viernes, septiembre 12, 2008
Hospital
jueves, septiembre 11, 2008
Bozo
Coda
Ayer lució de nuevo un día espléndido. Esa coda del verano sienta tan bien que gustosamente se entonaría en el invierno como si de un estribillo se tratara. Desgraciadamente, contra el curso de las estaciones, no hay canciones que valgan.
miércoles, septiembre 10, 2008
Mandamientos
Escribirás por tu propio placer ("Si Shakespeare no puede complacer a todo el mundo ¿por qué intentarlo siquiera nosotros? Esto significa que no vale la pena que te esfuerces por interesarte por algo que te resulta aburrido.")(Tras haber publicado ayer este post, descubro hoy dos mucho más recomendables sobre el asunto. Los de Manuel Jabois y Mabalot. Esto no es una carrera y poco importa quién llegó primero al dichoso decálogo, pero quisiera dejar constancia de que Manuel Jabois publicó el suyo antes, Mabalot lo glosó después y uno, que no había leído todavía ninguno de los dos, se aplicó en este comentario ayer, después de que un buen amigo le hubiera remitido referencia de las recomendaciones de Vizinczey -quizás porque él sí había leído ya los referidos posts-.)
jueves, septiembre 04, 2008
Posdata
de haberte deseado en otro tiempo
no es más quizás que el poso que revuelve
la rutina en este estudio angosto
donde a menudo intento viejas cartas
que hubiera de enviarte sin demora
desde hace ya más de algunos meses.
(Alguien vino a recordarme hoy que hubo un tiempo para Velar la arena. Volví por un momento al libro. Allí encontré aún estos versos.)
miércoles, septiembre 03, 2008
El hielo de los días
Leo siempre con una lapicera en la mano. Tal es la costumbre que si me encuentro sin mi fetiche cuando tomo el libro con el que ando, se me hace difícil meterme, al menos al principio, en sus páginas, pues el extravío del grafito, aunque sea momentáneo, me desasosiega. Acompaño además el ritual con una fina pero firme regla de quince centímetros que le tomé prestada hace ya mucho tiempo atrás a mi hijo y que no le he devuelto desde entonces —que la dé por perdida—. Me sirve de marcapáginas a la vez que me permite subrayar con trazo seguro en lo que leo aquellas citas sobre las que juzgo debería volver, por placer o reflexión, en la relectura.El lunes estuve en Paradiso. Me encontré allí con Víctor Guerra. Charlamos sobre las vacaciones. Me hice luego con un par de libros: La vibración del hielo, de Jordi Doce e Historia secreta de Costaguana, de Juan Gabriel Vásquez. Chema me dijo que ya había leído el primero de ellos semanas atrás. Que era un gran libro. Así que le fui hincando el diente enseguida, mientras paseaba un rato por el Muelle, a esa hora del café de media mañana que tanto se disfruta cuando el sol es franco pero ligero y uno demora, con culpabilidad dulce, el regreso a la mesa de trabajo. Desde el rompeolas al cerro, picoteé aquí y allá el libro de Doce. Su miga. Esa miga de los libros recién comprados, caliente y con olor a tahona, que da gusto echarse a la boca. Ayer lo leí con calma. Con lápiz y regla. Con placer creciente. Con subrayados, pues, abundantes. Porque aunque se trata de las anotaciones correspondientes al año 1998 del diario de su autor, y por tanto —pudiera así pensarse al menos— el relato de sus cosas más personales en esos días, casi nada de lo escrito nos resulta ajeno, pues todo lo que se cuenta tiene la consistencia de los posos, del precipitado que deja la búsqueda permanente de una manera de estar en el mundo. Se dice en la página 27: “Se lleva un diario o un cuaderno de notas por muchas razones. En mi caso, poco me importa anotar lo vivido. Yo anoto más bien para ampliarlo”. No creo que el verbo ampliar sea el más preciso. Quizás, sí, el más modesto. Y el autor es prudente siempre en el trato con la vanidad —como poco partidario de la ironía, que define como “una forma sutil de orgullo”, o del ingenio (“afectación narcisista”)—. Después de leído este diario uno elegiría otro verbo para rematar la anterior cita. El verbo profundizar. Porque la ampliación es añadido, circunloquio; mientras que la profundización es un viaje hacia lo que está dentro. Aquí, en concreto, a la entraña misma de la reflexión. Se suceden los días, las estaciones, las ciudades (Gijón, Oxford, Londres), los paisajes, la labor cotidiana, el viaje (Córdoba, Granada, Übeda), las películas (Shorcuts, Mrs. Dalloway), las lecturas y traducciones… De todo queda una coda, explícita o intuida, que nos pone en la pista de que lo que se vive termina por transformarnos, por hacernos distintos. Meditar sobre ello, y el diario asi concebido tiene mucho de introspección, debería hacernos además mejores. Damos en la escritura nuestra mejor versión. Le ganamos en ese espacio y en ese tiempo la partida al envés de nuestras almas. El ruido que es la vida, esa vibración del hielo, ese latido de lo que somos, de lo que nos sale al paso o de lo que se observa y finalmente convertimos también en algo propio, es la fascinación que mueve a quien escribe: “el ruido me fascina, como el umbral de una puerta cuyo destino ignoramos”. Antes de cruzar ese ámbito, no es mal hatillo echarse a la espalda una cosecha tal de palabras sensatas y bien engarzadas. Termina el libro con el final de año, época de balances. Conviene en esos días tener a mano un cuaderno así. Conforta y consuela, dice Doce. Y lo subrayo de nuevo con mi lápiz. Con el trazo firme que me procura esta regla breve sobre la que vibra, ahora ya perceptiblemente, el hielo de los días. Y me siento igualmente confortado.
lunes, septiembre 01, 2008
Migas
martes, agosto 26, 2008
Lautrec
inspecciones médicas. Se hicieron célebres sus carteles para promocionar los espectáculos de la noche. Murió alcoholizado en Albi, recogido por su madre. El museo guarda una gran parte de la obra. Pinturas que atraen por colorido y movimiento. Por su sensualidad. Quién no colgaría de sus paredes un cartel de Toulouse-Lautrec. Una buena reproducción incluso. A la salida se venden. Y bien. La calidez de una lubricidad casi amable, que no mancha, vivida en la distancia, captada asépticamente para el espectador desde la misma cloaca. Un poco como las fotos de los países del tercer mundo, con sus ropas de vivas tonalidades, sus rostros exóticos, sus mercados como mosaicos de teselas llamativas. Otro cantar es vivir dentro. Nos tomamos unas cervezas cerca del mercado. En la plaza seguían sucediéndose las exhibiciones gimnásticas. Junto a la terraza donde nos sentamos, unas jovencitas se cambiaban de ropas antes de comenzar su actuación. Se las veía casi desnudas al socaire de un portal escaso. Y sin embargo la escena no transmitía sensualidad alguna. Aún guardaba la retina ese esquemático pastel de Toulouse-Lautrec en el que una enigmática y seductora mujer de pelo rojo se calza unas medias negras. jueves, agosto 21, 2008
El ciervo
miércoles, agosto 20, 2008
Horror vacui

En esa foto tengo en las manos un volumen de bolsillo que reúne los cuentos de Kjell Askildsen. Se titula Todo como antes. En los primero relatos, quizás los mejores, los protagonistas son viejos, personajes que sobreviven acostumbrándose ya casi a la muerte. En los cuentos finales se narran sucesos aparentemente intrascendentes en la vida de distintas parejas, acontecimientos rutinarios que sin embargo son como gotas que colman el vaso del tedio, del rencor apenas oculto, de la infelicidad que lastra a todos los personajes. No hay a lo largo del libro un momento alegre, ni sitio para el amor, no existe la compasión. Todo es deliberadamente frío y aséptico. Hasta el deseo se desvela como una sensación vergonzante. Todo se dice con el menor número de palabras. Y ello, que viene bien a la manera en cómo se pretende reflejar el mundo, termina, no obstante, generando cierta desazón tras algunos finales. Askildsen esboza, como en los cuadros de Hopper, un ambiente y algunos indicios para una historia. En las pinturas del americano eso basta para generar una bien urdida sensación de desamparo. En los cuentos del noruego, su laconismo se nos antoja excesivo, como de un Hopper exhausto al que hasta el dibujo le fatigara. Será tal vez que padezco una suerte de horror vacui. Por eso se escriben estas cosas. Por eso nos revolcamos tan a menudo en los recuerdos. Por eso guardo en álbumes mis fotos. También esa en la que leo a Askildsen.
martes, agosto 19, 2008
Un par de viejos
lunes, agosto 18, 2008
Distancia
“… captar nuestra existencia de soslayo
o verla desde lejos, en lo alto,
con la perplejidad del que contempla…”
domingo, agosto 17, 2008
Una brújula
sábado, agosto 16, 2008
Carcasonne
Comimos en La côte de mailles. Un pequeño restaurante que parecía tranquilo y que encontramos en una calle apartada. Servicio atento. El patrón vigilaba el negocio paseándose parlanchín y algo ceñudo entre las mesas. Era un tipo fornido que vestía una camiseta violeta sin mangas. Andaba desolé, alguien se había llevado la llave del retrete. El único. Para hombres y para mujeres. Detrás justo de nuestra mesa. Cuando quise lavarme las manos antes de comer, me lo encontré dentro. Nos lo explicó entonces. Sin llave y sin cerrojo, el servicio se volvía un cuarto indiscreto. Estaba seguro de que había sido un niño. Un gamberrete se había llevado la llave. Madame, le dijo a C. cuando entré en el baño, vigile la puerta para que nadie moleste a su marido mientras está dentro. Pedí casoulette. Había que probar la especialidad local. Un pote de alubias y carnes. Con pato. Casi sin caldo. Espeso. Contundente. No me entusiasmó. Por el local, grande como su dueño, pero mucho más manso, se paseaba un gran perro negro. Cancún. Quizás el patrón estuvo en México. Quizás allí le cogió gusto a las camisetas sin mangas. Quizás por eso le puso ese nombre al can.
jueves, agosto 14, 2008
Siempre las mismas señas
Las páginas de un cuaderno de viaje
son como postales escritas
desde cada uno de los lugares
a donde nos llevan nuestros pasos.
Arrastran la letra imprecisa
de quien se apoya en viejas piedras,
en mesas de café, belvederes de mármol,
bancos de parque o asientos de tren.
La consistencia ósea
de un apunte cualquiera al natural
que tomara el lápiz de un paisajista.
La emoción desnuda de todo lo íntimo.
Y siempre iguales señas por destino,
las del lugar de donde una mañana partimos
con la secreta esperanza
de contar nuestro viaje, la vida,
en descoloridas postales de kiosko.
jueves, julio 10, 2008
Postal de Madrid (Thyssen)
lunes, julio 07, 2008
Postal de Madrid (Montera)
jueves, julio 03, 2008
Imágenes de un viaje
Cuando se viaja "a" y se renuncia al "hacia", conviene poner norte en algún faro, procurar que el cabotaje tenga por costa una luz en risco a la noche y un muelle blanco en el día.
domingo, junio 29, 2008
De vuelta
Ágora X

Es éste un extraño empeño
que tiene tantos años
como los dedos de las manos.
La que se agarra al lápiz
como a a una mano tendida
en el alero mismo por el que nos precipitamos,
la mano amiga que nos salva.
Y la que fija el papel
y con él al mundo,
la tierra que entonces se hace firme
y sobre la cual es posible escribir palabras
que son de tinta y no de aliento,
porque se escuLpen
con la L de lo lento
de lo delicadamente lento y en sazón.
26-VI-08
JCD(Hace diez años que se comenzó a publicar Ágora, una modesta revista donde nacieron los Diarios de Rayuela. En el tren que me traía de vuelta a casa pergeñé esta pequeña crónica del arraigo. Finalmente tomó apariencia de collage. Así saldrá en la revista que conmemora el aniversario. Felicidades a todos los agoreros.)
jueves, junio 19, 2008
The visitor

Llevaba años sin saber de él
pero lo reconocí nada más verlo.
Siempre fumó del mismo modo,
levantando la barbilla
y echándole el humo con desdén al mundo.
Recorrió un montón de millas para encontrarme,
alguien le había hablado de dónde vivía
y a qué me dedicaba.
Quizás sólo vino por ver si era cierto,
por saber si su viejo amigo,
aquel cantante de voz oscura y mala bebida
madrugaba todos los días
para vender piensos y cortacéspedes
en un galpón de un pueblo perdido en el oeste.
Dejé un cartel a la entrada
avisando de que volvería pronto.
Nos tomamos juntos una cerveza en la cantina.
Apenas si supimos de qué hablar.
Stephane Furber, Daphne.
Editorial Mondantordi, Argentina, 2007.
Traducción de Mariana Lotti.
lunes, junio 16, 2008
Memoria e imaginación
Esta mañana llueve fuerte. Sobre la bahía se ha posado una bruma espesa, más óleo que acuarela. Por la orilla anda un paseante solitario. Descalzo. Arremangado hasta las rodillas. Con un paraguas de un color rojo que parece más intenso en medio del día gris. Por las aceras quedan restos de la noche. De la celebración. Cuando una ciudad se echa a la calle del modo en que lo hizo ésta, es que las ganas le llevaban tiempo comiendo las entrañas. Hubo bulla joven. Nunca falta. Pero fue distinta, más recogida e intensa, la de quienes guardan memoria aún de un equipo que hace veinte años se disputaba la gloria con los grandes. Solemos resumir la intensidad de un sentimiento en una imagen o en unas palabras. De aquellas ligas de ensueño hemos guardado el recuerdo de un tipo que entonces iba a proa. De nueve. Que quizás no fue nunca un pelotero elegante. Ni un guapo de calendario. Pero le vimos escorzos tan laboriosos como efectivos. Cabezazos certeros. Goles agónicos. Fue, sobre todo, un jugador en el que se concentraba la esperanza cada vez que era posible un remate. Crecía en esos instantes por la grada una plegaria laica que acaba en grito, el “ahora Quini, ahora”. Ayer domingo, en medio de la fiesta, se entonó de nuevo ese conjuro contra las derrotas. Las de los partidos y las de la vida. Haberle dedicado la efímera dicha de este logro deportivo a quien nos hizo felices tantas veces y sabemos que hoy lleva dentro el mal bicho de la enfermedad ha sido un gesto generoso, pero también un compromiso con la ilusión. Decía Borges, que sin memoria no era posible la imaginación. Afortunadamente, hemos conservado la nuestra. Tenemos, por tanto, derecho a imaginarnos, por un tiempo al menos, entre los mejores. martes, junio 10, 2008
Quisimos tanto a Tadzio
Giselle Prassinos era una muchacha frágil. Eso parecía al menos en las fotos de Man Ray que le recuerdo. Blanco y negro. Sólo catorce años ella. Nosotros, quince. Vorágine vanguardista de principios de siglo. Extravagancias y genio. De todo ello supe por una revista que tenía un nombre sugerente, El orfebre. Él nos la llevó. La convirtió en culto. Bachilleres del Jovellanos. Poco más que niños. Lecturas desordenadas. Fascinación por la bohemia. París. Breton y Soupault, bois et charbons. El surrealismo. Era un Tadzio rubio, fascinante, andrógino, erguido como un junco soberbio, de verbo preciso, tez blanca y ojos azules transparentes. Un mármol hermoso y a la vez un aprendiz de gurú que nos descubría la literatura de vanguardia. Escritura automática. Collages. Absenta. Belladona. Transcurridos ya tantos años, lo he buscado hoy en internet. Su recuerdo, de repente, se me instaló como un imán poderoso entre las sienes. Sentí una imperiosa necesidad de saber qué había sido de él. Abrí comillas, puse su nombre y apellidos. Cerré comillas. Un par de referencias. Una fotografía. Lo descubrí en una imagen de grupo. Un despacho de abogados. Retratado justo en la esquina derecha de la toma. Segunda fila. De traje. Corbata roja con nudo windsor. Por delante los propietarios de la firma. Tres socios de edad avanzada. Sobrealimentados. Miradas de ave rapaz. Ojeras de rijo. Por detrás, los códices jurídicos. Ordenados por colores. En medio estaba nuestro Tadzio. La belleza no lo había abandonado del todo, pero juraría que ya no era de ella sino uno más entre sus mantenidos.