martes, agosto 19, 2008

Un par de viejos

Fiesta nacional de Francia. Y uno recuerda a Brassens y su mala reputación: Le jour du Quatorze Juillet / je reste dans mon lit douillet. / La musique qui marche au pas, / cela ne me regarde pas. / Je ne fais pourtant de tort à personne, / en n'écoutant pas le clairon qui sonne. / Mais les brav's gens n'aiment pas que / l'on suive une autre route qu'eux, / non les brav's gens n'aiment pas que / l'on suive une autre route qu'eux, / tout le monde me montre du doigt / sauf les manchots, ça va de soi. Nosotros hoy nos levantamos. Faltaría más. Nous sommes en vacances. Se experimenta, además, una sana envidia de cómo se celebra por aquí esta fiesta. Por un día se manifiesta la alegría de compartir un territorio y un gobierno que lo rige dando y requiriendo sin atender a balanzas o pedigrís regionales. Nos acercamos a Toulouse. La bella población que atraviesa el Garona y los canales de Midi y Brienne. La fiesta tenía despejadas las calles. Poco tráfico. Pocos viandantes. Mucho ciclista. Dejamos los vehículos apartados en un gran boulevard, el de Luxemburgo. Cerca había algunos garitos margrebís. Mucho hombre moreno sentado a la sombra, en las terrazas, fumando y charlando apasionadamente. Llegamos desde allí en corto trayecto hasta San Sernín, fotografiando su hermoso campanario octogonal desde la estrecha calle que nos iba acercando su perfil recortado contra el cielo azul de la mañana. Avanzamos hasta la plaza del Capitolio. Le da nombre el hermoso edificio civil que alberga al ayuntamiento. Lugar concurrido. Centro de la ciudad. Explanada de paseo y encuentro. De celebración también, que allí se estaba instalando esa mañana el escenario sobre el que se celebraría la fiesta. Terrazas a la sombra al otro lado de la fachada dieciochesca. Tiendas en su perímetro. Bicicletas. Turistas como nosotros. Sol mañanero agradable. Cuando avanzábamos callejeando desde el Capitolio hacia el río, se paró a nuestra vera un hombre parsimonioso, de barba y cabellos canos, gafas, manos en los bolsillos y voz grave y algo lenta. Español, nos dijo. Nos había oído hablar y quiso saber si precisábamos de alguna ayuda en su ciudad. Porque a Toulouse ya la consideraba como tal. Casi cincuenta años lleva residiendo allí. Natural de un pueblo pequeñito entre Benavente y La Bañeza, emigró muy joven a buscarse las habichuelas. Paseamos junto a él. A su ritmo. Iba desgranando poco a poco cosas sobre su vida, sobre el sitio, sobre los españoles que allí vivían, que habían sido muchos, pero que iban siendo menos porque los viejos se mueren. Nos acercamos al río charlando. Aquella peniche hace un paseo por el Garona, nos indicó señalando un barco chato amarrado a la orilla. Él vivía al otro lado del cauce. Paseaba todas las mañanas durante unas horas. Cruzaba el puente hacia el cogollo tolosano. Volvía al mediodía hacia su barrio. Se paraba al hablar, como en esas conversaciones de jubilados que van sin prisa matando la mañana y cuando quieren enfatizar algo se detienen y obligan a quienes les acompañan a hacerlo también, sin que se reanude la marcha hasta que lo que cuentan llega a su término. Y así estábamos, haciéndole corro, cuando por nuestras espaldas se nos acercó otro paisano, otro vejete español con unas cuantas décadas también de residencia en Francia. Venía en bicicleta y con corbata. Supo que eramos compatriotas al vernos en compañía del inesperado guía que nos iba acompañando desde unos momentos antes. El anciano ciclista era de Madrid. Su esposa, francesa, andaba bastante enferma desde tiempo atrás, por lo que apenas viajaba ya a España. Era un jubilado ecologista. Nos dio unos pins en los que se pedía atención para el medio ambiente. Pero lo más curioso de la situación es que ambos personajes, aquellos dos encantadores viejecitos emigrantes, que llevaban toda la vida en una ciudad extranjera y parecían entrañablemente enternecidos cuando se cruzaban con unos paisanos desconocidos hablando en su lengua natal, la que ya ellos mismos empleaban con giros y acento galos, aquellos dos voluntariosos acompañantes estaban, según pudimos advertir pronto, fieramente enemistados. Qué curiosa situación, ambos ayudándonos, indicándonos lo mejor de la ciudad, hablándonos de sus vidas, y sin apenas mirarse. El ciclista se fue pronto. Saludándonos ágil mientras pedaleaba bajo los árboles que daban sombra al paseo ribereño. Volvimos hacia el centro. Nos despedimos también de nuestro primer amigo junto al metro. Tomamos unas cervezas en una coqueta braserie del Capitolio. Las necesitábamos. Un buen paseo y mucho calor a medida que pasaban las horas. Esos primeros tragos de cerveza cuando aprieta la sed son gloria bendita, como bien contaba en un delicioso libro, que he releído hace unos días, Philippe Delerm: “Uno la bebe rápidamente, con una avidez falsamente instintiva. En efecto todo está escrito: la cantidad no es ni mucha ni muy poca, lo que hace el comienzo ideal; el bienestar inmediato puntualizado por un suspiro, un chasquido de lengua, o un silencio que lo vale; la sensación engañosa de un placer que se abre al infinito… Al mismo tiempo, uno ya sabe. Todo lo mejor ha sido tomado. Uno coloca su vaso y lo aleja incluso un poco sobre el pequeño cuadrado de servilleta”.

lunes, agosto 18, 2008

Distancia

Trenes que chocan. Colisiones irreparables. A los amigos que nos han acompañado hasta este tramo ya avanzado de la vida hay que cuidarlos. Pero eso significa también, en ocasiones, cuidarnos de ellos. Una prolongada proximidad puede, de pronto, volvérnoslos irritantes. Sólo la distancia nos los devuelve de nuevo irrenunciables. Conviene observarlos, observarnos -también a nosotros mismos-, desde arriba, con la altura discreta que otorga el silencio bien administrado, la disección razonada de nuestros sentimientos y de los suyos. Hay unos versos en el último libro de Álvaro Valverde que vienen bien a esta intención:
“… captar nuestra existencia de soslayo
o verla desde lejos, en lo alto,
con la perplejidad del que contempla
…”
La perplejidad es asombro y también incomprensión ante lo ajeno. Esa distancia que permite observarse como alguien distinto, con una objetividad sobre lo propio casi imposible, nos vuelve, de repente, sorprendentemente absurdos.

domingo, agosto 17, 2008

Una brújula

Meditar cerrando los ojos al sol de la mañana, gozando del milagro de disfrutar de un hueco bajo su brazo de luz. El zumbido laborioso de los insectos entre la vegetación que tapiza los muros de la casa. El trajín del desayuno. Todo comienza de nuevo y en nuestra laica oración se pide que el nuevo día venga clemente y traiga algo de dicha. Nos puede a esta hora la esperanza de ser mejores.
Uno sabe qué es la felicidad. En ocasiones hasta la tuvo entre las manos. Así que podría describir su consistencia. Frágil siempre. Cualquier golpe inesperado la quiebra en mil pedazos. Leve como pluma, que hasta una brisa ligera puede llevarla lejos, tanto que se hace inútil forzar la mirada por no perderla. Así es la felicidad. Esquiva y gloriosa. Y como todo bien preciado, como la misma salud, no deberíamos vanagloriarnos de poseerla, de estar en ocasiones bendecidos por ella. Cualquier ostentación de riqueza resulta indecente. Estar dichosos debería ser, pues, como el calor de las sábanas, un bien íntimo. Quién sabe qué oscura maldición puede despertar la exhibición grosera de la felicidad.
Volvemos a Toulouse. Esta vez a la Ciudad del Espacio. Una gran exposición educativa sobre la conquista de lo que hay más allá de los cielos. Reproducciones aeronáuticas. Cine en tres dimensiones. La carrera espacial: Estados Unidos, la URSS y ahora también Europa. Los niños lo pasaron bien. Hacía calor. Es difícil verlo todo en unas pocas horas. Al salir me compré una brújula. El espacio me parece un lugar demasiado lejano. La tierra incluso me resulta a menudo inabarcable.

sábado, agosto 16, 2008

Carcasonne


Carcasonne es un espejismo. Se levanta sobre una colina, al norte de la autopista. Una seductora arquitectura como de construcción de madera para niños. Piezas sencillas, cubos, almenas y tejados cónicos. Saeteras. Puentes levadizos. La promesa de un encantamiento de cimientos sólidos. De un tiempo detenido. Y la gente acude como a los santuarios. La nueva religión del turismo. Dentro viven los mercaderes. Se han hecho con el templo. Exponen sobre los tenderetes toda su quincallería, bien bruñida, perfumada. A Carcarsonne nunca debería visitársela por dentro. Es un espejismo parcelado y en venta.
Comimos en La côte de mailles. Un pequeño restaurante que parecía tranquilo y que encontramos en una calle apartada. Servicio atento. El patrón vigilaba el negocio paseándose parlanchín y algo ceñudo entre las mesas. Era un tipo fornido que vestía una camiseta violeta sin mangas. Andaba desolé, alguien se había llevado la llave del retrete. El único. Para hombres y para mujeres. Detrás justo de nuestra mesa. Cuando quise lavarme las manos antes de comer, me lo encontré dentro. Nos lo explicó entonces. Sin llave y sin cerrojo, el servicio se volvía un cuarto indiscreto. Estaba seguro de que había sido un niño. Un gamberrete se había llevado la llave. Madame, le dijo a C. cuando entré en el baño, vigile la puerta para que nadie moleste a su marido mientras está dentro. Pedí casoulette. Había que probar la especialidad local. Un pote de alubias y carnes. Con pato. Casi sin caldo. Espeso. Contundente. No me entusiasmó. Por el local, grande como su dueño, pero mucho más manso, se paseaba un gran perro negro. Cancún. Quizás el patrón estuvo en México. Quizás allí le cogió gusto a las camisetas sin mangas. Quizás por eso le puso ese nombre al can.

jueves, agosto 14, 2008

Siempre las mismas señas


En Moissac ya es mediodía y la gente va camino de sus casas. El mercado está a punto de cerrar. Nos da tiempo a comprar unos magrets y fruta. Hacemos la comida a eso de las dos. Son ahora las cuatro. Los niños se han estado bañando en la piscina. Luce un sol espléndido. Leemos a la sombra y apuramos el poso de un gintonic. Siento como si por un momento nos cobijaran los más indulgentes pliegues del mundo. Me ronda la cabeza una idea para un poema: un viajero escribe postales que tienen por destino su propia casa.

Las páginas de un cuaderno de viaje
son como postales escritas
desde cada uno de los lugares
a donde nos llevan nuestros pasos.
Arrastran la letra imprecisa
de quien se apoya en viejas piedras,
en mesas de café, belvederes de mármol,
bancos de parque o asientos de tren.
La consistencia ósea
de un apunte cualquiera al natural
que tomara el lápiz de un paisajista.
La emoción desnuda de todo lo íntimo.
Y siempre iguales señas por destino,
las del lugar de donde una mañana partimos
con la secreta esperanza
de contar nuestro viaje, la vida,
en descoloridas postales de kiosko.

jueves, julio 10, 2008

Cerrado por vacaciones


Hasta la vuelta.

Postal de Madrid (Thyssen)

Se está bien en los museos cuando hace calor. Como en las catedrales. Finalmente se acaba viendo lo mismo en ambos lugares: el tenaz inventario de cuantas obsesiones en el mundo han sido. Se sale a la luz en la galería Villanueva. Se llega a esos mármoles carnales de Rodin después de haber dejado atrás el recogido ámbito de las primitivas capillas italianas. Se respira entonces profundo en ese espacio, como aireando los rincones oscuros del pecho. Se toma asiento, haciendo el primer alto en los bancos sin respaldo. Se atisba por los vanos de las estancias una confusión hipnótica de colores.Viene de repente, en sentido contrario al de la visita, un monje. Alto y rubio. Poco más de treinta años. Descaradamente apuesto. Con hábito franciscano y sandalias de cuero. Paso rápido. Prestando apenas atención a lo que cuelga de las paredes. Lleva por encima de la frente, a modo de visera, unas modernas gafas de sol. La japonesa que contempla fervorosa el retrato del joven caballero de Vittore Carpaccio se vuelve. Una brisa imperceptible le acaba de rozar el hombro. Ve alejarse al monje. Es como la encarnación de un figurante. Con prisa por ganar la calle y unas lentes ahumadas para sobreponerse al sol después de muchos años.

lunes, julio 07, 2008

Postal de Madrid (Montera)

En el mismo paso de peatones donde aguardamos para cruzar hacia Montera, una mujer de escote generoso, falda muy corta, pechos desbordados y piernas que a duras penas tornea el alza de sus tacones, se despide de un viejo aseado con dos besos, uno por mejilla, como en la canción. Una propina de cariño después de un revolcón rápido y espurio. Él se va por Fuencarral. Ella cruza a nuestro lado. Vuelve a la calle. Escaparate sin cristal. Fuma. Quema el aliento del anciano. Todo transcurre en medio de la gente. De mucha y apresurada gente. Bajo el sol. Un sol que arde en seco. Me siento entonces ajeno a todo. Por encima de los ojos, sobre la pantalla que me cuelga por dentro a la altura de la frente y oyendo más nítidamente el arrastre del proyector que el tráfico de Gran Vía, veo una y otra vez el cuerpo algo repulsivo de la meretriz, la despedida altiva e impostada del viejo, el mundo desenfocado que rodea la escena. Durante un buen rato, este corto reportaje callejero percute reiteradamente su cotidianidad insulsa en mis sienes. Aún no sé por qué. Escribo por ponerle voz. Al llegar a Sol, mi hijo busca el kilómetro cero.

jueves, julio 03, 2008

Imágenes de un viaje

Dejábamos atrás, por debajo de ese mar de nubes, la mar hembra que muerde acantilados y alienta en el esfuezo la espuma de los días.


Mañana de domingo. El mundo parece de repente tan hermoso que dan ganas de contarlo y de pintarlo.


Qué sería de un jardín sin fuentes. Qué sería de un jardín trepador sin lluvias.


Algunas plazas son como las almohadas. Regazos tibios donde aguardar la noche.




Este sol de atardecer, que le da un calor suave a las piedras del teatro y alarga los días en sombra tibia, hubiera agostado la ambición de Macbeth. En Escocia, el frío confunde a menudo a los hombres y a sus mujeres.

En los veranos ardientes, de las bocas del metro llega un aliento que funde allá abajo hasta los mismos raíles por donde transita el deseo.





Cuando se viaja "a" y se renuncia al "hacia", conviene poner norte en algún faro, procurar que el cabotaje tenga por costa una luz en risco a la noche y un muelle blanco en el día.

domingo, junio 29, 2008

De vuelta

En esta cala de guijarros, arena gruesa y algas resecas, siempre le toco el ala a la dicha. Recién llegado de Madrid, me acerco aquí y pienso en lo que hemos vivido estos últimos días en la capital, las satisfacciones de conocer y reconocer, el placer de observar y pasear por recintos y paisajes desacostumbrados. Pienso en ello justo en la misma orilla, solo y con el agua fría de la pleamar plácida mojándome los pies, sintiendo como la brisa salobre alivia la espesa luz solar posada sobre los hombros. Y por un momento juraría que aún no siendo justa la comparación entre aquello y esto, prefiero la breve alegría que sólo otorga la playa batida por el constante rumor de sus aguas, el calor clemente, el silencio de lo apartado y la promesa de una lectura sobre la toalla, en la sombra misma de esa piedra en la que los años han ido imprimiendo la exacta forma de mi espalda.

Ágora X


Es éste un extraño empeño
que tiene tantos años
como los dedos de las manos.
La que se agarra al lápiz
como a a una mano tendida
en el alero mismo por el que nos precipitamos,
la mano amiga que nos salva.
Y la que fija el papel
y con él al mundo,
la tierra que entonces se hace firme
y sobre la cual es posible escribir palabras
que son de tinta y no de aliento,
porque se escuLpen
con la L de lo lento
de lo delicadamente lento y en sazón.

26-VI-08
JCD

(Hace diez años que se comenzó a publicar Ágora, una modesta revista donde nacieron los Diarios de Rayuela. En el tren que me traía de vuelta a casa pergeñé esta pequeña crónica del arraigo. Finalmente tomó apariencia de collage. Así saldrá en la revista que conmemora el aniversario. Felicidades a todos los agoreros.)

jueves, junio 19, 2008

The visitor


















Llevaba años sin saber de él
pero lo reconocí nada más verlo.
Siempre fumó del mismo modo,
levantando la barbilla
y echándole el humo con desdén al mundo.
Recorrió un montón de millas para encontrarme,
alguien le había hablado de dónde vivía
y a qué me dedicaba.
Quizás sólo vino por ver si era cierto,
por saber si su viejo amigo,
aquel cantante de voz oscura y mala bebida
madrugaba todos los días
para vender piensos y cortacéspedes
en un galpón de un pueblo perdido en el oeste.
Dejé un cartel a la entrada
avisando de que volvería pronto.
Nos tomamos juntos una cerveza en la cantina.
Apenas si supimos de qué hablar.

Stephane Furber, Daphne.
Editorial Mondantordi, Argentina, 2007.
Traducción de Mariana Lotti.

lunes, junio 16, 2008

Memoria e imaginación

Esta mañana llueve fuerte. Sobre la bahía se ha posado una bruma espesa, más óleo que acuarela. Por la orilla anda un paseante solitario. Descalzo. Arremangado hasta las rodillas. Con un paraguas de un color rojo que parece más intenso en medio del día gris. Por las aceras quedan restos de la noche. De la celebración. Cuando una ciudad se echa a la calle del modo en que lo hizo ésta, es que las ganas le llevaban tiempo comiendo las entrañas. Hubo bulla joven. Nunca falta. Pero fue distinta, más recogida e intensa, la de quienes guardan memoria aún de un equipo que hace veinte años se disputaba la gloria con los grandes. Solemos resumir la intensidad de un sentimiento en una imagen o en unas palabras. De aquellas ligas de ensueño hemos guardado el recuerdo de un tipo que entonces iba a proa. De nueve. Que quizás no fue nunca un pelotero elegante. Ni un guapo de calendario. Pero le vimos escorzos tan laboriosos como efectivos. Cabezazos certeros. Goles agónicos. Fue, sobre todo, un jugador en el que se concentraba la esperanza cada vez que era posible un remate. Crecía en esos instantes por la grada una plegaria laica que acaba en grito, el “ahora Quini, ahora”. Ayer domingo, en medio de la fiesta, se entonó de nuevo ese conjuro contra las derrotas. Las de los partidos y las de la vida. Haberle dedicado la efímera dicha de este logro deportivo a quien nos hizo felices tantas veces y sabemos que hoy lleva dentro el mal bicho de la enfermedad ha sido un gesto generoso, pero también un compromiso con la ilusión. Decía Borges, que sin memoria no era posible la imaginación. Afortunadamente, hemos conservado la nuestra. Tenemos, por tanto, derecho a imaginarnos, por un tiempo al menos, entre los mejores.

martes, junio 10, 2008

Quisimos tanto a Tadzio

Giselle Prassinos era una muchacha frágil. Eso parecía al menos en las fotos de Man Ray que le recuerdo. Blanco y negro. Sólo catorce años ella. Nosotros, quince. Vorágine vanguardista de principios de siglo. Extravagancias y genio. De todo ello supe por una revista que tenía un nombre sugerente, El orfebre. Él nos la llevó. La convirtió en culto. Bachilleres del Jovellanos. Poco más que niños. Lecturas desordenadas. Fascinación por la bohemia. París. Breton y Soupault, bois et charbons. El surrealismo. Era un Tadzio rubio, fascinante, andrógino, erguido como un junco soberbio, de verbo preciso, tez blanca y ojos azules transparentes. Un mármol hermoso y a la vez un aprendiz de gurú que nos descubría la literatura de vanguardia. Escritura automática. Collages. Absenta. Belladona. Transcurridos ya tantos años, lo he buscado hoy en internet. Su recuerdo, de repente, se me instaló como un imán poderoso entre las sienes. Sentí una imperiosa necesidad de saber qué había sido de él. Abrí comillas, puse su nombre y apellidos. Cerré comillas. Un par de referencias. Una fotografía. Lo descubrí en una imagen de grupo. Un despacho de abogados. Retratado justo en la esquina derecha de la toma. Segunda fila. De traje. Corbata roja con nudo windsor. Por delante los propietarios de la firma. Tres socios de edad avanzada. Sobrealimentados. Miradas de ave rapaz. Ojeras de rijo. Por detrás, los códices jurídicos. Ordenados por colores. En medio estaba nuestro Tadzio. La belleza no lo había abandonado del todo, pero juraría que ya no era de ella sino uno más entre sus mantenidos.

jueves, junio 05, 2008

De polillas y lágrimas

Se me ocurre que una expresión poética arrebatada, inequívocamente romántica, becqueriana, sería capaz de sugerir cosas tales como que "por ver de nuevo sonreír tu rostro / beber podría, lentamente a sorbos, / las tan tristes lágrimas de tus ojos". Estos endecasílabos le dejan a uno tan encogido el ánimo y el globo ocular que provocan, como contrapunto a su excesiva carga de afectación, una risa floja muy propia de lector culto, contemporáneo e irónico, contrario, por ello, a lirismos ñoños. Pues bien, ríanse ustedes, ríanse, de los poetas sensibles y de sus excesos, que la realidad pone a cada uno en su sitio. Y hasta en ocasiones desvela que no son tales los que damos por arrebatos cursis. He leído recientemente que puesto que las polillas de Madagascar corren serios riesgos al acercarse a beber en las charcas, por abundar en ellas ranas empeñadas en comérselas, deben saciar su sed en fuentes más seguras. Por eso se posan con cuidado sobre los pájaros dormidos, por eso acercan sus trompas al interior de los párpados de las aves. Se beben así las lágrimas de los petirrojos. Nadie se explica la alegría contagiosa que por aquellas latitudes les produce a los nativos el canto de estos pájaros, un estado de dicha suave que se venía aventurando podría deberse a la ingesta de alguna planta alucinógena. Los entomólogos han descubierto por dónde se les va la tristeza a los petirrojos. Queda por saber dónde reside el encantamiento de su trino.

martes, junio 03, 2008

Excursión

Mañana de sábado. Sin demasiado entusiasmo porque hace un día de perros, emprendemos viaje hacia Somiedo. Atravesamos el puerto de San Lorenzo en medio de una niebla espesa. Sigue lloviendo. A través de las ventanillas pasa todo con lentitud, da tiempo a pensar sobre la soledad de estos pueblos, sobre su aislamiento en el invierno, sobre cómo será aquí la vida de los niños -si es que aún siguen naciendo niños por estos lugares-. El agua se desborda por todos lados, cae impetuosa por las praderías, chorrea en pequeñas cascadas hacia las cunetas, anega las partes bajas y llanas de los campos. En Saliencia se toma la nueva carretera que lleva al alto de La Farrapona. Antes era una pista. Se ha asfaltado hace unos meses. Suben incluso autobuses. No deja de ser paradójico que una vez aprobadas por las administraciones las medidas que protegen espacios naturales como éste, posteriormente se facilite el tránsito hasta su mismo corazón. La ascensión transcurre llevando siempre a la vista el río, el valle que forma su curso, los prados y cabañas de teito, el ganado. Ni el día desapacible empaña la belleza de esa marcha de casi diez kilómetros que lleva hasta la zona lacustre. Habrá que perderse en ocasión más propicia por estos senderos que van de un lado a otro del cauce del Saliencia. Va uno haciéndose incluso a la idea de lo agradable que será caminar demoradamente por ellos, llevando tan pronto la vista a los montes como a la pradería y el fluir sonoro del agua. Arriba son aún mayores las inclemencias. La niebla se posa espesa y la lluvia se abre paso violentamente a su través. Nos acercamos al lago de la Cueva, al lado del que antaño estuvo la explotación minera de hierro. Los charcos de la pista son casi de color cinabrio. Ganamos después altura hasta La Almagrera, una cimera depresión que sólo embalsa agua en época de lluvias copiosas, y ésta lo es sin duda porque anda rebosante. Y luego hasta el mirador sobre el que se alcanza todo el Calabazosa, el más profundo lago del norte cantábrico, y desde donde a escasos metros también se puede divisar la otra laguna próxima, la de Cerveriz. Por allí, cuando era un crío de trece o catorce años, estuve acampado dos semanas. Recuerdo bien aquella experiencia. La dureza de la marcha que nos llevó hasta el lugar donde asentamos la tienda. La alegría de tantas jornadas en un entorno bellísimo e inabarcable. Los baños en las aguas negras, frías y temibles del Calabazosa. Los mastines que cuidaban del ganado en los riscos próximos. Las ascensiones a los Picos Albos. Las hogueras a la noche. La música de Albert Hamond, que entonces me gustaba tanto. Todo se ha venido de repente a la memoria, también los rostros de los compañeros de entonces. Más de treinta años después. El escalofrío de este cómputo que uno hace cada vez más a menudo para situarse en la línea de la vida, para saberse al otro lado de su mitad, para felicitarse por haber llegado, acojonándose por lo que le llevamos ya arañado. Regresamos por la angosta carretera que atraviesa el bosque de Tibleos, el de la maldición aquella que decía: ¡Permita Dios que te vayas / mas allá de los infiernos / al Principado de Asturias / al concejo de Somiedo / hasta el monte de Tibleos / donde el diablo dijo: miedo!

jueves, mayo 29, 2008

Nostalgia del presente

La sentí sin saber cuál era su nombre exacto. Finalmente lo descubrí en un poema escandinavo de Borges, en una página de los diarios de Xuan Bello. Resultó ser: Nostalgia del Presente. Le puse mayúsculas a sus iniciales. Y arrastré la fonética de la g pronunciándola como se haría en italiano, acentuando a la vez la í, volviendo hiato lo que era en castellano diptongo [nostalyía del presente]. Se me antojó entonces que era el nombre de una gran dama florentina, que inválida tras caerse de su caballo miraba desde una de las estancias altas de su palacio la campiña toscana, apurando desde allí todo el paisaje como si se tratara del poso de un antídoto en el que le fuera la vida.

Obsesión

Para escribir un buen libro, una obra sólida, no sólo se necesita oficio, es imprescindible una obsesión.

martes, mayo 27, 2008

Ilusión

No debería echarse en olvido que toda ilusión esconde un temible prefijo "des-" que más temprano que tarde se reclama como tal. No debería fiarse todo a la esperanza de una palabra en número insular que termina siempre por desvelarse incompleta. Tal vez fuera conveniente recurrir al plural consecutivo, a las ilusiones tomadas de una en una, confiando en que el tiempo nos libre finalmente del último de los prefijos.

jueves, mayo 22, 2008

Campo de amapolas blancas

Tres días atrás recibí el correo de un amigo recomendándome la lectura de Campo de amapolas blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal. Ayer compré el libro a media mañana en Paradiso. Lo leí a la tarde. Novela de alrededor de noventa páginas. Historia que acontece en la imaginaria Murania. Habla de la vida de H. El narrador fue su amigo desde la escuela —ambos fueron alumnos de los hervacianos—, hasta el tránsito convulso de la juventud, cuando sus vidas comenzaron a distanciarse definitivamente. El primero de sus capítulos es una especie de prólogo que pone sobre aviso al lector del modo en que se afronta la escritura de lo contado. Habiendo comenzado todo veinticinco años atrás, se advierte que no puede entonces esperarse precisión y detalle, sino sólo apuntes de lo que en la memoria permanece al cabo del tiempo. Así es. Lo recordado son jirones. Episodios que dan noticia de cómo se forjó la amistad entre narrador y H en la infancia. La estancia de ambos en París el verano previo a su ingreso en la Universidad. Los días que compartieron en los estíos de Murania cuando ambos ya parecían enfocar sus gustos y su vida por derroteros diferentes. La lenta e imparable declinación hacia lo marginal de H. Fueron en el comienzo vidas paralelas, insegura formación de hombres que tantean, antes de serlo defintivamente, el suelo, el aire y la luz que a su paso encuentran. Que viven, como todos, en un lugar y en un tiempo precisos, el de los años sesenta y setenta en las provincias de “un viejo país ineficiente”, que decía Gil de Biedma. En ese ámbito se definen dos vidas. La del narrador enderezándose en la seguridad de lo convencional. La de H diluyéndose finalmente como esa lluvia sobre la que iba guardando cuantas citas encontraba en sus lecturas. Todo se narra con un tono premeditadamente distante. El capítulo inicial fija esa perspetiva. Y sin embargo, compensando esa aparentemente objetiva disección del pasado, la novela está veteada de una elegante sensibilidad poética. La parquedad expresiva tiene, cuando se usa con pericia, la virtud de la connotación, de la interpretación entusiasta. Esa amapola blanca a la que alude el título y que nunca creció en los campos murgaños es la metáfora de un paraíso que más que perdido se desvela ilusorio, o al menos tan frágil y fugaz como la nieve que es la flor de los almendros en la cita inicial de Camus. Un paraíso tras el que se desorienta una vida que como único vestigio de su confusión deja tras de sí la abstracción colorista de una lámina de Kandinsky colgada en la pared del piso de un brigada. Un rastro que se antoja demasiado inconcreto para el olfato de un guardia civil que sólo tiene la certeza, como el propio Camus, de que “los hombres mueren y no son felices”.
(Coda preventiva: No aspiran a ser estas impresiones reseña de suplemento literario en diario de prensa, sino sólo la nota pergeñada en un diario personal en el que a veces se escribe de literatura cuando a uno le conmueve lo que lee.)

miércoles, mayo 21, 2008

Chambi

Hemos vuelto al Antiguo Instituto Jovellanos a ver una nueva exposición fotográfica. La última había sido la de Inge Morath. Ahora es la de Martín Chambi. Aquella transcurría por los márgenes del Danubio. Apaciblemente. Sin contrastes bruscos. Ni en las tonalidades, ni en la vida retratada. La de Chambi es en cambio una obra de negros intensos, de rostros esculpidos, de construcciones sólidas y antiguas y, ocasionalmente, de tules níveos en las bodas de los blancos. Fotógrafo peruano nacido a finales del XIX, profesionamente tuvo como dedicaciones el trabajo por encargo de las celebraciones y retratos grupales de las familias burguesas cuzqueñas, y las imágenes que como reportero tomaba para la prensa. Sin embargo, su obra más personal fue la dignificación indígena, fotografiando sus tipos, sus fiestas, su marginación y su portentosa arquitectura.
Uno tenía en la memoria sin saberlo una foto de Chambi. Eso sí, muy en el fondo y con la pátina de niebla que sobre todo echa el tiempo, con el esfumato que le pone a los contornos. Una foto clásica del Machu Picchu. Fue tomada en los años veinte. Él fue el primero en llegar con su cámara hasta la ciudad olvidada y recién descubierta. El primero que la fotografió desde dentro y en la distancia. En esa foto que yo conocía sin saber de quién era, la ciudad inca reposa en el cuenco de una mano hercúlea. En la mano de un antiguo dios al que se supuso enterrado cuatrocientos años atrás. Chambi dio noticia de su su pulso firme. Sostenía aún el mundo de sus antepasados.

domingo, mayo 18, 2008

Verde agua

He leído una pequeña joya que lleva por título Verde agua. Hace unos días, paseando con mi amigo J., le hablé de la grata impresión que me estaba causando El infinito viajar de Claudio Magris. Su prólogo es casi un ensayo, breve pero intenso, sobre las distintas significaciones que puede tener el viaje. J. recordó entonces a la que fuera mujer del triestino, Marisa Madieri. Había leído de ella unos años atrás una obra a modo de diario que le había parecido magnífica. Tanto, supongo, que apenas un par de horas después de despedirnos me hizo llegar a la oficina un pequeño paquete envuelto en papel de regalo que contenía la delicada edición que Mínúscula publicó de Verde agua.
Madieri nació en Fiume en 1938. El libro relata el destierro de quienes como ella y su familia hubieron de abandonar la que era su ciudad, y que pertenecía a Italia, cuando les fue entregada a los yugoslavos después de la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndose en la que sigue siendo hoy Rijeka. Hubo de asilarse varios años en un campo de refugiados en Trieste, lugar donde finalmente vivió hasta su muerte, por un cáncer, en 1996. Madieri fue profesora y, también, casi en secreto, escritora. Verde agua es una narración en forma de diario que desgrana recuerdos de infancia y juventud y sucesos de la vida que transcurre mientras se redacta el libro.
En el posfacio de Claudio Magris hay una cita de Nietzsche, que según parece le era muy querida a Umberto Saba; una cita que resume bien cómo están escritas las páginas de Verde agua: “Somos profundos, volvamos a ser claros”. Y lo explica así el propio Magris: “En numerosas ocasiones la crítica ha destacado su tersa y despiadada transparencia, que deja emerger íntegramente el oscuro fondo de la vida hasta la límpida superficie de las cosas, agua cristalina sobre cuyo espejo se dibuja la tortuosa geometría de las cavidades submarinas.” Ciertamente, todo lo dice Marisa Madieri con sencilla elegancia, con emoción profunda y contenida. Se habla con alegría de la vida, aun sabiendo que esa vida –ya estaba enferma por entonces la autora- siempre alberga la semilla de su propia destrucción. Y se hace también defensa de esa vida hasta en las más difíciles circunstancias, en la miseria y el extrañamiento, porque aún en tales trances se alcanza a adivinar en ella los indicios de aquello que la justifica sobre todo, el amor que se recibe y que se da. Un libro, en fin, que ya uno incluye entre esas lecturas que sobrecogen, alegran y consuelan, que nos ayudan a ser mejores.

sábado, mayo 17, 2008

lunes, mayo 12, 2008

Hubo un tiempo...

Se tragaba la madera de los muebles y del suelo la avara luz de las bombillas que iluminan el salón. El poso del café en el fondo de las tazas. El brillo de las copas y los ojos. Las palabras son más sinceras en la complicidad de la penumbra y del alcohol. Xuan cenó con nosotros en esta pequeña casa de su pueblo donde pasamos el fin de semana. Noto que habla más despacio y más suave. Que se viste con mayor descuido. Cuando se fue era noche cerrada. Caminaba sin prisa alguna. Se veía en la oscuridad la pavesa de su cigarrillo. Al irme a dormir, me rondaban algunas de sus confidencias. Aquellas palabras que hablaban de una ilusión antigua, de una desesperanza nueva, paradójicamente tranquilizadora.

Hubo un tiempo en que desee vivir en el Mediterráneo. Trasladarme definitivamente a una isla cálida. Vestir ropas amplias de lino. Brasear verduras y regarlas con aceite espeso. Acompañarlas de vino blanco en frasca transparente. Escribir despacio y leer hasta el fin de los días. Hubo un tiempo en que amé el sol y los cuerpos libres que su luz bendecía. Que busqué cobijo en los arenales y la pinaza. Que me hacía feliz la transparencia del océano y las pequeñas barcas levitando sobre ella. Hubo un tiempo en que nada me importaba más que asistir en el silencio de las colinas al incendio incruento de los ocasos. Que amparado en las sombras de las casas de Deià subí en un almediodía luminoso hasta la tumba de Graves.Hubo un tiempo en que fui joven y odié el invierno, la lluvia y las nieblas. En que hubiera jurado que el amor no se desgasta. En que me daba un miedo infinito remontar el curso de los ríos porque imaginaba que en su principio fluía el magma horrendo de un Kurtz oculto. En que eché al olvido la lengua de mis padres y di por ruinas la casa donde nacieran y por mala hierba el bosque que le daba sombra. Hubo un tiempo que ahora, cuando se me antoja escaso este otro tiempo que no es más que el resto de mis días, ya casi juraría no haberlo ni vivido.

lunes, mayo 05, 2008

El arca de Noé

Desde este altozano se alcanza casi todo el caserío del lugar. También un recodo del río. Tan lento en su curso, tan apacible y sin embargo extrañamente temible, como si uno no pudiera verlo sin recelar de ese lomo terso que deja al aire y que tal parece la agazapada amenaza de una sierpe enorme. Sólo quiebran el silencio los esquilones. Su ritmo atolondrado recuerda vagamente al de un desagüe. Los pájaros. El martilleo breve que mantienen un par de aldeanos que cercan un prado próximo. El sol se abre paso. Nos hemos hecho el próposito de visitar varios lugares a lo largo del día, pero cuesta abandonar la casa en esta mañana luminosa y calma. En Boal nos detenemos a reservar mesa para el almuerzo. Vamos despacio, gozando del paisaje, observando que los pequeños núcleos rurales dispersos en torno a la carretera se han ido acicalando en los últimos tiempos. En Doiras tomamos la desviación que indica la ruta hacia la Cova del Demo. Quinientos metros más allá aparcamos el coche y decidimos caminar. Hasta Froseira hay apenas un par de kilómetros. Se va bordeando la profunda hoz de Urubio, que corre rumoroso en el fondo, oculto a la vista. Baja generosa el agua de los riscos próximos. Descubrimos incluso una cascada de considerable altura que se precipita impetuosa varios metros por debajo de nuestros pies. El camino también desciende y pierde angostura el curso del río hasta abrirse en valle y descubrir por fin sus aguas, justo por donde se alcanza Froseira, que ya desde lejos da indicio de la sólida y amplia construcción que hubo en torno a la que dicen fue la más importante ferrería asturiana del XVIII. De aquí salían las barras de hierro que luego eran moldeadas en los mazos y fraguas de la comarca, hasta hacerlas clavos, herramientas de labranza y utensilios de cocina. La ferrería de Froseira permaneció abierta entre 1751 y 1886. Aprovechaba la abundancia de agua y de madera, sobre todo roble, raíz de brezo y castaño. El agua era represada y conducida por un canal que hacía girar los rodeznos de madera con los que se movían mazo y barquines. Se fundía el mineral de hierro procedente de Somorrostro, llegado hasta Navia, a los muelles de Porto, desde donde los carros lo cargaban hasta Froseira, cuarenta kilómetros hacia el interior. En torno a la casa, al puente y al arbolado frondoso andábamos cuando nos vino a saludar una anciana levemente renqueante, tocada de pañoleta y vestida con ropas de labor. Nos invitó a entrar, a ver la ruina de lo que fue aquella industria del hierro que ella nunca conoció pero de la que ha aprendido cómo funcionaba y por dónde se distribuían sus partes. Las carboneras que fueron finalmente los establos con los techos más altos que nadie recuerda en la zona. Esas otras paredes ya sin techumbre que circundan un improvisado claustro secular ganado por la mala hierba y donde antaño se ubicó el horno. El almacén umbrío y terrero donde soplaban los barquines. El banzao que remansa el agua en ese apartado rincón que más parece ahora un estanque de jardín descuidado que la presa de lo que hubo de ser una fábrica tumultuosa. Andamos al ritmo de Otilia, que deja el cayado en cualquier esquina y acomoda la cadera a escaleras y pendientes, que nos lleva hasta el molino que aún mantiene en uso. Lo pone en marcha para que veamos cómo los tragos atolondrados de agua mueven desde la garganta la musculatura de sus mandíbulas, la voracidad parsiominiosa de sus muelas de granito, que rumian hasta la harina el trigo, el maíz o la escanda. Y antes de despedirnos nos ofrece de beber. En una bodega caótica donde se agolpa de todo, abre la espita de un barril pequeño. Sirve un vino casero, ligero, fresco y algo ácido, que mantiene aún otro rato la conversación con la vieja. Vive sola sin miedo ni añoranzas. Entretenida con la labor de la casa, ayudándo al hijo que vive en Doiras pero tiene ganado por lo prados próximos y contándole estas y otras cosas a quien se cae por Froseira. Dejamos a Otilia y nos vamos contentos. No es mucho lo que se ve, a qué engañarnos. Es más lo que se presiente que hubo allí. Pero queda del lugar la amabilidad de la anciana, ese estar a bien con lo que la vida ofrece en un lugar remoto, descubriendo que no es tan poco puesto que puede compartirse. Algo más allá, el Navia se retuerce en un meandro musculoso, sobre cuyo cauce se refleja en sombra oscura un paisaje feraz, el intenso verde que remiendan los sembrados de patatas, que pespuntea la sutura del minifundio y motean los minúsculos muros blancos de las caserías dispersas. El agua siempre anda aquí remansada. Está cerca el dique de la presa. Allí bajamos. A un lado queda el estanque profundo a cuyas orillas unas cuantas barcas amarradas le dan un aire de postal. Al otro, el muro sobre cuya vertiginosa caída es difícil mantener la mirada sin sobrecoger el ánimo. Se precipita hacia el abismo por donde continúa el río. Hacemos un alto en San Luís. En las antiguas escuelas han abierto recientemente un centro de interpretación de la emigración boalesa. Pequeño y coqueto. Bien explicado por quien lo atiende. Documentos de lo que fue una próspera y benefactora sociedad de naturales del concejo, con sede en La Habana y que en los años veinte y treinta del pasado siglo financiaron un puñado de escuelas y lavaderos en estas aldeas. Aquella sociedad aún hoy pervive. La paradoja del tiempo ha hecho que los hijos de aquellos que contribuyeron con parte de su fortuna americana a la prosperidad del terruño que los viera nacer, reciban ahora la ayuda que se les envía ocasionalmente desde España para mitigar sus apreturas. Pregunté sobre la existencia de archivos. Me remitieron al Ayuntamiento. No estaría de más tener tiempo para echarles una ojeada, que mi abuelo paterno sé que viajó a Cuba y que de allí volvió antes de la guerra, con tiempo para casarse y tener seis hijos y ser muerto a la temprana edad de treinta y ocho años. Veo con un punto de emoción esas fotos antiguas de las escuelas graduadas de Boal. A esos pequeños asustados que retrata la máquina del fotógrafo y entre los que estuvieron, por tiempo demasiado escaso, mis propios padres. Aquellas aulas que limpió mi abuela. Allí cazaba palomas. Una caja de cartón levantada por uno de los lados con un palo atado a una cuerda. Unas migas bajo la caja. Las aves que comían confiadas. Se tiraba de la cuerda hasta vencer la verticalidad del palo. La trampa que se cerraba. El aleteo inútil en la sombra. La pericia de unas manos que retorcían los cuellos frágiles. El arroz con paloma de las fiestas. La miseria que se olvida del lugar por dónde la compasión nos habitó un día. En el Prado estaba la mesa puesta. Caldo de rabizas. Mi plato más querido. Del que más gozo. En esta casa de comidas lo hacen suave y a la vez sabroso. Ciertamente recomendable. Después del café decidimos pasear un poco por las calles del pueblo, por bajar la comida. Pero el día se había quedado tan soleado que a esa hora el calor reinante no invitaba a prolongar mucho la caminata. En Boal de abajo se mantienen algunas casas que fueron de indianos, que conservan su porte antiguo y unos cuidados respetuosos con su historia. Villa Damiana, El Zanco, Villa Anita. Habíamos aparcado el coche a la sombra. Tomamos rumbo a Rozadas. Se sube hasta Penouta, lo más alto del contorno. Allí he visto otras veces la nieve; muchas, la niebla desoladora de los atardeceres; siempre, la soledad de los caballos que pastan ariscos por aquellos montes y que son como una metáfora algo dolorosa de la libertad. Félix abrió a la hora el pequeño museo del hierro. Y nos explicó sus piezas. La historia de los mazos. La fábrica del clavo. Félix tiene en Rozadas cuatro apartamentos rurales. Cuida también de un pequeño rincón donde ha ido construyendo las estancias de lo que antaño era una humilde casa de la zona. El lar y los pocos útiles con los que se cocinaba, la vajilla escasa en la alacena, la masera donde se hacía el pan y se comía a diario, la cama con somier de cuerdas y colchón de hojas de maíz, el baúl que guardaba las pocas ropas y que tantas veces se echaba a las espaldas camino de otros lugares, de una vida mejor. Félix habla de ese mundo que conoció desde la infancia, que no fue fácil y que sin embargo ama. Atesora el rastro de lo que de él queda, hace acopio de lo que se desecha por antiguo y es memoria que explica de dónde se viene y por qué no se es de otro modo. Es un placer atender la charla de Félix, que todo lo mima con el mismo cuidado con el que ha dispuesto un mantelillo de lino, primorosamente bordado y planchado, sobre el altar de la vieja capilla de su casa. En Armal visitamos a la familia. La vieja casa familiar donde siempre es grato volver. El recuerdo de los veranos que allí se pasaron de crío. La tía hace café. Siempre espeso. El noble pastor alemán que cuida de los viejos se deja acariciar tendido al sol. Al atardecer, en la antojana sigue el día espléndido y cálido. Se charla allí, al aire libre, teniendo a la vista la mole de Penácaros, el monte pelado que luce un color amarillo e intenso por la flor de los tojos. Volvemos a nuestro alojamiento. Siento la felicidad de un día pleno, preñado de momentos deliciosos, que deja caer un telón de luz anaranjada, que trae una postrera brisa fresca, que posa sobre el pecho una suave melancolía. Apuro un vaso de vino blanco, cierro el periódico y escribo sobre el lecho del libro abierto en el que hace un rato subrayé estas palabras: “el viaje-escritura es una arqueología del paisaje, el viajero —el escritor— baja como un arqueólogo a los diferentes estratos de la realidad para leer incluso los signos escondidos debajo de otros signos, para recopilar el mayor número posible de existencias e historias y salvarlas del río del tiempo, de la ola disipadora del olvido, como si construyera una frágil arca de Noé de papel, aun siendo irónicamente consciente de su precariedad” (de El infinito viajar, Claudio Magris).