martes, agosto 10, 2010

Enrique V


Querido S.: ayer por la noche llegaron las cigüeñas. Eso debió de ser, porque durante el día no las habíamos visto, pero al salir del castillo, casi a la una, con un cielo estrellado, alegres como colegiales después de la función, en medio de la ciudad iluminada y disfrutando de una temperatura clemente, las vimos sobre el cimborrio de la catedral, sobre sus tejados, sobre la torre cuadrada. Y más allá también en la iglesia de San Ildefonso. Crotoraban en el silencio. Brillaban en la oscuridad. Eran decenas de cigüeñas. Quietas. Juntas unas casi contra otras. Veníamos del teatro. Enrique V. Representado entre las murallas de la vieja fortaleza. Una velada casi íntima. Reducida a escasos espectadores. Los actores de la compañía Achiperre nos recibieron junto al foso. Pisaban la uva. Recitaban el vino. El que luego nos sirvieron antes de su actuación, mientras nos cantaba casi al oído un ángel metido en carnes y vestido de blanco. La obra resultó divertida. Aire fresco después de los calores del día. Adaptación del drama shakesperiano debida al autor belga Ignace Cornelissen. Una parábola de humor sobre el absurdo de la guerra y el capricho de quienes gobiernan. Te hubiera gustado acompañarnos. Ese alcor en la ciudad, donde antaño se oteaba la lejanía, sigue siendo un lugar apacible, silencioso, de los que te placen. Se podía oír en medio de las torres defensivas hasta los susurros de los actores. Y estando tan cerca de ellos, saber de su entrega por el sudor que les iba viniendo a las ropas. Por entre lo más alto de la mampostería me pareció ver el vuelo atolondrado de un murciélago. Sobre el escenario, sobre los reyes de Inglaterra y de Francia, sobre Catalina y el narrador, iba estrellándose la noche. Y sin que aún ni lo sospecháramos estaban llegando las cigüeñas a la ciudad.

lunes, agosto 09, 2010

Un concierto de verano

Leo un apunte del diario de Muñoz Molina. Dice al final que nunca se sabe qué nuevo lugar memorable puede descubrirse sin previo aviso, venciendo la pereza de viajar, la convicción de que en casa y en el jardín propio y en nuestra ciudad se está mejor que en cualquier otra parte. Salimos camino de Zamora con la certidumbre de que, siendo como ha sido para nosotros durante años una ciudad de paso, le debíamos una visita a fondo, pero también con la amenaza del crudo calor castellano de estos días de agosto. Instalados en un hotel céntrico, nos dedicamos a descubrir los detalles de una ciudad manejable, acogedora, a la escala justa del paseo. La calle de Santa Clara corre paralela al río. Bulliciosa, pero sin estridencias, lleva hasta la plaza Mayor. De allí a la catedral, por la rúa de los Francos, se adentra en el cogollo medieval. En el promontorio oeste que otea lo lejano y el curso del Duero se levantan castillo y catedral. Hacia la mitad de este recorrido gozoso, al que uno volvía aplicado después de perderse a ambos de sus lados por ver una de las muchas iglesias románicas, o la fachada modernista y cuidada de algún edificio de Ferriol, o cierto rincón, o cierta calle, o cierto mirador sobre los puentes o las aceñas, por la mitad, digo, del trayecto hay una plaza techada por la fronda de los plátanos y al cuidado de un tipo esbelto y broncíneo al que le han dado por sobrenombre “terror romanorum”: Viriato. Un par de días atrás la noche allí era aún más noche. No se había iluminado la plaza y las copas tupidas del arbolado oscurecían el reducido ámbito. Nos sentamos cerca del escenario. A la hora fijada se encendieron las luces. También las de los imponentes edificios de los lados. Piano, contrabajo, batería y voz. Uno tenía la extraña impresión de que no estaba en medio de la Castilla fatigada por el estío, sino asistiendo a un concierto de jazz en la civilizada plaza de una ciudad centroeuropea, perfectamente aseada en fachadas y calles, salpicada de parques y de sombra, y reñida con el ruido y la prisa. Antes de que la banda interpretase One day I´ll flay away, a mitad de concierto, Larry Martin contó por qué era especial para él aquella canción. Tenía que ver con los reveses repentinos y casi terribles de la salud. Con la brega que se emprende contra lo que parece irremediable. Con la compañía de quien se quiere. Y con la música como conjuro. Finalmente dedicó el tema a su mujer. Yo la vi sentada en la primera fila. Un cuerpo menudo. Vestía una camiseta de un negro desvaído. Menuda de hombros y con el pelo largo apenas recogido. La canción empieza como con ritmo de canción de cuna. Se despliega como esas alas que se desean para verlo todo desde arriba y en la distancia. A esa altura, a través de las hojas de los plátanos, quizás la noche era como un espejo, el destello de luces como estrellas, la música suave y memorable de un concierto de verano en la plaza de un Viriato rendido.

jueves, agosto 05, 2010

Una isla en el mar rojo

A través de los ventanales veo el bríllo de la piscina bajo el cielo encapotado. La brisa de la tarde varea los últimos destellos de los chopos. Al fondo, los montes han perdido perfil: son una imprecisa mancha de verde sucio por detrás de la niebla. Los gorriones rebañan sobre la mesa las migas de la merienda. Un momento antes vigilaban esbeltos sobre el respaldo de una silla la soledad de los restos. Ahora, ya confiados, apuran el botín hechos casi una albóndiga de plumas. Toda urgencia nos rebaja. El día ha sido una isla. Si el verano fuera el mar rojo, estas horas que terminan hubieran podido ser un capítulo de Wenceslao F. Flórez. Gris insular que le da vuelta a los bolsillos del alma. Que echa fuera las pelusas de lo oscuro. Polen infecundo que vuela casi ingrávido. Amaneció sin fuerza hoy la luz y dio tiempo a mirarse por dentro. La ventana era brocal y en el pozo bailaba el agua azul intriga de las piscinas. Ayer habíamos bajado sin miedo al sol de dentro. Hoy miramos la superficie y es un espejo de chopos. Nos vemos también entre ellos. Un vaso con hielo entre las manos y unos pájaros que le han perdido el recelo a la casa y hasta a nosotros. Estamos tan quietos. Tan en paz. Tan a la sombra de esta isla que fue hoy el día.

lunes, agosto 02, 2010

Eclipse

Chipirones. Y sidra. Y un intercambio de pareceres que, como a menudo sucede con los desacuerdos políticos, termina agriándose. Ni el postre mengua ese regusto ácido. Uno no aprende a no enredarse en lo que nada finalmente aprovecha. Se desearía alcanzar la persuasión de lo que aun susurrándose esconde raíces de secuoya vieja. La pericia del silencio a tiempo. Pero me puede el vértigo. Tengo un libro ahora mismo abierto sobre la hierba. Se ha aclarado el día. Luce el sol y se hace agradable saber su luz al alcance de la piel con tan sólo dar dos pasos desde la sombra. Me cuesta concentrarme en la lectura. Todavía queda un resto de pasión precipitando el ritmo cardiaco. No debería uno poner en liza más que sus argumentos. Y ni tan siquiera reiterarlos. Pero termina traicionándonos la emotividad discursiva. Puñetas de toga. Por eso viene bien escribir contándolo. El diario es también tisana. Nos calma. Vuelvo al libro. Hilo ya la trama. La brisa mueve como mies el vello de mis brazos. Lenta y constante. Ciempiés invisible. Somos a veces la razón de los eclipses, el velo fugaz que oculta la luz con la ofuscación de un instante. Conjuro el lunar. Estoy dispuesto a disfrutar del resto del día. No poca dicha ya es saberse en la tarea. Había comenzado horas antes, cuando triscamos los tentáculos crujientes de los chipirones entre sorbos de sidra fresca. (P.D.: En todo caso, querida T., te reconozco las mejores de las intenciones. Tus inquinas, como las mías, apuntan hacia lo injusto. Lo ves tú jironeado en las aristas de la estrella de David; yo, en cambio, sesgado por el filo de la media luna. Si damos por imposible ponernos de acuerdo sobre el asunto desde el aprecio que nos tenemos y después de compartir mantel y viandas, qué esperar de los que deben apaciguar la guerra poniendo antes en paz la memoria asediada por la sangre.)

Gaviotas en la madrugada

Gaviotas en la madrugada. No es mal eneasílabo como título. Hay en el pájaro una evocación de muelles y vida portuaria. Y en el espacio temporal aludido, principio y final: la luz alumbra el nuevo día, pero también puede desvelar los estragos de la noche. Gaviotas en la madrugada. Quién sabe si ya se ha escrito una novela negra bajo ese título. Y un poema de versos misteriosos. Ahora también se abre paso un apunte de diario que habla de una ventana abierta a la brisa de la noche estival, a sus ruidos de ciudad provinciana y costera. Sobre todos ellos, el chillido desquiciante de las gaviotas al amanecer, como si se hubieran quedado atrapadas en un patio angosto de vecindad y clamasen incapaces de desplegar en toda su extensión las alas, incapaces de levantar el vuelo. Ayer pasamos el día en casa de R. En su jardín secreto, como le gusta decir. Una maravilla recóndita con olor a menta piperita y tomillo cítrico, con frutales cuajados, con su pequeño huerto cuidado, con su palmera y sus dos robles centenarios, con sus flores de colores vivos alegrando la piedra de la casa. Comimos a la sombra del galpón. Bebimos y charlamos hasta la noche. El día enfrió pronto y la lluvia perló el paisaje. Por entre las fresas asomó un minúsculo ratón de campo acicalándose el bigote. Compartimos mesa con A. M. Qué bien aguanta los muchos años. Lúcido, hablador, risueño. Fuma y bebe como un joven despreocupado. Por debajo de su gorra marinera asoma la melena áspera y blanca. Está curtido de campo. Tiene su estudio aquí cerca. Apenas baja ya a la ciudad. Dice haber descubierto el verde hace nada, volviendo de un viaje castellano y saliendo a Asturias después de cruzar el largo túnel del Negrón. Se sorprendió de pronto con el verdor de todo. De la tierra, de los montes, de los postes de la luz y hasta del asfalto. En eso anda ahora, cuenta, queriendo llevar a los cuadros esa revelación súbita y tardía. R. ha ido haciendo de esta vieja casa de aldea, comprada casi veinte años atrás, un refugio acogedor, donde ahora él y M. pasan gran parte del año. Cuelga sus pinturas por todas las paredes. Tienen formas y texturas que andan a caballo entre lo figurativo y lo abstracto. Uno ve en ellas, sobre todo, perspectivas roturadas y ocres. Arboledas ordenadas. Contrastan con la fronda circundante, con el esmeralda umbrío del bosque próximo. En la charla distendida aparecen recuerdos y fantasmas. Viejas sombras del pasado. Como V., el profesor de latín que era humanista y musicólogo. Que tenía un apartamento sólo para escuchar sus discos y tocar el piano. Y un perro obediente que a veces ladraba por los pasillos de aquel piso sin casi muebles en el que siempre se oía música de fondo. V. mandó extirparle las cuerdas vocales. Esta madrugada las gaviotas chillaban como animales locos. Cerré la ventana del cuarto y bajé al salón. Logré conciliar el sueño. Es media mañana y parecen más calmadas. Como si todo su miedo tuviera que ver con el despuntar del sol y la incertidumbre de los días.

jueves, julio 29, 2010

Pereza

Qué pereza. Qué gran pereza. Será cosa del calor, de este calor nuestro, que aunque siempre es más clemente que la calor de allende el puerto, resulta a veces adormilante. Debería tomarme en serio los titulares. Hay quien lo hace y pone en ello la pasión que quizás no le cuaja en los lances del roce. Lo uno por lo otro, creerá el iluso. Nada más lejos de la verdad. Unos te dejan latiendo como el verano, a ritmo de bosanova. Los otros te zarandean hasta sacarte espuma por las comisuras de la boca. Performances empeñadas en enseñar: epidermis y pintura roja. Yo estuve allí en mi juventud. En primera línea. Y era así mi cuerpo. Enfrente: lo atrabiliario. Polvo de albero sobre el lustre de los zapatos, espesando la saliva de cuanto se dice. Qué pereza. Qué gran pereza. Ayer soplaba la brisa en la playa de Santa Marina. Era una delicia la pleamar a la sombra de la terraza. Con los pies casi en las olas. Había quien leía los periódicos como si tuviera entre los dedos chuletillas de lechal. A los postres, manos grasientas y hebras correosas en los intersticios de los dientes. Lidia diaria. La barandilla del arenal es una hermosa forja de remos donde atan las bicicletas los veraneantes. Baños de mar. Sombreros de paja. La dichosa pereza. La pereza dichosa.

lunes, julio 19, 2010

A ver cómo lo explico

Nunca se comienza un aforismo diciendo “a ver cómo lo explico”, y sin embargo esa expresión de incertidumbre está siempre en el origen.

A ver cómo lo explico: uno debería aprender a observar desde arriba lo que, siendo demasiado suyo y por tanto singularizándolo para mal, anda a la altura de los bajos del pantalón, rozándose gozosamente con los suelos. Habría que remangarse y mirar al frente, sintiendo en los pies, al cruzar los charcos, las cosquillas de los renacuajos: pequeños, negros e informes. Ah, y sonriendo. Como las hienas.

A ver cómo lo explico: nunca acierto a ubicar las fronteras que delimitan la dignidad, por el norte, con el orgullo, y por el sur, con la humildad. Quizás se deba a que tenga un concepto demasiado elevado de mi propia dignidad y unas mejillas escasamente bíblicas.

A ver cómo lo explico: alguien me contó hace poco la historia de un hombre al que una pesadumbre mató de un cáncer. Medicina preventiva: no fumar, no beber, no comer insano. Siempre es posible el esfuerzo de la contención. Pero quién podría albergar un alma inmune. De qué valdría la vida si finalmente también se contuviera la compasión.

lunes, julio 12, 2010

Sedación Nacional

Ocurrencia, claro, la del encabezamiento. Pero no falta a la verdad. Ni debiera ofender a nadie. Así fue. Así es. De eso se trata en las unidades de dolor. Cuidados paliativos. En ese trace suele aflorar lo mejor. Del enfermo, que limpia el alma aunque no crea en su existencia, y de quienes le acompañan, que dan lo que quisieran recibir en circunstancias tales. Sedación. Quizás no debiera recurrirse a un paralelismo tan agónico. Quizás tampoco a uno tan ligero como el de cualquier arreglo odontológico. A caballo entre ambos supongo que andamos. Eso sí, tenemos demasiado remendado el país. Aunque alegre ahora mismo. Y confiante, por fin, en su suerte. Que nos cunda al despertar. Y mientras tanto que a nadie se le olviden cosas, por ejemplo, como la suerte de Sakineh Ashtiani.

jueves, julio 08, 2010

En vuelo

Volamos camino de casa. Planicie inglesa. Verde salpicado de bosquecillos y remiendos de hierba agostada que servirá de postre en los establos cuando llegue el invierno. Cielo azul. Mucha luz. Al otro lado del pasillo viaja un tipo obeso. Lleva un traje beige de verano. Tiene el cráneo rapado y la piel bronceada. Calza unos zapatos de ante algo subidos de tobillo, con elástico en los laterales. Puntiagudos. Cuando pasa la azafata con su bistró rodante, le pide dos botellitas de vodka y un redbull, unas patatas fritas grasientas y un dulce de chocolate y caramelo. Me puede la curiosidad. Está tan sólo una fila de asientos por delante y puedo por ello observarle sin temor a que me descubra. Se prepara el cóctel y se lo bebe en un pispás. Come las porquerías con gula, se lame los gruesos dedos. Luce un anillo con piedra preciosa en elmeñique de la mano derecha. Deja los desperdicios sobre la bandeja. Los envoltorios pringosos, el vaso de plástico, la lata, los botellines. Extrae del bolso de su americana un aifón con auriculares. Debe de estar escuchando música al tiempo que hace sudocus en la pantalla táctil. Me temo que lleva en las yemas de los dedos una película de chocolate derretido. Que los números se le enterrarán como velas en una tarta de cumpleaños al sol. Definitivamente este tipo me ha distraido de la lectura, algo pindárica, del diario de Dionisio Ridruejo. El ritmo estacional. Los cultivos. Flores y pájaros. Todo transcurre en Diario de una tregua con una delectación algo infantil ante la naturaleza. No obstante, como en toda narración bien trabada, el ritmo de lo que se cuenta termina predisponiendo. Por eso venía uno admirando por debajo de las alas del avión el mundo ordenado sobre el campo británico, el esplendor de la luz sobre el paisaje. Pero el encanto se ha roto al otro lado del pasillo. Con otra naturaleza. Humana. No puedo quitarme de la cabeza la imaginación de este ser comerciando meretrices de caderas anchas, relamiéndose con un churrasco o apostando en las gradas desvencijadas de un canódromo de Atlantic City. Qué retorcido me he vuelto.

viernes, junio 25, 2010

Dándose por vencido

Darse por vencido. Rencillas entre articulistas. Asuntos de ego que van y vuelven de un lado a otro como esas pelotas que Isner y Mahut se cruzaron en Winbledon en un partido que parecía no tener fin. Cuando se tiene la certeza de que la disputa será casi un frontón, que el quinto set puede alargarse hasta el día del juicio final, uno debiera darse por vencido. En casa nos buzonean los centros comerciales. Al correo electrónico, a la prensa diaria, a la tribuna política, llegan otros reclamos, argumentos que se pretenden pócimas definitivas. Justas comerciales unas, trincheras más o menos ideológicas otras. Fuego cruzado. Querencia por el enrocamiento. Darse por vencido no debe entonces humillarnos. Es preferible a cabalgar desesperadamente como el teniente John Dunbar en aquella sobrecogedora escena inicial de Bailando con lobos, cuando sólo cabía la abulia del frente, el suicidio del héroe o el anhelado destierro. Así que no nos pongamos trascendentes. Démonos elegantemente por vencidos. No pocas veces las pejigueras dialécticas en las que nos enredamos hasta dejarnos la piel como si fuera en alambre, tienen una verdad eventual tan volátil como la pelota de tenis de la que Woody Allen hablaba en Match Point: "alcanza a pegar en la red y por una décima de segundo puede seguir su trayectoria o bien caer hacia atrás. Con un poco de suerte sigue su trayectoria y ganas. O tal vez no y pierdes". La fortuna es eso. En la dialéctica diaria, las más de las veces no se toca red. El partido es infinito. Y los jugadores imbatibles. Démonos, repito, por vencidos y que jueguen los imbéciles hasta la extenuación.

miércoles, junio 23, 2010

50










Para J.
Qué extraño empeño
el de convertir la vida en cifra.
Qué semejanza funesta
entre cruces y velas.
Su misma formación inmóvil
sobre la tierra santa o el azúcar.
Llovidas por el fuego fatuo
o la llama débil.

Sólo un soplo.
Sólo un soplo y el fuego cede.
Sólo un soplo.
Sólo un soplo y el tiempo es nada.

Cita y contracita

Destesto el verano, el sudor de las suegras despatarradas por las arenas del circo de las playas, los arroces al sol, los pañuelos para el sudor.

Enrique Vila-Matas, Dietario voluble


Nada me complace más que acomodar la espalda en la roca de todos los veranos y apoyado en ella leer al sol clemente de la mañana. Atisbar por debajo del ala de mi sombrero el desnudo de las jóvenes que se desperezan bajo el cielo azul del paraíso. Oír las risas de los críos en la orilla como un rumor superpuesto al de las olas. Me espantan las playas concurridas. Amo esta cala recóndita, claustral y mundana.

Darío de R., Diarios

jueves, mayo 27, 2010

Sérvulo


Días de hospital. En la cama de al lado está Sérvulo. De Villaviciosa. En los peores momentos de su enfermedad, cuando según quise entender hasta el médico creía que aquello era ya el acabóse, una enfermera le comentó a otra:
—Este señor es de Albandi.
Aguijoneado de pronto por lo que era un error toponímico que seguramente había venido a perturbarle la agonía, quiso el enfermo corregirlo desde su lecho con la voz misma de un lázaro supernativo (en acepción de GHB) que hubiera venido del más allá sólo a eso:
—Soy de Amandi, Villaviciosa —se oyó casi como en una sobrecogedora sesión de espiritismo—. Albandi es en Carreño, señora —y se puso otra vez a morirse como si tal cosa—.
Sérvulo se pasó así de mal unas cuantas jornadas. Lo sedaban de continuo. Viéndolo en su cama, atado, inquieto en su prolongado sueño, afilado de facciones, se barruntaba lo peor. Y sin embargo, su recuperación ha sido extraordinaria. Al punto de que hace un par de días hasta dio sus primeros pasos. De pie, y aunque no yergue aún toda su osamenta poderosa, empieza uno a creerlo salvado al menos de momento. Este tipo debió de ser en su juventud un hombre imponente. De ojos claros y barbilla aristada, de espaldas anchas y pómulos sobresalidos, de voz profunda y frente cuadrada, uno se lo imagina como a un antiguo oficial alemán al que una derrota para la que no estaba preparado lo hubiera desorientado mortalmente.
Pero Sérvulo fue, sobre todo y según lo que le dio por relatar ayer mismo, un vivalavirgen épico, que es una manera bastante aproximada de mentar a quien uno alude cuando el protagonista cuenta su servicio militar en el cuartel del Coto allá en el 46, al mando de una ametralladora, y explica que fueron aquéllos tres años de aventuras, picaresca y puterío. Esto último no tiene reparo incluso en confesarlo estando como está, sentada allí al lado, su propia mujer, que lo mira como avezada a esos excursos intempestivos y demasiado francos. Llega él incluso a teatralizar el comercio aquél con las meretrices, a las que llegaba a veces sin soldada suficiente y ante las que extendía la mano con todo su capital, que aun escaso vencía el rigor de las tarifas apoyándose tal vez en la buena presencia del mozo, logrando finalmente el propósito de la coyunda. Al recordarlo reía sin dientes. En camisón corto. Demasiado corto para sus piernas al aire, blancas y todavía fuertes.
Hoy su hija le estaba pegando la dentadura a las encías a primera hora. Sin desplegar el biombo que debería dar intimidad a estas cosas, procede tal y como si le estuviera restituyendo un ojo a una muñeca. Sérvulo camina. Eso sí, pasos cortos. Algo inestables aún. Pero suficientes como para acercarse el baño a estercar como dios manda y para quitarse de una vez por todas ese pañal humillante que le asoma por debajo del camisón. Muy poca tela para un antiguo y fornido soldado de ametralladoras.

martes, mayo 11, 2010

Lettres

Cómo hablar sin enojarse de lo que a uno lo incomoda pero que constituyendo materia propia de diario se quiere tratar y fijar. La metáfora del río, como vida que transcurre, tiene por adorno retórico la voluta propia del torbellino, las miasmas de lo estancado, cuanto agobia y desborda márgenes, la vida interior que puede ser ordenada y nutritiva o tan abisal en ocasiones que su sola proximidad a la superficie transformaría el curso de las aguas en leyenda. Sucede que a veces llegan cartas… No sé si así empezaba una canción o un relato epistolar. Pero así empiezan a veces las incómodas precisiones y las apostillas, los matices y su esfuerzo, que finalmente nada aprovecha. Es como poner recados minúsculos de papel y oración entre las mampostería de un muro religioso. He borrado ya las huellas, el rastro de las palabras encandenas, superpuestas, enfrentadas. Me quedo con la sensación y lo que enseña. A que la buena fe nada mueve y menos las montañas, levantadas como están en el detritus, azotadas de inclemencia y tan ásperas y baldías finalmente como todo lo que el fuego ha consumido.

Quizás lo que sigue llegue a ser un poema. Y algo tiene que ver mientras con lo dicho. Habla de cartas. Y de máscaras tras las que se escriben. Por recato y por saberse a salvo del cuerpo a cuerpo.
Lettres

Desconfía de mis cartas
pues adopto en ellas
a veces nombres simples
o usurpo a su través
identidades nobles.
En medio de la verdad
incorporo incertidumbres;
y lo que aún es peor,
no suelen distinguirse éstas
del común de las sentencias.

martes, mayo 04, 2010

Ángel Cristo


Tres estaciones le recuerdo al via crucis de este Cristo menor. En la gloria. O algo parecido. Que así lo vi yo con pocos años en su circo americano. Entrando a la pista sobre una cuádriga. Musculado. Vestido de romano. Con pechera, espaldera, falda de flecos, espinilleras y casco. Todo dorado. Refulgente sobre el serrín. Retando a las fieras que rugían al otro lado de la jaula. Lástima que no llevara a su lado a ningún esclavo recordándole que también era mortal. Yo era un niño y no podía imaginarme la mísera intimidad de la caravana de un domador. Mucho después fue en el puerto del Musel. En los terrenos asolados que mediaban entre grúas y graneles, donde levantó su carpa con ocasión de la primera semana negra. Se vendieron entonces libros en los contenedores de carga. Se paseaban escritores desconocidos entre las maromas y los norays. Fue mucho antes de que todo acabara convirtiéndose en una feria de fritangas. El marco aún era el adecuado: siempre tuvo el crimen músculo de estibador y una mirada tan turbia con la marea que ensucian los mercantes. En los aledaños del circo, bostezaba un león viejo y sarnoso. Tenía un ojo de cristal. Inmóvil. Quién podría retar desde una cuádriga y sin vergüenza a un león tuerto e inofensivo. La tercera vez fue en la pantalla de un televisor. En una de esas ocasiones en que se pisa una baldosa suelta y nos salpicamos hasta el velo del paladar. Al reconocerlo fugazmente aguanté por unos instantes uno de esos programas casposos. Hundido en una silla, aseteado por preguntas infames, el domador ya no precisaba siquiera de que un esclavo le recordara su condición humana. Todo un coro cruel diseccionaba las vísceras de un hombre que había perdido el disfraz. Al que sólo le aguantaba un maquillaje casi de arcilla. Y que había terminado sus días al otro lado de la jaula.

lunes, mayo 03, 2010

Abulia

La abulia te deja tan inerme como las noches en blanco del verano. No hay quien salga de ella. Es igual que esas arenas movedizas que a veces engullían a los protagonistas de las películas de nuestra infancia. Para más inri el día está gris y huele a pañal húmedo. Me siento frente a la pantalla como por inercia. Y busco cualquier suerte de escapatoria: un poema corto y afilado; un cuento tan mondo como el hueso de una aceituna; una casa de paredes blancas y tejado de pizarra; la sorpresa de un correo inesperado. Asilos todos. De palabras o de distancia. Sólo deseo leer lo justo y vivir allí en las escasas horas de sol y en los raros días de paz.

miércoles, abril 28, 2010

Misterio

Cuando no nos encontramos bien y, por explicarlo, decimos que el cuerpo no nos sostiene, a qué peso exactamente nos estamos refiriendo.

lunes, abril 26, 2010

Desde Aracataca al Hotel Nicole

Ayer en casa, ya de noche, abrí la biografía de Gabriel García Márquez escrita por Gerald Martin. En sus páginas centrales contiene fotografías. En una de ellas, muy joven, aparece Tachia. Le encontré en el retrato un aire como de Fanny Ardant en blanco y negro con corte de pelo a lo Jean Seberg. Llegábamos de pasar un rato muy agradable en su compañía. Lleva por aquí unas cuantas jornadas. Tuvo lleno en su recital del Antiguo Instituto Jovellanos. Se enfrentó después con los adolescentes de un par de centros educativos. Incansable. Con Miguel Hernández por motivo. Este ir y venir la tiene dichosamente ocupada. Le decimos en broma que se nos está volviendo algo diva. La traen y la llevan con mimo, le piden con cualquier disculpa que diga unos versos, que cuenta un pedazo de vida. Y de todo da un poco sin remilgos pero con una sencillez altiva, trufando de pequeñas expresiones francesas sus historias, coqueteando, mientras recita, con sus manos, con sus ojos muy abiertos y con su sonrisa aún hermosa. Contó que en su reciente viaje a Colombia estuvo en Aracataca. El Macondo de quien fuera su compañero en París, García Márquez. Quiso llegar hasta allí a toda costa. Alguien intercedió facilitándole un chófer. Quería visitar la casa de Gabo. Estaba cerrada. Era lunes. Un militar arisco hacia guardia. El conductor que llevó a Tachia hasta allí intercedió por ella: “Mire, mi hermano, que esta señora es la representante de las letras españolas y de don Miguel de Cervantes y Saavedra”. Tachia se ríe recordando el énfasis del “Saavedra”. De nada les valió. Así que se fueron al Ayuntamiento. El conductor había sido compañero del alcalde en la escuela. En el camino vieron a Remedios la Bella. O lo que de ella hizo, según parece, un escultor que resultó más bien fallero. Cuarenta gados a la sombra. Por el consistorio todo se movía con el ritmo cansino y casi paródico del trópico. Guayabas y ventiladores de techo. Sudor rancio en las axilas. La casa de Márquez resultó no ser cosa de la autoridad local, sino de la universidad del Magdalena. Y Tachia no pudo finalmente verla, pero reconoció Macondo. Su espíritu alucinado reverberando al sol. Y a los macondinos con vidas de novela, como la de aquella mujer analfabeta a la que vieron pedirle al alcalde que le leyera una carta oficial. El gobierno le había escrito un farragoso texto burocrático reconociéndole una pensión. Cuatro hermanos se le había llevado la violencia del país. A Tachia le dieron en Bogotá tratamiento de gran dama del teatro. Y la entrevistaron en El Espectador. Todo lo de Gabo resulta allí casi sagrado. El gobierno le pidió un texto para el libro El París de García Márquez. Lo envío en cuartillas manuscritas. Nos lo lee ahora. Y suena sincero. Sin impostura. Recuerda el tiempo difícil de la necesidad y la irrenunciable memoria del amor. Habla de donde vivieron juntos. Y de que entonces hasta comieron a veces una sopa aguada que sólo engordaban unas pocas especias. Y, a falta de otro alimento, incluso una tisana de tila que al colombiano le supo “a procesión”. A buen seguro pensaba en aquellas hambres García Márquez cuando escribió en El coronel no tiene quien le escriba sobre el caldo de piedras que la coronela ponía al fuego por dar entender al pueblo, y por dignidad, que en la casa del gallo aún había qué cocinar. Le digo yo que hallé husmeando en la red un artículo en un periódico peruano que habla de ella. Y de ese tiempo. Y de un cuento: El rastro de tu sangre en la nieve. Que quizás sea el cuento más bello que uno haya leído nunca. Tachia recuerda cuándo se escribió. Y que Gabriel la llevó con él hasta el Hotel Nicole. Que allí habló con el recepcionista. No sabía ella de qué. Quizás de las habitaciones, de su precio, de su decoración. “Hotel Nicole. Tenía una sola estrella, y una sala de recibo muy pequeña donde no había más que un sofá y un viejo piano vertical, pero el propietario de voz aflautada podía entenderse con los clientes en cualquier idioma a condición de que tuvieran con qué pagar. Billy Sánchez se instaló con once maletas y nueve cajas de regalos en el único cuarto libre, que era una mansarda triangular en el noveno piso, a donde se llegaba sin aliento por una escalera en espiral que olía a espuma de coliflores hervidas. Las paredes estaban forradas de colgaduras tristes y por la única ventana no cabía nada más que la claridad turbia del patio interior. Había una cama para dos, un ropero grande, una silla simple, un bidé portátil y un aguamanil con su platón y su jarra, de modo que la única manera de estar dentro del cuarto era acostado en la cama. Todo era peor que viejo, desventurado, pero también muy limpio, y con un rastro saludable de medicina reciente.” Al llegar a casa le digo a mi mujer que me siento privilegiado. Por haber leído ese cuento y haberlo podido gozar con una intensidad casi física. Por haber tenido cerca, muy cerca, cincuenta años después, a quien quizás lo inspiró. Coronela o Nena Daconte. Tachia que cuenta y recita.

lunes, abril 19, 2010

El gallo

Esta semana vendrá Tachia a Gijón. Homenajeará a Miguel Hernández en el centenario de su nacimiento. Ha estado de nuevo en Colombia hace nada. Y en Alcalá de Henares. Y llega de Valencia. Nuevos recitales. Dice bien la poesía. Y fue novia de Blas de Otero. Y García Márquez. No poco reclamo. Vivía con el colombiano cuando él redactaba El coronel no tiene quien la escriba. Era ella, pues, la coronela.
He vuelto a leer esta novelita de apenas cincuenta páginas. Condensada. Simbólica. Desolada. Casi perfecta. Bajo el hambre y el abandono, contra la desesperanza, el mal de octubre y los años de vejez y enfermedad, aguanta el gallo. El amor propio. La dignidad escasa que se confía a una fecha futura y a una pelea incierta. Final abierto. O quizás no tanto. Quién después de leer la novela confiaría en la victoria del gallo. En que cambiará la suerte del coronel y de su asmática mujer. Más seguro es que la gallera se convirtiera en el escenario final de toda agarredera. Sacrificio del gallo ante Esculapio según la interpretación, quizás retorcida, que algunos le dieron al ruego que Sócrates le formuló a Critón antes de morir. El final cura de la vida. Esa larga enfermedad. Désele entonces al dios de la salud su ofrenda.

(El Jueves 22 de Abril a las 19.30 horas en el salón de actos del Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón se rendirá homenaje al poeta alicantino, Miguel Hernández, con motivo del centenario de su nacimiento. El profesor de la Universidad de Oviedo José Luis García Martín pronunciará la conferencia "Miguel Hernández, el rayo que no cesa", donde repasará la trayectoria vital y literaria del poeta alicantino. A continuación Tachia Quintanar ofrecerá un recital poético con una selección de composiciones de Miguel Hernández.)

viernes, abril 16, 2010

Nubes

He salido por la mañana temprano a mitad de la playa. Despuntaba el día por encima de la Providencia. Curiosa premonoción la de la frase si uno se abstrae de que habla de toponimias. Sol. Y pequeñas nubes quietas sobre el mismo horizonte. Algunas se parecían a esos discos que emplean las mujeres para desmaquillarse. Eso sí, después de usados. Con restos de rostro, que en el caso de las nubes eran pinceladas nuevas de mañana. Me encontré con un amigo. Caminamos juntos. Va siempre demasiado deprisa. Le gasto la broma: tanta prisa es de cobardes y de malos toreros. Que no es lo mismo. Ha habido buenos matadores sin demasiado coraje. Pienso en Rafael de Paula. Pinturero y arisco. Me señala también mi acompañante hacia las nubes. Imagino por un momento que sabrá decirme de qué tipo son éstas de hoy. Pero tampoco él debe de estar ducho en la nubología. Nombres de pájaros, de árboles, de nubes. Trinos, estaciones, formas. El mundo debe de ser menos enigmático para quien le pone nombre exacto a sus cosas. Aunque no necesariamente más bello.

jueves, abril 15, 2010

Unzueta

Hoy, Patxo Unzueta pone un poco de sentido común en medio de la crispación y el vocerío.

lunes, abril 12, 2010

Weekend

De la Babelia del sábado extraigo una cita de Canetti: Di tus cosas más personales, dilas, es lo único que importa, no te avergüences, las generales están en el periódico. Y del final del domingo, tras una excursión por parajes hermosos y bajo un cielo cambiante, me queda el eco de una sabia música de araña, la que Jorge Drexler urde en su último disco: Ir por ahí, como en un film de Eric Rohmer, sin esperar que algo pase, amar la trama, más que el desenlace.

jueves, abril 08, 2010

Para C.

A qué hora exacta se esconde la vida
y deja a la puerta un pálpito
de grillos y de ranas.
En qué momento fue el amor costumbre.

Entre los pliegues de una cama deshecha
por la pasión o los sueños
han ido anidando los años
y sus picos voraces.

Verás, hoy te escribo
como quien le habla a quien ama,
al oído y con los ojos cerrados.
Así fue en el principio y la orilla.
Y así debiera ser también
cuando el viaje nos devuelva a los muelles.

miércoles, abril 07, 2010

Calvario

“No hay palabras. No se puede describir. Es un sentimiento inexplicable. Hay que vivirlo.” Imbéciles. Claro que hay palabras y se puede describir y hasta explicarse. Y, por supuesto, hay quien no tiene deseo alguno de experimentar tamaña alienación. Extraño país. En esto de las procesiones, los capuchones, las imágenes y las mantillas, no hay sino otra disculpa para exhibirse, para situarse en el mapa, para no perder el tren de las celebraciones. Cada uno, sin molestar, que se dedique a lo que quiera. Faltaría más. Pero que la sinrazón y la superstición se subvencionen, se televisen desde lo público y se promocionen como manifestación cultural es un despropósito intolerable en un país aconfesional. Somos un pueblo volcado a las calles. Cualquier disculpa es buena para echarse a ellas. Disfrazados de Belcebú o encarnando al Crucificado. Luciendo palmito en el chiringuito, la feria de abril, la romería o la playa. Nos gusta el ruido. El barullo. Estar hombro con hombro bajo los pasos y a hostias el resto del tiempo. Tanto nos gusta la farra que somos capaces de bautizar, comulgar y hasta procesionar por lo civil. Menudo calvario.