Olía a jazmín la entrada a la casa de nuestra amiga. Atardecía en Somao y en sus cúpulas indianas se reavivaban las ascuas. El río empezaba a ser oscuro. Era fácil imaginarse cómo habría podido ser la tarde en el jardín. Leyendo a la sombra, con los pies descalzos sobre el césped, un libro en el regazo y el tiempo suficiente como para levantar la vista cada vez que la luz cambiante del cielo, las aves ocasionales o la masticación lenta de lo leído pidieran una tregua.
sábado, julio 23, 2016
Olía a jazmín...
viernes, julio 22, 2016
Jardines
Hoy has sabido de ébanos tan sólidos que si se arrojan a las corrientes se hunden hasta el fondo. También te han hablado de secuoyas a las que el fuego es incapaz de hincarle sus llamas y sobre cuyo lomo blando has puesto la caricia de tus manos, de bambúes tan resistentes como el acero, con los que pueden construirse puentes, andamios y hasta edificios de varios pisos. De hojas que son como el terciopelo, de arbustos que al tacto se vuelven humo y de plantas sobre las que el agua parece mercurio. Hemos paseado largo y sin prisa por estos jardines que plantó el capricho de un hacendado al borde del mar. Una vasta extensión de naturalezas traídas de todos los continentes. Con savia reciente o sangre tan vieja como la de un algarrobo valenciano de más de mil años, un castaño de Naraval con seis siglos de corteza o un olivo toledano que fue testigo de la expulsión de los judíos. Con bellas ruinas salpicando de piedra y forja la fronda: columnas dacias del siglo I traídas de Rumanía, bronces dickensianos, fantásticas acróteras, relojes de sol, escudos de nobles rurales, faunos, vírgenes, fuentes y campanarios rescatados de la incuria. Hemos recorrido umbrías trochas que llevan el nombre de su linde: palmitos, abedules, rododendros. Estaban en nuestra visita florecidas las miles y miles de hortensias. Volveremos cuando exploten las camelias y las azaleas.
Rendidos por la caminata, nos tendemos sobre la arena fina y oscura de Frexulfe. La tarde está bochornosa. De vez en cuando ensaya una llovizna que no cuaja en nada. Hay un silencio apabullante de olas. A lo lejos, sobre la acuarela imprecisa, el faro de Ortigueira luce como un acrílico blanco.
miércoles, julio 20, 2016
Impajaritable, de Julio Obeso
Impajaritable, de Julio Obeso (Ediciones Leteo, León)
Da la sensación de que esos seis pajaritos de la portada del libro de Julio Obeso —él y sus hermanos— romperán, impajaritablemente y Parra mediante, la malla del gallinero que los retiene para echar a volar de un momento a otro, regalándole al mundo la alegría de las travesuras infantiles, pastoreando vacas redondas, dejándose hipnotizar por las peceras y creciendo, como todos lo hemos hecho, entre lo roto y lo perpetuo.
La poesía de Julio Obeso podría explicarse con sus propios versos, los que hablan de una urraca que llevó al nido un ángel en el pico. Sus polluelos no sabían qué hacer con él. ¿Podría comerse? No. ¿Y, de ser así, para qué serviría aquella criatura? El poema se cierra entonces con un verso certero y luminoso que explica el propósito final de la presa: “brilla”.
Así pues, no esperen los lectores más alimento de estas páginas —y no será poco— que el propio de una literatura que teniendo por referentes a verdaderos outsiders (Leopoldo María Panero, Edgar Allan Poe, Virgilio Piñera, Jesús Lizano, Vallejo o, la más próxima en el tiempo, Damaris Calderón), procura alentar vuelos más que fijar certezas; contagiando libertad a través de un lenguaje carente de ataduras, que sin perder nunca de vista su propósito último —la intención que lo alentó—, no se subordina, sin embargo, a él, optando en su curso por el meandro, por el juego y el humor, por la contundencia del minimalismo con que se urde. Un lenguaje que brilla en los ojos del lector como el ángel en el nido de la urraca.
la verdad,casi todo está por hacer.mira los ríos por rematar,los hombres a medio cocer.mira la tierra,pide una segunda mano a gritos,sin mencionar las bestiasagotadas antes de tiempo.¿el trabajo?pan va, jamón viene,siempre con un ojoen las piernas de las angelitas.despidamos la subcontrata,hay que ponerse manos a la obra.
Julio Obeso (Impajaritable)
lunes, julio 18, 2016
A veces no es suficiente...
A veces no es suficiente la sombra, y nada puede contra el ahogo que los días espesos nos ciernen en torno al cuello tal y como cuentas de sierpes tórridas. Qué igual es ese garrote vil a cualquier miedo sin respuesta; nos tronza la garganta con un crujido de tallo agostado. Por eso la esperanza necesita siempre de corrientes: del curso libre e impetuoso del agua o del aire aliviando toda sed y cualquier espanto.
domingo, julio 17, 2016
Llega de cerca el rumor...
Llega de cerca el rumor de una piscina. Chapoteos y
gritos de niños que disfrutan del frescor del agua en este día caluroso. No hay
nubes. O casi no hay nubes. Forzando la mirada descubro unas volutas como de
humo de cigarrillo sobre el perfil de la colina que se levanta frente a
nosotos. Registro su presencia en este diario, levanto de nuevo la mirada y
casi ya se ha esfumado del todo ese algodón ralo. Habrá dejado quizás sobre la
copa del arbolado un rastro de ceniza nívea. Más hacia el este se mantiene en
lo alto, inmóvil, un parapente. Es un vuelo perezoso, como si el calor
espesara el aire y las alas de cualquier pájaro, incluso las de esta ave
espúria, se batieran con lentitud impuesta. El sol clemente apacigua los
temores y nos anima a pequeños gestos de valentía. Como a creer que nada malo
puede suceder bajo una luz como ésta.
sábado, julio 16, 2016
Estoy leyendo...
Estoy leyendo bajo la sombra de un manzano pequeño, añoso
y retorcido. Tiene el tronco escamado y aun así está cargado de frutos todavía
pequeños, muy verdes y que de tan tensos parece como si fuera a salírseles el
corazón al aire. Guardo silencio y permanezco casi quieto. Quizás por ello
sigue su curso la oculta vida de la sebe próxima. Helechos, moreras, laurel y
avellanos. En ese fondo oigo sin ver a los pájaros que habitan el secreto de la
fronda mientras las hormigas trepan por la hoja sobre la que estoy
escribiendo estas líneas. Por encima de mi cabeza, sobrevuela al contraluz el
negro perfil de una golondrina. El cielo está limpio pero tiene un azul
desvaído, como muy lavado. Sopla una brisa que mantiene fría la sombra y mueve las ramas de este árbol que me cobija,
asperjándome con haces repentinos de una luz que zigzaguea las hojas del
manzano y me llega como a golpes de cerilla hasta la piel.
viernes, julio 15, 2016
En la sombra...
En la sombra sopla una brisa fresca. Tengo el libro
abierto sobre el prado. Sujeto las esquinas de sus páginas con los pies
desnudos. Hay unas briznas de hierba asomándose a lo escrito. Es una composición
imprevista pero casi medida. El verde pespunte deja una nota de color en los
márgenes, pero sin ocultar ni una palabra, respetuosamente. Como una pincelada
sabia. El sol está subido sobre una luz vertical, afilada. Casi feudal. El estío
es este sometimiento consentido al esplendor. Por más que se busque el alivio
de lo umbrío, finalmente la mirada se deja convencer por todo lo que refulge,
casi inauguralmente, sobre la faz alegre de la tierra.
miércoles, julio 13, 2016
El Bestiario en la Semana Negra
La sensación era, por qué no admitirlo, rara.
Micrófono en mano. Bajo una carpa. Oyendo permanentemente un inmisericorde
ruido de conversaciones y carruseles. Oliendo el ambiente a fritanga. Y con la
grima todavía instalada en la yema de los dedos después de pasarme por alguna
de las librerías del certamen y comprobar que sobre las solapas de los libros
se posa una pátina de polvo de astillero. Así es la Semana Negra. Y así la
vivió uno por primera vez presentando El Bestiario, esa recopilación de
artículos, lúcidos e indignados, que Juan Garay fue escribiendo en la revista
Ágora desde 1998 a 2014. Hubo muchos amigos. Y hasta nos visitó Vicente Álvarez
Areces, al lado de quien, por un momento, se sentó un tipo ebrio que bien
creímos terminaría por amenizarnos inconvenientemente el evento. Pero Tini es político bregado en mil batallas,
le dio la mano al borrachín y fue como administrarle en vena una cafetera bien
cargada: se despertó por un momento del sopor etílico, miró a su alrededor, reparó en que allí no había barra
y emprendió entonces una discreta retirada. Luego se pregunta la gente para qué sirve el
Senado. Arlé, la presi de Gesto, abrió a presentación. Contó las batallas de la sociedad cultural y
me echó al final algunas flores. Yo me acerqué el micrófono a la epiglotis, como
los malos cantantes y leí lo que llevaba preparado en la convicción de que
nadie estaba oyendo nada en medio del rumor circundante. Ya cuando llegaba a
los párrafos finales de lo escrito, sentí que a mis espaldas un responsable de
la organización me murmuraba que me quedaban tres minutos. Algo así como cuando
me casé, que fue por lo civil, con un juez y una secretaria poco duchos y me
temo que también poco partidarios de tales ceremonias, a las que se llamaba por número, como en el seguro y con un tiempo tasado para el trámite:
una lectura legal, unas preguntas sobre la voluntad del compromiso y un “andando,
que es gerundio”, que esto ya está hecho y le toca a los siguientes. Así que Arlé recogió el
tenderete, vendió algunos libros y salimos al pegajoso polvo de las calles del
recinto. El pulpo mecánico mareaba como podía a los viajeros. Los criollos
esperaban por el chumichurri. Y Rafa Gutiérrez Testón pasaba el plumero a sus
libros.
lunes, julio 04, 2016
George Steiner en Babelia
George Steiner en Babelia:
Estoy asqueado por la educación escolar de hoy, que es una fábrica de incultos y que no respeta la memoria. Y que no hace nada para que los niños aprendan las cosas de memoria. El poema que vive en nosotros vive con nosotros, cambia como nosotros, y tiene que ver con una función mucho más profunda que la del cerebro. Representa la sensibilidad, la personalidad.
Hay algo que me preocupa: los jóvenes ya no tienen tiempo… de tener tiempo. Nunca la aceleración casi mecánica de las rutinas vitales ha sido tan fuerte como hoy. Y hay que tener tiempo para buscar tiempo. Y otra cosa: no hay que tener miedo al silencio. El miedo de los niños al silencio me da miedo. Solo el silencio nos enseña a encontrar en nosotros lo esencial.
Muchos dicen que las utopías son idioteces. Pero en todo caso serán idioteces vitales. Un profesor que no deja a sus alumnos pensar en utopías y equivocarse es un muy mal profesor.
Hay una enorme abdicación de la política. La política pierde terreno en todo el mundo, la gente ya no cree en ella y eso es muy muy peligroso. Aristóteles nos dice: “Si no quieres estar en política, en el ágora pública, y prefieres quedarte en tu vida privada, luego no te quejes si los bandidos te gobiernan”.
Hice poesía, pero me di cuenta que lo que estaba haciendo eran versos, y el verso es el mayor enemigo de la poesía. Y he dicho también –y algunos no me lo han perdonado nunca- que el más grande de los críticos es minúsculo comparado con cualquier creador. Así que hablemos claro y no nos hagamos ilusiones. Yo soy tan solo un cartero, soy Il Postino. Y estoy muy orgulloso de eso, de haber llevado el correo bien a tantos y tantos alumnos.
Un judío es un hombre que, cuando lee un libro, lo hace con un lápiz en la mano porque está seguro de que puede escribir otro mejor.
En todos los lugares y situaciones hay cosas que aprender. Ningún lugar es aburrido si me dan una mesa, buen café y unos libros. Eso es una patria.
viernes, julio 01, 2016
Stephane Furber & Johnny Gafapasta
Ayer disfrutamos de una velada deliciosa. Uno tuvo el
privilegio de participar en Baresías, iniciativa promovida por Ana Lamela en la que se aúna
música y poesía una vez al mes en El bello verano (rincón de esos que hacen más habitables las ciudades y más felices a la gente). Fueron muchos los amigos que
nos acompañaron. Que quisieron escuchar a Stephane Furber y a los Johnny
Gafapasta. Al primero le prestó uno su voz; los Gafapastas, por su parte, ofrecieron un acústico en el que sonaron la mar de bien.
A toda heteronimia le precede siempre un
condicional. Por eso se ha titulado el cuadernillo que ayer se presentó en público Si yo
fuera Stephane Furber. La poesía desvela intimidad; los diarios
cauterizan la vida; la novela levanta mundos desde el sueño o las obsesiones.
La suplantación planteada en los versos de Furber traza un puente entre la
autobiografía poética y la invención narrativa. Un juego que me traslada no
sólo al corazón de otro hombre, sino que me enseña a pulsar los acordes de una
guitarra, a beber sin desmayo, a amar a una mujer inalcanzable, a criar al hijo
de otro y a patear un lugar que nunca pisaron mis pies pero del que puedo dar
tantas pistas como cualquiera que hubiese nacido allí.
Todo escritor finge, incluso cuando dice la verdad.
En Furber, además, el fingimiento da un paso más allá y ensaya un estilo
impropio, pues nunca escribió uno así y quizás nunca lo haga de nuevo, pero
mientras fui la mano agradecida de ese hombre, procuré, os lo juro, no defraudarlo.
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| Fotos de Arlé Corte |
Gracias a los que estuvisteis allí, gracias a Ana
Lamela Daphne
y gracias a los Johnny Gafapasta.
lunes, junio 27, 2016
Algunas conclusiones
Esto que sigue fue lo que escribió ayer Miguel Barrero en facebook, casi a vuela pluma, y una vez conocidos los resultados de la jornada electoral. Aunque se trate de un texto dictado por las sensaciones del momento, sin el filtro, por tanto, y el margen de mejora que le pone a todo una más pausada reflexión, posee un lucidez suficiente como para recomendar vivamente su lectura.
ALGUNAS CONCLUSIONES, por Miguel Barrero
1. El PP ha ganado las elecciones, no con mayoría suficiente, pero sí con holgura. Más allá de caer en el tópico grotesco de que en España hay una amplia mayoría de gilipollas, cabría preguntarse por las razones profundas de que un partido hundido hasta las rodillas en no pocas ciénagas de corrupción no sólo mantenga, sino que incremente sus apoyos electorales. Se equivocan quienes piensan que en España hay una mayoría sociológica de izquierdas. España, aun en las muy malas, tiende al centro. Y el centro se caracteriza porque casi nunca sale a lucir palmito en las encuestas.
2. El PSOE salva su segunda bola de partido consecutiva y demuestra una fortaleza casi inverosímil. No es el PASOK —eso ya lo sabíamos—, pero tampoco el viejo chocho que dibujaban sus contrincantes. Es un partido sólido, con una historia en la que pesan más los aciertos que los fallos y una organización seria, acostumbrada a bregar en las duras y en las maduras. Eso no debe ser motivo para eludir que el PSOE necesita una refundación en condiciones, propiciando que quienes deban replegarse se vayan a un segundo [o tercer plano] y que quienes deben dar un paso al frente se atrevan a darlo, sin miedos ni complejos.
3. Es posible que Podemos haya alcanzado su techo electoral, al menos si el partido no acierta a renovar con solvencia sus criterios y sus tácticas. No fue buena idea la absorción de Izquierda Unida —tengo serias dudas de que lo sean las famosas confluencias— y las consecuencias no son benévolas ni para unos ni para otros. Quizás las fuerzas políticas neonatas, en vez de lanzarse a usurpar porque sí un espacio que ocupan otros, deban centrarse en articular un discurso que fundamente con seriedad su propia razón de ser para, una vez analizado y asumido, plantearse [o no] metas mayores.
4. El éxito de Ciudadanos depende del fracaso del PP [y viceversa, en menor medida], porque el centro-derecha suele perseverar en su fidelidad, sobre todo si se invoca el fantasma del voto útil. Si el PP logra afianzar su argumentario, Albert Rivera y sus muchachos y muchachas tienen bien poco donde rascar.
En relación:
5. La demoscopia es una escopeta de feria.
6. Al final Sor Paso decidió quedarse en el convento.
7. Creo que [una buena] parte de la profesión periodística debería preguntarse si el oficio consiste en contar lo que pasa o lo que puede pasar en vez de lo que nos gustaría que pasase, o que pudiese pasar.
8. Tras el 20D se consideraba que un gobierno PSOE-Podemos-C's era una aberración y una traición a la ciudadanía. Teniendo en cuenta que ahora se incrementan las posibilidades de un Ejecutivo PP-C's, estaría bien que alguien reconociese que aquella primera opción era infinitamente mejor que ésta que se nos viene encima.
9. La abstención ha sido monstruosa, y es un dato que no debe orillarse a la hora de evaluar los resultados. Si se supone que los nuevos partidos pretendían que la gente se volviera a ilusionar con la política, el fracaso en ese sentido ha sido monumental. Algo falla cuando una buena parte de la ciudadanía decide darse mus en vez de participar.
Y, a modo de broche final.
10. ¿Y ahora qué?
martes, junio 21, 2016
lunes, junio 20, 2016
Ribapol
Conviene
darle reposo al desvelo
volviendo
a los lugares donde alguna vez
gobernaste
firme las mareas de tus días.
Y
alcanzar en ellos de nuevo
la
memoria de un pequeño dios dichoso
que le
dio la espalda,
mientras
tuvo fuerzas,
a cualquier amparo de los muelles.
JCD
JCD
lunes, junio 06, 2016
Esteiro
Leer hasta en la soledad de una playa abandonada de
mar por unas horas, frente al angosto estuario que custodian los acantilados de
pizarra. Leer sin reparar siquiera que a los pies hay un pecio de marea que
enreda algas y nubes. Leer con el sosiego suficiente como para señalar
las palabras maestras sobre las que un libro se levanta. Leer en un país
extranjero, en una costa lejana, a orillas de un arenal vacío; un arenal que otra vez, como siempre tras cada bajamar, parece tan virgen como un planeta sin dueño. Leer para levantar luego la vista de las páginas leídas y ver mucho más de lo que la mirada alcanza. Leer cuando la edad enseña
que el provecho de los años restantes depende de pequeñas dichas como ésta: un
alto en el camino, un paisaje que lo merece, un libro que acompaña y el olvido de cualquier otra obligación que
no sea el instante.
lunes, mayo 30, 2016
Si yo fuera Stephane Furber
A toda heteronimia la precede siempre un condicional. Este librillo es una pequeña edición, no venal, para coleccionistas, con las canciones sin música de Stephane Furber. En sus páginas se ha procurado una rigurosa suplantación. Su prólogo dice así:
¿QUIÉN FUE STEPHANE FURBER?
Tal vez fue el hombre de la fotografía. Un tipo que mira con desconfianza bajo el ala de un sombrero Stetson, que se apoya con desgana en un poste de la luz, que guarda las manos en los bolsillos y en una maleta ya sin uso su propia historia contada a retazos en algo parecido a versos o letras de canciones. Un antiguo músico que conoció el éxito y bebió demasiado durante demasiados años. Que cuando el alcohol le quebró definitivamente la voz, se bajó sin pena de los escenarios y se acodó sin prisa en el mostrador de las tabernas. Que estuvo a punto de morir abrasado en un motel en el que, después de una borrachera más, se quedó dormido con un cigarrillo entre los dedos. Que encontró algo así como una segunda vida cerca de Waxahachie, Texas, al lado de una joven viuda, Daphne, y de su hijo de pocos años, Jimmy. Que tardó mucho en volver a tocar la guitarra y nunca más lo hizo en público. Que tenía cicatrices y guardaba a menudo silencios muy largos. Que se ganó finalmente la vida vendiendo piensos en un almacén.
Cuando Stephane Furber murió, Jimmy, que lo quiso como a un padre, encontró entre sus cosas unos cuantos papeles manuscritos. Los publicó y alguien recordó entonces los viejos discos de Furber. Sonaron de nuevo por algún tiempo en la radio, pero no mucho.
Ese fue, o al menos ese podría haber sido, Stephane Furber.
JCD
miércoles, mayo 18, 2016
Novillos en Días lectivos
Echó uno
cuentas y miró el reloj sabiendo que a esa hora debía estar en Oviedo, en la
librería Cervantes, acompañando a Ángel en la presentación de su poemario, pero
hice finalmente novillos a esos Días lectivos suyos. No por falta de
aplicación, que los deberes se habían entregado a tiempo, sino para evitar las
emociones de esa intemperie que en los actos públicos suele cebarse con los espíritus
menos abrigados. Me dicen que todo salió bien, que el maestro recitó y cantó, y
que tuvo consigo a los amigos. Qué más se puede pedir, salvo que quien escribió la introducción que ahora les adjunto —y que algún samaritano tuvo a bien leer— no fuese tan blando y cumpliese sus
compromisos.
Ha dejado
escrito Cristina Peri Rossi que “El
erotismo es a la sexualidad lo que la gastronomía al hambre: el triunfo de la
cultura sobre el instinto, entendiendo por cultura el largo, diverso y complejo
proceso que ha elaborado la criatura humana, desde sus comienzos para dominar, transformar y guiar el instinto primitivo”. Bien nos viene esta cita para introducir el libro que hoy nos ha
convocado aquí, Días lectivos, de mi buen amigo Ángel Francisco Casado, porque
no de otro modo se trata el instinto erótico en este poemario, sino a través de
un encauzamiento culto: una prolongada alegoría que sitúa en planos paralelos
una seducción y un curso escolar, el progresivo conocimiento de la materia
(carne o asignatura) en el espacio temporal y físico de un curso escolar.
Días lectivos obtuvo el XXIX Premio Cálamo de Poesía Erótica. Un galardón
que se ha mantenido fiel a esta especial temática durante treinta años y que a
uno, que ha estado desde el principio entre los impulsores de esta iniciativa,
le ha puesto a lo largo de tan dilatado período de tiempo ante cientos de
poemarios que abordaban de maneras muy diversas el erotismo. Por eso, siempre
me he planteado qué debía considerarse como tal. Y aunque no debe hacerse dogma
sobre este asunto, supongo que como sobre casi nada, sí que, al menos, como en
lo importante, debe poder tenerse un criterio propio argumentado.
No creo que estuviese descaminado George Bataille en Las lágrimas de Eros
cuando afirmaba que la motivación de las obras de arte rupestre tenía su origen
en el descubrimiento por sus autores de la muerte, de la conciencia de que eran
mortales. Esta revelación puso la distancia definitiva entre el hombre y la
animalidad. Conocer que la vida tiene fin llevó al deseo de conservarla combatiendo
la muerte. Una de las formas de hacerlo no fue, no es, otra que el arte en sus múltiples
manifestaciones. Y según Bataille también lo es el erotismo, por ser una pulsión
inversa a la muerte, que no busca el fin sino la prolongación del deseo, que no
busca el sexo como una satisfacción inmediata, sino como una acción aplazable,
en la que incluso se puede educar al gusto más por la aspiración que por el
logro. Por eso Bataille advierte que “la actividad sexual de los hombres sólo
puede definirse como erótica cuando no es rudimentaria, cuando no es
simplemente animal.”
Entre esos
muchos versos que uno ha leído a lo largo de todos estos años, que se
pretendían en todos los casos “eróticos”, siempre he defendido, en la medida de
mis posibilidades, aquellos libros que tenían que ver con ese tratamiento
digamos “cortés” del asunto. Entendiendo por tal el esfuerzo del autor por
convertir el propio deseo en materia central. En consonancia con esa perspectiva del erotismo y de su plasmación
literaria, he preferido antes que el relato de una satisfacción cumplida, la
persecución sin prisas de la misma. Valorando al tiempo, como en cualquier otra
obra literaria, sea cual sea su inspiración, el adecuado cuidado de las formas,
su elaboración argumental, los matices que la singularizan, la tradición de la
que parte para continuarla o quebrarla y, en fin, el oficio de quien escribe,
pues suele resultar como mínimo chocante, la originalidad adánica.
Ese oficio y
esas cualidades se aprecian bien en Ángel Francisco Casado y en sus Días
lectivos. Además, su manera de tratar el específico tema que le llevó
al Premio Cálamo está muy en sintonía con esa descripción —ya digo personal,
pero al menos argumentada— que uno le ha dado al erotismo, pues se trata de un
poemario que relata con voz sabia la pautada seducción de unos amantes, de cuyo
deseo se nos ofrecen diversas y ricas perspectivas, al recurrir el poeta al
pulso métrico, el eufemismo retórico, el humor sutil y la dilatada alegoría de
una escuela en la que se alcanza, finalmente, el ansiado conocimiento.
Estamos ante treinta y tres poemas en los que el autor adopta una voz femenina para
hacernos partícipes de cierta relación amorosa que avanza desde la pregunta
inicial, retórica, planteada en los primeros versos: “¿Te imaginas
exprimiendo mis frutos / entre oraciones yuxtapuestas, / tú y yo copulativos?”;
hasta el momento final en que los cuerpos alcanzan, a la “amanerada
forma, a lo escolar”, un progreso adecuado en el conocimiento de pieles y
deseos. Todo ello discurriendo en el período comprendido por un curso escolar,
en sus días lectivos. Y forjado a la vez que el transcurso de las estaciones,
imbricándose éstas en el propio discurrir académico, al modo en que se avanza
en los estudios a través de las etapas fijadas por el otoño (Es el otoño / ese tiempo maduro e
incipiente, que estoy viendo a través de la ventana.), el invierno (Marchan en procesión nuestros despojos /
hacia otro ritual de terco invierno.), la primavera (Primavera florece. / Florezco yo también como una rama: / mis cabellos
sedientos de tus dedos..) y el punto final que pone el verano (Este verano / construiré en arena mi
castillo / para verme borrada por tus olas, / poseída.). Ese decorado
urdido con estaciones y asignaturas no sólo se vislumbra en los versos
aludidos, sino que incluso se refleja en los propios títulos de los
poemas: Primeras lluvias, Hojas que caen, Primavera o Arquitectura
de verano, por un lado; y Geografía, Lección, Estudio, Dibujo, Genética o Química,
por otro. Pero no sólo se extiende esta alegoría por las páginas del poemario,
hay también un uso metafórico recurrente de la guerra y la muerte, que
transforma en bélicos los lances del amor y en “petite morte” su
consumación. Ese empleo se aprecia palmariamente en el poema titulado Guerra
Civil:
Tristemente feliz quedas entonces,
y abatido, tal vez.
Yo, no; yo seguiría planteándote batalla,
procurando de nuevo
desenvainar tu espada.
Soy guerrera.
Una guerra civil civilizada, hermano,
pondría en nuestra historia, ¿te imaginas?
Una guerra de conciliación,
una guerra de amor:
luchando cuerpo a cuerpo,
sedientos de más vida.
Como puede advertirse, se trata de una lección de historia felizmente
revisada a la luz de la ética amorosa.
El autor finge a lo largo de toda la obra una perspectiva femenina, en una
indagación que, creo, trata de avanzar un poco más allá en la disección del
erotismo: no sólo debe ser un proceso de seducción, sino que para que ésta se
consume en una perfecta fusión, debe procurar la empatía del deseo: saber qué,
cómo y cuándo desea el otro.
En lo que no hay, sin embargo, fingimiento es la fidelidad de Ángel
Francisco a su condición docente. El poeta ha sido profesor durante muchos
años, lo que le dota de la experiencia precisa para abordar esta obra en un
ámbito, con un léxico y en unos tiempos propios de la práctica escolar.
Y si bien ese ha sido su oficio, su vocación siempre fue y es la musical, y
de ello también se nutre con acierto el ritmo, las medidas —clásicas, en
ocasiones, sobre todo en la intercalación de algunos bien abordados sonetos— y
hasta en el vocabulario de sus versos. En el propio papel pautado de una
partitura parece escribirse el siguiente poema, titulado, además, Música:
Música, tú; batuta que dirige
el primer movimiento entre mi boca,
los primeros compases que preludian
el total desarrollo de mi cuerpo.
Diriges lentamente —adagio ma non troppo—
los sonidos crecientes, los audaces
colores de mi almendro; melodías
mi espalda, audaz silencias
en mi nuca un pasaje delicado;
abres al viento scherzos de mis labios,
contra mi corazón percute el tuyo.
Hacia el final —tutti presto—, dentro,
eres yo misma y mueres porque muero,
y los violines de los cuerpos, con sordina,
en el último acorde.
Es, en fin, un placer volver a la escuela de la mano de estos Días
lectivos, apostarse en los rincones apartados donde se imparte el
aprendizaje alternativo de estos amantes que no dejan ni un instante de
estudiarse y que hasta invitan a participar a veces de su íntima experiencia —como
puede leerse en ese divertido y delicioso poema titulado Nueva buena, donde la buena nueva no es sino un alumna
nueva, y buena en el sentido más carnal, a la que se le da una bienvenida participativa—.
Apuntar sólo por último que las ilustraciones de Chelo Sanjurjo, de línea
clara, de trazo limpio, concilian bien con el decir de Ángel Francisco, siempre
transparente en la intención, comedido en las alusiones y diestro en la
escritura de unos versos que cuentan habiendo sido antes adecuadamente
contados, ahormados al ritmo narrativo pero poético de un hermoso y gozoso libro.
lunes, mayo 16, 2016
Presentación de Los sueños de las sombras, de Fernando Menéndez
El jueves 12 se había uno comprometido a presentar el último libro de Fernando Menénez, Los sueños de las sombras, pero, con gran dolor de corazón [sic], me fue imposible asistir a La Buena Letra, donde se celebraba la puesta de largo de la reciente obra. Esto que sigue era lo que se tenía preparado para la ocasión y que mi amigo Emilio Amor leyó con su habitual solvencia:
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| Foto de Lucía Vázquez para LNE |
Todos Vds. conocen bien, conocemos
bien, la obra de nuestro amigo, filósofo y poeta con una dilatada trayectoria
de publicaciones editoriales ampliamente difundidas y con otros muchos libros
manuscritos e ilustrados por él mismo que han tenido una vida más recogida, si
bien en ocasiones también han sido motivo de exposición como material no sólo
bibliográfico sino también artístico, que de ambas cualidades pueden presumir.
Licenciado en Filosofía Pura por la Universidad de Salamanca fue profesor y
actualmente está provechosamente jubilado.
Sus primeras publicaciones aparecieron
en revistas como Estafeta Literaria, Cuadernos Hispanoamericanos o Cuadernos del Norte (donde colaboró, por
ejemplo, con sus Apuntes sobre el
pensamiento de María Zambrano). Y sus libros, alguno colectivo como el Libro
del Bosque, o la mayoría de autoría propia, han ido viendo la luz con
una cadencia constante desde el año 1979, en que se editó Sinfonía interior, hasta
esta obra que hoy damos a conocer. Esa producción ha cultivado las dos
vertientes ya aludidas, la editorial y la artesanal.
En esta última faceta son admirables
sus códices. Con una caligrafía primorosa e incubados por esa vocación
amanuense que le lleva a escribir, ilustrar y copiar poemarios que se revelan
como pequeñas piezas de orfebre. En tiempos de computadoras, impresiones láser,
copisterías y muy asequibles encuadernaciones, Fernando Menéndez posee un
inusual temple monacal, una capacidad de retiro y laboriosidad paciente que le
permiten acometer esas empresas artesanales. He tenido la suerte de ver mis
versos alguna vez en uno de esos libros de tan reducida tirada, manuscritos uno
a uno, concebidos, ilustrados y hasta cosidos por el propio Fernando Menéndez,
y les aseguro que tal deferencia supone un dichoso privilegio. Son libros que
no persiguen el reconocimiento de los suplementos literarios ni tan siquiera un
hueco en los mostradores o escaparates de las librerías, sino que constituyen
el generoso placer de quien comparte con los más íntimos el fruto de su
dedicación a la palabra, por lo que ésta dice y por cómo puede, delicada y
elegantemente, decirse o escribirse.
Por otro lado, su vertiente editorial
está jalonada de publicaciones poéticas y aforísticas a través de las que se ha
labrado un merecido reconocimiento internacional en ese laborioso ejercicio de la
brevedad y la concreción que tiene por resultado los haikus, las breves composiciones
estróficas y, fundamentalmente, el aforismo.
En cuidadas tiradas se ha ido cuajando
la evolución literaria de este profesor de filosofía a quien tanto afecto han
profesado sus bachilleres (y doy fe de ello pues mi hijo tuvo la fortuna de ser
alumno suyo). En su obra poética no solo cuida la precisión de la palabra sino
que indaga a través de ella, teniendo en lo breve, como ya se ha apuntado, un
eficaz aliado par esa introspección. Precisamente con el aforismo ha emprendido
la aventura de sus últimos seis libros, todos ellos contenidos, intensos y
hermosos: Biblioteca interior, Dunas, Hilos sueltos, Tira
líneas, Salpicaduras (traducido éste al italiano en 2014, y por el que
obtuvo la Mención de Honor en el Premio Internacional «Torino in Sintesi» per
l´Aforisma) y Artificios.
El aforismo, ha explicado en alguna
ocasión Fernando Menéndez, habita en la frontera de lo literario y lo
filosófico. En ese terreno se mueven los suyos, que, además, persiguen siempre
la ligereza y la ambigüedad a través de una acentuada densidad conceptual, expresada
austeramente en la forma: de modo que se concilian así la riqueza y profundidad
del significado con la concisión del significante. No en vano ha dejado escrito
Fernando en alguna ocasión que “El adorno
es el suicidio del arte”. Además, y siguiendo a Bufalino, sus escritos
aspiran al tiempo a ser los de un censor implacable de los vicios del mundo que
nos ha tocado en suerte.
Y no otra, creo, es la inspiración que
alienta las declamaciones de ese coro trágico, aforístico, que mantiene el
pulso ético del libro hoy presentado. Los sueños de las sombras tiene una
ambiciosa estructura que combina la voz de cuatro clásicos griegos, Esquilo,
Sófocles, Eurípides y Píndaro, presentados, cada uno, a través de una composición
poética que resalta, con sobriedad quirúrgica y versos delicados, los rasgos
que los distinguieron en lo vital o lo creativo, y que los asocian, en cada
caso, a una estación del año.
Los poemas que encabezan la
rememoración de las figuras literarias aludidas son, siguiendo con la analogía
de lo helénico, como el tímpano de un templo, faro y advocación, y se levantan
sobre una columnata sólida constituida por las escogidas citas de esos autores
griegos, por los coros aforísticos —auténtica voz moral de la obra— y por
fragmentos extraídos de unos supuestos papiros que pertenecen a lugares —Gela,
Colona, Pela y Tebas— donde vivieron, crearon o murieron los cuatro escritores
citados, extractos en los que la naturaleza se convierte en la principal
protagonista.
Dice Carlos Vara en su esclarecedor
prólogo a Los sueños de las sombras que el más reciente libro de Fernando
Menéndez es un diálogo poético y dramático. Es
diálogo porque son varias las voces que acuden a sus páginas: tanto las de los
diversos registros del autor como las de los autores sobre los que se
constituyen las cuatros partes. Es poético, porque su sustancia expresiva es
básicamente poética. Y, por último, es dramático porque el autor ejerce como
corifeo, dirigiendo el desarrollo coral de una obra de inspiración trágica y
apuntando, a la vez, sus asuntos esenciales.
Y dice también que es un libro
necesario porque viaja al origen de lo que somos: “nietos de una herencia griega que la incompetencia y los intereses
privados nos arrebatan cada día”. Por eso se hace preciso echar la vista
hacia atrás y poner el presente en perspectiva. Y vernos en ese ámbito como el
sueño de una sombra, según decía Píndaro en el verso que cierra el libro
aludiendo a la naturaleza incierta del hombre. Ese hombre que según canta el
coro aforístico “avanza errando y
sospechando”, “transforma la vida en
una metáfora de la duda” y “siente el
agudo cansancio de lo incierto”.
El poeta evoca a los clásicos helenos,
deja luego que hablen con su propia voz, y al hilo de lo que dicen, el coro
interviene sentencioso, firme, querellándose con la dura realidad y la
desmemoria, mientras de fondo, la naturaleza graba poéticamente su ciclo
imperturbable, estacional, sobre los papiros.
Así se ha escrito Los sueños de las sombras,
aunque Fernando, con el que ahora les dejo, seguro que hará una lectura mucho
más personal, rica y precisa de su propia libro, en el que tanto y tan bien ha
trabajado.
miércoles, mayo 11, 2016
miércoles, mayo 04, 2016
Espacio Ninguno
Espacio Ninguno
«Entre la vida y la
muerte no ai espacio ninguno;
en un instante se
acaba lo que se vive en el mundo.
Año de MDCCLXIX".
Texto recogido por Miguel
de Unamuno en su visita a los Arribes del Duero, a la puerta de la entrada
del convento franciscano de La Verde.
Ese espacio ninguno
que advirtieron era la vida,
dejándolo así cincelado
a la entrada de su convento,
no bastó —qué razón tenían—
para que vieran hasta dónde la hiedra
se adueñaba de los muros,
cómo la lluvia doblegaba los tejados,
cómo los pájaros anidaban
hasta en el mismo refectorio
y las alimañas bebían del agua bendita
en las pilas arrumbadas.
No bastó cada una de las existencias
de todos los monjes que allí oraron
a lo largo de seis siglos.
No bastó siquiera la historia entera
de ese cristiano asentamiento
en el finis terrae
del río fronterizo
y bajo el augurio en sombra
de las aves rapaces.
Nunca basta una vida entera.
Termina siendo un espacio ninguno.
JCD
martes, mayo 03, 2016
lunes, mayo 02, 2016
Salmón dixit
"El fenómeno es longevo como la política. El control de la sociedad es piedra angular para el sostenimiento de toda forma de poder. Lo novedoso es su dimensión. La tecnología es la clave que articula dicha posibilidad. Desde que cada Propio vive conectado a una constelación comunicativa, se transforma en diana de los mecanismos de control del Sistema. Es el individuo quien, al integrarse en la retícula de las redes de información del cibercapitalismo, deviene objeto de escrutinio. Cada pensamiento que expresa, cada vínculo que favorece, cada deseo que manifiesta es absorbido, metabolizado y archivado por un inmenso tesauro policíaco. Ya no su código genético, sino su mundo privado, el del deseo y sus fantasmas, se convierte en rastro, cifra y síntoma. (..) Literalmente, el Sistema se convierte en Dios, pues accede al sueño último de las estrategias de dominio: la intimidad ya no de las alcobas, sino de las conciencias."
El Sistema, Ricardo Menéndez Salmón
miércoles, abril 27, 2016
Estreno en Gijón de La estancia vacía
Ayer tuvimos la suerte de
asistir al estreno en Gijón de una película que, aunque rodada en 2006, no
había sido todavía, incomprensiblemente, proyectada en nuestra ciudad. Se trata
de La
estancia vacía, codirigida por Iván Fernández y Miguel Barrero.
Documental que indaga sobre los últimos meses de la vida de Michi Panero, que,
enfermo, solo y sin apenas recursos económicos, se refugió en Astorga desde
finales de 2002 hasta su muerte en marzo
de 2004, quizás en un intento de cerrar aquel círculo maldito que se había
abierto con El desencanto, auténtico aquelarre freudiano en el que los Panero “carroñeaban” el cadáver
del patriarca, y que, en el tramo final de su vida, el más pequeño de los
hermanos trató de restañar con una tardía recuperación del que fuera considerado,
amañadamente, poeta del régimen. La
estancia vacía es una película dignísima que elige la sinceridad frente
a la impostura y que para ello, en su hora y media de metraje, hace girar el
desarrollo de todo lo contado en torno a una figura entrañable, Angelines
Baltasar, la persona —“la doméstica” según su propia y humilde definición— que
trabajó en casa de los Panero al cuidado de los quehaceres hogareños y de los
niños, tanto en Madrid, durante un tiempo, como luego en las estancias de la
familia en Astorga. A ella recurre Michi cuando vuelve a la ciudad maragata
para que lo atienda en su desvalimiento de enfermo y hombre solo. Miguel
Barrero hubo de trabajarse la confianza de Angelines para lograr su
participación en la película. Y lo consiguió hasta tal punto que no son pocas
las veces que la anciana habla no para la cámara sino para Miguel que, como un
confidente ya amigo, la escuchaba fuera de plano pero lo suficientemente cerca
como para que lo contado fluyera sin recelo. Intervienen también el alcalde de
entonces, y profesor de literatura, Juan José Alonso Perandones, que reflexiona
con buen pulso discursivo sobre las motivaciones que hubo en la decisión de
Michi para refugiarse en Astorga. La médica que lo atendió y que certificó su
defunción, Victorina Alonso. Su amiga, Mercedes Unceta Gullón, que traza un retrato
íntimo de lo que a su juicio fue la vida desperdiciada de Michi Panero,
asumiendo así un papel casi maternal al añorar lo perdido por querido, pero reprochando
a la vez que la muerte se llevase a quien, pudiendo haber dado tanto, se fue
dejando tan poco. Y están también Ángel
García, que fuera amigo de MIchi en su final astorgano, y Federico Utrera,
periodista que le hizo una de las últimas entrevistas. Con todo se compone una
película que, como queda dicho, es contrapunto a la puesta en escena efectista
de El
desencanto, y de su secuela, Después de tantos años, al elegir
una perspectiva externa, pero muy próxima, situándose, a tal efecto, a la
altura misma de Angelines, de su cabal sentido de la realidad, de su lección de
generosidad y por tanto, y de algún modo, de esperanza.
martes, abril 26, 2016
Tráfico de influencias (La estancia vacía)
No siempre uno merca con la amistad para alcanzar
prebendas vergonzantes. Hay veces que se echa mano de ella para más nobles
propósitos. Hace unos meses influí todo lo que pude en Arlé, a la que me une,
además de una buena amistad, el trabajo en común que durante los últimos meses,
desde la desaparición de Juan Garay, le hemos dedicado a Gesto, para que
programase un ciclo cinematográfico que tuviese por protagonistas a los Panero.
Si bien es cierto que las dos películas que abrieron esta rememoración —El
desencanto y Después de tantos años— eran
conocidas e incluso suelen ser programadas periódicamente por algunas cadenas
televisivas, mi interés radicaba sobre todo en cerrar la muestra con una
tercera cinta que uno no había podido ver en su momento y que tampoco
encontraba por más que buscaba: La estancia vacía, un documental,
codirigido por los asturianos Miguel Barrero e Iván Fernández, del que había
oído hablar muy bien, pero que no ha tenido demasiadas proyecciones desde su
estreno y por tanto era, es, injustamente bastante desconocido. Lo más fácil
hubiera sido preguntarle al propio Barrero por su película, no en vano he
coincidido con él no pocas veces en el mismo café y a la misma hora, pero este
retraimiento que padezco con resignación
franciscana me impide a menudo esos atrevimientos. Así que recurrí a
Arlé, que a su vez recurrió a Juan Carlos Gea , quien puso finalmente en contacto
a mi amiga con Barrero, logrando de este modo
completar la trilogía ofrecida en el ciclo y, de paso, satisfacer ese
deseo que uno albergaba desde hacía tiempo. Lo que viene a probar, como
apuntaba al principio, que no siempre es perverso el tráfico de influencias.
Así que hoy, si nada lo impide, asistiré a esa disección de los últimos días de
Michi Panero, el tercero de los hermanos y el que a uno siempre le ha parecido el
más interesante, pues aunque fueron los mayores quienes dejaron tras de sí una
obra literaria —mejor a mi juicio la de Juan Luis que la de
Leopoldo—, fue el pequeño quien llevó una vida más novelable (Barrero creo que
también lo ha entendido así, por eso le dedicó aquella narración titulada Los
últimos días de Michi Panero). Juan Luis era un tipo desagradable.
Leopoldo María se convirtió en una caricatura de si mismo. MIchi, en cambio, disfrutó
y sufrió la rutina de la existencia canalla, sosteniendo la ironía sobre su
derrumbe físico. Y fue el tipo que, a los ojos de un muchacho entusiasmado como yo lo fui con el estreno
de Ópera prima, conquistó a aquella
angelical criatura que entonces era Paula Molina. No si no por ese y otros
méritos de apostura y hechizo verbal se define Nacho Vegas en una canción
pseudotestamentaria como el hombre que casi conoció a Michi Panero. Hoy en La
Arena, a las 19:30, quienes asistamos a la proyección de La estancia vacía
tendremos la ocasión de acercarnos un poquito más a la figura de aquel Panero
que mantenía con firmeza que lo peor que se puede ser en este mundo es un
coñazo. Amén.
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