miércoles, mayo 14, 2014

Magia

Desplegó entre las manos
un abanico de naipes.
No sonreía.
Nunca suele hacerlo en balde.
Mantenía tan sólo
un descuido de alegría
a un lado de la boca.
Elegí una carta
que él no pudo ver.
Barajó luego el mazo entero.
Lo posó en la mesa.
Junto a sus cuadernos,
al lado de su viejo diccionario de inglés.
Ábrelo, me dijo.
Allí estaba, para mi asombro,
la carta elegida.
Creo que se sintió bien.
Había engañado sin remordimientos
a su padre.

JCD

lunes, mayo 12, 2014

Un hermoso elogio a los libros, por Álvaro Valverde



Elogio de los libros, de Álvaro Valverde


Por la descripción del paraíso, y la ceguera de Tobías y por el viaje de Jonás alojado en el vientre de una ballena.

Por las aventuras de Ulises a través de un mar color de vino y por la explicación de sus hazañas hasta que pudo regresar a Ítaca.

Por las enseñanzas de Virgilio acerca del tiempo que nos huye, irremediable, y, cómo no, por las de Horacio, que nos animó a disfrutar del momento que pasa y a llevar una vida retirada y modesta.
Por los jardines y fuentes de los versos árabigos, porque evocan la pérdida del inmenso desierto.

Por la flor del cerezo y la luna y el río, y por los pabellones y por las batallas que cantan los poemas de los clásicos chinos.

Por el amor que ha abierto las murallas de todos los castillos de la historia y por los trovadores que inventaron el modo de asaltarlas.

Por las coplas escritas a la muerte del padre, y las noches oscuras y la senda escondida, y la hermosa locura que inventó Don Quijote.

Por el descenso a los infiernos donde habitan los monstruos y el ascenso a los cielos donde viven los ángeles.

Por la busca del tiempo que creímos perdido en la patria feliz de la infancia.

Por los cuentos de hadas y los cuentos de lobos, por su felicidad y por su miedo.

Por los cantos oscuros de las tribus remotas, tan acordes al ritmo con que suena la Tierra.

Por la tristeza y por el entusiasmo que se esconden detrás de las líneas escritas por cualquier ser humano.

Por los mares del mundo: los del norte y sus sagas, los del sur y sus islas; y los de la persecución de Moby Dick y los profundos del Nautilus.

Por los héroes de leyenda y los seres reales porque son las dos caras de la misma existencia.

Por las volteretas de todas las vanguardias y los sueños que inventan con sus saltos festivos.

Y por todos los libros, incontables, que admiten recordar lo olvidado y volver a lugares donde nunca estuvimos y vivir esas vidas que jamás viviremos. Porque el mundo es un libro que nos lee y que escribimos.

lunes, abril 28, 2014

Lirios


Tomé esta foto al amanecer del domingo. Entrando por los ventanales una luz algo sucia en las primeras horas. Los lirios posaron con la elegante apariencia de quienes, a pesar de haber trasnochado, conservan una lozanía enjuta. Ni el humo del tabaco, ni las luces largas de la sobremesa les hicieron mella. Enraizados en el agua como una pequeña bonanza mediterránea, uno espera que aún den fe durante algunos días de esta primavera esquiva.

jueves, abril 24, 2014

Cinco lecturas recomendables

No se tiene a menudo el buen ojo o la fortuna de acertar con cinco lecturas, una detrás de otra, de tanta calidad como las últimas a las que uno les ha hincado el diente. Ayer las relacionaba en mi facebook con ocasión del día del libro, y apuntaba para cada una pincelada orientativa sobre por qué me han resultado tan placenteras.

Se trata de Niños en el tiempo, donde Ricardo Menéndez Salmón vuelve a brillar con la precisión de su prosa más pulida. Una novela de la que ya se ha dicho casi todo, y de la que, particularmente, me sobrecogió su primera parte “La herida”, para la que, a mi juicio, se escriben las siguientes (“Cicatriz” y “Piel”), en una suerte de conjuro que revela el poder consolador de la escritura.
En Canadá, Richard Ford relata el tránsito hacia la madurez, que adopta en las páginas de su narración una apariencia fronteriza: el paso hacia otro país, hacia un paisaje inhóspito donde abruma la desolación de un adolescente desprotegido de casi todo afecto.
Dos olas, el título de la segunda novela de Daniel Pelegrín es la pequeña medida con que se nombra una pleamar de oficio e inspiración, una urdimbre de registros lingüísticos diferentes, de tiempos distantes, en la que no rechina nunca su engranaje gracias a un estilo cuidado, que no está lejos de una máxima expresada en sus páginas: “en la medida y oportunidad se halla toda sabiduría”.
La hondonada es la más reciente novela de Jhumpa Lahiri y aun no siendo la mejor Lahiri, es Lahiri y eso es, para sus lectores —y uno se cuenta entre los más fieles— no es poca cosa. Se lee, como todo lo suyo, con facilidad pasmosa pese a la distancia cultural y geográfica de la que hablan sus narraciones (la India y los bengalíes emigrados a Estados Unidos han protagonizado hasta ahora sus relatos y novelas). La presente arranca de la situación sociopolítica de la India poscolonial, del movimiento naxalita y de cómo esa insurrección separa a los hermanos Subhash y Udayan, cómo condiciona la biografía de la saga familiar de la que forman parte y a la que se le da continuidad ya en Rodhe Island, en el desarraigo de la Calcuta natal. 
El diario Trasatlántico, de Miguel Rodríguez Muñoz, está escrito con la misma cadencia, sencillez y pericia con que transcurre la navegación ambientada en sus páginas, un crucero sin más pretensión de aventura que la observación de un pasaje tan anodino, y por ello tan subyugante, como pudiera serlo el tráfico de gentes bajo una ventana de ciudad, una riada de rostros grises en los que, muy de vez en cuando, se distingue el espejismo de una bailarina ucraniana.


lunes, abril 21, 2014

Una suerte de edén


El edén es una palabra que tiene aguja como algunos vinos. Su sola pronunciación nos sube a la cabeza una nube de alegría. El edén en compañía nos procura, además, una embriaguez de taberna o de alcoba, de risas compartidas o de amores sudorosos. El edén siempre nos fija a la tierra. A la carne deseada, al compadreo cómplice, al jardín colmado. El edén secreto al que llegamos días atrás después de que tuviéramos la dicha de la llave ofrecida nos pareció un espejismo de día festivo. Eso creímos, al menos, durante las horas gozosas que duró. Pero algunas fotografías memoriosas dan fe de que fue real. Qué suerte la nuestra.

Santesteba


Antes de que las puertas de esta aldea se cerraran para siempre, de que la mala hierba prendiera de escaleras, muros y recuerdos, en los riscos próximos que se asoman al río como las ventanas de Dios al mundo ínfimo de los hombres, una turba comedida de buitres volaba los quebrados, el bosque y hasta las nubes bajas de los días tristes. Cuando se trazó la carretera, cuando finalmente se hizo real con asfalto, arcenes, carriles delimitados por pintura fluorescente y señales de curvas peligrosas, las rapaces volaron lejos y la gente del pueblo subió con sus maletas a los autobuses que, como el río, llevaban, cauce abajo, hasta el oleaje ruidoso de la ciudad. La envergadura negra de los buitres se fue convirtiendo entonces ya sólo en una sombra esparcida a ras de suelo, entre las calles abandonadas de Santesteba, como una simiente de olvido.

lunes, abril 14, 2014

Sillón mirador

Este sillón se ha ido volviendo con los años tan cómodo como desvencijado. Tiene la forma exacta de la espalda y unos ojos igual de largos que las linternas costeras de un faro. Creo, además, que el alma se le parece, trenzada con sus mismos mimbres y apoyada, como él, en el árbol de la vida, comparten una vocación recóndita, la de las sombras apostadas en lo más alto de las forestas, invisibles a los ojos de un mundo que, sin embargo, abarcan en paisaje suficiente como para saber a tiempo del curso de las estaciones y como para apurar todos y cada uno de los días igual que viajeros perezosos en la proa de un trasatlántico.

miércoles, abril 09, 2014

Amaneciendo en Lluces





El viajero de Úrculo


    Posó la mirada en la arena
    como un viajero de Úrculo
    que abominara ya de cualquier prisa
    y de toda nostalgia.
    Como un hombre en paz con los años
    que ya sólo aspirase
    a acompasar sus pasos
    con el pulso dócil de las bonanzas.

                                       JCD

jueves, abril 03, 2014

Perlora


Una ciudad de vacaciones en ruinas. Sus casas, apuntaladas. Sus calles, tomadas por la maleza. El camino que desciende a sus playas, de nuevo agreste. Y la primavera otorgándole a todo un aire de esperanza que la razón da por escasamente cierto. Justo en este prado donde crecen las caléndulas de la fotografía, corrimos de niños bajo la confiada mirada de nuestros padres.  Llegábamos aquí en el ferrocarril de vía estrecha.  Volando por encima de los acantilados. El día era un sol y un océano. La mala hierba que hoy lo toma todo, nunca alcanzará aquella memoria, pero su nostalgia apaga el color de esta desolación presente.

martes, abril 01, 2014

PrimaNera


Odo la primavera nei rami neri indolenziti...
                                                                                 Giuseppe Ungaretti

viernes, marzo 28, 2014

Dos olas

En aquella bitácora a través de la que conocí a Daniel Pelegrín, En Lisboa, se escribía lo que sigue un 4 de abril de 2007:

"Hay una Lisboa africana, una ciudad negra, mulata, mestiza. Los africanos de Lisboa y de Portugal provienen en su mayoría de las ex colonias portuguesas: de Cabo Verde, Angola, Guinea Bissau, Mozambique y São Tomé y Príncipe. En los años sesenta, mientras el régimen salazarista enviaba a muchos jóvenes portugueses a defender el imperio lusitano en la guerra de Angola y la pobreza obligaba a otros a emigrar a la Europa rica, la mano de obra en la construcción y en otros empleos difíciles y mal pagados fue ocupada por caboverdianos. Muchos de ellos se quedaron, huyendo de la sequía endémica de las islas de Cabo Verde, y más tarde, tras la independencia que siguió a la Revolución del 25 de abril de 1974, llegaron otros africanos, entre ellos los angoleños que huían de la guerra civil. Por lo tanto ya se puede hablar aquí de población negra (o mulata, o mestiza) de segunda y puede que de tercera generación: son los portugueses negros. A ellos se siguen sumando inmigrantes más recientes, que enriquecen la diversidad de esta “ciudad blanca” (Alain Tanner se refería a la luz, claro), como puede verse en su misma plaza central: Rossio, lugar de reunión de muchos africanos. Un ejemplo de esta Lisboa africana es la zona de la Rua de São Bento, célebre por ser la calle de la Assembleia da República (el parlamento) y de los anticuarios, pero también conocida —a la altura en que se sitúa la casa en donde escribo esto— como uno de los tres lados del viejo “triângulo crioulo”, que entre los años sesenta y noventa fue un barrio de mayoría caboverdiana, con restaurantes de katchupa (el plato más célebre de la cocina caboverdiana) y bares africanos. Algo queda de aquello, aunque la mayor parte de la población inmigrante se mudó a las ciudades dormitorio como Amadora, Cacém, Odivelas o Almada. Sin embargo, al margen de esta diversidad evidente hoy en día, la presencia africana en Lisboa y en Portugal no se limita a la segunda mitad del siglo pasado y al presente. En Portugal hubo una importante población esclava y liberta de origen africano entre finales del siglo XV y mediados del XIX, que en algunos momentos alcanzó hasta una décima parte de la población total. De hecho, entre mediados del siglo XVI y finales del XVIII, parte de este barrio y el vecino de Madragoa formaban la mayor concentración de población africana de Europa: el entonces conocido como barrio de Mocambo. Las huellas de esta presencia africana en la metrópoli pueden rastrearse hoy en muchas representaciones iconográficas, desde cuadros a azulejos, pero también en tradiciones y músicas. Hay incluso estudios que afirman que el fado tiene su origen en el lundum, una música para danza que se originó en Brasil, mezcla de ritmos bantúes y portugueses. Sin embargo, esta primera presencia africana, que duró cerca de cuatro siglos, se fue diluyendo tras el fin de la esclavitud, mezclándose con la población blanca. Lisboa es hoy, por tanto, una ciudad mestiza y diversa, pero no hay que olvidar que ya lo fue en el pasado. Muchos portugueses, incluso de origen africano, ignoran todavía ese legado."

Y no haría lo transcrito una mala introducción de la novela recientemente publicada por Daniel Pelegrín, Dos olas. En ella, sus protagonistas, Inés do Carmo y Adélia, son parte de esa Portugal mestiza, de esa Lisboa negra. Las separan tres siglos de historia. Las unen, por un lado, el estudio, por Adélia, de los procesos inquisitoriales del XVIII, de los que fue víctima Inés do Carmo, y, por otro, la marginalidad de los mundos en los que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue viviendo gran parte de la población negra. Inés do Carmo cuenta a través de un relato que por si mismo constituiría una pequeña novela picaresca —magistralmente ambientada y con un registro lingüístico fielmente adaptado al de la época en que transcurre—,  el aprendizaje en hechizos y artes curanderas con el que trata de ganarse la vida una vez liberta. Lo que de Adélia sabemos, en cambio, no se nos cuenta a través de una narración cronológica y factualmente ordenada, sino más bien por la revelación de lo que de un modo atropellado, con angustia y saltos temporales, fluye  por la mente de una universitaria de poco más de veinte años, a lo largo de un fin de semana en el que, después de someterse a un aborto clandestino, intenta, con fuerzas menguadas y escaso ánimo, de poner en orden su vida mientras trata de encontrar el consuelo de su amigo Tiago.

A través de aquella primera bitácora de Pelegrín, que cité al comienzo, uno descubrió la obra pictórica de Paula Rego, que años más tarde pude ver de cerca y con admiración en la Fundación Serralves con ocasión de un viaje a Oporto. Las figuraciones de Rego se distorsionan a menudo en arrebato o sufrimiento, y están a medio camino entre la denuncia social y la representación de las pesadillas. En aquella entrada sobre la Rego que Pelegrín colgó en su blog, se refería, entre otras, a una serie de pinturas sin título sobre el aborto, fechadas en los años noventa. Hay un momento en la novela en que el autor mezcla con acierto esos lienzos que a buen seguro están grabados a fuego en su memoria con el propio argumento del relato, ese aborto que estigmatiza a Adélia:

"He vuelto a observar a las mujeres perro, para constatar con sorpresa que una de ellas, que se lame el brazo con avidez, me recuerda a Carolina, una de mis compañeras en el piso de la Costa de Caparica; o será que ahora recuerdo a Carolina con la dureza de esos rasgos, a pesar de que la vi por última vez hace dos días: una eternidad. Y tras la cara de Carolina-perro, como si lo estuviera buscando (y acaso así ha sido, aunque no recordaba que también me habías hablado de esas pinturas): la serie sin título que retrata a mujeres tras un aborto clandestino. He tenido que cerrar el volumen, no porque no pudiera soportar las pinturas, sino por lo que esas posturas, esos gestos y esos escenarios me recuerdan, tan próximo y tan lejano ya. Allí estaba otra vez la habitación húmeda de esa casa de Almada, mi esfuerzo por mantener las piernas bien abiertas sobre las sábanas acartonadas como ella me había pedido, casi ordenado, y abajo en la penumbra del suelo junto a la cama esa jofaina lista para recibir el embrión y lo que pudiera salir de mis entrañas."


Supongo, también, que en la manera de plasmar el desasosiego de Adélia no poco ha tenido que ver la querencia de Pelegrín por Lobo Antunes, y en la limpieza y precisión de las confesiones de Inés do Carmo el conocimiento y lectura de nuestra tradición clásica. Su imbricación, la urdimbre de registros tan diferentes sin que el engranaje rechine, es una labor de estilo cuidado, de suma precisión, que no está lejos de esa máxima que se expresa en la página 150 de Dos olas a propósito de otras razones, pero que tan bien le cuadra a la bien armada hechura de la novela: “En la medida y oportunidad se halla toda sabiduría”.

Novela como queda dicho de mujeres, pero novela también de ciudad. Novela femenina y feminista. Novela pegada a la tierra. Repara en la esclavitud y la inquisición, advierte de las arriesgadas prácticas abortivas a que se someten quienes carecen de recursos, llama la atención sobre la aún deprimida vida que soportan las colectividades negras que todavía descienden de los antiguos esclavos o de las emigraciones del hambre. Se enmarca en una ciudad conocida y que se advierte, además, vivida y querida, cuyas calles, plazas, jardines y museos se integran en la narración armónicamente, como cauce natural de lo que se relata. Novela hermosa, dura y bien escrita a la que uno le desea la mejor de las suertes e infinitas lecturas.

lunes, marzo 24, 2014

Djukan Lahimovic

Escribir en verso, como arar etimología obliga, nos otorga una tranquilizadora sensación de propiedad sobre nuestra vida —sobre nuestra tierra—, que de esa manera alcanzamos a ordenar a través de un esfuerzo continuado, visible, pautado. El resultado final exige tiempos, el que pasa y el que se manifiesta como capricho de estaciones. En la apariencia inicial se muestra solo el rastro de un esfuerzo, un reguero prolongado de palabras con voluntad de echar raíces y levantarse a la luz de las miradas. En el principio, por tanto, fue —es— la semilla escueta sobre la que asienta el mundo que nos habita, las obsesiones que nos desvelan.
         De qué se habla en este poema de Djukan Lahimovic. Qué pretenden sus versos. ¿No serán acaso el grano luminoso que se arroja al surco del arado, el aliento de una vida que saldrá finalmente renacida al calor de los ojos del lector y por encima del nivel oscuro de la tierra? Cuando escribió el poema, Djukan Lahimovic empezaba a ser un viejo. Quizás también a recelar de un ingobernable y triste deseo.
        
         EL DESEO EN LOS CUERPOS DE LOS VIEJOS

Los cuerpos responden por costumbre
a su electricidad estática.
Se imantan con celo de limadura.
Quedan exhaustos en la oscuridad.
Sin palabras en el esfuerzo.
Son, por un instante de agonía,
vasijas vacías y frágiles
que el mismo rencor de un ave
podría quebrar con solo volar muy cerca.
El deseo en los cuerpos de los viejos
no sonríe ni galopa,
es tan sólo la terca desobediencia
de un ya inútil animal doméstico.

lunes, marzo 17, 2014

Un pájaro de sol

Recordé ya en la terraza que el libro con el que me había acompañado permanecía cerrado sobre la mesa. Sin abrirse. Y posé mi mano sobre su lomo como sobre un animal doméstico y dócil, con el propósito de mantenerlo contento. Aunque a buen seguro que lo estaba en los brazos de la luz franca de esta mañana. Incluso permaneciendo en silencio, y cerrado. Arrebujado sobre mismo, en su tibieza íntima. Como yo también casi lo estaba, pues me había abrigado hasta el cuello de la brisa que corría por delante de este sol inaugural de la primavera. Un sol alegre pero débil todavía. Tan esperado que fue oírlo cantar al otro lado de los cristales nada más amanecer y echarnos a la calle a su encuentro. Sin ganas de otra cosa que ofrecerle el rostro y la atención entera que merece quien llega de lejos para hacernos un poco más felices.

jueves, marzo 06, 2014

En Cierta Distancia

"Los poemas, en su arranque, cuando empiezan a ponerse de pie como potrillos recién nacidos, exigen cuaderno y portaminas; y toman forma en lugares y momentos favorables. En los diarios, en cambio, hay una voluntad de ejercicio, que no creo que sea demasiado diferente al entrenamiento de un deportista. Para las narraciones, la idea va fluyendo al tiempo que desgasta y se nutre de todo cuanto toca, se va convirtiendo así en un río cuyo aluvión arrastra materiales diversos que uno acumula en un proceso de escritura que lleva cabo de las formas más diversas: a través de la disciplina o el alumbramiento súbito, a lápiz o en ordenador, en los ratos libres de la actividad laboral diaria o en los días de descanso. Para este menester del relato es uno, en fin, apenas melindroso: se trata de abrigar del frío una osamenta; cuando empieza a entrar en calor, de quitarle lo que le sobre."

A preguntas de Miguel Sanfeliu en su Cuestionario Básico.

martes, febrero 11, 2014

Marejada


Con la insólita violencia 
que rebosa el recipiente más hondo imaginable
—el alma atormentada de los hombres
o el vaso insondable del océano—,
las olas se ceban a veces
con la paz de los puertos
y el sosiego de los faros en vela,
con las sendas holladas en la playa
y la amura al pairo de las costas,
con los cimientos mismos
de las ciudades erigidas
sobre aduanas trazadas por pleamares 
a puras dentelladas de naufragio.

JCD

miércoles, febrero 05, 2014

El pequeño faro


    Al otro lado de la marejada,
    el pequeño faro
    ilumina una península quieta.
    Su luz alivia el frío,
    templa el pulso
    y sosiega el miedo,
    como cualquier ventana
    habitada por una llama en la noche.

                                       JCD

lunes, febrero 03, 2014

Mar Braña Gancedo

El jueves, 30 de enero, tuvo uno el gusto de presentar el recital poético de Mar Braña en el Centro Municipal de La Arena. Se hizo según la transcripción que se acompaña:

Mi madre tenía las manos gastadas de acariciarnos.

Posaba su palma con idéntica presión
sobre nuestras ocho cabezas formando una escalera.

La luz que brillaba en sus ojos nos alumbraba
en las noches de no luna.

Mi madre perdió los dientes para que yo tuviera huesos
pero jamás renunció a sonreír mientras me acunaba.

Ella cerró con llave su armario de triste pasado
para que nunca viésemos sus ropas de luto.

Ahora sus manos, sus ojos y encías
son de ceniza. 
La escalera ha perdido ya tres peldaños y
los otros cinco descendemos
buscando el rellano donde ella nos espera.

Mi madre perdió los dientes para que yo tuviera huesos…

                                                                 Mar Braña Gancedo


Hoy me he permitido hacer trampas en el solitario. He alterado lo que es costumbre en las presentaciones: darle cancha al organizador, ordenar la biografía del autor o autora protagonista y mentar lo más notable de su obra. Hoy, digo, tengo el día tramposo y hasta confieso que estoy jugando con cartas marcadas, porque, como han visto, he puesto sobre el tapete, nada más abrirse el envite, un as incontestable: ese hermosísimo y sobrecogedor poema de Mar  que no se puede leer sino con el corazón encogido y que estoy seguro de que nos ha dejado a todos con el lagrimal en regadío y con infinitas ganas de conocer mejor y enseguida los versos de la autora. Ese deseo, para la suerte de ustedes y para la mía propia, me obliga a ser breve. En esa brevedad reside el beneficio de la trampa.

Así que iré a lo esencial, retomando, ahora sí, el protocolo habitual de los maestros de ceremonia. Hablándoles de que quien nos trae hoy hasta aquí compartió con uno las aulas de la plaza Feijoo, aquel benedictino gallego cuyas lecciones de ilustración tan viejas se nos han quedado que su celda ovetense se visita ahora en el museo arqueológico y cuya talla preside una hermosa y modesta plaza que lo fue de la facultad de filología, donde Mar Braña y servidor se licenciaron, también ya en tiempos casi arqueológicos. Creo que fue por aquellos días cuando compartimos un viaje desde Oviedo a Gijón y, charlando de esto y lo otro, vinimos a enterarnos de que ambos trabajábamos al tiempo que cursábamos la carrera. El que les habla en el humilde gremio de los ultramarinos y la que les recitará en el más noble ámbito de los “grines” golfistas. Como ven, empezaban, por tanto, a diferenciarse las categorías: uno terminó de presentador de eventos y Mar de protagonista de los mismos. En cualquier caso a los dos podría recurrir Wert para que les expliquemos a los universitarios lo que les va a tocar en el futuro: financiarse, con trabajos precarios y mal remunerados, el pago de sus matrículas. Esa misma parvedad de recursos que nos llevó a trabajar para poder estudiar, nos obligó, una vez licenciados y dado cómo estaba el panorama de las oposiciones a la enseñanza entonces, aun peor que él de estos tiempos últimos, a buscarnos la vida en el regazo de la madre Administración, que siempre ha tenido fama de procurar un garbanzo duro, pero seguro. Pero igual que la cabra tira al monte, los letraheridos tiran a todo lo que se mueve, porque escritura y vida se miran mucho y quien se inoculó del virus de la palabra está para siempre condenado a su compañía. Se lee cuanto se puede y se escribe cuanto se necesita, que el escribir suele hacerse por apremio de la vida, para celebrarla o maldecirla, se haya alcanzado plaza de docente o se forme parte de la vilipendiada tropa rasa de la función pública.

Por eso Mar escribe desde siempre  y, estoy seguro, de que lo hará irremediablemente en el futuro (de estas adiciones se quita uno mal), celebrando y maldiciendo de esa manera la vida, y en ambas dedicaciones, la imprecación y la dicha, se expresa con igual pericia. Capaz de ser endiabladamente divertida con sus juegos de palabras, sus dobles sentidos, sus encadenamientos imposibles, sus versos pícaros y sus artículos sarcásticos; y capaz, al tiempo, de abrirse en canal en sus poemas más desgarrados y personales. Como tan bien decía el recientemente desaparecido y admirado Juan Gelman: “escribir poesía es abrirse camino en uno mismo”.

Así podrán comprobarlo enseguida, pues sé que ha preparado para la ocasión una cuidada antología de su obra poética, recogida hasta la fecha en los poemarios: Tiempo de lágrimas, Luz roja: poemas para leer con semáforos (que fue finalista del premio Cálamo), Sin embargos… y Sinestesias sin anestesias

Justo sería que estuvieran editados, que todos pudiéramos disfrutarlos con calma, leerlos en papel, sonreír con las ocurrencias de Luz roja o emocionarnos con los versos en carne viva de Tiempo de lágrimas. Eso es lo que yo desearía y lo que ustedes, a buen seguro, desearán después de la cata que hoy le haremos a la obra de Mar Braña. No sería, por ello, una mala propuesta que a estos eventos se acercaran ojeadores editoriales como por los campos de fútbol modestos se pasan ojeadores de talentos en ciernes. Aquí, hoy, además, lo tendrían más fácil, irían sobre seguro, porque la obra de Mar ya no es ninguna obra en ciernes, sino una obra bien en sazón, cuajada. 

En esta lectura, Mar Braña ha tenido el buen gusto y la fortuna de acompañarse del músico Daniel García de la Cuesta. Lo que me anima a recordarles que ustedes también pueden ejercer, a su manera, de músicos esta tarde, pues no en vano dice Joan Margarít, a propósito de lo los lectores de poesía, que no son como el público que escucha canciones, sino como los músicos que interpretan partituras. Formula Margarit, supongo, esa comparación en la creencia de que la poesía sólo termina de hacerse en el oído y el gusto de quienes la aprecian y, finalmente, la interpretan. Por lo que les animo a que se pongan a ello. 

martes, enero 28, 2014

De cuando Blanche llegó a Sevilla...

O la generosa lectura que a veces hacen de nuestras cosas los amigos:

Aunque Blanche no me acompañe en El hilo invisible de Sir John Moore (leer AQUÍ)


Gracias, Juanma.

lunes, enero 27, 2014

Viaje


Sábado, 15 de enero de 2014
Son las once de la mañana. El tren acaba de dejar la estación de Oviedo. Día gris. De niebla. Al otro lado de la ventanilla, el paisaje no logra despojarse de su color de estiércol. Hasta Alicante serán nueve horas de trayecto. Partiré por la mitad y en diagonal el mapa de España. Al otro lado, en el Mediterráneo luminoso, me encontraré con L. No nos conocemos personalmente, por eso ayer, cuando me telefoneó, hizo una somera descripción de su persona: “Tengo sesenta y ocho años y los aparento”. En lo que queda de viaje trataré de apurar La llanura fantástica, un hermoso libro que me hizo llegar por correo hace unas semanas.
Al otro lado del pasillo se ha sentado un hombre trajinado malamente por la vida. Tiene unos ojos claros pero vidriosos, apoyados sobre unas almohadillas de arrugas y capilares desangrados. Enseguida se ha sacado del zurrón varias bolsas de supermercado. De la primera extrae una cuña de queso curado. De la segunda, una barra de pan. En la tercera esconde un cartón de vino. Y hay una cuarta, en la que no adivino a ver con claridad lo que contiene, pero que pudiera ser un frasco de colonia. Sobre la mesita extendida que cuelga del asiento delantero, dispone sus viandas. Saca una navaja y parte el queso. Acompaña sus bocados con un pan que al morderlo se le desmiga sobre el pecho. Al interventor que pasa en este instante, le anuncia que va a comerse unas tapitas. “Que te aproveche, hombre”, le dice el ferroviario sonriendo y sin detenerse. Los tragos con que se acompaña le desatan la lengua. Habla consigo mismo. Con el reflejo de si mismo proyectado en el cristal de las ventanillas. Se llama por su nombre, Pedro. Se cuenta poco a poco su historia. Trabajó en la construcción casi cuarenta años. Cotizados, como recalca una y otra vez. Nacido en Bilbao. Su padre era burgalés, se llamaba Primitivo y fue trabajador del tren. Pedro cobra una pensión de ochocientos euros. Saca su billetero de cuero descarnado. Se muestra para si unos cuantos billetes de cincuenta euros. Da miedo pensar que eso mismo lo haga en el ámbito de una taberna de mala muerte, a la vista de algún rufián que lo deje sin nada. Nunca, dice, ha votado a nadie. Ni a Suárez, recuerda, que era de Ávila. Y eso que conoció a algunos políticos A Fraga Iribarne que un día, al encontrárselo, le dijo “¿cómo va eso, Pedro?”.  Pues ni con esas, que a él tampoco le votó. Porque hay mucho “abuso de poder” y eso no le gusta. No le gusta dice, mientras se echa otro trago, que se le de trabajo a la gente no por su valía, sino por ser conocido de alguien, o familia de alguien, o alguien. Que él se lo “curró” toda la vida, desde joven, después de hacer la mili, y de pasar por la Legíón, y de estar tirado por muchas cunetas en obras malas y con tiempo perro. Y uno se pregunta a dónde irá este infeliz con su historia a cuestas. Se levanta camino del vagón-cafetería. Tambaleante por el vino y el tren, se para frente a la puerta corredera y le dice muy serio, como mirándola a los ojos: “Ábrete, Sésamo”.
Desde la trinchera del ferrocarril se alza el periscopio de esta ventanilla fría a través del que se extienden los campos llanos de Castilla, parduzcos de invierno, delimitados por chopos quijotescos o encinas escuderas. De vez en cuando, en un pequeño alcor se levanta el caserío arracimado de un pueblo. Unos cuantos palmos por encima del tejado más alto, se yergue otro periscopio, de piedra y campanas, el de la iglesia. Esa visión me hace recordar por un momento la belleza distinta de Coimbra, que tiene por torre más alta, como le gustaba recordar a Unamuno, no el ojo inmisericorde de un dios, sino el reloj laico de una universidad.
La estación de Segovia lleva el nombre de Guiomar, como la novia que aquí se echó Antonio Machado. ¡Qué pensión tan fría la que heló su escasez en esta ciudad! Algo, y no poco, ha tenido que ver la crudeza de estas tierras, también la de Soria, con el tuétano desnudo de sus versos.
Tras cruzar Madrid, el paisanaje se ha metamorfoseado. Hasta la capital era más ralo y más provinciano, y uno cree que también era más sano. El hombre que hablaba solo dejó el tren. Le perdí la pista en la cafetería. Comí allí a las dos y por entonces el se estaba tomando una cerveza justo al lado. No volví a verlo. En Atocha se ha subido mucha gente. Los viajeros que me caen al lado, han puesto sobre las mesitas sus tabletas digitales nada más tomar asiento. No he visto a nadie en este vagón leer un libro de papel. Uno no es tan ingenuo como para creer que el mundo empeorará necesariamente sin libros de papel, pero me asusta esa posibilidad porque, de algún modo, me vuelve más viejo, superviviente de una especie en extinción. El cielo, camino de Cuenca, está hermoso y trágico, con esas nubes espesas que se desparraman hasta aristarse por sus extremos y hendir así, como la cuchilla de Buñuel, el azul pizarroso de la tarde y  la pupila solar. He visto algunos campos de olivos color ceniza. Enseguida se pondrá el día. Entretanto, el campo se muestra en verdes muy pictóricos gracias al relieve que le da a todo el declinar del sol. Decía Tiziano que el atardecer es la hora de la pintura.

Domingo, 26 de enero de 2014
El tren empieza a desplazarse con sigilo gatuno, como si llevase almohadillas en sus ruedas. Apenas se me mueve este cuaderno en el que escribo. La letra del lápiz será así, espero, más legible. Por entre los asientos de los pasajeros que van sentados delante de mí, veo un libro escrito en japonés. Los renglones caen hacia el regazo de su lectora como serpentinas de distinto largo, pero todas igualmente elegantes. La mujer pasa las hojas de derecha a izquierda y el libro es como un moleskine caligrafiado por un miniaturista concienzudo.
He llegado a la estación con el tiempo justo y sin más desayuno encima que un café templado. Ayer pisé Alicante a las 19:32, conforme a las previsiones de Renfe, que supone uno añade esos dos minutos a la media para que se le quede al viajero la impresión de que por aquí también somos capaces de ser tan precisos como los suizos. Virtud que no se apreciaría del mismo modo si la llegada del tren se previera a una hora con reminiscencias de imprecisión o informalidad, tal como a uno le puede parecer que invita el citarse con una estación  a “y cuarto”, a “y media” o, más o menos, a “en punto”.
Me esperaba L. Lo reconocí enseguida. Tras dejar la maleta en el hotel, emprendimos viaje a Rojales, contándonos cosas de la vida y previéndome él, a ratos, sobre la naturaleza de la presentación a la que acudíamos: una cita anual con la que el pueblo está encariñado y a la que acuden más vecinos de los que uno podría imaginarse un sábado a las nueve de la noche. El trayecto discurría a través de la vega baja del Segura, en la oscuridad de una autovía a cuyos lados un sinfín de luces pespunteaban la noche con hilo dorado. Luis me iba señalando de qué pueblo se trataba cada uno de los montoncitos de luminarias. Por dónde caía el mar. Dónde se levantaba a duras penas algún montecillo en medio de la planicie. En qué tramo del camino se abre la desviación a Catral, su pueblo, del que uno ahora ya sabe no sólo que existe sino que tiene una santa que se llama Águeda y que, por legítima y si se repartiera su propiedad, tocaría como mucho a una sagrada uña por cada copropietario de las dos familias que mandaron esculpirla después de que la guerra civil quemase la talla original; y donde hay, también, una iglesia en la que un día aparecieron desorientadas dos cigüeñas; y unas charcas donde a veces las ranas se encaprichan de los veraneantes; y una misteriosa mujer que convirtió durante una noche en animales diversos a una partida de tahúres; y un campanero viudo y sordo que crío en el campanario a un Ícaro. Todo eso lo sabe uno porque en el viaje que lo ha traído hasta aquí se leyó La llanura fantástica de Luis T. Bonmatí, quien no tuvo, cuando la escribió, falta de inventarse macondos para fabular con un envidiable ingenio, con mucho humor y con apego al terruño que lo vio nacer, sobre la vida y milagros de las gentes y los parajes de Catral, al que, eso sí, le menguó el nombre hasta dejarlo en sólo un punto C.
En la presentación nos defendimos malamente. Leí sobre la marcha un texto al que le fui puliendo cosas por no extenderme. Y conversé luego con el propio L., con M. C. y M. A., que apuntaron lecturas inteligentes del texto, que trataron de confirmar significaciones sugeridas por la novela y que, en todo momento, me trataron con muy generosa amabilidad. En el transcurso de la charla, y al confesar uno que se tenía mayormente por poeta, L. recordó lo que Fernando Quiñones decia sobre cuánta importancia le daba a cada uno de los géneros en los que había trabajo su literatura. Decía el reputado bebedor y escritor gaditano que la poesía era como el wisky solo, que el relato era como el wisky con hielo y que la novela era un gran vaso de wisky con hielo y agua. Del evento extrajo uno sus conclusiones: que conviene respirar más y más profundamente cuando se habla en público, que también es aconsejable no hablar más de lo preciso, porque hablar en exceso es hablar peor; que los tres hombres sin piedad que otorgan todos los años este premio son buenos e intuitivos lectores, cuyas apreciaciones sobre Aunque Blanche no me acompañe pusieron, creo, en gana de leerla a los presentes.
Finalmente, llegó la hora de firmar ejemplares del libro. Tarea que me dejó derrengado y agradecido, tal como debe de quedar una “puta en día de congreso”, que decía Víctor Botas. Se empeñó uno en ser original en ese trance y en no repetirse en las pocas palabas con que dedicaba la novela a una fila ordenada de lectores. Y tal empeño cansa. A unos les agradecía yo su presencia, a otros les deseaba que fuera de su gusto la novela; con estos expresaba mi alegría por hallarme en una tierra tan luminosa —de la que, sin embargo, para ser sincero, no había visto ni un terrón por haber llegado a ella ya de noche—, y a aquellos les apuntaba cómo se había escrito en medio de la niebla lo que iban a leer —era ésta, en fin, una inexactitud que se me antojó delicadamente literaria, y que quizás sea solo una cursilada—.
Cenamos cerca de una noria antigua y monumental que luce junto al puente dieciochesco que salva el cauce del Segura, un río que llega exhausto de regadío a las calles del pueblo. La noche era agradable y silenciosa. Disfruté mucho de las alcachofas del menú y de un pan tostado que untado en alioli y tomate natural resultó un manjar humilde y delicioso. Nos acompañó en la mesa la viuda de Salvador García Aguilar, el escritor que da nombre al galardón. Mujer ya muy anciana, que lucía, no obstante, sus muchos años con el garbo que dan un acertado maquillaje, un buen paño y un distinguido saber estar. Doña Aurora me pidió el número de teléfono cuando me iba, anunciándome que, una vez concluyese la lectura de mi novela, me llamaría para darme su parecer. El parecer, aventuro, de un gorrioncito que me hablará muy suave y desde muy lejos, con un suspiro de voz apenas ya resistente.
Durante toda la cena tuve a mi diestra a L., pendiente de que me sintiera a gusto y muerto, el pobre, de sueño. Volvimos a Alicante casi a las dos de la madrugada. No paré de hablarle en el camino para que no se me durmiera al volante. Esta mañana me ha recogido en el hotel y me ha dado un garbeo por la ciudad. Los cielos han amanecido limpios y las calles emporcadas por la huelga del servicio de limpieza. Parece éste un lugar privilegiado, a orillas de un mar turquesa y casi siempre en bonanza; un lugar, además, bendecido por la luz. Al trazado urbano lo recorren holgadas avenidas y ramblas muy airosas y mediterráneas bajo la esquiva sombra de las palmeras. Alicante está coronado por un castillo vigía con el que se defendía de los piratas. Salvo por esa colina amurallada, la ciudad es llana y paseable. Tomamos café en un mirador que se asoma a la bahía sobre la playa del Postiguet. Luis fumó y hablo sin prisa. Todo parece hacerlo ya sin prisa, dispuesto, como me dice, a transitar ya sin demasiados apremios esta etapa de su vida: leyendo, sobre todo, publicando libros y disfrutando, cuando lo dejen, de sus pequeñas nietas. Le desea uno, de corazón, que le vaya bien, porque es un hombre bueno.
En Albacete se ha subido una mujer joven que se sienta a mi lado. Por sus conversaciones telefónicas llego a saber que viaja a Madrid para asistir al entierro de un tío. Que el muerto sufrió una agonía trágica y los médicos, entonces, propusieron sedarlo. Su mujer —hoy ya su viuda— quiso antes que un sacerdote le aplicase la extremaunción. El cura despertó al enfermo de su sueño agónico y el moribundo comprendió de pronto, entre sollozos muy angustiosos para los oídos de sus seres queridos, que estaba yéndose de este mundo irremediablemente. Al hilo de este suceso, del que me he ido enterando según avanza el tren camino de la capital, recuerdo las denuncias de quienes, considerándolos crueles, pusieron, no hace mucho, ante los tribunales a los médicos sedadores. Son los denunciantes, sin duda, los mismos que prefieren por alivio ante la muerte ese aceite ungido con que el enfermo pierde toda esperanza. Antes de apearse, la sobrina del muerto me pregunta si yo también me quedo en Madrid. Contagiado por la trascendencia del viaje de esta joven, le respondo, algo enfáticamente: “no, yo sigo más allá”. Pero, dándome cuenta de la imprecisión de mis palabras y porque no piense que tengo intención de ponerme ya a repetir el mismo itinerario que su tío, le aclaro que este “más allá” al que aludo tiene tierra firme y es reino aún de vida, que sigo viaje hasta Gijón.
Por Tierra de Campos los caseríos son como cenobios laicos. Vida enclaustrada en la infinitud del paisaje.
En esta parte del itinerario que va de Madrid a Gijon, viajo junto a un joven italiano que nada más aposentarse, ha puesto sobre su mesita dos móviles de pantalla ciclópea. Los ha colocado en paralelo. Ostensiblemente. Como un pistolero dejaría a la vista en un salón del oeste sus dos revólveres y la canana de las municiones. Marcando territorio. Para este menester, los animales orinan. Al otro lado del pasillo, duerme hecha un ovillo una mujer que diría de mala vida. Lleva el pelo teñido de un amarillo como de paja agosteña. Lo oculta en parte con una gorra de visera. Se ha echado a los hombros una chalina de leoparda y la ciñen unas ropas ajustadas y negras que dan idea de un cuerpo desparramado y rendido por dios sabe qué fatigosas faenas. Se abraza por darse calor en el sueño, abrochándose a los hombros con unas uñas largas y pintadas de rosa. Se sienta sobre sobre unas botas de mosquetera que harían las delicias del cardenal Richelieu. Al despertarse en el final del trayecto, deja que salgamos del tren el resto de los viajeros mientras ella se pinta los labios. También de rosa.