jueves, junio 09, 2011

Repliegue


El aforismo es fibra. Músculo tenso de maratoniano. Combate contra el añadido inútil. Si fuera edificio, lo sería románico. Sillares sólidos, arcos de medio punto, umbría y capitel textual. Recogimiento. Austeridad. Casi silencio. A veces no vendría mal recurrir a esa economía. A esa subsistencia en lo imprescindible. Hasta decreciendo incluso a ratos. Amortiguando el ruido. Renunciando a la réplica. Quizás la humildad no sea más que una forma civilizada de orgullo, pero al igual que las máscaras venecianas otorga un anonimia distinguida.

miércoles, junio 08, 2011

Nuevas caxigalíne(a)s

Jactancia: onomatopeya del soberbio.

La austeridad es un vicio de humildes, una sospecha de quietud que despierta el apetito de los caimanes.

Hay en todo Pigamalión un cruel Saturno en ciernes.

Obtuso: ángulo muerto en la visión de todo militante. Militante mismo.

martes, junio 07, 2011

Pequeñas eternidades

Detalles. Una mancha de color caliente en las paredes. Un contraste acertado de cristal y cerámica de alfar. El recuerdo de un viaje. Un libro del que sobresale el marcador de la página en la que se aplazó su lectura. Una copa de oporto. Una lapicera y una regla de quince centímetros. El acompañamiento tranquilo de una música de Badalamenti. La lámpara de pie encendida sobre nuestro sillón. El sol o la lluvia haciéndonos notar a la espalda que el mundo sigue al otro lado, que nos acompaña sin casi tocarnos, respetando nuestro recogimiento. La casa como un universo donde el polvo de estrellas es ese aire sólido, sin grieta alguna de ruido, con que nos envolvemos. En el que todo reposa con la aparente fiabilidad que le presumimos en el espacio a la gravitación de los planetas. Decía García Montero en un poema que hay momentos en que se rozan las ventajas de la eternidad. Tal vez mientras dura la música o el silencio. La lectura bajo la luz cómplice. El mundo sobre los hombros como una carga llevadera.

miércoles, mayo 25, 2011

De los riesgos de todo lo nuevo

Leía hoy en El País un artículo de Vila Matas con ciertas reflexiones preocupadas sobre el anoréxico lenguaje a que obligan ciertas redes sociales y que, según la conclusión del escritor, abocan a un mundo perezoso ante la argumentación demorada, los libros largos y todo lo que, en fin, suponga esfuerzo intelectual. Quién sabe. Se necesita tiempo para evaluar estos fenómenos recientes. Uno, no obstante, les ve a bote pronto también algunos rasgos positivos. Una comunicación tan fluida y concentrada requiere, no hay más remedio, de la réplica ágil y del precipitado de ideas. Ese esfuerzo compensa, al menos en parte, la comodidad taquigráfica a que el medio obliga. Los mensajes publicitarios son ocurrencias, sí, pero ocurrencias laboriosas e intencionadas. El desprecio que a veces despiertan nace de la finalidad que persiguen o de su degradación consciente al dirigirse a un determinado público. Pero tanto en ese afán por hallar un eslogan comercial como en el que mueve al pensador a resumir en pocas palabras un pensamiento de horas o de años, hay un esfuerzo titánico de significado y de sintaxis. En las redes sociales, que no son más que un canal novedoso de comunicación, se oyen como en todo foro (tertulia de café, cola de panadería, patio universitario, corro de viejas en la calle de un pueblo, jornadas científicas, pandilla de adolescentes o ámbito cualquiera que a uno se le ocurra) voces insulsas o juiciosas. Existe hoy más ruido, en efecto, porque hay más gente hablando. Quizás se oyen por eso, proporcionalmente, menos cosas enjundiosas. El tuiteo responde no tanto al ámbito más elaborado de la opinión de un blog o de la redacción, casi epistolar, de un correo electrónico, como a la utilización de un mecanismo —sobreexplotado de tan ágil— que otorga la ilusión de pertenencia a un grupo donde se goza siempre del protagonismo de la palabra, donde se es entonces de algún modo importante y donde siempre se está aparentemente arropado, en compañía. Ese medio, como todos los que facilitan alguna utilidad que previamente era menos accesible, ofrece nuevas posibilidades y siempre un reto: su uso adecuado. Nada nuevo entonces. Hoy como ayer la reflexión será placer que gocen unos pocos y las prisas por decir sin decir más que prisas ocupación de los más. Y de esa opinón era Robert L. Stevenson en uno de los deliciosos ensayos que escribió allá por 1880, cuando este peligro de las redes sociales no podía ser ni soñado: Qué nuevo mundo para los más de nosotros cuando nos encontramos con que podemos pasarnos horas enteras sin molestia alguna y ser felices pensando. Tenemos tanta prisa de hacer, de escribir, de recoger materiales, de procurar que nuestra voz pueda oírse un instante en el ilusorio, burlesco silencio de la eternidad, que olvidamos esa cosa de la que éstas no son más que partes: vivir.

lunes, mayo 23, 2011

Éramos nosotros

Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.

Constantino Cavafis

La única ventaja de la resignación, cuando se asume como consecuencia de la propia incertidumbre, es que puede compartirse sin tragedia en una cena, al calor de la amistad, las copas y el tabaco. Haber leído a Cavafis y saber que siempre habrá un día en la vida en que nadie podrá convencernos de que al otro lado de las puertas no aguardan los bárbaros, de que los bárbaros son, más que una amenaza, un pecado de comportamiento, nos vuelve incluso desdeñosos hacia el desánimo. Aquello que dábamos por extranjero y que estaba al otro lado y que sabíamos a ciencia cierta pernicioso, ha ido ganando no sólo fronteras territoriales, sino haciéndose incluso fuerte en nosotros mismos a medida que el tiempo nos doblaba la espalda. Hace un par de noches, durante la cena, bebíamos un syrah del Priorato que alguien consideró que no había salido del todo redondo. Al hilo de esa queja, pensé de nuevo en la duda. En todo lo que se atesora y se confía a un descorche. En que contra el fuego de artificio al que arruina una humedad inesperada, todo lo puede la confianza de asistir a la verbena en buena compañía, la de quien se explica y con quien nos explicamos sin confundir razón y arenga, la de quien no exige lo mismo que da por seguro, porque intuye que todo tiembla finalmente con la fugacidad de las cerillas.

lunes, mayo 16, 2011

Postal desde Nueva

Nueva es un pueblo hermoso. Hasta se le nombró el más bonito de por aquí hace años. Con el tiempo se ha ido convirtiendo en un lugar de temporada. Muy de estío. Con ambiente de veraneantes en alpargatas, sombrero de paja y bermudas, con pandillas de adolescentes, críos en bicicleta y turistas de casa rural. El domingo paseamos por sus calles. Lucía un sol espléndido que resaltaba el colorido de las flores en las macetas y de las fachadas alegres. Muchas casas todavía están vacías. Por las orillas del río se concluyen las reparaciones del desbordamiento del invierno. La vía estrecha del ferrocarril parece en su soledad aguardar a un tren que llegase sólo en los días de verano. En el centro del caserío colgaban como banderines de una fiesta pasada las pancartas de los políticos. En unas pequeñas vallas de quita y pon, lucían los rostros de los candidatos como carteles de un de circo de paso. Bajo el sol de la primavera en un pueblo silencioso, con un andén sin maletas y unas calles apenas sin gente, sabiéndose al borde del mar y en domingo, ese atrezzo de campaña sonaba como el ruido de los posos turbios que a veces arrastran desde muy lejos las pleamares.

miércoles, mayo 11, 2011

De pececillos

Decía King Vidor que “la belleza y la simplicidad son la misma cosa”. Añadiría uno que ambas cualidades tienden a esa univocidad cuando se manejan con inteligencia y se muestran de manera elegante. Pues bien, todo ello se consigue en los veintipico artículos que recopila el libro titulado La felicidad de los pececillos, piezas breves y deliciosas que ha editado primorosamente Acantilado. Este conjunto de cualidades hace que los textos de Simon Leys nos procuren unos pocos ratos de dicha y reflexión apacibles, pero, sobre todo, que nos cautiven por su mezcla tan original de crónica de lo diario, de consideraciones sobre el arte, de citas intemporales siempre traídas con acierto y de un insobornable sentido común. Podría decirse que estamos ante un pequeño tratado del buen discurrir y del mejor citar, por lo que este librillo merece tenerse siempre a mano, dado que como “el mayor placer de leer está en la relectura” —según afirma el propio Leys—, sus lectores tendremos así asegurado siempre nuestro disfrute volviendo de vez en cuando a estas páginas. Se deja a continuación alguna muestra de lo apuntado:

Ningún experto en literatura se asombrará jamás de la distancia que separa a un escritor de sus escritos; por otra parte, no son las hazañas de la vida activa las que producen las grandes obras, sino más bien el fracaso, las penas oscuras, el hastío, la árida insignificancia de los días. Y el genio del novelista reside -como decía Orwell a propósito de D. H. Lawrence- en "la extraordinaria capacidad de conocer por medio de la imaginación lo que no puede ser conocido por medio de la observación".

La belleza llama a la catástrofe del mismo modo que los campanarios atraen al rayo. (...) La ignorancia, el oscurantismo, el mal gusto o la estupidez no son fruto de simples carencias, sino de otras tantas fuerzas activas, que se afirman furiosamente a la menor oportunidad, y no toleran ninguna excepción a su tiranía. El talento inspirado siempre es un insulto a la mediocridad. Y si esto es cierto en el orden estético, aún lo es más en el moral. Más que la belleza artística, la belleza moral parece tener el don de exasperar a nuestra triste especie. La necesidad de rebajarlo todo a nuestro miserable nivel, de mancillar, burlarse y degradar todo cuanto nos domina por su esplendor es probablemente uno de los rasgos más desoladores de la naturaleza humana.

La Historia -contrariamente a lo que cree la opinión pública- no registra los acontecimientos. Únicamente registra los ecos de los acontecimientos, lo que es muy distinto; y, para hacerlo, se apoya en la imaginación tanto como en la memoria.

lunes, mayo 09, 2011

Beatus ille

Nos recibió la lluvia. Vino después de que sobre todo se echara un momento antes un lino sucio. Una urdimbe tupida entre la que, no obstante, la luz del sol repercutía como un alfiler. Sobre las hojas y los pétalos, sobre el cristal y las piedras bruñidas, el agua caída se había posado como una procesión de caracoles minúsculos. Frágiles. Transparentes. A buen seguro guardaban todos un arco iris bajo la axila. En lo más alto del jardín hay un pequeño maremagno de hierbas aromáticas. Para hacerse con su perfume las muy lascivas piden más que una caricia, un arrebato. Que las manos se las coman con los dedos como a pechos de amante. Tomamos café en el cenador. Nos contaron que hace nada estaba tupido de glicinias. Pena no haberlo visto y olido. R. habló del cuco que se oía cerca, de ese pájaro aprovechado al que dejan a nacer en nido ajeno y que termina por arrojar de su lado a los hermanos que no lo son, mientras somete a la madre engañada a un ímprobo trabajo para alimentarlo. Se hizo luego un largo paseo que arrancamos justo por la orilla del robledal. Subiendo después hacia Barreo se nos cruzó un faisán en el camino, pero se escondió enseguida. Ladraban los perros. Por entre la foresta se descubría el paisaje enmarcado entre el ramaje y las sebes. La luz tamizada por el espesor de las nubes le daba relieve al mundo. A la vuelta charlamos con un vecino. Traía consigo una hembra muy dócil de mastín a la que llama Niebla. Se hizo la noche. Mientras cenábamos se cuajaban las claraboyas de constelaciones. Como guirnaldas sobre el conversar alegre.

jueves, abril 28, 2011

Caxigaline(a)s

En la urna de estos días, mi voto de silencio.

Qué es un aforista sino un filosofo aquejado de pereza.

Hay quien cede ingenuamente a la provocación y termina empleando su artillería contra los fanáticos suicidas. Pobre idiota: lo tendrán por asesino mientras que sus víctimas fingidoras alcanzarán, en cambio, la eternidad heroica.

Los retos son la cara norte de las ambiciones.

martes, abril 26, 2011

Un aire impresionista

Por este mismo camino, en el otoño se salpican los prados de azafrán silvestre. Hace un par de días, lo abordamos más pendientes del cielo que del sendero. Habían anunciado lluvia. Finalmente, apenas si cayó un orbayu breve a primera hora. El resol se filtró enseguida como un caldo espeso a través de las nubes. Le daba un relieve de óleo a los acantilados. Unas pinceladas sólidas al horizonte. Un color de arcilla a las playas. Un aire impresionista. Una despreocupada calma a nuestros pasos y palabras. Sobre ciertas piedras dos brochazos indican al caminante el buen sentido de su marcha: la tensión del alambre dispuesto sobre el acantilado. Por debajo, la mar llegaba callada. Sobre la frente del Sueve se ceñían jirones de niebla. A la puerta de algunas casas florecía la glicina. Llegados ya al pedrero, sorprendía comprobar que las violentas raíces de los eucaliptos próximos, que todo lo pueden, no podían sin embargo con las huellas milenarias de los dinosaurios. X. tomó la foto de una niña cuyo pie menudo tildaba esos cráteres. Ese acento de color aligeraba el verso fósil. En el pueblo nos esperaba un plato de caza y unas sartenes de pobre. Sidra fresca y charla animada. El sol había salido y uno pensó por un momento hasta en renunciar al regreso; hasta en acomodarse con los ojos cerrados recostado sobre una silla de la terraza del bar dejando que la tarde se consumiera como astillas en el relumbre tibio del cielo. Pereza de sobremesa que sólo demoró un poco más el camino de vuelta. A su final, un par de cometas sobre el arenal de La Isla le daban un cierre de candil exiguo al día. Como de falta de aliento. La perra melancolía de todo lo que se goza y se termina.

lunes, abril 18, 2011

Porto (6)

Canaletto do Porto

Porto (5)

Los tapices de nuestra infancia adornaban los salones con escenas interiores de jaimas: un té escanciado por un beduino y el rostro curioso de un camello asomándose por la puerta mientras al fondo se ponía el sol tras las dunas. Los tapices de nuestra infancia, a pesar de aquellas escenas tórridas de desierto, terminaban arruinados por la humedad de las casas. Vivíamos en una ciudad portuaria y gris, con estibadores, polvo de carbón y olor a tripas de sardina. También hubo un tiempo en que se estarcían las paredes con un rodillo de relieves chinos. Sobre un puente ligero cruzaba un oriental con sombrero triangular de paja llevando sobre sus hombros una carga dividida en dos fardos de igual peso colgados en los extremos de una pértiga. Una y otra vez, se mirase para donde se mirase, se veía repetida interminablemente la misma escena. Aquel gusto por lo exótico era como un remedo tardío de las tendencias en los salones de buen gusto. Es sabido que los más pobres imitan con retraso y malamente el refinamiento de las aristocracias. C. se echó sobre los hombros la rebeca. En cuanto llega el final del día a orillas del Douro se levanta desde sus aguas una corriente de humedad que lo traspasa todo. Nos habíamos levantado de la terraza desde donde nos dejamos hipnotizar por el vino y los paseantes. Nos unimos a sus perfiles vueltos poco a poco sombras contra el estuario del río, por donde se fue yendo la luz y su último poso dorado, por donde se encendieron las ascuas como filamentos. Rodilla en tierra, me rendí a ese gusto plebeyo por los atardeceres. Me hice con mi propia chinoiserie. Un tapiz oriental —cómo no— y portuense.

viernes, abril 15, 2011

Porto (4)

Después de pasear por los cais de Gaia. De beber a la sombra de las bodegas. De navegar el río en un rabelo para turistas. Después de que la foz se tragase despacio la tarde. Después de que las ruinas cambiasen su oro sucio por un telón de fin de acto. Aun después también de que el río le ciñera la cintura con un aire frío de plata. A esa hora en que la retraté, permanecía abierto su cuaderno a la luz menguante, al caserío y a los puentes, al Duero y a la ropa tendida, a la ciudad desconchada y a la noche en ciernes; tan abierto como un objetivo de una cámara avara que confundiera un boceto con la vida en tránsito.

Porto (3)

Traducción simultánea.

Porto (2)

Mi pequeña dosis art decó de insomnio nocturno.

Porto


A minha cidade não se chama Lisboa, não tem cheiro a sul e nem por ela passa o Tejo, mas como ela, tem Nascentes leitosos e marmóreos... Na minha cidade os Poentes são de ouro sobre o Douro e o mar e só ela tem a luz do entardecer a enfeitar o granito... Na minha cidade, tal como em Lisboa há gaivotas e maresia mas não há cacilheiros no rio há rabelos transportando nectar e almas... Da minha cidade nasce o Norte alcantilado, insubmisso e o sol, quando chega, penetra-a delicadamente, carinhosamente, depois de vencido o nevoeiro... Na minha cidade também há pregões, gatos, pombas, castanhas assadas e iscas e fado pelas vielas, pendurado com molas, como roupa a secar nos arames... A minha cidade tem também tardes languescentes, coretos nas praças velhos jogando cartas em mesas de jardim e o revivalismo de viuvas e solteironas passeando de eléctrico... É bem verdade que na minha cidade a luz, não é como a de Lisboa mas a luz da minha cidade é um frémito de amor do astro-rei a beijá-la na fronte, cada manhã!...

María Mamede


(Mi ciudad no se llama Lisboa, ni huele a sur, ni por ella pasa el Tajo; pero como Lisboa, tiene manantiales de leche y de mármol. En mi ciudad las puestas de sol son de oro sobre el río Duero y sobre la mar, y sólo en ella tiene una luz el atardecer que adorna el granito. En mi ciudad, como en Lisboa, hay gaviotas y aire de mar, pero no hay transbordadores, en el río sólo hay rabelos que transportan néctar y almas. De mi ciudad nace el Norte acantilado e insumiso, y el sol, cuando llega a ella, la penetra delicada y cariñosamente tras vencer a la niebla… En mi ciudad también hay pregones, gatos, palomas, castañas asadas, higado y fado por las calles, adornadas con fuentes, con ropa secando en los tendales... Mi ciudad tiene también tardes languidecientes, quioscos en las plazas, viejos jugando a las cartas en mesas de jardín. Y en ella renacen las viudas y las solteronas cuando pasean en el tranvía. Es bien cierto que en mi ciudad la luz no es como la de Lisboa, pero la luz de mi ciudad es un aleteo de amor del astro rey que la besa en la frente todas las mañanas.)

martes, abril 05, 2011

La ola

Ayer vi La ola. Película alemana que retrata, con ritmo enérgico y eficacia narrativa, una semana en la vida de unos bachilleres alemanes. La historia es la siguiente: un profesor al que le toca en suerte explicar el concepto de autocracia, decide, para una mejor comprensión de los rasgos que identifican a todo sistema dictatorial, poner en práctica en su propia aula los métodos que engendran formaciones totalitarias. Curiosamente, la implicación del alumnado, y del propio docente, es tal que al cabo de tres o cuatro días todo adquiere una uniformidad absorbente y peligrosa, la de un grupo que toma por nombre La ola. El final es trágico. La parábola se exprime hasta la entraña y deja un poso de amargor y, en sus justos términos, una inquietud, la de que en todo lo grupal siempre se desarrolla una tendencia excluyente, tanto de lo que se singulariza al margen, como de lo que siendo parte termina por carecer de autonomía y sólo adquiere sentido como engranaje.

Leo también el último artículo de Cercas en El País Semanal, Antes de la política, donde se hace eco de unas opiniones mantenidas por Irene Lozano, en las que viene a concluir que el remedio contra la mala política no es menos política, sino más. Y que las democracias más sanas son aquellas en las que los ciudadanos contemplan no como un derecho, sino como un deber cívico, el dedicar algunos años de su vida a la política.

Recuerdo a la vez, como contrapunto, aquello que escribió Zygmunt Bauman: las ideologías son esos densos velos que hacen que miremos sin llegar a ver. Es a esta inclinación incapacitadora nuestra a la que Étienne de la Boétie denominó servidumbre voluntaria.

¿Cómo conciliarlo todo? ¿Cómo afrontar un compromiso político -al que parece obvio que no debemos sustraernos-, sin el sometimiento a la castrante disciplina de partido? A esa simbología rancia, infantil o castrense, de colorines, logos, musiquillas y mítines. A ese culto adolescente a referentes de verbo fácil o imagen atildada. A ese atrincheramiento entre afines que nos hunde los pies en el barro y nos empuja a disparar hacia el otro lado por mera supervivencia, sin atender a razones. Volviendo a La Boétie: servidumbre voluntaria. Ola.

lunes, abril 04, 2011

Teoría de la empatía

Unos niños que juegan en las orillas de un río que desciende rápido y caudaloso. Un cuerpo de chiquilla que flota boca abajo. Una mujer de avanzada edad que acude al médico de un hospital y se encuentra a la salida con la desesperación de una madre que se arrastra por los suelos al saber que su hija acaba de morir. Poesía es una película coreana dirigida por Lee Chang-dong que arranca en la tragedia y se columpia durante dos horas en un arriesgado equilibrio sobre la oscura trama que sobrevuela y las delicadas maneras y aspiraciones que guían la vida de su protagonista. Porque Mi-Ja, la abuela encarnada por esa liviana y elegante actriz llamada Yoon Jeong-Hee, quiere aprender a escribir poesía. Y persiste en ese empeño aun después de saber que su nieto adolescente, con quien convive, es responsable, junto a otros cinco muchachos de su clase, de las terribles vejaciones infligidas a una adolescente a la que abocaron al suicidio. Mi-Ja incluso mantiene la voluntad de escribir un primer poema en su vida después de saber también que esas incipientes pérdidas de memoria que la llevan a la consulta de un doctor son el principio de un alzheimer. Mi-Ja sigue tomando notas en una pequeña libreta que guarda consigo a todas horas en su bolso de mano y en la que trata de apuntar las sensaciones que le despierta el contacto con la naturaleza hasta en ese corto y doloroso viaje que la lleva a la casa en el campo de la adolescente muerta. Su voluntad tardía de escritora no persigue sino poner en práctica los consejos del profesor del taller de escritura: ver las cosas con tal intensidad que por un momento se pueda uno hasta sentir dentro de ellas. Por eso el final de la película vuelve a las aguas del río. Todo se cierra sobre su cauce. Y una voz que es la de Mi-Ja recita el poema entregado al profesor como trabajo final de curso. No habla de ella. Tampoco de las flores y los árboles de sus apuntes. El poema habla del dolor de una mujer en ciernes que al cabo de unos versos le toma el relevo a la recitante. Mi-Ja ha sabido encarnarse en el alma de Agnes, la niña suicida. Se sintió dentro de ella y desde allí escribió final y aplicadamente su poesía.

jueves, marzo 31, 2011

Ríos y escaleras

Se ha empleado a menudo la metáfora manriqueña del río como vida. Caudal mínimo que nace cristalino, corre impetuoso montaña abajo, se acrecienta en la experiencia de su curso, se remansa a medida que se acerca al final y termina muriendo en la desembocadura que lo mezcla con las aguas oceánicas —ceniza de todas las existencias—. Podría plantearse, sin embargo, otra forma alegórica de observación de las vidas: la escalera. No vigiladas como desgaste, sino como actitud. La del que tiene por horizonte siempre un peldaño superior y procura tomar distancia no con propósito displicente sino con propósito abarcador. O la de quien, por contra, prefiere hurgar el final subterráneo de los escalones y se enloda no por remango altruista sino por querencia al refocile. Volviendo a las figuras literarias, pueden, entonces, darse las paradojas de que haya quien esté llegando al delta de la vida y siga empeñado en alcanzar lo más alto de la escalera; pero también la terrible lástima de quien transitando por el curso rápido de su propio río descienda al tiempo con igual alegría hacia los peldaños más ínfimos.

Oigo a última hora de la noche las declaraciones de una política poseída por la verdad. Más madera. En la estación esperan las urnas. Se trocean con saña, en astillas, los rellanos más altos de la escalera. La caldera hierve. Se pierde altura. Me asomo luego al balcón a que me dé al aire. La noche viene cálida y calma. Al otro lado de la calle una muchacha se afana bajo la luz de una lamparilla en lo que parece una lectura de folios sueltos sobre los que toma notas. Un estudio que la obliga a levantarse de vez en cuando a consultar libros que extrae de una pequeña biblioteca dispuesta a sus espaldas. Al cabo de un rato, se asoma también a la ventana. Mira por entre los aleros. El cielo parece despejado.

jueves, marzo 24, 2011

Perigeo

El sábado la luna era tan grande que se le veían hasta los años en el rostro. Se nos había hecho de noche en carretera. Y justo nos la encontramos sobre el viejo puente del tren que mira desde lo alto hacia la playa de Artedo. Descarrilada sobre la vía estrecha, como si se tratase de una atracción de feria en un viaje de circo de pueblo. Ese día las mareas se arrastraron primero perezosas pero interminables sobre los muelles; después, desdeñosas y lejanas como si corrieran detrás del horizonte. Cosas del influjo y del capricho de la luna. Había sido un día espléndido. El tojo florecía a lo largo de todo el cauce del río. La estación en ciernes salpicaba de amarillos el lomo perezoso de la sierpe. Decía Jaime Sabines que unas gotas de luna en los ojos de los ancianos ayudan a bien morir. Esa borrachera de luna grande le puso al sábado primaveral un cierre de exceso, una alegría en desmesura, una muerte redonda. Hacía muchos años que el satélite no se acercaba hasta la antojana de nuestras casas y hacía todo un invierno que el sol no brotaba desde el suelo.

miércoles, marzo 23, 2011

My Love

Mi amor camina como un soldado.
Mi amor abraza como una chica.
La voz de mi amor está rota.
Las manos de mi amor son suaves y fuertes.

jueves, marzo 17, 2011

Sea of love

Es una película a la que con los años quizás se le haya ido poniendo un tono como de betún de judea (aquel potingue de los trabajos manuales de nuestra infancia que le daba a las arrugas de las cosas un aire de antigüedad noble pero espuria). Pero es una película que vuelvo a ver siempre que puedo porque, pese a su ambientación ochentera tan poco intemporal, se me ha ido convirtiendo en todo un clásico. La historia no es un dechado de originalidad ni su dirección demasiado sutil, pero todo lo puede un trío de actores espléndidos que tejen juntos una crónica urbana de tintes negros, de pasiones y amistad que hace de Melodía de seducción un film inolvidable. Son Al Pacino, Ellen Barkin y John Goodman. El primero dando vida a un policía de vida haraposa y querencias alcohólicas. La segunda elevando justo hasta lo inflamable la temperatura del negativo. Y el tercero poniendo como secundario de lujo ese contrapunto de humor y bonhomía que tan bien engrasa cualquier thriller. Cuando se rodó, venía Al Pacino de una temporada de teatro y de excesos. Quizás por eso dé también ese perfil perdedor y desorientado del que no se desprende en ningún momento el protagonista, Frank Keller. Nada mejor para volverse un actor de esos que se llaman de carácter que una inmersión en los escenarios interpretando a tipos de cuya vida turbia hay que empaparse a lo stalisnasvski. Pero para que este modelo de personajes, que son el rostro mismo de la derrota, no se conviertan en una caricatura, en trapos humanos que se bambolean sobre el taburete de un bar de mala muerte mientras pronuncian frases pretendidamente profundas, conviene que se adornen con precisas dosis de humor y que incluso se rían de su propia estampa en los espejos. Por eso, una de las escenas más memorables de la película es cuando Al Pacino, mirándose los pies como se mira una extravagancia, le muestra a la Barkin unos mocasines caros y llamativos que ella le había regalado y que son absolutamente impropios de un detective borrachín y de apariencia más bien adánica: ¡Mira, si hasta llevo tus mocasines puestos! —le dice en una de las más hermosas declaraciones de amor cinematográficas que uno recuerde—. Y es perfectamente comprensible que se declare como pueda a una mujer como la Hellen de Melodía de seducción. Una femme fatale que resulta serlo finalmente sólo en la imaginación de Keller, pero también, y por el mismo desarrollo de la trama, en la de quienes al otro lado de la pantalla confundimos gozosos su misterio y su tórrido celo con las maneras fatales de una Dietrich de Sternberg. En el pasillo de un supermercado de barrio, la breve escena en que la mano de Pacino se desliza sólo unos centímetros por encima de la rodilla de una Barkin que acude a la cita vestida nada más que con una gabardina negra y unos zapatos de tacón, resulta mucho más candente que todo un maratón de gimnasia pornográfica. Sí, tal vez Melodía de seducción no sea una obra maestra, quizás incluso no sea ni tan siquiera una gran película a juicio de quienes fijan cánones en el mundillo del cine, pero confieso que cada vez que Tom Waits interpreta su inigualable versión de Sea of love (título original del film) sobre los créditos que cierran la proyección, a uno le invade eso de lo que Borges habló en un poema escandinavo y que tanto tiene que ver con la dicha amenazada de los instantes: la nostalgia del presente.

lunes, marzo 14, 2011

Canciones

Ya sé que son sólo canciones. Viejas canciones con las que se conjura muy de vez en cuando el olvido. Pero qué seríamos sin ellas. Sin su memoria. Sin ese sustrato de rimas que nos hiberna por dentro esperando el calor de las copas y el tabaco compartidos.

La noche engendra música. A su imán
acuden las canciones memoriosas, el piano
desafinado, la guitarra ya casi polvo, el violín
comido por los años, las maracas que suenan
como los huesos.
José Emilio Pacheco
Quien no recuerda las canciones de su vida, quien no las entona en los instantes exaltados de amistad y alegría, es como si hubiera perdido para siempre cualquier rastro de los cuentos de su infancia. Porque cuando los años nos van cambiando, volviéndonos en apariencia más sabios, pero irremediablemente más distantes, las canciones que no se nos borran del alma, hablan de lo mejor que fuimos, de lo que aún podríamos volver a ser con sólo rascar la desencantada cal del tiempo.

La sangre tiene razones
que hacen engordar las venas.
Pena sobre pena y pena
hacen que uno pegue el grito.
La arena es un puñadito...
Pero hay montañas de arena.
Atahualpa Yupanqui

viernes, febrero 25, 2011

Los comentarios

Aquí se deshabilitaron hace tiempo. La cortés respuesta a que obligaban suponía un esfuerzo continuado para el que no siempre se está con ánimo o tiempo suficientes. Por otro lado, tampoco este blog pretendió nunca generar corrillos dicharacheros, por más que en esporádicas ocasiones pudiese parecerlo. Se tiende aquí a la entradilla literaria, género que no da pie al desahogo habitual de los comentaristas, que prefieren cebarse sobremanera con lo político. No hay mejor comprobación de lo apuntado que acudir a las páginas digitales de un periódico y reparar en qué se concentra el interés del lector que recurre a la interpelación. No suele apuntar, se lo aseguro, a los artículos de las páginas culturales —salvo que en ellos se alimente alguna polémica como la protagonizada recientemente por Cercas y Espada, que habiendo derivado hacia lo prostibulario, a causa del dudoso gusto con que afrontó su réplica el segundo, adquirió una repercusión algo insólita—. Pero es que además, la mayoría de los comentaristas de los diarios forman parte de eso que podría considerarse “ejército de las tinieblas”: tropa oscura (anónima) y de colmillo retorcido. Por lo que esta práctica, como en toda en la que se relega a los discretos —la vida misma—, tiene consecuencias perversas: le toma el pulso a la opinión pública justo por donde más acelerado anda su ritmo cardiaco. Siendo así que si tan torpemente se indagan las constantes vitales, es más que probable que se yerre en el diagnóstico. En La literatura nazi en América, cuenta Bolaño a propósito de Mateo Aguirre Bengoechea que odiaba éste “a Alfonso Reyes con tesón digno de más noble empeño”. Qué magnífica aplicación se le daría al primer principio de la termodinámica si esa energía oscura de la mayoría de los comentaristas se transformara en una fuerza constructiva, si ese tesón perverso se volcara en más noble empeño. Y cuánto mejor nos iría si se le diera la importancia debida a cada cosa, siendo así que la bulla nos ocupara el exacto trabajo que le lleva al dedo corazón pulsar por el tiempo preciso la tecla delete.