lunes, mayo 02, 2016

Salmón dixit


"El fenómeno es longevo como la política. El control de la sociedad es piedra angular para el sostenimiento de toda forma de poder. Lo novedoso es su dimensión. La tecnología es la clave que articula dicha posibilidad. Desde que cada Propio vive conectado a una constelación comunicativa, se transforma en diana de los mecanismos de control del Sistema. Es el individuo quien, al integrarse en la retícula de las redes de información del cibercapitalismo, deviene objeto de escrutinio. Cada pensamiento que expresa, cada vínculo que favorece, cada deseo que manifiesta es absorbido, metabolizado y archivado por un inmenso tesauro policíaco. Ya no su código genético, sino su mundo privado, el del deseo y sus fantasmas, se convierte en rastro, cifra y síntoma. (..) Literalmente, el Sistema se convierte en Dios, pues accede al sueño último de las estrategias de dominio: la intimidad ya no de las alcobas, sino de las conciencias."

El Sistema, Ricardo Menéndez Salmón

miércoles, abril 27, 2016

Estreno en Gijón de La estancia vacía

Ayer tuvimos la suerte de asistir al estreno en Gijón de una película que, aunque rodada en 2006, no había sido todavía, incomprensiblemente, proyectada en nuestra ciudad. Se trata de La estancia vacía, codirigida por Iván Fernández y Miguel Barrero. Documental que indaga sobre los últimos meses de la vida de Michi Panero, que, enfermo, solo y sin apenas recursos económicos, se refugió en Astorga desde finales de 2002 hasta su muerte en  marzo de 2004, quizás en un intento de cerrar aquel círculo maldito que se había abierto con El desencanto, auténtico aquelarre freudiano  en el que los Panero “carroñeaban” el cadáver del patriarca, y que, en el tramo final de su vida, el más pequeño de los hermanos trató de restañar con una tardía recuperación del que fuera considerado, amañadamente, poeta del régimen.  La estancia vacía es una película dignísima que elige la sinceridad frente a la impostura y que para ello, en su hora y media de metraje, hace girar el desarrollo de todo lo contado en torno a una figura entrañable, Angelines Baltasar, la persona —“la doméstica” según su propia y humilde definición— que trabajó en casa de los Panero al cuidado de los quehaceres hogareños y de los niños, tanto en Madrid, durante un tiempo, como luego en las estancias de la familia en Astorga. A ella recurre Michi cuando vuelve a la ciudad maragata para que lo atienda en su desvalimiento de enfermo y hombre solo. Miguel Barrero hubo de trabajarse la confianza de Angelines para lograr su participación en la película. Y lo consiguió hasta tal punto que no son pocas las veces que la anciana habla no para la cámara sino para Miguel que, como un confidente ya amigo, la escuchaba fuera de plano pero lo suficientemente cerca como para que lo contado fluyera sin recelo. Intervienen también el alcalde de entonces, y profesor de literatura, Juan José Alonso Perandones, que reflexiona con buen pulso discursivo sobre las motivaciones que hubo en la decisión de Michi para refugiarse en Astorga. La médica que lo atendió y que certificó su defunción, Victorina Alonso. Su amiga, Mercedes Unceta Gullón, que traza un retrato íntimo de lo que a su juicio fue la vida desperdiciada de Michi Panero, asumiendo así un papel casi maternal al añorar lo perdido por querido, pero reprochando a la vez que la muerte se llevase a quien, pudiendo haber dado tanto, se fue dejando tan poco.  Y están también Ángel García, que fuera amigo de MIchi en su final astorgano, y Federico Utrera, periodista que le hizo una de las últimas entrevistas. Con todo se compone una película que, como queda dicho, es contrapunto a la puesta en escena efectista de El desencanto, y de su secuela, Después de tantos años, al elegir una perspectiva externa, pero muy próxima, situándose, a tal efecto, a la altura misma de Angelines, de su cabal sentido de la realidad, de su lección de generosidad y por tanto, y de algún modo, de esperanza.

martes, abril 26, 2016

Tráfico de influencias (La estancia vacía)

No siempre uno merca con la amistad para alcanzar prebendas vergonzantes. Hay veces que se echa mano de ella para más nobles propósitos. Hace unos meses influí todo lo que pude en Arlé, a la que me une, además de una buena amistad, el trabajo en común que durante los últimos meses, desde la desaparición de Juan Garay, le hemos dedicado a Gesto, para que programase un ciclo cinematográfico que tuviese por protagonistas a los Panero. Si bien es cierto que las dos películas que abrieron esta rememoración —El desencanto y Después de tantos años— eran conocidas e incluso suelen ser programadas periódicamente por algunas cadenas televisivas, mi interés radicaba sobre todo en cerrar la muestra con una tercera cinta que uno no había podido ver en su momento y que tampoco encontraba por más que buscaba: La estancia vacía, un documental, codirigido por los asturianos Miguel Barrero e Iván Fernández, del que había oído hablar muy bien, pero que no ha tenido demasiadas proyecciones desde su estreno y por tanto era, es, injustamente bastante desconocido. Lo más fácil hubiera sido preguntarle al propio Barrero por su película, no en vano he coincidido con él no pocas veces en el mismo café y a la misma hora, pero este retraimiento que padezco con resignación  franciscana me impide a menudo esos atrevimientos. Así que recurrí a Arlé, que a su vez recurrió a Juan Carlos Gea , quien puso finalmente en contacto a mi amiga con Barrero, logrando de este modo  completar la trilogía ofrecida en el ciclo y, de paso, satisfacer ese deseo que uno albergaba desde hacía tiempo. Lo que viene a probar, como apuntaba al principio, que no siempre es perverso el tráfico de influencias. Así que hoy, si nada lo impide, asistiré a esa disección de los últimos días de Michi Panero, el tercero de los hermanos y el que a uno siempre le ha parecido el más interesante, pues aunque fueron los mayores quienes dejaron tras de sí una obra literaria —mejor a mi juicio la de Juan Luis que la de Leopoldo—, fue el pequeño quien llevó una vida más novelable (Barrero creo que también lo ha entendido así, por eso le dedicó aquella narración titulada Los últimos días de Michi Panero). Juan Luis era un tipo desagradable. Leopoldo María se convirtió en una caricatura de si mismo. MIchi, en cambio, disfrutó y sufrió la rutina de la existencia canalla, sosteniendo la ironía sobre su derrumbe físico. Y fue el tipo que, a los ojos de un muchacho  entusiasmado como yo lo fui con el estreno de  Ópera prima, conquistó a aquella angelical criatura que entonces era Paula Molina. No si no por ese y otros méritos de apostura y hechizo verbal se define Nacho Vegas en una canción pseudotestamentaria como el hombre que casi conoció a Michi Panero. Hoy en La Arena, a las 19:30, quienes asistamos a la proyección de La estancia vacía tendremos la ocasión de acercarnos un poquito más a la figura de aquel Panero que mantenía con firmeza que lo peor que se puede ser en este mundo es un coñazo. Amén.


martes, abril 19, 2016

Tears in rain




Es una película para pantalla de cine y sonido épico de cine.  Todo en ella obedece a estereotipos paradigmáticos. Dicho así, suena pedantesco. Quizás lo sea, pero no de otro modo, si se hace bien, puede convertirse una obra de creación en una obra perdurable: subrayando en cada personaje un carácter  que por muy constreñido que parezca a la idea termina representándola de manera fiel y, en la desproporción, proporcionada.  Dicen que para disfrutar plenamente de Blade runner hay que adentrarse en algunas de sus claves significativas, en ciertas ambigüedades argumentales, que toda una legión de seguidores han convertido en materia casi de grial. Aunque uno piensa que tal vez hasta el director y el guionista se sigan sorprendiendo de cuánto puede ahondar la disección de un entusiasta forense en las partes blandas de un culto. Quizás ellos mismos, cuando concibieron y llevaron a cabo el film, se planteaban metas mucho más simples: ¿la evolución de las máquinas en un mundo futuro? Siempre le ha inquietado al hombre, desde que James Watt le pusiera vapor al desarrollo, la convivencia con la mecánica inteligente.  El caso es que uno vio ayer de nuevo la película no en pantalla de cine, sino en su casa, y no con pomposas intenciones intelectuales, sino como sutil entretenimiento con el que más que matar el tiempo, se intentaba abonarlo (que enriquecerlo suena pretencioso, y el nutriente basto, en cambio, nos deja a ras de tierra). Y resultó bien adecuado a la tarde final del domingo este rencuentro con el escenario apocalíptico en que todo se desarrolla bajo la lluvia y el neón. Con un Rutger Hauer brillante, de replicación esmerada en lo físico y, finalmente, en lo sentimental. A él se debe esa poética agónica postrera, en la que tan bien se mezcla la vida al filo de lo robótico y el miedo a la muerte del fuselaje ya humanizado: I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die. Uno se queda con esa atmósfera de belleza trágica tan bien subrayada en todo momento por Vangelis. Habrá tiempo de rumiar unicornios y origamis, que todo cuanto te deja conmocionado abre en tu atención una suerte de campo oscilatorio que abarca siempre un espacio suficiente en el que caben no sólo rememoraciones, sino también búsquedas diversas y creación incitada.

lunes, abril 18, 2016

Seré duda, nueva dosis para una adicción

Se pregunta Álvaro Valverde en Vida de ambulancia, la última entrada de su bitácora: "¿Por qué persiste uno en la lectura de los diarios de Andrés Trapiello diecinueve tomos después, diez mil palabras mediante, a lo largo de veintiséis largos años?". A buen seguro que es una pregunta que nos hacemos a menudo quienes hemos leído todas o gran parte de las entregas de este Salón de los pasos perdidos. Valverde busca el pretexto en lo que a propósito de ese interrogante explica Manuel Borrás: "son adictivos". Y algo de cierto debe de haber en la conclusión, porque como todas las dependencias inocuas, ofrecen los diarios de Trapiello ratos impagables de dicha, siempre muy parecida, quizás casi hasta repetida, pero no por ello menos agradable cada vez que se disfruta.

A Álvaro Valverde le he enviado un comentario a su enlace de facebook, en el que le alabo esta crónica de adicción que le dedica al nuevo tomo de los diarios de Trapiello. Le aseguro que no se puede decir mejor y en tan poco (que todo es poco cuando lo que se comenta es tanto); y que eso se lo asegura quien acaba de completar también la lectura de Seré duda, y comparte adicción, por tanto; y se ríe no pocas veces a solas mientras lee esas páginas, y busca en ocasiones con cierta ansia la continuación minúscula de la iniciales que en ellas se encierran; y quien tiene ya a M., R. y G. casi como de la familia; y quien se conmovió hasta las lágrimas con la muerte de Ramón Gaya y las dolidas páginas que en este última entrega se le dedicaron; y quien se respingó de desagrado con el desaire tan poco elegante que se le infligió a G., que se quedó con su mano tendida en el aire; y quien siguió como una intriga angustiosa por real el susto de salud que padeció M.; y quien desearía un tono menor en las ocasionales mezquindades del autor y, sin embargo, se regocija con su sarcasmo. Sí, sin duda esta es la obra enciclopédica de una vida en marcha y sin épica. Que nos dure.

viernes, abril 08, 2016

Al día siguiente

Ayer presentamos el libro de Juan Garay, El Bestiario, en el salón de actos del Antiguo Instituto Jovellanos, que estaba casi lleno. Dice hoy Luis Antonio Alías en el diario El Comercio que también estuvo allí con nosotros el propio Juan, “abandonando transitoriamente el paraíso de los buenos ateos para participar en su propia fiesta”. Ya se sabe que estas cosas que se escriben con tan buen corazón y pericia de pluma no dejan de ser literatura, pero como tal es también consuelo, y de eso se trata. Esa comunión de ánimos que fue el encuentro de ayer, ese estar juntos para sentirse acompañados no fallándole al amigo que nunca nos falló, es procurarse consuelo y sentirse, aunque sólo sea por un momento, mejores. El libro tiene la contundencia indignada de Juan; el respiro de unas ilustraciones con trazos precisos y elegantes en la mano de Bonhome, sarcásticos y alegres en la de Álvaro Noguera e intuitivos y diestros en la de Fernando Díaz; y el cuidado con que se ha tratado todo el conjunto desde que se fueron agavillando los artículos publicados en Ágora por Juan a lo largo de más de quince años, desde 1998 a 2014. Con la distancia que dan esas horas que ya han transcurrido desde que fuimos abandonando ayer, entre breves conversaciones y afectuosos saludos, el Antiguo Instituto, podría uno afimar sin miedo a equivocarse que el recuerdo que de esa presentación perdure va a ser profundamente entrañable por muchas razones: la digna apariencia de la publicación ofrecida, cómo se abrazaron a ese libro quienes más querían a Juan, la conclusión fructífera de un esfuerzo de meses, el cordial apoyo de los amigos que acudieron, la palabra nerviosa y sincera que compartí con Mar y Arlé desde el escenario y la alegría de la música con que nos despedimos. Desde ahora en adelante, y como esas caracolas que acercamos a la oreja para escuchar el mar, podremos abrir este Bestiario en la confianza que desde sus páginas nos llegará la voz ronca de Juan, un hombre bueno y rebelde. Gracias a todos los que estuvisteis allí y a los que nos acompañasteis en la distancia. Un abrazo.




jueves, marzo 17, 2016

No sólo malas maneras, sino también malas causas

Félix Ovejero en EL PAÍS escribe sobre Otegi:
de obligada lectura (creo).

"Los motivos no purifican los procedimientos. Después de todo, algunos matan por amor o por el reino de Dios. En realidad, en una sociedad democrática, invocar objetivos políticos para realizar crímenes debería considerarse un agravante, si estamos de acuerdo en que la primera exigencia de la política democrática es el respeto a la dignidad de los otros.

(...) Quizá es cosa de revisar ese confuso territorio de nadie en el que todos parecíamos sentirnos cómodos, entre otras cosas porque nos evitaba pensar en serio la naturaleza de la mercancía ideológica nacionalista: “Una buena causa defendida de mala maneras”. Y sí, estrictamente, no es imposible que una buena causa se defienda de mala manera. Pero no es el presente caso. Aquí no solo hay malas maneras: también hay malas causas, y, además, la relación entre unas cosas y otras no es casual."

jueves, marzo 03, 2016

Después de lo de ayer...

Después de lo de ayer, cobra de nuevo actualidad este artículo de José Ignacio Torreblanca que ahora enlazo. Decía entre otras cosas: "Del lenguaje de la asamblea se deduce que los socialdemócratas son el principal obstáculo para el triunfo de los valores de la izquierda: unos vendidos que siempre acaban pactando con el capital y la burguesía y en lugar de superar la economía de mercado y la democracia liberal acaban reforzando a ambas. Cada vez que llegan al poder, esos cochinos socialdemócratas, miopes históricamente en cuanto a la dialéctica destructiva del capital y por completo insensibles ante la devastación liberal, se conforman con extraer del sistema unas migajas en forma de redistribución de impuestos y unas pocas oportunidades educativas. Una pena." Y entero se puede leer aquí: Cochinos socialdemócratas. 

miércoles, marzo 02, 2016

Un AGUACERO se descarga


No es el tiempo, que también. Es la música de los Johnny Gafapasta. Está en la nube y de la nube llega en forma de aguacero. Ya está disponible el EP de esta joven banda. Tres temas que suenan bien y que uno espera que se oigan muchas veces y en muchos lugares. Suerte chavales (suerte, hijo).

El disco se puede descargar y escuchar aquí:
https://johnnygafapasta.bandcamp.com/releases.

Y también en este otro enlace:
https://soundcloud.com/johnny-gafapasta.

miércoles, febrero 24, 2016

Fotogramías

En los rincones apartados, por donde los arroyos alimentan al río grande, todo sigue pareciéndose a como debió de ser muchos años atrás. La sombra del bosque, incluso la sombra del bosque invernal, conserva todo la apariencia de un mundo sin domesticar, un mundo que exige arrestos para atraversarlo en el silencio apabullante de su naturaleza. En Pozo Mouro, recordé un fragmento de Aunque Blanche no me acompañe (Aguaclara, 2014). Decía así:
"Hubo un tiempo en que en Brocal el agua aprisionada en los banzados movía los martinetes. Percutían rítmicamente como si se tratase de pájaros antediluvianos picoteando hierro fundido. Aquellas ferrerías fabricaban sencillos objetos domésticos, aperos agrícolas, herrajes de carros y clavazones. Había herreros entonces de obra mayor, dedicados a la fábrica de calderos y sartenes; y herreros de clavos tan apreciados que su suministro atendía incluso las necesidades de los arsenales de Mahón, de Cádiz, de Cartagena, de El Ferrol y de la Habana, donde se empleaban en grandes cantidades para la construcción de buques. Hubo un tiempo en que aquí ardía la fragua de Vulcano. Hoy ese pasado parece sencillamente una fábula (...) Veo al salir del pueblo las ruinas de uno de esos mazos. Se lo traga la maleza. Está justo al lado del torrente que lleva el agua de las laderas de Penouz al río grande, al viejo Nereya, al río al que Ptolomeo le decía Nerealubio. Estas punzadas que siento en las sienes son el mordisco de los vermes. Percuten sus dentelladas rítmicamente en mi cabeza como martinetes. Forjan clavos menudos. Alfileres. Me pinchan como si fueran el trenzado de una corona de espinas. No soporto esta industria de dolor." 




lunes, febrero 15, 2016

Indecencia periodística

Lo que más abajo se enlaza se escribió ayer en el ABC sin que uno sepa que nadie, hasta el momento, haya pedido aún disculpas, sin que al individuo que lo escribió se le haya puesto de patitas en la calle y sin que esos periodistas que dan un día sí y otro también lecciones de periodismo hayan tenido la decencia de detenerse a valorar si merece la pena el oficio cuando no se combate a individuos que como éste lo comparten.

viernes, febrero 12, 2016

La Ñora


Sobre el camino, el temporal de los últimos días ha esparcido un caos de ramas, cortezas y hojas. Está subiendo la marea. Batirá la playa de nuevo el oleaje. Pero desde aquí arriba se oye al mar como a los perros, ladrando lejos. Sólo hay una manera de apaciguarlos: permanecer un rato en silencio y quietos, hasta que el aire sea incapaz de alentar nuestro olor hasta sus fauces, y mientras la cámara mantiene su objetivo abierto durante el tiempo suficiente como para que las olas se vuelvan mansas como la seda.

miércoles, febrero 10, 2016

Torpeza tras torpeza

Según parece la obra representada no era para un público infantil. Pero eran niños los que se situaron frente al pequeño escenario de los títeres. Y no estaban en una oscura sala de butacas, irreconocibles en su edad para los actores subidos al escenario, sino en una plaza a la luz del día. Torpeza fue entonces que quienes representaron la obra no tuvieran en cuenta para quiénes lo estaban haciendo finalmente, que no eran adultos que pudieran extraer de lo representado su significado exacto, sino críos que seguramente, más que asustados, experimentaban una enorme extrañeza a medida que se sucedía el vía crucis de la bruja libertaria que protagonizaba la representación. Que una torpeza continuada, debida a programadores y titiriteros, haya llevado a la cárcel a éstos por una pancarta descontextualizada, nos sitúa ante una torpeza aún mayor, la de quien debe juzgar con sensatez lo que algunos han anatemizado interesadamente. La decisión de mantener encarcelados a unos actores hasta ahora desconocidos los va a convertir, y si no al tiempo, en unos héroes de dudosa causa. Una torpeza más. Es, por ello, urgente que se los ponga cuanto antes en libertad. Y que se eché el telón sobre este incidente tergiversado por todos.

domingo, enero 24, 2016

Una pequeña carta agradecida

Querido José Luis:

Hoy no he madrugado. Ayer noche fui de concierto.Y no es que uno sea de ir de conciertos, y menos nocturnos, pero paternidad obliga y mi hijo tocaba con su banda (los fabulosos Johnny Gafapasta) en un antro del Carmen a la 1 de la mañana (¡nada más y nada menos!). Quedó pendiente para otro momento empezar la lectura de Arraianos (un Méndez Ferrín que hoy sí comencé y que estoy disfrutando enormemente) y el enfrascarse con la segunda temporada de Fargo (la primera me pareció espléndida y tengo ya ganas de ver la segunda). Quedaron pendientes, como digo, esas citas y quedó pendiente el sueño que se intentó recuperar en esta mañana de domingo. Así que cuando me eché a la calle ya era casi hora de vermú. Me sonó el móvil. Una amiga me avisaba de que uno estaba en el periódico, citado y, para mayor gloria, caricaturizado. C. se empeñó en comprar enseguida La Nueva España. He de confesarte que yo era más reticente (me entran sudores fríos cada vez que me veo en tesituras tales). Ese yo amablemente deformado del dibujo que me encontré impreso me resultó divertido, hasta el punto de que casi logra reconciliarme por fin con el tamaño de mis orejas. La lectura del texto, aun sabiendo que era tuyo, preferí posponerla a la sobremesa. Así que después de las lentejas, me arrellané en el orejero con el sol a mis espaldas y leí con enorme y ruborizado gusto lo que tan generosamente has escrito de uno. Ciertamente no sé cómo agradecértelo. si hasta me he pasado por arco del triunfo esa humildad que suele achacárseme y he compartido tus palabras por el vanidoso universo facebookiano. José Luis, José Luis, me estás convirtiendo en un poeta social (a la actual manera). Si alguien me tiene hoy ya por engreído, redirigiré el dedo acusador hacia el culpable de mi nuevo carácter. Un abrazo muy fuerte (que ruego hagas llegar también a don Mortiner).

jueves, enero 21, 2016

Vísperas de nada, Premio de Novela Corta "José Luis Castillo Puche"

La cosa podría quedar como se ve en la imagen. No obstante resta aún mucho tiempo para saber la apariencia final que tendrá el libro. Lo único seguro es que se titulará así y que en su portada rezará que le fue otorgado el XXIII Premio de Novela Corta "José Luis Castillo Puche". El fallo se dio a conocer ayer. Agradecido. 

Vísperas de nada comienza así: "Nada conocía sobre A. M. Tränkler salvo que había sido pintor. Eso y que un lejano día de 1926 Albert Henrich lo había retratado al óleo en un cuadro frente al que no solían detenerse los visitantes del Thyssen y que, colgado en la sala dedicada a los expresionistas, ofrecía una imagen que muy posiblemente fuera fiel al hombre en el que se inspiró."

lunes, diciembre 21, 2015

Una historia para navidad



Me envía un correo mi amigo G. Acaba de leer el libro Arenas movedizas, que Henning Mankell escribió en sus últimos meses de vida. En él se encuentra con una detallada y reflexiva narración sobre el famoso cuadro La balsa de la Medusa de Gericault. El lienzo tiene tras de sí una historia real y trágica de la que el pintor intenta, desesperadamente, extraer una metáfora de la esperanza. Dice G. que el asunto de su correo es una “historia para navidad” (con rendidas minúsculas).

La balsa de la muerte

Finales de la primavera de 1816. Napoleón está definitivamente vencido y morirá envenenado con arsénico en la isla de Santa Elena, esa masa rocosa azotada por el viento del sur del Atlántico donde está prisionero.
En Francia domina un rey de la familia de los Borbones. Cuatro buques de la armada francesa tienen órdenes de zarpar rumbo al sur. Su objetivo es Senegal, en la costa occidental africana. Como consecuencia de la reorganización de Europa después del Congreso de Viena, los ingleses cederán a Francia la ciudad portuaria de San Luis.
El 17 de junio, la pequeña flota de cuatro navíos zarpa de Rochefort. Mantener unido un grupo de veleros resulta casi imposible, y pronto pierden el contacto entre sí. Aunque todos saben cuál es la meta hacia la que navegan.
Uno de los buques es la fragata Medusa. A bordo de la nave de tres palos viajan cerca de cuatrocientas personas. La mitad son marineros, la otra mitad, funcionarios que se adueñarán de la administración de la plaza africana donde pronto se izará la bandera tricolor.
El capitán es Hugues Duroy de Chaumareys.
No tiene experiencia, hasta el momento ha trabajado sobre todo para las autoridades aduaneras francesas. Además, ha sido contrario a Napoleón. Puesto que la mayoría de los marineros a bordo han sido partidarios suyos, no tarda en ganarse la animadversión y el desprecio de la tripulación.
Dos semanas después de que se hayan izado las velas en Rochefort, la Medusa encalla cerca de la costa africana. Allí hay bancos de arena que nunca se han cartografiado del todo. La Medusa encalla en uno que se llama Banc d’Arguin.
La nave está inmovilizada. Siguiendo las órdenes del capitán, arrojan por la borda todo lo que no es fijo, para que el barco se eleve y se aparte del banco deslizándose en la medida de lo posible. No lo consiguen. De Chaumareys da órdenes de abandonar el barco. Como los botes salvavidas son insuficientes en número, fabrican una balsa enorme. Derriban los tres mástiles para hacer con ellos la base cuadrada de la balsa. Los botes salvavidas la arrastrarán hacia la costa africana, que se esconde al este entre la neblina.
La operación de remolque fracasa. Cortan los cabos que unen la balsa a los botes salvavidas y la abandonan con sus ciento cincuenta pasajeros. El capitán De Chaumareys comete una de las acciones humanas más cobardes e ignominiosas que se puedan imaginar.
La situación en la balsa no tarda en pasar de un orden artificioso a un caos brutal. Los más fuertes arrojan por la borda a los heridos, más débiles. Se acaban el agua y los alimentos. Se impone el canibalismo. Con hachas, sacan tajos de los cadáveres y se comen la carne cruda. La balsa se convierte en un matadero humano.
Al cabo de quince días, la nave hermana Argus avista la balsa. Para entonces quedan quince supervivientes, pero varios de ellos mueren después a causa de las privaciones. Al final, sólo tres de los marineros se salvan y pueden regresar a Francia.

Uno de los supervivientes es el médico de a bordo, Henri Savigny. Cuando regresa a Francia, entrega al almirantazgo francés un informe de los acontecimientos. El asunto se difunde y se convierte en un gran escándalo.
Cuando se produce el accidente de la Medusa, el artista Théodore Géricault tiene veinticinco años. Se hizo famoso en el Salón de París en 1812, cuando presentó el óleo de un oficial de caballería a lomos de un caballo rampante, y ahora empieza a pintar un cuadro de la balsa, en el que la gente yace moribunda después del naufragio de la Medusa.
En un principio, se concentra en tratar de reproducir el horror que reinaba a bordo. El canibalismo; cómo arrojan por la borda a los débiles —aún vivos—; un mar donde no se avista ningún otro barco; la desesperanza que, al final, es el único sentimiento que les queda.
Se imagina una balsa que va a la deriva surcando un mar, una balsa donde no hay dios que se preocupe por el sufrimiento de los náufragos. Cuando no queda ninguna esperanza, tampoco queda ningún dios.
El cielo está tan vacío como el mar.
A poco más de seis kilómetros se extiende la costa africana, invisible por la niebla, pero para ellos no es ninguna salvación, allí bien puede esperarles el infierno. Los hombres de la balsa están condenados a muerte.
Géricault comienza a dudar. Hace un gran número de bocetos, pero, al final, empieza a atenuar cada vez más la catástrofe. Como si se hiciera la siguiente pregunta: ¿Qué ocurre con las personas que pierden la esperanza por completo? ¿Cuándo ya no queda nada?
El artista no da ninguna respuesta a la pregunta. Sencillamente, está mal formulada, o es imposible. No existe vida humana allí donde la esperanza desaparece por completo.
Siempre queda algo.
La pintura que por fin deja terminada representa la esperanza humana que, pese a todo, existe incluso cuando no debería quedar nada. Al fondo del cuadro se atisba Argus, aunque el espectador no puede estar seguro de que los hombres a bordo hayan descubierto la balsa.
El cuadro puede contemplarse en el Museo del Louvre, en París. Cuando me veo contemplándolo me digo que es un punto de encuentro entre lo viejo y lo nuevo. Géricault estudió tanto a Rubens como a Caravaggio mientras trabajaba con la balsa. Con la misma intensidad con que estudió cadáveres y hombres moribundos en el hospital Beaujon. Dicen que incluso se llevaba al taller partes de cadáveres para examinar más de cerca el proceso de descomposición.
La mayoría de las obras de arte tienen algo que uno mira o escucha con atención. En casos excepcionales hasta puedo sentir cierto agradable aroma que fluye hacia mí. En alguna ocasión he llegado a experimentar una sensación gustativa inesperada.
Géricault consiguió algo que a pocos artistas les es dado. Munch y Bacon también lo consiguieron.
Y, naturalmente, Caravaggio y Rembrandt.
Mientras contemplo el cuadro puedo adivinar el hedor de los moribundos.
Existe una extraña contradicción en el cuadro. A pesar de que aquellos que representa están pasando hambre y se encuentran medio muertos de sed, el artista los ha pintado con unos cuerpos casi atléticos. Es lo bastante audaz como para mezclar el realismo con los ideales del arte clásico. Al distanciarse y no atenerse sólo al realismo, consigue que nosotros, que contemplamos el cuadro, ocupemos un sitio a bordo de la balsa.
Lo que me sobrecoge es el intento de Géricault de plasmar una esperanza que no existe. No sé de ninguna otra obra de arte que haya logrado expresar de ese modo lo que no podemos sino llamar un reto filosófico.
Después de la visita al Louvre, me siento en un café de la zona. Es otoño, hace frío, sopla un viento del noroeste. He venido a París a hablar de mis libros.
Observo a las personas que hay en las otras mesas y pienso que todas ellas albergan algún tipo de esperanza. De que algo salga bien, de que algo pase pronto, de encontrar la explicación a algo, de que algo que les causaría dolor no sea cierto.
Tenemos que procurar siempre que la esperanza sea más fuerte que la desesperanza. Sin esperanza no hay, en el fondo, supervivencia. Y eso vale tanto para los enfermos de cáncer como para las demás personas.
Cuando me alejo del café, ha empezado a caer una fina lluvia. Me dirijo al cementerio Père-Lachaise.
Me lleva un rato encontrar el mausoleo de Géricault. Sólo llegó a vivir treinta y dos años. De vez en cuando se caía montando a caballo. En una ocasión, la caída fue tan brutal que la lesión que sufrió mermó su vida. Pero también tenía tuberculosis. Muy pronto supo que su existencia tenía los días más que contados.
Antoine Étex, un escultor hoy olvidado, levantó el monumento que orna la tumba. Es sentimental y horrendo. Representa a Géricault camino de la muerte, cómo va dejando caer muy despacio el pincel que tiene en la mano.
Géricault solía recurrir a sus amigos para que posaran como modelos de diversas figuras de sus cuadros. La balsa de la Medusa no es ninguna excepción. Uno de los moribundos tiene los rasgos de Eugène Delacroix.
La balsa de la Medusa habla, por tanto, de esa esperanza que sigue viva cuando toda otra esperanza se ha extinguido. La paradoja que, con más claridad que ninguna otra cosa, es testimonio de la voluntad de supervivencia que siempre albergamos los seres humanos.
Nos agarramos al bote salvavidas, aunque, en realidad, ya no tenemos fuerzas.
Pero la esperanza sigue existiendo. Puede que como una sombra y nada más. Pero ahí sigue.

Henning Mankell

miércoles, diciembre 16, 2015

David Trueba, en EL PAÍS

Una cita

En dos entregas desacostumbradas, la New York Review of Books ha reproducido fragmentos de la conversación del presidente Obama con la escritora Marilynne Robinson. No vamos a caer en la bajeza de comparar el diálogo fluido entre el presidente de la nación y una intelectual destacada con el escenario español, donde al presidente no se le conoce afición cultural, visita a museo ni teatro ni sala de conciertos y donde sus estímulos intelectuales provienen de los arreones de la prensa deportiva con su canción de éxito: yo soy español, español, español. No, no vamos a caer tan bajo. Pero sí conviene detenerse sobre unas palabras de Obama que quizá sirvan de estímulo a un país donde cada día se cierra una librería y se abre un gimnasio.
         La cita es larga, pero es pertinente ofrecerla entrecomillada: “Cuando reflexiono sobre mi papel de ciudadano, más allá del hecho de ser presidente, y sobre los conocimientos que puedo traer a esa posición de ciudadano, me doy cuenta de que las cosas más importantes que he aprendido en la vida provienen de las novelas. Tiene que ver con la empatía. Tiene que ver con la noción de que el mundo es complicado y está lleno de grises, pero que aún hay verdades que han de ser halladas, y que tenemos que esforzarnos en buscar. Y tiene que ver con la noción de que es posible conectar con algo o con alguien, por muy diferente que sea de nosotros”.
         Nadie duda a estas alturas que Obama es un presidente de ficción. Novelería es otra de esas expresiones que en el español certifican un desprestigio de todo lo inventado. Se une a la categoría de inmoralidad asociada a vivir del cuento, contar películas o hacer teatro, todas ellas formas expresivas que denotan valores negativos. Pues Obama es fruto de esa deformación y los españoles sabemos protegernos, porque somos expertos en detectar el buenismo y machacarlo en favor del malismo, la inquina y la maledicencia, que son rasgos de inteligencia entre nosotros. Pero nos olvidamos de que la representación del poder y el relato público necesitan de la potencia del ilusionismo y es ahí donde nuestra desconfianza y nuestra falta de cariño por la literatura y la creación nos condenan a gobernantes zafios, corruptos y crueles. ¿Queríais realidad y pragmatismo?, pues tomad dos cucharadas cada hora. La reivindicación de la ficción como un territorio en el que completar la sensibilidad y la mirada desprejuiciada, donde desbaratar el nacionalismo patriotero y la incapacidad física de sentir empatía por el distinto, suena hoy a transgresión, casi a disidencia.

David Trueba