Darse por vencido. Rencillas entre articulistas. Asuntos de ego que van y vuelven de un lado a otro como esas pelotas que Isner y Mahut se cruzaron en Winbledon en un partido que parecía no tener fin. Cuando se tiene la certeza de que la disputa será casi un frontón, que el quinto set puede alargarse hasta el día del juicio final, uno debiera darse por vencido. En casa nos buzonean los centros comerciales. Al correo electrónico, a la prensa diaria, a la tribuna política, llegan otros reclamos, argumentos que se pretenden pócimas definitivas. Justas comerciales unas, trincheras más o menos ideológicas otras. Fuego cruzado. Querencia por el enrocamiento. Darse por vencido no debe entonces humillarnos. Es preferible a cabalgar desesperadamente como el teniente John Dunbar en aquella sobrecogedora escena inicial de Bailando con lobos, cuando sólo cabía la abulia del frente, el suicidio del héroe o el anhelado destierro. Así que no nos pongamos trascendentes. Démonos elegantemente por vencidos. No pocas veces las pejigueras dialécticas en las que nos enredamos hasta dejarnos la piel como si fuera en alambre, tienen una verdad eventual tan volátil como la pelota de tenis de la que Woody Allen hablaba en Match Point: "alcanza a pegar en la red y por una décima de segundo puede seguir su trayectoria o bien caer hacia atrás. Con un poco de suerte sigue su trayectoria y ganas. O tal vez no y pierdes". La fortuna es eso. En la dialéctica diaria, las más de las veces no se toca red. El partido es infinito. Y los jugadores imbatibles. Démonos, repito, por vencidos y que jueguen los imbéciles hasta la extenuación.
viernes, junio 25, 2010
miércoles, junio 23, 2010
50
Cita y contracita
Destesto el verano, el sudor de las suegras despatarradas por las arenas del circo de las playas, los arroces al sol, los pañuelos para el sudor.
Enrique Vila-Matas, Dietario voluble
Nada me complace más que acomodar la espalda en la roca de todos los veranos y apoyado en ella leer al sol clemente de la mañana. Atisbar por debajo del ala de mi sombrero el desnudo de las jóvenes que se desperezan bajo el cielo azul del paraíso. Oír las risas de los críos en la orilla como un rumor superpuesto al de las olas. Me espantan las playas concurridas. Amo esta cala recóndita, claustral y mundana.
Darío de R., Diarios
jueves, mayo 27, 2010
Sérvulo

Días de hospital. En la cama de al lado está Sérvulo. De Villaviciosa. En los peores momentos de su enfermedad, cuando según quise entender hasta el médico creía que aquello era ya el acabóse, una enfermera le comentó a otra:
—Este señor es de Albandi.
Aguijoneado de pronto por lo que era un error toponímico que seguramente había venido a perturbarle la agonía, quiso el enfermo corregirlo desde su lecho con la voz misma de un lázaro supernativo (en acepción de GHB) que hubiera venido del más allá sólo a eso:
—Soy de Amandi, Villaviciosa —se oyó casi como en una sobrecogedora sesión de espiritismo—. Albandi es en Carreño, señora —y se puso otra vez a morirse como si tal cosa—.
Sérvulo se pasó así de mal unas cuantas jornadas. Lo sedaban de continuo. Viéndolo en su cama, atado, inquieto en su prolongado sueño, afilado de facciones, se barruntaba lo peor. Y sin embargo, su recuperación ha sido extraordinaria. Al punto de que hace un par de días hasta dio sus primeros pasos. De pie, y aunque no yergue aún toda su osamenta poderosa, empieza uno a creerlo salvado al menos de momento. Este tipo debió de ser en su juventud un hombre imponente. De ojos claros y barbilla aristada, de espaldas anchas y pómulos sobresalidos, de voz profunda y frente cuadrada, uno se lo imagina como a un antiguo oficial alemán al que una derrota para la que no estaba preparado lo hubiera desorientado mortalmente.
Pero Sérvulo fue, sobre todo y según lo que le dio por relatar ayer mismo, un vivalavirgen épico, que es una manera bastante aproximada de mentar a quien uno alude cuando el protagonista cuenta su servicio militar en el cuartel del Coto allá en el 46, al mando de una ametralladora, y explica que fueron aquéllos tres años de aventuras, picaresca y puterío. Esto último no tiene reparo incluso en confesarlo estando como está, sentada allí al lado, su propia mujer, que lo mira como avezada a esos excursos intempestivos y demasiado francos. Llega él incluso a teatralizar el comercio aquél con las meretrices, a las que llegaba a veces sin soldada suficiente y ante las que extendía la mano con todo su capital, que aun escaso vencía el rigor de las tarifas apoyándose tal vez en la buena presencia del mozo, logrando finalmente el propósito de la coyunda. Al recordarlo reía sin dientes. En camisón corto. Demasiado corto para sus piernas al aire, blancas y todavía fuertes.
Hoy su hija le estaba pegando la dentadura a las encías a primera hora. Sin desplegar el biombo que debería dar intimidad a estas cosas, procede tal y como si le estuviera restituyendo un ojo a una muñeca. Sérvulo camina. Eso sí, pasos cortos. Algo inestables aún. Pero suficientes como para acercarse el baño a estercar como dios manda y para quitarse de una vez por todas ese pañal humillante que le asoma por debajo del camisón. Muy poca tela para un antiguo y fornido soldado de ametralladoras.
—Este señor es de Albandi.
Aguijoneado de pronto por lo que era un error toponímico que seguramente había venido a perturbarle la agonía, quiso el enfermo corregirlo desde su lecho con la voz misma de un lázaro supernativo (en acepción de GHB) que hubiera venido del más allá sólo a eso:
—Soy de Amandi, Villaviciosa —se oyó casi como en una sobrecogedora sesión de espiritismo—. Albandi es en Carreño, señora —y se puso otra vez a morirse como si tal cosa—.
Sérvulo se pasó así de mal unas cuantas jornadas. Lo sedaban de continuo. Viéndolo en su cama, atado, inquieto en su prolongado sueño, afilado de facciones, se barruntaba lo peor. Y sin embargo, su recuperación ha sido extraordinaria. Al punto de que hace un par de días hasta dio sus primeros pasos. De pie, y aunque no yergue aún toda su osamenta poderosa, empieza uno a creerlo salvado al menos de momento. Este tipo debió de ser en su juventud un hombre imponente. De ojos claros y barbilla aristada, de espaldas anchas y pómulos sobresalidos, de voz profunda y frente cuadrada, uno se lo imagina como a un antiguo oficial alemán al que una derrota para la que no estaba preparado lo hubiera desorientado mortalmente.
Pero Sérvulo fue, sobre todo y según lo que le dio por relatar ayer mismo, un vivalavirgen épico, que es una manera bastante aproximada de mentar a quien uno alude cuando el protagonista cuenta su servicio militar en el cuartel del Coto allá en el 46, al mando de una ametralladora, y explica que fueron aquéllos tres años de aventuras, picaresca y puterío. Esto último no tiene reparo incluso en confesarlo estando como está, sentada allí al lado, su propia mujer, que lo mira como avezada a esos excursos intempestivos y demasiado francos. Llega él incluso a teatralizar el comercio aquél con las meretrices, a las que llegaba a veces sin soldada suficiente y ante las que extendía la mano con todo su capital, que aun escaso vencía el rigor de las tarifas apoyándose tal vez en la buena presencia del mozo, logrando finalmente el propósito de la coyunda. Al recordarlo reía sin dientes. En camisón corto. Demasiado corto para sus piernas al aire, blancas y todavía fuertes.
Hoy su hija le estaba pegando la dentadura a las encías a primera hora. Sin desplegar el biombo que debería dar intimidad a estas cosas, procede tal y como si le estuviera restituyendo un ojo a una muñeca. Sérvulo camina. Eso sí, pasos cortos. Algo inestables aún. Pero suficientes como para acercarse el baño a estercar como dios manda y para quitarse de una vez por todas ese pañal humillante que le asoma por debajo del camisón. Muy poca tela para un antiguo y fornido soldado de ametralladoras.
martes, mayo 11, 2010
Lettres
Cómo hablar sin enojarse de lo que a uno lo incomoda pero que constituyendo materia propia de diario se quiere tratar y fijar. La metáfora del río, como vida que transcurre, tiene por adorno retórico la voluta propia del torbellino, las miasmas de lo estancado, cuanto agobia y desborda márgenes, la vida interior que puede ser ordenada y nutritiva o tan abisal en ocasiones que su sola proximidad a la superficie transformaría el curso de las aguas en leyenda. Sucede que a veces llegan cartas… No sé si así empezaba una canción o un relato epistolar. Pero así empiezan a veces las incómodas precisiones y las apostillas, los matices y su esfuerzo, que finalmente nada aprovecha. Es como poner recados minúsculos de papel y oración entre las mampostería de un muro religioso. He borrado ya las huellas, el rastro de las palabras encandenas, superpuestas, enfrentadas. Me quedo con la sensación y lo que enseña. A que la buena fe nada mueve y menos las montañas, levantadas como están en el detritus, azotadas de inclemencia y tan ásperas y baldías finalmente como todo lo que el fuego ha consumido.
Quizás lo que sigue llegue a ser un poema. Y algo tiene que ver mientras con lo dicho. Habla de cartas. Y de máscaras tras las que se escriben. Por recato y por saberse a salvo del cuerpo a cuerpo.
Quizás lo que sigue llegue a ser un poema. Y algo tiene que ver mientras con lo dicho. Habla de cartas. Y de máscaras tras las que se escriben. Por recato y por saberse a salvo del cuerpo a cuerpo.
Lettres
Desconfía de mis cartas
pues adopto en ellasa veces nombres simples
o usurpo a su través
identidades nobles.
En medio de la verdad
incorporo incertidumbres;
y lo que aún es peor,
no suelen distinguirse éstas
del común de las sentencias.
martes, mayo 04, 2010
Ángel Cristo
Tres estaciones le recuerdo al via crucis de este Cristo menor. En la gloria. O algo parecido. Que así lo vi yo con pocos años en su circo americano. Entrando a la pista sobre una cuádriga. Musculado. Vestido de romano. Con pechera, espaldera, falda de flecos, espinilleras y casco. Todo dorado. Refulgente sobre el serrín. Retando a las fieras que rugían al otro lado de la jaula. Lástima que no llevara a su lado a ningún esclavo recordándole que también era mortal. Yo era un niño y no podía imaginarme la mísera intimidad de la caravana de un domador. Mucho después fue en el puerto del Musel. En los terrenos asolados que mediaban entre grúas y graneles, donde levantó su carpa con ocasión de la primera semana negra. Se vendieron entonces libros en los contenedores de carga. Se paseaban escritores desconocidos entre las maromas y los norays. Fue mucho antes de que todo acabara convirtiéndose en una feria de fritangas. El marco aún era el adecuado: siempre tuvo el crimen músculo de estibador y una mirada tan turbia con la marea que ensucian los mercantes. En los aledaños del circo, bostezaba un león viejo y sarnoso. Tenía un ojo de cristal. Inmóvil. Quién podría retar desde una cuádriga y sin vergüenza a un león tuerto e inofensivo. La tercera vez fue en la pantalla de un televisor. En una de esas ocasiones en que se pisa una baldosa suelta y nos salpicamos hasta el velo del paladar. Al reconocerlo fugazmente aguanté por unos instantes uno de esos programas casposos. Hundido en una silla, aseteado por preguntas infames, el domador ya no precisaba siquiera de que un esclavo le recordara su condición humana. Todo un coro cruel diseccionaba las vísceras de un hombre que había perdido el disfraz. Al que sólo le aguantaba un maquillaje casi de arcilla. Y que había terminado sus días al otro lado de la jaula.
lunes, mayo 03, 2010
Abulia
La abulia te deja tan inerme como las noches en blanco del verano. No hay quien salga de ella. Es igual que esas arenas movedizas que a veces engullían a los protagonistas de las películas de nuestra infancia. Para más inri el día está gris y huele a pañal húmedo. Me siento frente a la pantalla como por inercia. Y busco cualquier suerte de escapatoria: un poema corto y afilado; un cuento tan mondo como el hueso de una aceituna; una casa de paredes blancas y tejado de pizarra; la sorpresa de un correo inesperado. Asilos todos. De palabras o de distancia. Sólo deseo leer lo justo y vivir allí en las escasas horas de sol y en los raros días de paz.
miércoles, abril 28, 2010
Misterio
Cuando no nos encontramos bien y, por explicarlo, decimos que el cuerpo no nos sostiene, a qué peso exactamente nos estamos refiriendo.
lunes, abril 26, 2010
Desde Aracataca al Hotel Nicole
Ayer en casa, ya de noche, abrí la biografía de Gabriel García Márquez escrita por Gerald Martin. En sus páginas centrales contiene fotografías. En una de ellas, muy joven, aparece Tachia. Le encontré en el retrato un aire como de Fanny Ardant en blanco y negro con corte de pelo a lo Jean Seberg. Llegábamos de pasar un rato muy agradable en su compañía. Lleva por aquí unas cuantas jornadas. Tuvo lleno en su recital del Antiguo Instituto Jovellanos. Se enfrentó después con los adolescentes de un par de centros educativos. Incansable. Con Miguel Hernández por motivo. Este ir y venir la tiene dichosamente ocupada. Le decimos en broma que se nos está volviendo algo diva. La traen y la llevan con mimo, le piden con cualquier disculpa que diga unos versos, que cuenta un pedazo de vida. Y de todo da un poco sin remilgos pero con una sencillez altiva, trufando de pequeñas expresiones francesas sus historias, coqueteando, mientras recita, con sus manos, con sus ojos muy abiertos y con su sonrisa aún hermosa. Contó que en su reciente viaje a Colombia estuvo en Aracataca. El Macondo de quien fuera su compañero en París, García Márquez. Quiso llegar hasta allí a toda costa. Alguien intercedió facilitándole un chófer. Quería visitar la casa de Gabo. Estaba cerrada. Era lunes. Un militar arisco hacia guardia. El conductor que llevó a Tachia hasta allí intercedió por ella: “Mire, mi hermano, que esta señora es la representante de las letras españolas y de don Miguel de Cervantes y Saavedra”. Tachia se ríe recordando el énfasis del “Saavedra”. De nada les valió. Así que se fueron al Ayuntamiento. El conductor había sido compañero del alcalde en la escuela. En el camino vieron a Remedios la Bella. O lo que de ella hizo, según parece, un escultor que resultó más bien fallero. Cuarenta gados a la sombra. Por el consistorio todo se movía con el ritmo cansino y casi paródico del trópico. Guayabas y ventiladores de techo. Sudor rancio en las axilas. La casa de Márquez resultó no ser cosa de la autoridad local, sino de la universidad del Magdalena. Y Tachia no pudo finalmente verla, pero reconoció Macondo. Su espíritu alucinado reverberando al sol. Y a los macondinos con vidas de novela, como la de aquella mujer analfabeta a la que vieron pedirle al alcalde que le leyera una carta oficial. El gobierno le había escrito un farragoso texto burocrático reconociéndole una pensión. Cuatro hermanos se le había llevado la violencia del país. A Tachia le dieron en Bogotá tratamiento de gran dama del teatro. Y la entrevistaron en El Espectador. Todo lo de Gabo resulta allí casi sagrado. El gobierno le pidió un texto para el libro El París de García Márquez. Lo envío en cuartillas manuscritas. Nos lo lee ahora. Y suena sincero. Sin impostura. Recuerda el tiempo difícil de la necesidad y la irrenunciable memoria del amor. Habla de donde vivieron juntos. Y de que entonces hasta comieron a veces una sopa aguada que sólo engordaban unas pocas especias. Y, a falta de otro alimento, incluso una tisana de tila que al colombiano le supo “a procesión”. A buen seguro pensaba en aquellas hambres García Márquez cuando escribió en El coronel no tiene quien le escriba sobre el caldo de piedras que la coronela ponía al fuego por dar entender al pueblo, y por dignidad, que en la casa del gallo aún había qué cocinar. Le digo yo que hallé husmeando en la red un artículo en un periódico peruano que habla de ella. Y de ese tiempo. Y de un cuento: El rastro de tu sangre en la nieve. Que quizás sea el cuento más bello que uno haya leído nunca. Tachia recuerda cuándo se escribió. Y que Gabriel la llevó con él hasta el Hotel Nicole. Que allí habló con el recepcionista. No sabía ella de qué. Quizás de las habitaciones, de su precio, de su decoración. “Hotel Nicole. Tenía una sola estrella, y una sala de recibo muy pequeña donde no había más que un sofá y un viejo piano vertical, pero el propietario de voz aflautada podía entenderse con los clientes en cualquier idioma a condición de que tuvieran con qué pagar. Billy Sánchez se instaló con once maletas y nueve cajas de regalos en el único cuarto libre, que era una mansarda triangular en el noveno piso, a donde se llegaba sin aliento por una escalera en espiral que olía a espuma de coliflores hervidas. Las paredes estaban forradas de colgaduras tristes y por la única ventana no cabía nada más que la claridad turbia del patio interior. Había una cama para dos, un ropero grande, una silla simple, un bidé portátil y un aguamanil con su platón y su jarra, de modo que la única manera de estar dentro del cuarto era acostado en la cama. Todo era peor que viejo, desventurado, pero también muy limpio, y con un rastro saludable de medicina reciente.” Al llegar a casa le digo a mi mujer que me siento privilegiado. Por haber leído ese cuento y haberlo podido gozar con una intensidad casi física. Por haber tenido cerca, muy cerca, cincuenta años después, a quien quizás lo inspiró. Coronela o Nena Daconte. Tachia que cuenta y recita.
viernes, abril 23, 2010
lunes, abril 19, 2010
El gallo
Esta semana vendrá Tachia a Gijón. Homenajeará a Miguel Hernández en el centenario de su nacimiento. Ha estado de nuevo en Colombia hace nada. Y en Alcalá de Henares. Y llega de Valencia. Nuevos recitales. Dice bien la poesía. Y fue novia de Blas de Otero. Y García Márquez. No poco reclamo. Vivía con el colombiano cuando él redactaba El coronel no tiene quien la escriba. Era ella, pues, la coronela.
He vuelto a leer esta novelita de apenas cincuenta páginas. Condensada. Simbólica. Desolada. Casi perfecta. Bajo el hambre y el abandono, contra la desesperanza, el mal de octubre y los años de vejez y enfermedad, aguanta el gallo. El amor propio. La dignidad escasa que se confía a una fecha futura y a una pelea incierta. Final abierto. O quizás no tanto. Quién después de leer la novela confiaría en la victoria del gallo. En que cambiará la suerte del coronel y de su asmática mujer. Más seguro es que la gallera se convirtiera en el escenario final de toda agarredera. Sacrificio del gallo ante Esculapio según la interpretación, quizás retorcida, que algunos le dieron al ruego que Sócrates le formuló a Critón antes de morir. El final cura de la vida. Esa larga enfermedad. Désele entonces al dios de la salud su ofrenda.
(El Jueves 22 de Abril a las 19.30 horas en el salón de actos del Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón se rendirá homenaje al poeta alicantino, Miguel Hernández, con motivo del centenario de su nacimiento. El profesor de la Universidad de Oviedo José Luis García Martín pronunciará la conferencia "Miguel Hernández, el rayo que no cesa", donde repasará la trayectoria vital y literaria del poeta alicantino. A continuación Tachia Quintanar ofrecerá un recital poético con una selección de composiciones de Miguel Hernández.)
viernes, abril 16, 2010
Nubes
He salido por la mañana temprano a mitad de la playa. Despuntaba el día por encima de la Providencia. Curiosa premonoción la de la frase si uno se abstrae de que habla de toponimias. Sol. Y pequeñas nubes quietas sobre el mismo horizonte. Algunas se parecían a esos discos que emplean las mujeres para desmaquillarse. Eso sí, después de usados. Con restos de rostro, que en el caso de las nubes eran pinceladas nuevas de mañana. Me encontré con un amigo. Caminamos juntos. Va siempre demasiado deprisa. Le gasto la broma: tanta prisa es de cobardes y de malos toreros. Que no es lo mismo. Ha habido buenos matadores sin demasiado coraje. Pienso en Rafael de Paula. Pinturero y arisco. Me señala también mi acompañante hacia las nubes. Imagino por un momento que sabrá decirme de qué tipo son éstas de hoy. Pero tampoco él debe de estar ducho en la nubología. Nombres de pájaros, de árboles, de nubes. Trinos, estaciones, formas. El mundo debe de ser menos enigmático para quien le pone nombre exacto a sus cosas. Aunque no necesariamente más bello.
jueves, abril 15, 2010
lunes, abril 12, 2010
Weekend
De la Babelia del sábado extraigo una cita de Canetti: Di tus cosas más personales, dilas, es lo único que importa, no te avergüences, las generales están en el periódico. Y del final del domingo, tras una excursión por parajes hermosos y bajo un cielo cambiante, me queda el eco de una sabia música de araña, la que Jorge Drexler urde en su último disco: Ir por ahí, como en un film de Eric Rohmer, sin esperar que algo pase, amar la trama, más que el desenlace.
jueves, abril 08, 2010
Para C.
A qué hora exacta se esconde la vida
y deja a la puerta un pálpito
de grillos y de ranas.
En qué momento fue el amor costumbre.
Entre los pliegues de una cama deshecha
por la pasión o los sueños
han ido anidando los años
y sus picos voraces.
Verás, hoy te escribo
como quien le habla a quien ama,
al oído y con los ojos cerrados.
Así fue en el principio y la orilla.
Y así debiera ser también
cuando el viaje nos devuelva a los muelles.
y deja a la puerta un pálpito
de grillos y de ranas.
En qué momento fue el amor costumbre.
Entre los pliegues de una cama deshecha
por la pasión o los sueños
han ido anidando los años
y sus picos voraces.
Verás, hoy te escribo
como quien le habla a quien ama,
al oído y con los ojos cerrados.
Así fue en el principio y la orilla.
Y así debiera ser también
cuando el viaje nos devuelva a los muelles.
miércoles, abril 07, 2010
Calvario
“No hay palabras. No se puede describir. Es un sentimiento inexplicable. Hay que vivirlo.” Imbéciles. Claro que hay palabras y se puede describir y hasta explicarse. Y, por supuesto, hay quien no tiene deseo alguno de experimentar tamaña alienación. Extraño país. En esto de las procesiones, los capuchones, las imágenes y las mantillas, no hay sino otra disculpa para exhibirse, para situarse en el mapa, para no perder el tren de las celebraciones. Cada uno, sin molestar, que se dedique a lo que quiera. Faltaría más. Pero que la sinrazón y la superstición se subvencionen, se televisen desde lo público y se promocionen como manifestación cultural es un despropósito intolerable en un país aconfesional. Somos un pueblo volcado a las calles. Cualquier disculpa es buena para echarse a ellas. Disfrazados de Belcebú o encarnando al Crucificado. Luciendo palmito en el chiringuito, la feria de abril, la romería o la playa. Nos gusta el ruido. El barullo. Estar hombro con hombro bajo los pasos y a hostias el resto del tiempo. Tanto nos gusta la farra que somos capaces de bautizar, comulgar y hasta procesionar por lo civil. Menudo calvario.
miércoles, marzo 31, 2010
Un parque en la noche

Decía en la entrada anterior que de los viajes uno debe guardar sobre todo poso. Como tal, oscuro y estimulante, igual al de los cafés cargados, mi memoria custodia desde hace unos días la imagen de un cuadro descubierto en el Orsay. Se trata de un pastel de dimensiones reducidas, titulado Un parque en la noche, pintado a finales del XIX por Jozsef Rippl-Rónai, artista que está considerado padre del art nouveau húngaro. Ronái (1861-927) estudió pintura primero en Munich y obtuvo, posteriormente, una beca que le permitió mudarse a París. El descubrimiento de la obra de Gauguin le llevó a integrarse al grupo de los Nabis, surgiendo entonces una estrecha amistad con el escultor Maillol, al que retrata en una de sus más conocidas obras (también expuesta en el Orsay). La obra que a uno, sin embargo, más le cautivó fue este paisaje nocturno, sin figurante alguno. Una radiografía escueta de la noche donde se atisba sólo el destello de un farol de forja, que revolotea en medio de lo negro como una luciérnaga. Un negativo fotográfico que mira hacia dentro lo que sucede fuera. No en vano los Nabis prepararon el terreno a lo abstracto al entender el arte como la manera de expresar emociones más que realidades físicas. Ahí debe andar lo que me cautivó del cuadro, que alguna vez debió de sentir uno algo parecido a lo que movió a Rippl-Rónai a pintar este lienzo: la soledad inquietante de la noche y el amparo escaso pero irrenunciable de la luz.
martes, marzo 30, 2010
Por no molestar
Leyendo hoy un artículo de J. Ernesto Ayala-Dip (El arte de no molestar), he subrayado lo que sigue: “Hay en el arte del no molestar una elegancia entre ética y estética que no se aprende en ningún sitio. Contar tu vida a alguien cuando nadie te lo pide, por ejemplo, puede ser indicio de esa falta de elegancia.” Qué conveniente sería que se educara en el ejercicio de un arte tan delicado como útil. Sé de qué hablo. Adolezco más de lo que quisiera de falta de firmeza con la brida que debe gobernar lo que se dice, pero siendo consciente de ello y aplicándole, por tanto, penitencia a menudo al pecado, he ido porfiando en la mejora. Y hasta creo que estos dedos que aquí y allá se hacen tienen no poco que ver en la terapia. Porque escribiendo se piensa más despacio y mejor. Y se calla a tiempo. Y se dice con más precisión. Y hasta queda, como les sucede hoy al articulista citado y a quien lo cita, la posibilidad de resarcirnos con queja de lo que nos cuentan en demasía y se aguanta como se puede mientras dura el chaparrón. Porque la gente, en no pocas ocasiones, tal parece que hasta que no termina de relatar in extenso sus cosas no considera que les ha dado remate adecuado. Mismamente las vacaciones, que son en fechas como las presentes -a buen seguro que me darán la razón-, un relato más bien insufrible en boca de amigos y compañeros. Soy de la opinión de que de nada sirve el viaje si no deja poso por dentro y se convierte, por contra, en algo así como el boterío que se les cuelga a los coches de los recién casados: lastre ruidoso que agrede oídos. Tengan el buen gusto de no caer en la indiscreción de contar sus viajes si no les preguntan por ellos. Y aún entonces piensen que quizás el interés sea apenas cortesía y no curiosidad por el detalle. Vívanlos. Disfrútenlos. Y hagan de esas experiencias parte de su bagaje vital y cultural, lo que siempre permitirá introducir un apunte oportuno en las conversaciones sobre los lugares que se conocieron y las sensaciones con que nos enriquecieron. Si, en todo caso, les puede el prurito del decir, háganlo en renglones, que a ellos recurrimos los que sabiéndonos lenguaraces escribimos por no molestar. Y que los (nos) lea el que quiera.
viernes, marzo 19, 2010
The Blower´s Daughter (Damien Rice)
The Blower´s Daughter
And so it is
Just like you said it would be
Life goes easy on me
Most of the time
And so it is
The shorter story
No love, no glory
No hero in her sky
I can't take my eyes off of you
I can't take my eyes off you
I can't take my eyes off of you
I can't take my eyes off you
I can't take my eyes off you
I can't take my eyes...
And so it is
Just like you said it should be
We'll both forget the breeze
Most of the time
And so it is
The colder water
The blower's daughter
The pupil in denial
I can't take my eyes off of you
I can't take my eyes off you
I can't take my eyes off of you
I can't take my eyes off you
I can't take my eyes off you
I can't take my eyes...
Did I say that I loathe you?
Did I say that I want to
Leave it all behind?
I can't take my mind off of you
I can't take my mind off you
I can't take my mind off of you
I can't take my mind off you
I can't take my mind off you
I can't take my mind...
My mind...my mind...
'Til I find somebody new
miércoles, marzo 17, 2010
viernes, marzo 12, 2010
Hermanamiento entre Toledo y Gijón
Ayer me enviaron una noticia vía email con un titular que rezaba así: "El PSOE municipal de Gijón apoya a Willy Toledo". A menudo, como según ahora parece sucedía con lo que contaba en sus libros el bueno de Kapuscinski, estas cosas del periodismo al cocer menguan bastante. Sin quitarle responsabilidad al grupo socialista del ayuntamiento de mi ciudad (no se puede tener como representación a según quien en según donde), lo que ha sucedido exactamente es que una concejala poco curiosa con lo que se le pone bajo la barba a la lectura, firmó una especie de soflama de barricada redactada desde Izquierda Unida por el Guevara playu (eso sí, una soflama, debe aclararse, pergeñada en los ratos de ocio y de vida muelle que el diabólico sistema criticado les procura también a los munícipes revolucionarios). Llegados a este punto, a uno le da que ha de ser tan vergonzoso para la concejala protagonista confesar que firmó el manifiesto sin leerlo, como sostenello y no enmendallo. Así que lo razonable sería que se la reciclase convenientemente. El PSOE se ha desmarcado del asunto según parece y como no podía ser de otro modo, por lo que no se ve ya en el horizonte de la publicidad turística local el lema que empezábamos a vislumbrar y temer. Algo así como que Willy no es de Toledo, que es de Gijón.
miércoles, marzo 10, 2010
Soberbia invidencia
Los soberbios suelen tachar de estúpidos a quienes rebaten sus criterios. Dan por seguro que no son de su misma opinión por manifestarse incapaces de comprender la, a su modo, sutil argumentación que la inspira. No reparan en que a veces es todo más sencillo: simplemente no la comparten.
lunes, marzo 08, 2010
Billy Budd
La fragata infernal, dirigida por Peter Ustinov, sobre la novela Billy Budd de Herman Melville, es una muy recomendable película. La acción transcurre a bordo del navío Indómito, de la Armada inglesa, en el verano de 1797, cuando habían comenzado a producirse algunos motines en las embarcaciones británicas a consecuencia de las nuevas ideas de la Revolución Francesa. El barco se dirige hacia el Mediterráneo con una tripulación escasa, que completa con el reclutamiento forzoso de algunos marineros del mercante Los derechos del hombre, entre ellos Billy Budd, un muchacho ingenuo al que interpreta Terence Stamp con pocos años y rostro de querubín. El suboficial John Claggart lo convierte en el blanco de su crueldad, acusándole incluso injustamente ante el capitán del peor de los delitos: amotinamiento. Budd, incapaz de articular ni una palabra en su defensa, empuja por desesperación a Claggart, que se golpee mortalmente contra la cubierta del barco. Aunque el capitán es testigo de la inocencia del marinero, debe aplicar las leyes de la mar y Billy es ajusticiado al anochecer. Peter Ustinov, conocido sobre todo por sus papeles de actor, fue escritor, guionista y llegó a dirigir algunas películas. Según parece, La fragata infernal es la mejor de ellas. Con la novela, Benjamin Britten también escribió una ópera estrenada en el Covent Garden de Londres en 1951. No es de extrañar, el asunto tiene épica, monólogos morales, destinos aciagos, hombres buenos, hombres justos y hombres malvados. Uno no acostumbra el género, pero intuye que el argumento le viene bien a la grandilocuencia operística. Billy Budd fue la última obra de Melville. Quedó guardada durante largo tiempo en una panera de hojalata y no se publicó hasta veinte años después de la muerte del escritor, ocurrida el 28 de diciembre de 1891. En sus últimos treinta años, el autor de Moby Dick fue un gris aduanero del Hudson. Su mujer ahorraba cuando podía algunos cuartos para que pudiera seguir coleccionando grabados marítimos. Eloy Sánchez Rosillo escribió sobre este período de la vida de Melville un hermoso poema, del que transcribo ahora algunos de sus versos.
Melville, en la aduana
Después de dieciocho largos años
de acudir día a día a esta oficina inevitable,
ya casi estoy conforme con mi extraño destino.
Hace ya mucho tiempo que nada he publicado.
y sólo en ocasiones, cuando siento necesidad de hablar conmigo mismo,
tomo la pluma y escribo algunos versos
a nadie destinados, pero que a mí me sirven
para no estar tan sólo en los helados páramos
de la vejez.
En ellos y en los libros
de algunos hombres que amo —sobre todo en las obras
de Willilan Shakespeare, tan sólo comparables
a la hermosura infinita de las azules aguas
que navegué en mi juventud—, hallo la compañía
que casi nunca tuve.
Y así, serenamente,
van pasando los días que sin pausa me acercan
al silencio y la paz de la esperada sombra.
Melville, en la aduana
Después de dieciocho largos años
de acudir día a día a esta oficina inevitable,
ya casi estoy conforme con mi extraño destino.
Hace ya mucho tiempo que nada he publicado.
y sólo en ocasiones, cuando siento necesidad de hablar conmigo mismo,
tomo la pluma y escribo algunos versos
a nadie destinados, pero que a mí me sirven
para no estar tan sólo en los helados páramos
de la vejez.
En ellos y en los libros
de algunos hombres que amo —sobre todo en las obras
de Willilan Shakespeare, tan sólo comparables
a la hermosura infinita de las azules aguas
que navegué en mi juventud—, hallo la compañía
que casi nunca tuve.
Y así, serenamente,
van pasando los días que sin pausa me acercan
al silencio y la paz de la esperada sombra.
Eloy Sánchez Rosillo
domingo, marzo 07, 2010
Sala de espera
Sala de espera. Un anciano solo. De tez muy pálida. Tan bajo que sentado casi no le llegan las piernas al suelo. Parece preocupado. Sinceramente preocupado. Apoya la barbilla en el bastón. Se le pierde a ratos la mirada. Del gabán extrae de vez en cuando una tarjeta hospitalaria con código de barras. La acerca al lector informático. Espera el resultado: localizar a quien acompaña en el laberinto de pasillos y consultorios del centro sanitario. Vuelve a su asiento. Cuida de un bolso de mujer. De su mujer.
martes, marzo 02, 2010
Sustrato
Los sueños tienen a menudo una sintaxis elemental y un estilo literario ramplón, pero se escriben sin pautas ni márgenes, con renglones tan torcidos como el capricho que nos gobierna cuando no somos sino lo que tememos.
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