncer de riñón, maligno, con metástasis varias por ahí dentro. Francamente feo, estadísticamente, meses –me han dicho. Lo supe hace una semana”. Avelino Hernández murió en julio de 2003. Pues bien, hasta entonces, aun bregando con el mal y con la terapia agresiva con que lo combatió, tuvo ánimo suficiente para escribir, oír música (“los viejos cantantes que nos dieron alas y ahora nos dan nostalgia”), leer, proyectar libros, ordenar sus cosas por si acaso y disfrutar de todo lo que la isla le ponía al paso: “hemos cogido la primera cosecha de vino en la plantación nueva de unos amigos; hemos recogido la cosecha de almendras, pendientes de elaboración en casa y de, en su momento, hacer el turrón; está en la bodega, aliñada, la cosecha de olivas del año, queda hacer el aceite. Y ahora mismo, en cuanto suelte el ordenador, está ahí al lado Teresa esperándome para una sesión más de la tradición que llamamos ´Los viernes se va a los puertos`. La iniciamos al llegar a Mallorca; cada viernes nos íbamos a comer y a pasar la tarde, viernes a viernes y uno a uno, en todos los puertos de la isla. El recorrido de hoy es bellísimo: Orient, un pueblecito precioso, el más alto en la montaña de la Tramontana, y la mansión renacentista de Raixa”. En esos años insulares, hubo para Avelino Hernández, en el modo en que afrontó su existencia, antes y después de conocer la enfermedad que terminó llevándoselo, varios referentes literarios a los que alude en algunas de sus cartas. Horacio le puso en la pista de cómo debía ser aquella estancia en Selva: “Dichoso el que, alejado de los negocios / cultiva la tierra con sus manos / no le sobresalta el ánimo la ambición del éxito / y rehuye el foro, las puertas de las ciudades demasiado poderosas”. Li Po fue un referente vital: “Es un tipo que me va. Materialista, amante de la naturaleza, el gozo, el vino y los amigos, y socialmente comprometido”. Y, por último, tuvo siempre presentes las citas de Gil de Biedma: “ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra”, y de Oscar Wilde: “hay que poner la inteligencia en la vida, y si algo sobra, aplicarlo al arte”.
Esta recopilación de cartas muy probablemente sea para quienes lo trataron más que el libro de un escritor conocido, el registro de la voz más natural de un amigo, la de su conversación, la de la confidencia, la del aliento. Para los demás, los que hemos llegado casualmente a sus páginas, el testimonio de un hombre que se empeñó en vivir por encima de cualquier otra cosa, y que lo hizo, digno y entusiasta, aún en los trances más difíciles.
martes, octubre 14, 2008
Crisis
Que le den por la popa a Samaniego. Las fábulas son una sarta de mentiras bienintencionadas. Está uno en estos tiempos para pocas moralejas. Quién no quisiera que se cumpliera el final edificante de esas parábolas y que los codiciosos pagaran ahora su codicia, y los soberbios, su soberbia. Que los pringados levantaran la cabeza. Y sin embargo… Todos estos hijos de la gran siete que te miraban por encima del hombro cuando se les pedía una hipoteca, cuando llegabas ahogado en busca de un crédito, cuando te lamentabas porque no tenías para terminar el mes. Todos estos sacamantecas que se pasean con bemeuves, trajes bien planchados, corbatas de colorines y zapatos sebago. Que van al gimnasio a desestresarse y cenan los sábados en restaurantes de moda. Que te ponen cara de asco porque eres un mierda que gana lo justo para pagar casa, comida y colegios. Que saben de economía la hostia. Que te dicen que hay que flexibilizar el mercado de trabajo. Que el servicio debe ser sudamericano porque resulta más barato y disciplinado. Que tienen una casa en el campo y unos niños pijos de cojones. Todos estos hijos de puta no sabían que esto iba a irse a la mierda, que todo este tinglado que tienen montado era más palafito que foster, no tenían ni puta idea de economía, ni de mercados, ni de bolsa, ni de nada y han resultado ser un hatajo de chulos ignorantes que viven como dios y del cuento, y a los que ahora, con los ahorros de los curritos que ellos desprecian, les van a salvar el culo y la buena vida. Para que sigan riéndose de todos nosotros. Para que sigan mirándonos como a la mierda. Esto no es una fábula moral de Samaniego. Esto es la puñetera realidad.
domingo, octubre 12, 2008
Rescoldos

Ya otoño y aún hoy ha sido generoso el sol y el cielo azul. Este amanecer fresco, pero tan claro que no hay en él atisbo alguno de sombra, nos echa pronto al camino. Llegamos a Toranda cuando está aún la playa casi desierta. Cuando hollar descalzos una arena tan fina es como explorar un planeta que la marea hubiera descubierto de pronto al retirarse. Tendido en ese lecho tibio escribo apenas unas líneas mientras mi hijo y mi mujer pasean por la orilla. Los veo detenerse por un instante. La bajamar ha dejado un pez de plata muerto a sus pies. Una muchacha vuela una cometa por encima de las pequeñas olas que lamen el arenal. Todo lo que alcanzo con la vista es de repente como un trozo de vida que anduviera cobijado al calor de las brasas últimas del verano. Estos días son ese resplandor quedo del fuego casi extinguido. La muerte del pescado. La vida del cometa. Esas dos siluetas queridas que se alejan conversando. El mundo entero me cabe en el cuenco de esta playa donde apuro las hojas de un cuaderno, los rescoldos de una estación.
jueves, octubre 09, 2008
domingo, septiembre 28, 2008
Llanteiro (carta)
Querido amigo, sabes que te leo a menudo, que intuyo que esos ejercicios de bitácora que practicas, ese continuo hacer dedos, no busca sino soltura en eso que llaman literatura, una ilusión que, a mi juicio -ya hemos hablado de ello-, siempre has sobrevalorado. Eso sí, he de reconocerte al menos que hay entradas en las que hasta aciertas con lo que se necesita para hacer de unos renglones algo más que un apunte. Sabes bien qué condiciones se requieren para ello, sobremanera cuando se escribe para los demás y éstos se pretenden muchos. Se debe encontrar, sobre todo, un buen principio -siempre los jodidos buenos principios-. Y hay que desarrollarlo hasta alcanzar un desenlace adecuado, un puñetero e imprescindible final. Porque la literatura ha necesitado durante siglos de finales, de felices o infelices finales, de piezas exactas con las que concluir sus rompecabezas. Ha precisado de esos finales justamente cuando la literatura decía imitar la vida. Qué gran mentira. El único final que la vida conoce es la muerte. Y no siempre la muerte remata la obra literaria. En realidad las tragedias han sido las más fieles con la vida. Yo te escribo, en cambio, contándote siempre cosas sin final. Trocitos de vida en renglones. Sin pretensiones literarias, claro. Pero sin necesidad alguna de final. O con el solo final que sucede a lo que se cuenta cuando deja de contarse, tras la última palabra, tras el punto final que la sigue, cuando nada más puede leerse ya y todo queda quieto en la página.Al retornar a la aldea, uno de mis primeros paseos me llevó al río. Al embarcadero. Me encontré allí con un par de pescadores, unas barcas. Las aguas estaban oscuras y remansadas. Junto a la orilla colgaba un buzón de un árbol. Ponía Lantero. Llanteiro se le dice en realidad por aquí. El lugar es un recodo de tierra al otro lado del río. Tres casas y una pradería extensa circundada de bosque. Un lugar aislado del mundo por el agua y la montaña. Cuando se construyó el embalse de Arbón les prometieron a los escasos vecinos de Lantero un puente hasta Serandinas. Nunca se tendió. Les quedó pues un largo y tortuoso camino hasta Villayón, por Illaso, y una barca para salvar la breve distancia con la margen contraria del Navia. Por eso el buzón está de este lado. El más corto. Anda aquello ahora ya deshabitado. Pero se conservan bien las edificaciones. Al menos eso parece en la distancia. Y hasta hay bestias, pacientes y solitarias, pastando en los prados. Hacía frío aquella mañana al lado del río. Sobrecogía la profundidad que se le intuía. La opacidad de su curso demorado. Las cartas esperarían antaño que llegara el barquero hasta ese buzón abandonado que cuelga aún de un pino robusto junto al embarcadero. El correo venía del otro lado del río. Como la vida misma. Del otro lado del mundo.
Un abrazo de tu amigo Xuan.
jueves, septiembre 25, 2008
Hilos sueltos

He oído hablar de sus ediciones artesanales. De su caligrafía primorosa. De esa vocación amanuense que le lleva a escribir, ilustrar y copiar poemarios que son como pequeñas piezas de orfebre. En tiempos de computadoras, impresiones láser, copisterías y muy asequibles encuadernaciones, Fernando Menéndez posee un inusual temple de monacato, una capacidad de retiro y laboriosidad paciente. Bien quisiera tener uno alguno de esos libros de tan reducida tirada, manuscritos uno a uno, concebidos, ilustrados y hasta cosidos por él mismo. Esos libros que no persiguen el reconocimiento de los suplementos literarios ni tan siquiera un hueco en los mostradores o escaparates de las librerías, sino que constituyen el extraño placer de quien comparte con los más íntimos el fruto en sazón de sus soledades.
Esa es quizás la más atrayente cara de la obra de Fernando Menéndez. Por original y por obligadamente limitada. Pero para quienes no tenemos la fortuna de poseer ninguna de esas piezas únicas, existe al menos la posibilidad de acercarse a su obra poética y aforística a través de las publicaciones al uso. En escasas pero cuidadas tiradas se ha ido cuajando la evolución literaria de este profesor de filosofía a quien tanto afecto parecen profesar sus bachilleres en esa edad difícil en que se hace raro oírles halago alguno hacia los enseñantes. El último libro publicado por Fernando Menéndez es Hilos sueltos, Editorial Difácil, Valladolid, 2008. Una compilación de aforismos propios salpicada por algunos otros de autores clásicos. Uno de esos libros que se pueden leer en una tarde, sí, pero que conviene dejar al alcance de la mano ya para siempre. A sus páginas se llega sabiendo que el autor ha ido volviendo su escritura cada vez más enjuta, más fibrosa, decantándose en sus últimos libros por lo más breve, el aforismo y el haiku. Con ese mimbre estrófico, contenido y paradójicamente ligero, trenza sus obras 39 Haikús (En las montañas / pinceles de la nieve / pintando nubes. // Vuelan vencejos / siluetas de guadañas / talan los bosques. // Releo un libro / la mente está vacía / y todo cambia) y Aguamarina (Regresa mayo / los dientes de león / nievan las calles. // Sobre mis manos / unas ramas de almendro / dejan sus flores.). Con la pauta aforística compone Dunas y, ahora, Hilos sueltos. Viene ésta precedida por un brillante prólogo de José Ramón González, en el que se repasa la historia del género, su etimología grecolatina y sus características primordiales, que no han sido siempre la mismas, y que han variado desde la formulación cerrada y sentenciosa que tuvo en otro tiempo a la ligereza de verso y la vocación connotativa que se le ha dado en la práctica más reciente. Por ahí anda el aforismo de Fernando Menéndez, tan ceñido a la brevedad formal y tan poético que a veces se vuelve haiku casi inconscientemente (Una briznas de hierba / entre las hojas / de un libro usado.), tan pegado al silencio del que viene y al que aspira que apenas si se eleva sobre él (Leer un aforismo para gozar de su silencio. / Escribir callándose. / La palabra es una fuga del silencio.), tan sobrio (El adorno es el suicidio del arte.) y tan calmo en su dedicación a la utilidad de lo inútil (La utilidad de lo inútil: la quietud.).
Se habló al comienzo de los libros artesanales de Fernando Menéndez, de esa soledad no venial que uno intuye dedicada al placer de la tinta, la acuarela, el tacto de los nobles papeles o las bellas palabras. A esa soledad y ese silencio al que aspira la voz de cuanto en estos Hilos sueltos se dice tan quedamente, se dedica el último y uno de los más bellos aforismos del libro:
Esa es quizás la más atrayente cara de la obra de Fernando Menéndez. Por original y por obligadamente limitada. Pero para quienes no tenemos la fortuna de poseer ninguna de esas piezas únicas, existe al menos la posibilidad de acercarse a su obra poética y aforística a través de las publicaciones al uso. En escasas pero cuidadas tiradas se ha ido cuajando la evolución literaria de este profesor de filosofía a quien tanto afecto parecen profesar sus bachilleres en esa edad difícil en que se hace raro oírles halago alguno hacia los enseñantes. El último libro publicado por Fernando Menéndez es Hilos sueltos, Editorial Difácil, Valladolid, 2008. Una compilación de aforismos propios salpicada por algunos otros de autores clásicos. Uno de esos libros que se pueden leer en una tarde, sí, pero que conviene dejar al alcance de la mano ya para siempre. A sus páginas se llega sabiendo que el autor ha ido volviendo su escritura cada vez más enjuta, más fibrosa, decantándose en sus últimos libros por lo más breve, el aforismo y el haiku. Con ese mimbre estrófico, contenido y paradójicamente ligero, trenza sus obras 39 Haikús (En las montañas / pinceles de la nieve / pintando nubes. // Vuelan vencejos / siluetas de guadañas / talan los bosques. // Releo un libro / la mente está vacía / y todo cambia) y Aguamarina (Regresa mayo / los dientes de león / nievan las calles. // Sobre mis manos / unas ramas de almendro / dejan sus flores.). Con la pauta aforística compone Dunas y, ahora, Hilos sueltos. Viene ésta precedida por un brillante prólogo de José Ramón González, en el que se repasa la historia del género, su etimología grecolatina y sus características primordiales, que no han sido siempre la mismas, y que han variado desde la formulación cerrada y sentenciosa que tuvo en otro tiempo a la ligereza de verso y la vocación connotativa que se le ha dado en la práctica más reciente. Por ahí anda el aforismo de Fernando Menéndez, tan ceñido a la brevedad formal y tan poético que a veces se vuelve haiku casi inconscientemente (Una briznas de hierba / entre las hojas / de un libro usado.), tan pegado al silencio del que viene y al que aspira que apenas si se eleva sobre él (Leer un aforismo para gozar de su silencio. / Escribir callándose. / La palabra es una fuga del silencio.), tan sobrio (El adorno es el suicidio del arte.) y tan calmo en su dedicación a la utilidad de lo inútil (La utilidad de lo inútil: la quietud.).
Se habló al comienzo de los libros artesanales de Fernando Menéndez, de esa soledad no venial que uno intuye dedicada al placer de la tinta, la acuarela, el tacto de los nobles papeles o las bellas palabras. A esa soledad y ese silencio al que aspira la voz de cuanto en estos Hilos sueltos se dice tan quedamente, se dedica el último y uno de los más bellos aforismos del libro:
Siento la soledad en mi trabajo como un insecto hoja en una rama.
martes, septiembre 23, 2008
miércoles, septiembre 17, 2008
If I was Stephane Furber

Si yo fuera Stephane Furber
habría llegado medio abrasado del infierno,
humeando bajo la tormenta
como los restos de un rastrojo,
pero sin más dolor que el cáncer
de haber perdido la vida
como una última cerilla en medio de la nieve.
Si yo fuera Stephane Furber
y ella sonriera como Daphne
y me amara como ella lo hace,
despacio y sin pasión,
con la ternura que inspiran
los perros abandonados,
doy por cierto que no volvería a probar un trago,
que la acompañaría a la iglesia los domingos
y la esperaría a la puerta sin ladrar.
Si yo fuera Stephane Furber
y hubiera muerto casi de viejo,
Jimmy, al que quise como a un hijo,
se habría ocupado de procurarme un buen entierro,
de compartir silencios con su madre
y de poner en orden mis pocas cosas:
una guitarra que apenas nunca me vieron tocar,
la ropa usada que vestí
y unas cuantas hojas manuscritas
con algo parecido a unos poemas.
habría llegado medio abrasado del infierno,
humeando bajo la tormenta
como los restos de un rastrojo,
pero sin más dolor que el cáncer
de haber perdido la vida
como una última cerilla en medio de la nieve.
Si yo fuera Stephane Furber
y ella sonriera como Daphne
y me amara como ella lo hace,
despacio y sin pasión,
con la ternura que inspiran
los perros abandonados,
doy por cierto que no volvería a probar un trago,
que la acompañaría a la iglesia los domingos
y la esperaría a la puerta sin ladrar.
Si yo fuera Stephane Furber
y hubiera muerto casi de viejo,
Jimmy, al que quise como a un hijo,
se habría ocupado de procurarme un buen entierro,
de compartir silencios con su madre
y de poner en orden mis pocas cosas:
una guitarra que apenas nunca me vieron tocar,
la ropa usada que vestí
y unas cuantas hojas manuscritas
con algo parecido a unos poemas.
viernes, septiembre 12, 2008
Hospital
No sabría ahora transcribir las citas exactas, pero he leído recientemente en Séneca y en Magris algo así como que nada sino el presente existe en realidad. Que no es sensato, ni productivo, ni apenas razonable, hipotecar más de lo preciso el momento para ganar un futuro incierto, para penar por lo que irremediablemente es pasado. Y sin embargo, en estas horas de hospital que uno rinde a la espera nada agotaría más que creer imposible el futuro. Eso sí, este tiempo baldío es el único, paradójicamente, en el que adquirimos la absoluta seguridad de que valoraremos en su justa medida el presente futuro. Ese al menos es ahora mismo el propósito. A ver lo que dura.
jueves, septiembre 11, 2008
Bozo
El bozo de los preadolescentes —pienso en mi hijo— les predispone de repente contra la inocencia, les crece doloroso como una ristra de alfileres negros justamente sobre la sonrisa. A estos niños espigados se los gana entonces una melancolía rebelde, propia de una edad que se transita con la desazón de las metamorfosis.
Coda
Ayer lució de nuevo un día espléndido. Esa coda del verano sienta tan bien que gustosamente se entonaría en el invierno como si de un estribillo se tratara. Desgraciadamente, contra el curso de las estaciones, no hay canciones que valgan.
miércoles, septiembre 10, 2008
Mandamientos
Ayer J. me envío un correo en el que se transcribían los diez mandamientos de un escritor, de Stephen Vizinczey (Verdades y mentiras en la literatura). Me da que este tipo de cánones se despliegan ante la mirada embobada de los espectadores como las colas de los pavos reales. Tienen la prestancia de un ritual. Pero el envés de esa elegancia es un trasero pelado. El oscuro orificio de la vanidad. Recuerdo que sobre la ligera consola que mis tíos tenían a la entrada de su casa, siempre había un jarrón con plumas de pavo real. Le he arrancado hoy a Vizinczey una sola de esas plumas, el noveno mandamiento:
Escribirás por tu propio placer ("Si Shakespeare no puede complacer a todo el mundo ¿por qué intentarlo siquiera nosotros? Esto significa que no vale la pena que te esfuerces por interesarte por algo que te resulta aburrido.")(Tras haber publicado ayer este post, descubro hoy dos mucho más recomendables sobre el asunto. Los de Manuel Jabois y Mabalot. Esto no es una carrera y poco importa quién llegó primero al dichoso decálogo, pero quisiera dejar constancia de que Manuel Jabois publicó el suyo antes, Mabalot lo glosó después y uno, que no había leído todavía ninguno de los dos, se aplicó en este comentario ayer, después de que un buen amigo le hubiera remitido referencia de las recomendaciones de Vizinczey -quizás porque él sí había leído ya los referidos posts-.)
jueves, septiembre 04, 2008
Posdata
Supongo que esta vaga sensación
de haberte deseado en otro tiempo
no es más quizás que el poso que revuelve
la rutina en este estudio angosto
donde a menudo intento viejas cartas
que hubiera de enviarte sin demora
desde hace ya más de algunos meses.
de haberte deseado en otro tiempo
no es más quizás que el poso que revuelve
la rutina en este estudio angosto
donde a menudo intento viejas cartas
que hubiera de enviarte sin demora
desde hace ya más de algunos meses.
(Alguien vino a recordarme hoy que hubo un tiempo para Velar la arena. Volví por un momento al libro. Allí encontré aún estos versos.)
miércoles, septiembre 03, 2008
El hielo de los días
Leo siempre con una lapicera en la mano. Tal es la costumbre que si me encuentro sin mi fetiche cuando tomo el libro con el que ando, se me hace difícil meterme, al menos al principio, en sus páginas, pues el extravío del grafito, aunque sea momentáneo, me desasosiega. Acompaño además el ritual con una fina pero firme regla de quince centímetros que le tomé prestada hace ya mucho tiempo atrás a mi hijo y que no le he devuelto desde entonces —que la dé por perdida—. Me sirve de marcapáginas a la vez que me permite subrayar con trazo seguro en lo que leo aquellas citas sobre las que juzgo debería volver, por placer o reflexión, en la relectura.El lunes estuve en Paradiso. Me encontré allí con Víctor Guerra. Charlamos sobre las vacaciones. Me hice luego con un par de libros: La vibración del hielo, de Jordi Doce e Historia secreta de Costaguana, de Juan Gabriel Vásquez. Chema me dijo que ya había leído el primero de ellos semanas atrás. Que era un gran libro. Así que le fui hincando el diente enseguida, mientras paseaba un rato por el Muelle, a esa hora del café de media mañana que tanto se disfruta cuando el sol es franco pero ligero y uno demora, con culpabilidad dulce, el regreso a la mesa de trabajo. Desde el rompeolas al cerro, picoteé aquí y allá el libro de Doce. Su miga. Esa miga de los libros recién comprados, caliente y con olor a tahona, que da gusto echarse a la boca. Ayer lo leí con calma. Con lápiz y regla. Con placer creciente. Con subrayados, pues, abundantes. Porque aunque se trata de las anotaciones correspondientes al año 1998 del diario de su autor, y por tanto —pudiera así pensarse al menos— el relato de sus cosas más personales en esos días, casi nada de lo escrito nos resulta ajeno, pues todo lo que se cuenta tiene la consistencia de los posos, del precipitado que deja la búsqueda permanente de una manera de estar en el mundo. Se dice en la página 27: “Se lleva un diario o un cuaderno de notas por muchas razones. En mi caso, poco me importa anotar lo vivido. Yo anoto más bien para ampliarlo”. No creo que el verbo ampliar sea el más preciso. Quizás, sí, el más modesto. Y el autor es prudente siempre en el trato con la vanidad —como poco partidario de la ironía, que define como “una forma sutil de orgullo”, o del ingenio (“afectación narcisista”)—. Después de leído este diario uno elegiría otro verbo para rematar la anterior cita. El verbo profundizar. Porque la ampliación es añadido, circunloquio; mientras que la profundización es un viaje hacia lo que está dentro. Aquí, en concreto, a la entraña misma de la reflexión. Se suceden los días, las estaciones, las ciudades (Gijón, Oxford, Londres), los paisajes, la labor cotidiana, el viaje (Córdoba, Granada, Übeda), las películas (Shorcuts, Mrs. Dalloway), las lecturas y traducciones… De todo queda una coda, explícita o intuida, que nos pone en la pista de que lo que se vive termina por transformarnos, por hacernos distintos. Meditar sobre ello, y el diario asi concebido tiene mucho de introspección, debería hacernos además mejores. Damos en la escritura nuestra mejor versión. Le ganamos en ese espacio y en ese tiempo la partida al envés de nuestras almas. El ruido que es la vida, esa vibración del hielo, ese latido de lo que somos, de lo que nos sale al paso o de lo que se observa y finalmente convertimos también en algo propio, es la fascinación que mueve a quien escribe: “el ruido me fascina, como el umbral de una puerta cuyo destino ignoramos”. Antes de cruzar ese ámbito, no es mal hatillo echarse a la espalda una cosecha tal de palabras sensatas y bien engarzadas. Termina el libro con el final de año, época de balances. Conviene en esos días tener a mano un cuaderno así. Conforta y consuela, dice Doce. Y lo subrayo de nuevo con mi lápiz. Con el trazo firme que me procura esta regla breve sobre la que vibra, ahora ya perceptiblemente, el hielo de los días. Y me siento igualmente confortado.
lunes, septiembre 01, 2008
Migas
Todos esos momentos que sacudimos como migas son el pan de nuestra vida, esa hogaza que sólo se hornea una vez y que casi nunca nos sacia.
martes, agosto 26, 2008
Lautrec
Cordes sur Ciel es un pueblo medieval y amurallado. Un conjunto de calles estrechas y tortuosas. Data del siglo XIII. Las guías dicen que es uno de los rincones más bellos de Francia. Quizás. Nos gustó más el camino que nos llevó hasta allí. Esas carreteras sombreadas por enormes plátanos. Los campos de girasoles. La hierba seca recogida en grandes balas dispuestas con una equidistancia fotogénica. Los viñedos. Las granjas ocres dispersas. Los alcores por los que serpentea la carretera permitiendo panorámicas pictóricas. En Cordes dejamos el coche en la parte alta. Cerca del cogollito medieval. Así que pronto nos vimos envueltos en un ambiente de palacios, calles empedradas y tiendas de artesanos. Una postal. Comimos bajo las arcadas del viejo mercado medieval. Alargamos la sobremesa. Era agradable el lugar. La sombra y la brisa. El mirador sobre la campiña. Desde Cordes nos acercamos a Albi. La entrada de la ciudad cruza sobre el Tarn y muestra al otro lado del río un caserío de tonalidades rojas. La ciudad andaba animada. Se veían por las plazas grupos de espectadores en torno a diversas exhibiciones casi circenses. Se celebraba una concentración de grupos gimnásticos juveniles. Nos dirigimos al museo de Toulouse-Lautrec, en lo que fuera un antiguo palacio episcopal del siglo XIII. La consanguinidad de los padres del pintor fue origen de una enfermedad que afectó el desarrollo de los huesos del pintor. Las fracturas de los fémures le impidieron crecer. Medía metro y medio. Su enanismo era sólo de piernas. Cuentan que se le intentó curar mediante descargas eléctricas, lastrándolo con plomo. En su primer autorretrato se pinta sentado, ocultándo las piernas. Su bizarra fisonomia, molesta para la nobleza de la que provenía, pasó, sin embargo, desapercibida en la distorsión de la bohemia. Residió en Montmartre. Sentía fascinación por la noche y su ambiente. Frecuentaba el Salón de la Rue des Moulins, el Moulin de la Galette, el Moulin Rouge, Le chat noir, el Folies Bergère... Prostitutas, artistas y canallas. Pintaba a las meretrices mientras se cambiaban, al final de sus servicios o cuando aguardaban las
inspecciones médicas. Se hicieron célebres sus carteles para promocionar los espectáculos de la noche. Murió alcoholizado en Albi, recogido por su madre. El museo guarda una gran parte de la obra. Pinturas que atraen por colorido y movimiento. Por su sensualidad. Quién no colgaría de sus paredes un cartel de Toulouse-Lautrec. Una buena reproducción incluso. A la salida se venden. Y bien. La calidez de una lubricidad casi amable, que no mancha, vivida en la distancia, captada asépticamente para el espectador desde la misma cloaca. Un poco como las fotos de los países del tercer mundo, con sus ropas de vivas tonalidades, sus rostros exóticos, sus mercados como mosaicos de teselas llamativas. Otro cantar es vivir dentro. Nos tomamos unas cervezas cerca del mercado. En la plaza seguían sucediéndose las exhibiciones gimnásticas. Junto a la terraza donde nos sentamos, unas jovencitas se cambiaban de ropas antes de comenzar su actuación. Se las veía casi desnudas al socaire de un portal escaso. Y sin embargo la escena no transmitía sensualidad alguna. Aún guardaba la retina ese esquemático pastel de Toulouse-Lautrec en el que una enigmática y seductora mujer de pelo rojo se calza unas medias negras.
inspecciones médicas. Se hicieron célebres sus carteles para promocionar los espectáculos de la noche. Murió alcoholizado en Albi, recogido por su madre. El museo guarda una gran parte de la obra. Pinturas que atraen por colorido y movimiento. Por su sensualidad. Quién no colgaría de sus paredes un cartel de Toulouse-Lautrec. Una buena reproducción incluso. A la salida se venden. Y bien. La calidez de una lubricidad casi amable, que no mancha, vivida en la distancia, captada asépticamente para el espectador desde la misma cloaca. Un poco como las fotos de los países del tercer mundo, con sus ropas de vivas tonalidades, sus rostros exóticos, sus mercados como mosaicos de teselas llamativas. Otro cantar es vivir dentro. Nos tomamos unas cervezas cerca del mercado. En la plaza seguían sucediéndose las exhibiciones gimnásticas. Junto a la terraza donde nos sentamos, unas jovencitas se cambiaban de ropas antes de comenzar su actuación. Se las veía casi desnudas al socaire de un portal escaso. Y sin embargo la escena no transmitía sensualidad alguna. Aún guardaba la retina ese esquemático pastel de Toulouse-Lautrec en el que una enigmática y seductora mujer de pelo rojo se calza unas medias negras. jueves, agosto 21, 2008
El ciervo
Mientras cenábamos fuera, se oía a la ardilla del jardín trajinar en el pino. Levantamos pronto la mesa con intención de acercarnos a Castelsarrasin. Se ha hecho de noche. Por el camino que conduce desde la casa hasta la carretera, pasamos junto al campo de girasoles. No es más a estas horas que un entramado de filamentos amarillos, de ascuas débiles. Hay una luna casi llena. Algo se mueve entre los arbustos. Algo grande y ligero. Algo que salta desde las sombras y se hace visible. Cruza por delante del coche. Se pierde en el bosquecillo que delimita las plantaciones de frutales. Es un hermoso y huidizo ciervo que carga con un hipnótico brillo lunar sobre el lomo.
En Castelsarrasin la gente se encamina toda hacia el mismo lugar. No hubiera sido necesario ni preguntar dónde se van a lanzar los fuegos. Bastaría con seguir hasta el canal a ese distendido tránsito humano. Bajo la arboleda se sientan familias enteras, críos nerviosos, jóvenes con ganas de fiesta. A eso de las once comienza el espectáculo. Luce especialmente en aquel rincón. Las aguas remansadas reflejan y multiplican las explosiones y sus colores. A los niños parece encartarles. Han tomado un buen sitio en primera línea. No me quito de la cabeza a ese ciervo repentino.
miércoles, agosto 20, 2008
Horror vacui

Unas entradas atrás, he colgado una foto que alguien me tomó mientras leía —nos tomó, también está leyendo a mi lado J.—. Como foto no da para mucho. Como recuerdo tengo la intuición de que dentro de unos años me parecerá —nos parecerá— un recuerdo entrañable. Un viaje que no salió mal, una casa en la que estuvimos a gusto, algunos momentos especialmente placenteros. La constatación, en fin, de que los paraísos perdidos no son más que el tiempo ido. Y que puesto que somos el tiempo que nos queda, según acertada definición de Caballero Bonald, siempre será posible volver a transitarlos y a compadecernos, eterno argumento literario, del rastro que nos dejaron esas visitas edénicas.
En esa foto tengo en las manos un volumen de bolsillo que reúne los cuentos de Kjell Askildsen. Se titula Todo como antes. En los primero relatos, quizás los mejores, los protagonistas son viejos, personajes que sobreviven acostumbrándose ya casi a la muerte. En los cuentos finales se narran sucesos aparentemente intrascendentes en la vida de distintas parejas, acontecimientos rutinarios que sin embargo son como gotas que colman el vaso del tedio, del rencor apenas oculto, de la infelicidad que lastra a todos los personajes. No hay a lo largo del libro un momento alegre, ni sitio para el amor, no existe la compasión. Todo es deliberadamente frío y aséptico. Hasta el deseo se desvela como una sensación vergonzante. Todo se dice con el menor número de palabras. Y ello, que viene bien a la manera en cómo se pretende reflejar el mundo, termina, no obstante, generando cierta desazón tras algunos finales. Askildsen esboza, como en los cuadros de Hopper, un ambiente y algunos indicios para una historia. En las pinturas del americano eso basta para generar una bien urdida sensación de desamparo. En los cuentos del noruego, su laconismo se nos antoja excesivo, como de un Hopper exhausto al que hasta el dibujo le fatigara. Será tal vez que padezco una suerte de horror vacui. Por eso se escriben estas cosas. Por eso nos revolcamos tan a menudo en los recuerdos. Por eso guardo en álbumes mis fotos. También esa en la que leo a Askildsen.
En esa foto tengo en las manos un volumen de bolsillo que reúne los cuentos de Kjell Askildsen. Se titula Todo como antes. En los primero relatos, quizás los mejores, los protagonistas son viejos, personajes que sobreviven acostumbrándose ya casi a la muerte. En los cuentos finales se narran sucesos aparentemente intrascendentes en la vida de distintas parejas, acontecimientos rutinarios que sin embargo son como gotas que colman el vaso del tedio, del rencor apenas oculto, de la infelicidad que lastra a todos los personajes. No hay a lo largo del libro un momento alegre, ni sitio para el amor, no existe la compasión. Todo es deliberadamente frío y aséptico. Hasta el deseo se desvela como una sensación vergonzante. Todo se dice con el menor número de palabras. Y ello, que viene bien a la manera en cómo se pretende reflejar el mundo, termina, no obstante, generando cierta desazón tras algunos finales. Askildsen esboza, como en los cuadros de Hopper, un ambiente y algunos indicios para una historia. En las pinturas del americano eso basta para generar una bien urdida sensación de desamparo. En los cuentos del noruego, su laconismo se nos antoja excesivo, como de un Hopper exhausto al que hasta el dibujo le fatigara. Será tal vez que padezco una suerte de horror vacui. Por eso se escriben estas cosas. Por eso nos revolcamos tan a menudo en los recuerdos. Por eso guardo en álbumes mis fotos. También esa en la que leo a Askildsen.
martes, agosto 19, 2008
Un par de viejos
lunes, agosto 18, 2008
Distancia
Trenes que chocan. Colisiones irreparables. A los amigos que nos han acompañado hasta este tramo ya avanzado de la vida hay que cuidarlos. Pero eso significa también, en ocasiones, cuidarnos de ellos. Una prolongada proximidad puede, de pronto, volvérnoslos irritantes. Sólo la distancia nos los devuelve de nuevo irrenunciables. Conviene observarlos, observarnos -también a nosotros mismos-, desde arriba, con la altura discreta que otorga el silencio bien administrado, la disección razonada de nuestros sentimientos y de los suyos. Hay unos versos en el último libro de Álvaro Valverde que vienen bien a esta intención:
“… captar nuestra existencia de soslayo
o verla desde lejos, en lo alto,
con la perplejidad del que contempla…”
La perplejidad es asombro y también incomprensión ante lo ajeno. Esa distancia que permite observarse como alguien distinto, con una objetividad sobre lo propio casi imposible, nos vuelve, de repente, sorprendentemente absurdos.
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