viernes, septiembre 12, 2008

Hospital

No sabría ahora transcribir las citas exactas, pero he leído recientemente en Séneca y en Magris algo así como que nada sino el presente existe en realidad. Que no es sensato, ni productivo, ni apenas razonable, hipotecar más de lo preciso el momento para ganar un futuro incierto, para penar por lo que irremediablemente es pasado. Y sin embargo, en estas horas de hospital que uno rinde a la espera nada agotaría más que creer imposible el futuro. Eso sí, este tiempo baldío es el único, paradójicamente, en el que adquirimos la absoluta seguridad de que valoraremos en su justa medida el presente futuro. Ese al menos es ahora mismo el propósito. A ver lo que dura.

jueves, septiembre 11, 2008

Bozo

El bozo de los preadolescentes —pienso en mi hijo— les predispone de repente contra la inocencia, les crece doloroso como una ristra de alfileres negros justamente sobre la sonrisa. A estos niños espigados se los gana entonces una melancolía rebelde, propia de una edad que se transita con la desazón de las metamorfosis.

Coda

Ayer lució de nuevo un día espléndido. Esa coda del verano sienta tan bien que gustosamente se entonaría en el invierno como si de un estribillo se tratara. Desgraciadamente, contra el curso de las estaciones, no hay canciones que valgan.

miércoles, septiembre 10, 2008

Mandamientos

Ayer J. me envío un correo en el que se transcribían los diez mandamientos de un escritor, de Stephen Vizinczey (Verdades y mentiras en la literatura). Me da que este tipo de cánones se despliegan ante la mirada embobada de los espectadores como las colas de los pavos reales. Tienen la prestancia de un ritual. Pero el envés de esa elegancia es un trasero pelado. El oscuro orificio de la vanidad. Recuerdo que sobre la ligera consola que mis tíos tenían a la entrada de su casa, siempre había un jarrón con plumas de pavo real. Le he arrancado hoy a Vizinczey una sola de esas plumas, el noveno mandamiento:
Escribirás por tu propio placer ("Si Shakespeare no puede complacer a todo el mundo ¿por qué intentarlo siquiera nosotros? Esto significa que no vale la pena que te esfuerces por interesarte por algo que te resulta aburrido.")
(Tras haber publicado ayer este post, descubro hoy dos mucho más recomendables sobre el asunto. Los de Manuel Jabois y Mabalot. Esto no es una carrera y poco importa quién llegó primero al dichoso decálogo, pero quisiera dejar constancia de que Manuel Jabois publicó el suyo antes, Mabalot lo glosó después y uno, que no había leído todavía ninguno de los dos, se aplicó en este comentario ayer, después de que un buen amigo le hubiera remitido referencia de las recomendaciones de Vizinczey -quizás porque él sí había leído ya los referidos posts-.)

jueves, septiembre 04, 2008

Posdata

Supongo que esta vaga sensación
de haberte deseado en otro tiempo
no es más quizás que el poso que revuelve
la rutina en este estudio angosto
donde a menudo intento viejas cartas
que hubiera de enviarte sin demora
desde hace ya más de algunos meses.

(Alguien vino a recordarme hoy que hubo un tiempo para Velar la arena. Volví por un momento al libro. Allí encontré aún estos versos.)

miércoles, septiembre 03, 2008

El hielo de los días

Leo siempre con una lapicera en la mano. Tal es la costumbre que si me encuentro sin mi fetiche cuando tomo el libro con el que ando, se me hace difícil meterme, al menos al principio, en sus páginas, pues el extravío del grafito, aunque sea momentáneo, me desasosiega. Acompaño además el ritual con una fina pero firme regla de quince centímetros que le tomé prestada hace ya mucho tiempo atrás a mi hijo y que no le he devuelto desde entonces —que la dé por perdida—. Me sirve de marcapáginas a la vez que me permite subrayar con trazo seguro en lo que leo aquellas citas sobre las que juzgo debería volver, por placer o reflexión, en la relectura.

El lunes estuve en Paradiso. Me encontré allí con Víctor Guerra. Charlamos sobre las vacaciones. Me hice luego con un par de libros: La vibración del hielo, de Jordi Doce e Historia secreta de Costaguana, de Juan Gabriel Vásquez. Chema me dijo que ya había leído el primero de ellos semanas atrás. Que era un gran libro. Así que le fui hincando el diente enseguida, mientras paseaba un rato por el Muelle, a esa hora del café de media mañana que tanto se disfruta cuando el sol es franco pero ligero y uno demora, con culpabilidad dulce, el regreso a la mesa de trabajo. Desde el rompeolas al cerro, picoteé aquí y allá el libro de Doce. Su miga. Esa miga de los libros recién comprados, caliente y con olor a tahona, que da gusto echarse a la boca. Ayer lo leí con calma. Con lápiz y regla. Con placer creciente. Con subrayados, pues, abundantes. Porque aunque se trata de las anotaciones correspondientes al año 1998 del diario de su autor, y por tanto —pudiera así pensarse al menos— el relato de sus cosas más personales en esos días, casi nada de lo escrito nos resulta ajeno, pues todo lo que se cuenta tiene la consistencia de los posos, del precipitado que deja la búsqueda permanente de una manera de estar en el mundo. Se dice en la página 27: “Se lleva un diario o un cuaderno de notas por muchas razones. En mi caso, poco me importa anotar lo vivido. Yo anoto más bien para ampliarlo”. No creo que el verbo ampliar sea el más preciso. Quizás, sí, el más modesto. Y el autor es prudente siempre en el trato con la vanidad —como poco partidario de la ironía, que define como “una forma sutil de orgullo”, o del ingenio (“afectación narcisista”)—. Después de leído este diario uno elegiría otro verbo para rematar la anterior cita. El verbo profundizar. Porque la ampliación es añadido, circunloquio; mientras que la profundización es un viaje hacia lo que está dentro. Aquí, en concreto, a la entraña misma de la reflexión. Se suceden los días, las estaciones, las ciudades (Gijón, Oxford, Londres), los paisajes, la labor cotidiana, el viaje (Córdoba, Granada, Übeda), las películas (Shorcuts, Mrs. Dalloway), las lecturas y traducciones… De todo queda una coda, explícita o intuida, que nos pone en la pista de que lo que se vive termina por transformarnos, por hacernos distintos. Meditar sobre ello, y el diario asi concebido tiene mucho de introspección, debería hacernos además mejores. Damos en la escritura nuestra mejor versión. Le ganamos en ese espacio y en ese tiempo la partida al envés de nuestras almas. El ruido que es la vida, esa vibración del hielo, ese latido de lo que somos, de lo que nos sale al paso o de lo que se observa y finalmente convertimos también en algo propio, es la fascinación que mueve a quien escribe: “el ruido me fascina, como el umbral de una puerta cuyo destino ignoramos”. Antes de cruzar ese ámbito, no es mal hatillo echarse a la espalda una cosecha tal de palabras sensatas y bien engarzadas. Termina el libro con el final de año, época de balances. Conviene en esos días tener a mano un cuaderno así. Conforta y consuela, dice Doce. Y lo subrayo de nuevo con mi lápiz. Con el trazo firme que me procura esta regla breve sobre la que vibra, ahora ya perceptiblemente, el hielo de los días. Y me siento igualmente confortado.

lunes, septiembre 01, 2008

Migas

Todos esos momentos que sacudimos como migas son el pan de nuestra vida, esa hogaza que sólo se hornea una vez y que casi nunca nos sacia.

martes, agosto 26, 2008

Lautrec


Cordes sur Ciel es un pueblo medieval y amurallado. Un conjunto de calles estrechas y tortuosas. Data del siglo XIII. Las guías dicen que es uno de los rincones más bellos de Francia. Quizás. Nos gustó más el camino que nos llevó hasta allí. Esas carreteras sombreadas por enormes plátanos. Los campos de girasoles. La hierba seca recogida en grandes balas dispuestas con una equidistancia fotogénica. Los viñedos. Las granjas ocres dispersas. Los alcores por los que serpentea la carretera permitiendo panorámicas pictóricas. En Cordes dejamos el coche en la parte alta. Cerca del cogollito medieval. Así que pronto nos vimos envueltos en un ambiente de palacios, calles empedradas y tiendas de artesanos. Una postal. Comimos bajo las arcadas del viejo mercado medieval. Alargamos la sobremesa. Era agradable el lugar. La sombra y la brisa. El mirador sobre la campiña. Desde Cordes nos acercamos a Albi. La entrada de la ciudad cruza sobre el Tarn y muestra al otro lado del río un caserío de tonalidades rojas. La ciudad andaba animada. Se veían por las plazas grupos de espectadores en torno a diversas exhibiciones casi circenses. Se celebraba una concentración de grupos gimnásticos juveniles. Nos dirigimos al museo de Toulouse-Lautrec, en lo que fuera un antiguo palacio episcopal del siglo XIII. La consanguinidad de los padres del pintor fue origen de una enfermedad que afectó el desarrollo de los huesos del pintor. Las fracturas de los fémures le impidieron crecer. Medía metro y medio. Su enanismo era sólo de piernas. Cuentan que se le intentó curar mediante descargas eléctricas, lastrándolo con plomo. En su primer autorretrato se pinta sentado, ocultándo las piernas. Su bizarra fisonomia, molesta para la nobleza de la que provenía, pasó, sin embargo, desapercibida en la distorsión de la bohemia. Residió en Montmartre. Sentía fascinación por la noche y su ambiente. Frecuentaba el Salón de la Rue des Moulins, el Moulin de la Galette, el Moulin Rouge, Le chat noir, el Folies Bergère... Prostitutas, artistas y canallas. Pintaba a las meretrices mientras se cambiaban, al final de sus servicios o cuando aguardaban las inspecciones médicas. Se hicieron célebres sus carteles para promocionar los espectáculos de la noche. Murió alcoholizado en Albi, recogido por su madre. El museo guarda una gran parte de la obra. Pinturas que atraen por colorido y movimiento. Por su sensualidad. Quién no colgaría de sus paredes un cartel de Toulouse-Lautrec. Una buena reproducción incluso. A la salida se venden. Y bien. La calidez de una lubricidad casi amable, que no mancha, vivida en la distancia, captada asépticamente para el espectador desde la misma cloaca. Un poco como las fotos de los países del tercer mundo, con sus ropas de vivas tonalidades, sus rostros exóticos, sus mercados como mosaicos de teselas llamativas. Otro cantar es vivir dentro. Nos tomamos unas cervezas cerca del mercado. En la plaza seguían sucediéndose las exhibiciones gimnásticas. Junto a la terraza donde nos sentamos, unas jovencitas se cambiaban de ropas antes de comenzar su actuación. Se las veía casi desnudas al socaire de un portal escaso. Y sin embargo la escena no transmitía sensualidad alguna. Aún guardaba la retina ese esquemático pastel de Toulouse-Lautrec en el que una enigmática y seductora mujer de pelo rojo se calza unas medias negras.

jueves, agosto 21, 2008

El ciervo


Mientras cenábamos fuera, se oía a la ardilla del jardín trajinar en el pino. Levantamos pronto la mesa con intención de acercarnos a Castelsarrasin. Se ha hecho de noche. Por el camino que conduce desde la casa hasta la carretera, pasamos junto al campo de girasoles. No es más a estas horas que un entramado de filamentos amarillos, de ascuas débiles. Hay una luna casi llena. Algo se mueve entre los arbustos. Algo grande y ligero. Algo que salta desde las sombras y se hace visible. Cruza por delante del coche. Se pierde en el bosquecillo que delimita las plantaciones de frutales. Es un hermoso y huidizo ciervo que carga con un hipnótico brillo lunar sobre el lomo.
En Castelsarrasin la gente se encamina toda hacia el mismo lugar. No hubiera sido necesario ni preguntar dónde se van a lanzar los fuegos. Bastaría con seguir hasta el canal a ese distendido tránsito humano. Bajo la arboleda se sientan familias enteras, críos nerviosos, jóvenes con ganas de fiesta. A eso de las once comienza el espectáculo. Luce especialmente en aquel rincón. Las aguas remansadas reflejan y multiplican las explosiones y sus colores. A los niños parece encartarles. Han tomado un buen sitio en primera línea. No me quito de la cabeza a ese ciervo repentino.

miércoles, agosto 20, 2008

Horror vacui


Unas entradas atrás, he colgado una foto que alguien me tomó mientras leía —nos tomó, también está leyendo a mi lado J.—. Como foto no da para mucho. Como recuerdo tengo la intuición de que dentro de unos años me parecerá —nos parecerá— un recuerdo entrañable. Un viaje que no salió mal, una casa en la que estuvimos a gusto, algunos momentos especialmente placenteros. La constatación, en fin, de que los paraísos perdidos no son más que el tiempo ido. Y que puesto que somos el tiempo que nos queda, según acertada definición de Caballero Bonald, siempre será posible volver a transitarlos y a compadecernos, eterno argumento literario, del rastro que nos dejaron esas visitas edénicas.
En esa foto tengo en las manos un volumen de bolsillo que reúne los cuentos de Kjell Askildsen. Se titula Todo como antes. En los primero relatos, quizás los mejores, los protagonistas son viejos, personajes que sobreviven acostumbrándose ya casi a la muerte. En los cuentos finales se narran sucesos aparentemente intrascendentes en la vida de distintas parejas, acontecimientos rutinarios que sin embargo son como gotas que colman el vaso del tedio, del rencor apenas oculto, de la infelicidad que lastra a todos los personajes. No hay a lo largo del libro un momento alegre, ni sitio para el amor, no existe la compasión. Todo es deliberadamente frío y aséptico. Hasta el deseo se desvela como una sensación vergonzante. Todo se dice con el menor número de palabras. Y ello, que viene bien a la manera en cómo se pretende reflejar el mundo, termina, no obstante, generando cierta desazón tras algunos finales. Askildsen esboza, como en los cuadros de Hopper, un ambiente y algunos indicios para una historia. En las pinturas del americano eso basta para generar una bien urdida sensación de desamparo. En los cuentos del noruego, su laconismo se nos antoja excesivo, como de un Hopper exhausto al que hasta el dibujo le fatigara. Será tal vez que padezco una suerte de horror vacui. Por eso se escriben estas cosas. Por eso nos revolcamos tan a menudo en los recuerdos. Por eso guardo en álbumes mis fotos. También esa en la que leo a Askildsen.

martes, agosto 19, 2008

Un par de viejos

Fiesta nacional de Francia. Y uno recuerda a Brassens y su mala reputación: Le jour du Quatorze Juillet / je reste dans mon lit douillet. / La musique qui marche au pas, / cela ne me regarde pas. / Je ne fais pourtant de tort à personne, / en n'écoutant pas le clairon qui sonne. / Mais les brav's gens n'aiment pas que / l'on suive une autre route qu'eux, / non les brav's gens n'aiment pas que / l'on suive une autre route qu'eux, / tout le monde me montre du doigt / sauf les manchots, ça va de soi. Nosotros hoy nos levantamos. Faltaría más. Nous sommes en vacances. Se experimenta, además, una sana envidia de cómo se celebra por aquí esta fiesta. Por un día se manifiesta la alegría de compartir un territorio y un gobierno que lo rige dando y requiriendo sin atender a balanzas o pedigrís regionales. Nos acercamos a Toulouse. La bella población que atraviesa el Garona y los canales de Midi y Brienne. La fiesta tenía despejadas las calles. Poco tráfico. Pocos viandantes. Mucho ciclista. Dejamos los vehículos apartados en un gran boulevard, el de Luxemburgo. Cerca había algunos garitos margrebís. Mucho hombre moreno sentado a la sombra, en las terrazas, fumando y charlando apasionadamente. Llegamos desde allí en corto trayecto hasta San Sernín, fotografiando su hermoso campanario octogonal desde la estrecha calle que nos iba acercando su perfil recortado contra el cielo azul de la mañana. Avanzamos hasta la plaza del Capitolio. Le da nombre el hermoso edificio civil que alberga al ayuntamiento. Lugar concurrido. Centro de la ciudad. Explanada de paseo y encuentro. De celebración también, que allí se estaba instalando esa mañana el escenario sobre el que se celebraría la fiesta. Terrazas a la sombra al otro lado de la fachada dieciochesca. Tiendas en su perímetro. Bicicletas. Turistas como nosotros. Sol mañanero agradable. Cuando avanzábamos callejeando desde el Capitolio hacia el río, se paró a nuestra vera un hombre parsimonioso, de barba y cabellos canos, gafas, manos en los bolsillos y voz grave y algo lenta. Español, nos dijo. Nos había oído hablar y quiso saber si precisábamos de alguna ayuda en su ciudad. Porque a Toulouse ya la consideraba como tal. Casi cincuenta años lleva residiendo allí. Natural de un pueblo pequeñito entre Benavente y La Bañeza, emigró muy joven a buscarse las habichuelas. Paseamos junto a él. A su ritmo. Iba desgranando poco a poco cosas sobre su vida, sobre el sitio, sobre los españoles que allí vivían, que habían sido muchos, pero que iban siendo menos porque los viejos se mueren. Nos acercamos al río charlando. Aquella peniche hace un paseo por el Garona, nos indicó señalando un barco chato amarrado a la orilla. Él vivía al otro lado del cauce. Paseaba todas las mañanas durante unas horas. Cruzaba el puente hacia el cogollo tolosano. Volvía al mediodía hacia su barrio. Se paraba al hablar, como en esas conversaciones de jubilados que van sin prisa matando la mañana y cuando quieren enfatizar algo se detienen y obligan a quienes les acompañan a hacerlo también, sin que se reanude la marcha hasta que lo que cuentan llega a su término. Y así estábamos, haciéndole corro, cuando por nuestras espaldas se nos acercó otro paisano, otro vejete español con unas cuantas décadas también de residencia en Francia. Venía en bicicleta y con corbata. Supo que eramos compatriotas al vernos en compañía del inesperado guía que nos iba acompañando desde unos momentos antes. El anciano ciclista era de Madrid. Su esposa, francesa, andaba bastante enferma desde tiempo atrás, por lo que apenas viajaba ya a España. Era un jubilado ecologista. Nos dio unos pins en los que se pedía atención para el medio ambiente. Pero lo más curioso de la situación es que ambos personajes, aquellos dos encantadores viejecitos emigrantes, que llevaban toda la vida en una ciudad extranjera y parecían entrañablemente enternecidos cuando se cruzaban con unos paisanos desconocidos hablando en su lengua natal, la que ya ellos mismos empleaban con giros y acento galos, aquellos dos voluntariosos acompañantes estaban, según pudimos advertir pronto, fieramente enemistados. Qué curiosa situación, ambos ayudándonos, indicándonos lo mejor de la ciudad, hablándonos de sus vidas, y sin apenas mirarse. El ciclista se fue pronto. Saludándonos ágil mientras pedaleaba bajo los árboles que daban sombra al paseo ribereño. Volvimos hacia el centro. Nos despedimos también de nuestro primer amigo junto al metro. Tomamos unas cervezas en una coqueta braserie del Capitolio. Las necesitábamos. Un buen paseo y mucho calor a medida que pasaban las horas. Esos primeros tragos de cerveza cuando aprieta la sed son gloria bendita, como bien contaba en un delicioso libro, que he releído hace unos días, Philippe Delerm: “Uno la bebe rápidamente, con una avidez falsamente instintiva. En efecto todo está escrito: la cantidad no es ni mucha ni muy poca, lo que hace el comienzo ideal; el bienestar inmediato puntualizado por un suspiro, un chasquido de lengua, o un silencio que lo vale; la sensación engañosa de un placer que se abre al infinito… Al mismo tiempo, uno ya sabe. Todo lo mejor ha sido tomado. Uno coloca su vaso y lo aleja incluso un poco sobre el pequeño cuadrado de servilleta”.

lunes, agosto 18, 2008

Distancia

Trenes que chocan. Colisiones irreparables. A los amigos que nos han acompañado hasta este tramo ya avanzado de la vida hay que cuidarlos. Pero eso significa también, en ocasiones, cuidarnos de ellos. Una prolongada proximidad puede, de pronto, volvérnoslos irritantes. Sólo la distancia nos los devuelve de nuevo irrenunciables. Conviene observarlos, observarnos -también a nosotros mismos-, desde arriba, con la altura discreta que otorga el silencio bien administrado, la disección razonada de nuestros sentimientos y de los suyos. Hay unos versos en el último libro de Álvaro Valverde que vienen bien a esta intención:
“… captar nuestra existencia de soslayo
o verla desde lejos, en lo alto,
con la perplejidad del que contempla
…”
La perplejidad es asombro y también incomprensión ante lo ajeno. Esa distancia que permite observarse como alguien distinto, con una objetividad sobre lo propio casi imposible, nos vuelve, de repente, sorprendentemente absurdos.

domingo, agosto 17, 2008

Una brújula

Meditar cerrando los ojos al sol de la mañana, gozando del milagro de disfrutar de un hueco bajo su brazo de luz. El zumbido laborioso de los insectos entre la vegetación que tapiza los muros de la casa. El trajín del desayuno. Todo comienza de nuevo y en nuestra laica oración se pide que el nuevo día venga clemente y traiga algo de dicha. Nos puede a esta hora la esperanza de ser mejores.
Uno sabe qué es la felicidad. En ocasiones hasta la tuvo entre las manos. Así que podría describir su consistencia. Frágil siempre. Cualquier golpe inesperado la quiebra en mil pedazos. Leve como pluma, que hasta una brisa ligera puede llevarla lejos, tanto que se hace inútil forzar la mirada por no perderla. Así es la felicidad. Esquiva y gloriosa. Y como todo bien preciado, como la misma salud, no deberíamos vanagloriarnos de poseerla, de estar en ocasiones bendecidos por ella. Cualquier ostentación de riqueza resulta indecente. Estar dichosos debería ser, pues, como el calor de las sábanas, un bien íntimo. Quién sabe qué oscura maldición puede despertar la exhibición grosera de la felicidad.
Volvemos a Toulouse. Esta vez a la Ciudad del Espacio. Una gran exposición educativa sobre la conquista de lo que hay más allá de los cielos. Reproducciones aeronáuticas. Cine en tres dimensiones. La carrera espacial: Estados Unidos, la URSS y ahora también Europa. Los niños lo pasaron bien. Hacía calor. Es difícil verlo todo en unas pocas horas. Al salir me compré una brújula. El espacio me parece un lugar demasiado lejano. La tierra incluso me resulta a menudo inabarcable.

sábado, agosto 16, 2008

Carcasonne


Carcasonne es un espejismo. Se levanta sobre una colina, al norte de la autopista. Una seductora arquitectura como de construcción de madera para niños. Piezas sencillas, cubos, almenas y tejados cónicos. Saeteras. Puentes levadizos. La promesa de un encantamiento de cimientos sólidos. De un tiempo detenido. Y la gente acude como a los santuarios. La nueva religión del turismo. Dentro viven los mercaderes. Se han hecho con el templo. Exponen sobre los tenderetes toda su quincallería, bien bruñida, perfumada. A Carcarsonne nunca debería visitársela por dentro. Es un espejismo parcelado y en venta.
Comimos en La côte de mailles. Un pequeño restaurante que parecía tranquilo y que encontramos en una calle apartada. Servicio atento. El patrón vigilaba el negocio paseándose parlanchín y algo ceñudo entre las mesas. Era un tipo fornido que vestía una camiseta violeta sin mangas. Andaba desolé, alguien se había llevado la llave del retrete. El único. Para hombres y para mujeres. Detrás justo de nuestra mesa. Cuando quise lavarme las manos antes de comer, me lo encontré dentro. Nos lo explicó entonces. Sin llave y sin cerrojo, el servicio se volvía un cuarto indiscreto. Estaba seguro de que había sido un niño. Un gamberrete se había llevado la llave. Madame, le dijo a C. cuando entré en el baño, vigile la puerta para que nadie moleste a su marido mientras está dentro. Pedí casoulette. Había que probar la especialidad local. Un pote de alubias y carnes. Con pato. Casi sin caldo. Espeso. Contundente. No me entusiasmó. Por el local, grande como su dueño, pero mucho más manso, se paseaba un gran perro negro. Cancún. Quizás el patrón estuvo en México. Quizás allí le cogió gusto a las camisetas sin mangas. Quizás por eso le puso ese nombre al can.

jueves, agosto 14, 2008

Siempre las mismas señas


En Moissac ya es mediodía y la gente va camino de sus casas. El mercado está a punto de cerrar. Nos da tiempo a comprar unos magrets y fruta. Hacemos la comida a eso de las dos. Son ahora las cuatro. Los niños se han estado bañando en la piscina. Luce un sol espléndido. Leemos a la sombra y apuramos el poso de un gintonic. Siento como si por un momento nos cobijaran los más indulgentes pliegues del mundo. Me ronda la cabeza una idea para un poema: un viajero escribe postales que tienen por destino su propia casa.

Las páginas de un cuaderno de viaje
son como postales escritas
desde cada uno de los lugares
a donde nos llevan nuestros pasos.
Arrastran la letra imprecisa
de quien se apoya en viejas piedras,
en mesas de café, belvederes de mármol,
bancos de parque o asientos de tren.
La consistencia ósea
de un apunte cualquiera al natural
que tomara el lápiz de un paisajista.
La emoción desnuda de todo lo íntimo.
Y siempre iguales señas por destino,
las del lugar de donde una mañana partimos
con la secreta esperanza
de contar nuestro viaje, la vida,
en descoloridas postales de kiosko.

jueves, julio 10, 2008

Cerrado por vacaciones


Hasta la vuelta.

Postal de Madrid (Thyssen)

Se está bien en los museos cuando hace calor. Como en las catedrales. Finalmente se acaba viendo lo mismo en ambos lugares: el tenaz inventario de cuantas obsesiones en el mundo han sido. Se sale a la luz en la galería Villanueva. Se llega a esos mármoles carnales de Rodin después de haber dejado atrás el recogido ámbito de las primitivas capillas italianas. Se respira entonces profundo en ese espacio, como aireando los rincones oscuros del pecho. Se toma asiento, haciendo el primer alto en los bancos sin respaldo. Se atisba por los vanos de las estancias una confusión hipnótica de colores.Viene de repente, en sentido contrario al de la visita, un monje. Alto y rubio. Poco más de treinta años. Descaradamente apuesto. Con hábito franciscano y sandalias de cuero. Paso rápido. Prestando apenas atención a lo que cuelga de las paredes. Lleva por encima de la frente, a modo de visera, unas modernas gafas de sol. La japonesa que contempla fervorosa el retrato del joven caballero de Vittore Carpaccio se vuelve. Una brisa imperceptible le acaba de rozar el hombro. Ve alejarse al monje. Es como la encarnación de un figurante. Con prisa por ganar la calle y unas lentes ahumadas para sobreponerse al sol después de muchos años.

lunes, julio 07, 2008

Postal de Madrid (Montera)

En el mismo paso de peatones donde aguardamos para cruzar hacia Montera, una mujer de escote generoso, falda muy corta, pechos desbordados y piernas que a duras penas tornea el alza de sus tacones, se despide de un viejo aseado con dos besos, uno por mejilla, como en la canción. Una propina de cariño después de un revolcón rápido y espurio. Él se va por Fuencarral. Ella cruza a nuestro lado. Vuelve a la calle. Escaparate sin cristal. Fuma. Quema el aliento del anciano. Todo transcurre en medio de la gente. De mucha y apresurada gente. Bajo el sol. Un sol que arde en seco. Me siento entonces ajeno a todo. Por encima de los ojos, sobre la pantalla que me cuelga por dentro a la altura de la frente y oyendo más nítidamente el arrastre del proyector que el tráfico de Gran Vía, veo una y otra vez el cuerpo algo repulsivo de la meretriz, la despedida altiva e impostada del viejo, el mundo desenfocado que rodea la escena. Durante un buen rato, este corto reportaje callejero percute reiteradamente su cotidianidad insulsa en mis sienes. Aún no sé por qué. Escribo por ponerle voz. Al llegar a Sol, mi hijo busca el kilómetro cero.

jueves, julio 03, 2008

Imágenes de un viaje

Dejábamos atrás, por debajo de ese mar de nubes, la mar hembra que muerde acantilados y alienta en el esfuezo la espuma de los días.


Mañana de domingo. El mundo parece de repente tan hermoso que dan ganas de contarlo y de pintarlo.


Qué sería de un jardín sin fuentes. Qué sería de un jardín trepador sin lluvias.


Algunas plazas son como las almohadas. Regazos tibios donde aguardar la noche.




Este sol de atardecer, que le da un calor suave a las piedras del teatro y alarga los días en sombra tibia, hubiera agostado la ambición de Macbeth. En Escocia, el frío confunde a menudo a los hombres y a sus mujeres.

En los veranos ardientes, de las bocas del metro llega un aliento que funde allá abajo hasta los mismos raíles por donde transita el deseo.





Cuando se viaja "a" y se renuncia al "hacia", conviene poner norte en algún faro, procurar que el cabotaje tenga por costa una luz en risco a la noche y un muelle blanco en el día.

domingo, junio 29, 2008

De vuelta

En esta cala de guijarros, arena gruesa y algas resecas, siempre le toco el ala a la dicha. Recién llegado de Madrid, me acerco aquí y pienso en lo que hemos vivido estos últimos días en la capital, las satisfacciones de conocer y reconocer, el placer de observar y pasear por recintos y paisajes desacostumbrados. Pienso en ello justo en la misma orilla, solo y con el agua fría de la pleamar plácida mojándome los pies, sintiendo como la brisa salobre alivia la espesa luz solar posada sobre los hombros. Y por un momento juraría que aún no siendo justa la comparación entre aquello y esto, prefiero la breve alegría que sólo otorga la playa batida por el constante rumor de sus aguas, el calor clemente, el silencio de lo apartado y la promesa de una lectura sobre la toalla, en la sombra misma de esa piedra en la que los años han ido imprimiendo la exacta forma de mi espalda.

Ágora X


Es éste un extraño empeño
que tiene tantos años
como los dedos de las manos.
La que se agarra al lápiz
como a a una mano tendida
en el alero mismo por el que nos precipitamos,
la mano amiga que nos salva.
Y la que fija el papel
y con él al mundo,
la tierra que entonces se hace firme
y sobre la cual es posible escribir palabras
que son de tinta y no de aliento,
porque se escuLpen
con la L de lo lento
de lo delicadamente lento y en sazón.

26-VI-08
JCD

(Hace diez años que se comenzó a publicar Ágora, una modesta revista donde nacieron los Diarios de Rayuela. En el tren que me traía de vuelta a casa pergeñé esta pequeña crónica del arraigo. Finalmente tomó apariencia de collage. Así saldrá en la revista que conmemora el aniversario. Felicidades a todos los agoreros.)

jueves, junio 19, 2008

The visitor


















Llevaba años sin saber de él
pero lo reconocí nada más verlo.
Siempre fumó del mismo modo,
levantando la barbilla
y echándole el humo con desdén al mundo.
Recorrió un montón de millas para encontrarme,
alguien le había hablado de dónde vivía
y a qué me dedicaba.
Quizás sólo vino por ver si era cierto,
por saber si su viejo amigo,
aquel cantante de voz oscura y mala bebida
madrugaba todos los días
para vender piensos y cortacéspedes
en un galpón de un pueblo perdido en el oeste.
Dejé un cartel a la entrada
avisando de que volvería pronto.
Nos tomamos juntos una cerveza en la cantina.
Apenas si supimos de qué hablar.

Stephane Furber, Daphne.
Editorial Mondantordi, Argentina, 2007.
Traducción de Mariana Lotti.

lunes, junio 16, 2008

Memoria e imaginación

Esta mañana llueve fuerte. Sobre la bahía se ha posado una bruma espesa, más óleo que acuarela. Por la orilla anda un paseante solitario. Descalzo. Arremangado hasta las rodillas. Con un paraguas de un color rojo que parece más intenso en medio del día gris. Por las aceras quedan restos de la noche. De la celebración. Cuando una ciudad se echa a la calle del modo en que lo hizo ésta, es que las ganas le llevaban tiempo comiendo las entrañas. Hubo bulla joven. Nunca falta. Pero fue distinta, más recogida e intensa, la de quienes guardan memoria aún de un equipo que hace veinte años se disputaba la gloria con los grandes. Solemos resumir la intensidad de un sentimiento en una imagen o en unas palabras. De aquellas ligas de ensueño hemos guardado el recuerdo de un tipo que entonces iba a proa. De nueve. Que quizás no fue nunca un pelotero elegante. Ni un guapo de calendario. Pero le vimos escorzos tan laboriosos como efectivos. Cabezazos certeros. Goles agónicos. Fue, sobre todo, un jugador en el que se concentraba la esperanza cada vez que era posible un remate. Crecía en esos instantes por la grada una plegaria laica que acaba en grito, el “ahora Quini, ahora”. Ayer domingo, en medio de la fiesta, se entonó de nuevo ese conjuro contra las derrotas. Las de los partidos y las de la vida. Haberle dedicado la efímera dicha de este logro deportivo a quien nos hizo felices tantas veces y sabemos que hoy lleva dentro el mal bicho de la enfermedad ha sido un gesto generoso, pero también un compromiso con la ilusión. Decía Borges, que sin memoria no era posible la imaginación. Afortunadamente, hemos conservado la nuestra. Tenemos, por tanto, derecho a imaginarnos, por un tiempo al menos, entre los mejores.

martes, junio 10, 2008

Quisimos tanto a Tadzio

Giselle Prassinos era una muchacha frágil. Eso parecía al menos en las fotos de Man Ray que le recuerdo. Blanco y negro. Sólo catorce años ella. Nosotros, quince. Vorágine vanguardista de principios de siglo. Extravagancias y genio. De todo ello supe por una revista que tenía un nombre sugerente, El orfebre. Él nos la llevó. La convirtió en culto. Bachilleres del Jovellanos. Poco más que niños. Lecturas desordenadas. Fascinación por la bohemia. París. Breton y Soupault, bois et charbons. El surrealismo. Era un Tadzio rubio, fascinante, andrógino, erguido como un junco soberbio, de verbo preciso, tez blanca y ojos azules transparentes. Un mármol hermoso y a la vez un aprendiz de gurú que nos descubría la literatura de vanguardia. Escritura automática. Collages. Absenta. Belladona. Transcurridos ya tantos años, lo he buscado hoy en internet. Su recuerdo, de repente, se me instaló como un imán poderoso entre las sienes. Sentí una imperiosa necesidad de saber qué había sido de él. Abrí comillas, puse su nombre y apellidos. Cerré comillas. Un par de referencias. Una fotografía. Lo descubrí en una imagen de grupo. Un despacho de abogados. Retratado justo en la esquina derecha de la toma. Segunda fila. De traje. Corbata roja con nudo windsor. Por delante los propietarios de la firma. Tres socios de edad avanzada. Sobrealimentados. Miradas de ave rapaz. Ojeras de rijo. Por detrás, los códices jurídicos. Ordenados por colores. En medio estaba nuestro Tadzio. La belleza no lo había abandonado del todo, pero juraría que ya no era de ella sino uno más entre sus mantenidos.

jueves, junio 05, 2008

De polillas y lágrimas

Se me ocurre que una expresión poética arrebatada, inequívocamente romántica, becqueriana, sería capaz de sugerir cosas tales como que "por ver de nuevo sonreír tu rostro / beber podría, lentamente a sorbos, / las tan tristes lágrimas de tus ojos". Estos endecasílabos le dejan a uno tan encogido el ánimo y el globo ocular que provocan, como contrapunto a su excesiva carga de afectación, una risa floja muy propia de lector culto, contemporáneo e irónico, contrario, por ello, a lirismos ñoños. Pues bien, ríanse ustedes, ríanse, de los poetas sensibles y de sus excesos, que la realidad pone a cada uno en su sitio. Y hasta en ocasiones desvela que no son tales los que damos por arrebatos cursis. He leído recientemente que puesto que las polillas de Madagascar corren serios riesgos al acercarse a beber en las charcas, por abundar en ellas ranas empeñadas en comérselas, deben saciar su sed en fuentes más seguras. Por eso se posan con cuidado sobre los pájaros dormidos, por eso acercan sus trompas al interior de los párpados de las aves. Se beben así las lágrimas de los petirrojos. Nadie se explica la alegría contagiosa que por aquellas latitudes les produce a los nativos el canto de estos pájaros, un estado de dicha suave que se venía aventurando podría deberse a la ingesta de alguna planta alucinógena. Los entomólogos han descubierto por dónde se les va la tristeza a los petirrojos. Queda por saber dónde reside el encantamiento de su trino.