miércoles, noviembre 25, 2009

Libe diem

Hace unos días tan sólo me permití una pequeña maldad con un amigo. Le envié un viejo artículo, sin firma, de uno de sus pensadores predilectos. Su respuesta fue épica. Lo menos que llamaba al responsable del escrito era “indecente”. Cuando le desvelé de quién era lo remitido, no daba crédito a la autoría. Viene a cuento esto porque ayer escuchaba con enorme placer algunos temas que tenía casi olvidados de un cantante al que admiré años atrás y que he venido en los últimos tiempos apartando de entre lo que uno prefiere por parecerme absolutamente rechazables sus opiniones políticas. El precio de la fama no es principalmente, como pudiera pensarse, perder la anonimia en medio de la calle; el precio de la fama es ofrecerse, como las monedas, por ambas caras y es también dejarse a la vista, al tiempo, lo que se es y lo que se fue. En tales condiciones uno mismo llegaría, muy probablemente a ser un indeseable a sus propios ojos. Quién no se absuelve de lo que un día se avergonzó. Quién no deja a la sombra su propia cara oculta de la luna. La coincidencia en el gusto o la opinión es flor que se marchita. Líbese la dicha del instante y pétalos al viento.

jueves, noviembre 19, 2009

Del y de lo magnífico

Me había propuesto no hablar de lo que ocurrió ese día. Por un ataque de dignidad quizás mal entendida. Aclaro que debe interpretarse ésta en un doble sentido. Me explicaré. Por un lado, porque es bastante humillante relatar que a uno lo convocaron una tarde en una librería de su ciudad para firmar libros y que durante una hora —en la que permaneció semiescondido por entre estantes y columnas, casi camuflado— no extrajo de la americana ni una sola vez el bolígrafo que, previsora pero ingenuamente, se había procurado para la ocasión. Y por otro —y en sentido opuesto—, porque no queda bien alardear de que la presentación de su libro, unos instantes sólo después de la lección de humildad con que el trámite de las firmas me había fustigado y apenas a cien metros de distancia del lugar de dicho oprobio, la hizo un magnífico escritor (Ricardo Menéndez Salmón) con comedimiento y -espero- sinceridad, y que uno estuvo rodeado de familiares y amigos, y que salió del trance, cree, honrosamente. Hubo luego cuchipanda y bebercio, charla y risas. Y buena prueba de que la cosa se terminó con alegría es que cuando lo serio dio comienzo, en la mesa al efecto, con mucho rango, orden y cera mutua, al Rector, que presidía, se el antepuso el tratamiento que el protocolo requiere: “Magnífico”. Y que cuando a todos nos distendió el compartir copa y mesa, el dicho tratamiento dejó de ser tal para convertirse en una interjección: ¡Magnífico!, que hacia justicia a la maña con que el Rector descorchaba el rioja. (No sé si es una indiscreción canalla lo que cuento, pero, en todo caso, el libro que se presentaba, recuérdese, lleva por título Letras canallas.)

viernes, noviembre 13, 2009

Anacoluto y sarcasmo

El menguado arrojo de los tímidos se enreda siempre en anacolutos.

El sarcasmo es una carcajada que muestra sin pudor el sarro del alma.

miércoles, noviembre 11, 2009

Cucurrabucu

A uno, que curtió su infancia y adolescencia en bares de serrín y pincho de tortilla reseca, aún le imponen mucho las fruslerías competitivas conque los cocinillas de la ciudad se baten el cobre cuando concursan por el favor de clientela y jurado en los certámenes de tapas cada vez más al uso. El último fue la semana pasada. Y justo el viernes, a esa hora fronteriza entre los días laborales y el asueto del week-end, en torno a las dos y media, cuando J. y un servidor solemos compartir vino y charla en el Cucurrabucu, Ana —dudo que haya alguien más encantador tras los mostradores de esta ciudad— nos invitó a degustar el invento que para la ocasión ideó Jaime, su media naranja —ese tipo que aparentemente trae consigo siempre, como decía Baricco de un personaje de Seda, la indestructible calma de los hombres que se sienten en su lugar—. Pues bien, la cosa llevaba por nombre: ¡Ostrás! Y por ingredientes: ostra, merengue crujiente de algas, puré de calabaza, pimienta rosa y eneldo. Vamos, auténtica tetilla de novicia (si aún se dan las vocaciones por los pueblos costeros y se orean el escote a la rosa de los vientos las sores en ciernes). Hemos venido a saber hoy, con mucha alegría, que el pincho del Cucurrabucu ha ganado el primer premio del Gijón de pinchos 2009. Dijo el jurado que por combinar con acierto «riesgo, dificultad técnica y equilibrio». A uno lo que de verdad le gustó fue ese sabor fuerte a pedrero y yodo que se llevó agarrado como una llámpara al paladar el viernes camino de casa. Qué bueno -el premio y el pincho-.

domingo, noviembre 08, 2009

La piscina

Qué fin de semana tan lluvioso. Apenas si da tregua el temporal. Ha enfriado también y el cielo mantiene una opacidad sucia. Leo a Modiano. Pasea su melancolía escueta a orillas de un lago. En el verano. Refugiado en un hotel decadente de huéspedes añosos. Leo a Modiano y pienso en Cheever. En su nadador. De piscina en piscina. Compartimentos de agua azul en un laberinto que lleva a lo triste. Pienso en Cheever porque hoy me gustaría nadar. Oigo a través de las paredes el bisbiseo acuoso de los canalones. Vuelvo la vista a las ventanas. La lluvia, su consistencia de cortina ligera, se mueve al ritmo de las ráfagas de aire. Me da pereza echarme a la calle camino de la piscina. No sé incluso si merece la pena el esfuerzo de la brazada. El ritmo forzado de la respiración. Al final, me incorporaré cansado, torpe sobre las sandalias de goma, encogido quizás de frío, solo bajo las luces blancas que iluminan la cubeta, las corcheras de colores, las cristaleras perladas de lluvia. Quién sabe, además, si al volver a casa el mundo se habrá vuelto distinto e irreconocible.

viernes, noviembre 06, 2009

Marehaiku

Mar Cantábrico, Mariano Moré

La mar violenta,
en los días de otoño,
nos olea el alma.

martes, noviembre 03, 2009

Por ver lo que pienso

Me preguntaron hace días sobre la distinta manera de afrontar la escritura de poesía y narración. Salí del paso algo torpemente. Decía José Emilio Pacheco: “Después de cada entrevista, me quedo pensando: ¿por qué no le dije esto...? Debería haberle dicho aquello otro... Ten en cuenta que yo estoy acostumbrado a escribir, a ver lo que pienso. Y si no veo lo que estoy diciendo, ¿cómo puedo pensar?”. Así se quedó uno. Luego le di vueltas al asunto. Creo que los poemas se nos imponen y las narraciones se exponen. Que el poema va de la imagen a la idea y el relato de la idea a las imágenes. Que en el poema nos ponemos lupa de orfebre y en la narración mono de trabajo. Que el poema no busca lectores, los encuentra por empatía; y que en la novela, en cambio, nunca se pierde de vista, mientras se escribe, al probable receptor de su trama.

miércoles, octubre 28, 2009

Ciutadella










Tenía el hotel un olor añejo,
como a cañería y hervor de guiso,
pero un mirador al que llegaba en calma
la mar durante el día
y su rumor por la noche.

Era verano,
el mejor de los tiempos,
si se tiene la dicha compartida
y los años justos para gozar
del sabor a yodo en las pieles tibias,
del milagro del sol
y de las islas.

lunes, octubre 26, 2009

Battle Creek


Hace unos días disfrutamos de El balneario de Battle Creek. Nos la prestó G., a quien le entusiasma, con razón, la película dirigida en 1994 por Alan Parker. En ella, uno asiste al desarrollo ágil de la historia y a la interpretación paródica de los personajes como si se representara la exageración fabulada de un relato vagamente real. Y sin embargo, todo ese cúmulo bien urdido de historias casi surrealistas tuvo cimientos ciertos. La comedia está basada en la novela The Road to Wellville, del escritor norteamericano T. Coraghessan Boyle y nos pone en la pista de un personaje singular, John Harvey Kellogg, inventor de los copos de cereales tostados, que comercializó tras convertirlos en parte importante de la dieta que les suministraba a sus pacientes en Battle Creek, un balneario situado al sur del estado de Míchigan. En la película, Anthony Hopkins interpreta en el film al Dr. Kellog, quien abogaba por un régimen alimenticio e higiénico basado en principios tales como la defecación sin represión; la templanza sexual, excepto para los propósitos reproductivos: "el sexo es la cloaca del cuerpo humano...", la dieta vegetariana estricta: "el consumidor de carne se ahoga en un mar de sangre..."; la abstinencia tabáquica: "el hígado es el único obstáculo entre el fumador y la muerte..."; y el evitar los colchones de plumas, las novelas románticas y, sobre cualquier otra cosa, la masturbación ("el asesino silencioso de la noche”, al que recomendaba combatir, en el caso de los hombres, “por medio de la circuncisión y sin anestesia, ya que el dolor debía tener un efecto saludable sobre la mente, especialmente si se conecta con la idea de castigo”; y en el de las mujeres propensas al placer solitario, a través de “la aplicación de ácido carbólico puro en el clítoris, un excelente medio para despejar la excitación"). Kellogg estaba convencido de que “el declive de una nación comienza con la complacencia en la comida”; y de que “el consumo de proteínas fomentaba la masturbación y hacía proliferar las bacterias tóxicas en el colon”; por ello, entre sus prácticas “científicas”, promovía remedios tan peregrinos como la aplicación de enemas de yogur. Esta terapia de las lavativas sedujo a personajes notables como John D. Rockefeller o Theodore Roosevelt. Pero la nómina de quienes siguieron las prácticas médicas del balneario de Battle Creek alcanzó también a George Bernard Shaw, Henry Ford o Thomas Alva Edison. Kellogg gestionaba en realidad una institución creada por los Adventistas del Séptimo Día como referencia del naciente movimiento naturista en Estados Unidos. Un lugar al que tuvo la ocurrencia —nunca hasta entonces se había aplicado la palabra— de denominar sanatorio (sanitarium), rebautizando así un balneario donde se procuraba remediar la autointoxicación provocada por la incapacidad intestinal para digerir las malas prácticas alimenticias que, según creía, eran la causa de casi todos los males, hasta el punto de que en Battle Creek se practicaba la gimnasia en pañales para que el paciente pudiera aliviarse cuando le viniera en gana. El poso de aquel exceso es hoy dieta aún de muchos desayunos. La película que lo narra, una delicia de cine divertido, una metáfora de lo obsesivo, una invitación al disfrute de todo lo que se tuvo por nocivo en Battle Creek.

miércoles, octubre 21, 2009

Refrán (cés)

Cada vez más a menudo aguarda uno los informativos convencido de que, como dicen los franceses, “pas de nouvelles, bonnes nouvelles”.

Wislawa Szymborska

Me envían por correo uno de los poemas del nuevo libro, Aquí, de Wislawa Szymborska. Los versos que recibo se titulan Mi difícil vida con la memoria. Tienen, como todo lo que escribe la autora polaca, la difícil apariencia de lo sencillo, la permanencia de lo fundamental:

MI DIFICIL VIDA CON LA MEMORIA

Soy mal público para mi memoria.
Quiere que continuamente escuche su voz,
y yo no dejo de moverme, carraspeo,
escucho y no escucho,
salgo, regreso y vuelvo a salir.

Quiere ocupar mi atención y mi tiempo por completo.
Cuando duermo le resulta fácil.
De día, depende, y eso le molesta un poco.

Me desliza insistente antiguas cartas, fotografías,
trata hechos importantes y sin importancia,
pone la mirada en paisajes inadvertidos,
los puebla con mis muertos.

En sus historias siempre soy más joven.
Es agradable, sólo que para qué seguir insistiendo en eso.
Los espejos me dicen otra cosa.

Se enfurece cuando me encojo de hombros.
Y, vengativa, me echa en cara todos mis errores,
Graves, luego fácilmente olvidados.
Me mira a los ojos, espera a ver qué digo.
Al final me consuela con que pudo haber sido peor.

Quiere que viva ya sólo con ella y para ella.
De preferencia en una habitación oscura y cerrada,
y en mis planes hay siempre un sol presente,
nubes actuales, caminos en curso.

A veces estoy harta de su compañía.
Le propongo separarnos. Desde hoy y para siempre.
Entonces sonríe compasiva,
pues sabe que para mi también sería una condena.

martes, octubre 20, 2009

La escuela de los domingos

Las cosas que me van interesando de este rico universo de las bitácoras, tan diverso y tan sorprendente, las cosas a las que les guardo querencia, leal lectura, tengo por costumbre dejarlas cerca y a la vista, como ciertos libros, siempre a mano, por si hubieran de consultarse, por el placer de volver a lo que dicen y por simple seña de lo que nos gusta y nos forma. A ese montoncito de referencias le he añadido recientemente un descubrimiento que me tiene fascinado: La escuela de los domingos, la página donde Daniel Domínguez, guionista gallego, escribe, casi a diario —a pesar de lo inicialmente limitativo del título de su blog—, sobre literatura y cine con un estilo limpio, concienzudo y apasionado. Les aconsejo que se reserven sitio en los pupitres de esa aula pública, laica e ilustrada (qué curioso, algo así como la educación que uno desea para sus hijos).

lunes, octubre 19, 2009

Las Nanas

El año que viene se celebrará el centenario del nacimiento de Miguel Hernández. Me preguntan por la carta que Josefina, su mujer, le escribió a la cárcel contándole que ella y su hijo había días en que sólo tenían para comer pan y cebolla. La que provocó las Nanas. Decía así: Miguel, sé que estás mal aunque pretendas hacerme reír, sé que pasas calamidades, pero no vayas a creerte que aquí vivimos en la abundancia. Manolillo tiene ya siete meses y le han salido cinco dientes que me hacen daño cuando aprieta para mamar y sacar sólo un poquito de leche. El hambre aquí camina por las calles y entra en las casas de todos los pobres. Miguel, ¡hay días que sólo tengo para comer pan y cebolla!

jueves, octubre 15, 2009

El Sur

A J. H.

Hemos vuelto a El Sur. Así, sin contracción. En mayúsculas. Hemos amanecido de nuevo junto a Estrella. Acostumbrándonos a la luz filtrada por la ventana que estaba justo en la cabecera de su cama. Un amanecer lento. Una pintura intimista. En claroscuro. Toda la película resulta después como esa escena inicial. Demorada, precisa y sabia. Hemos vuelto a ver El Sur de Erice porque un buen amigo nos la trajo a la memoria. Y al final de lo que sólo era la mitad de la historia, dejamos que el propio director nos contara lo que nunca llegó a rodar. El viaje de Estrella a la tierra de su padre, a lo que allí dejó y a lo que él sólo volvía con remordimiento, a través de alguna carta o de alguna furtiva conversación telefónica. Hemos vuelto de El Sur con la emoción de todo lo que al roce abre de par en par los sentidos. De lo que cuando no se sabía inacabado se nos antojaba misterio sugerente. De lo que se completó con la confidencia de un ocasional Tusitala de café, que nos reveló el final de la historia y que aún tuvo tiempo para leernos un pasaje de Los mares del Sur.

viernes, octubre 09, 2009

Carnalia

Foto de Marcos León (LNE)

El viernes se presentó el último premio Cálamo de poesía erótica. Carnalia. De Domingo. F. Faílde. Poco público. Los que tenemos algo que ver con la convocatoria. Los amigos que por lealtad no fallan. Algún familiar de relleno. Y un matrimonio de ancianos sentados muy cerca del escenario. Este tipo de citas poéticas no varían mucho el guión de siempre. Alguien que nos pone en la pista del escritor y de su obra. Aplausos. El propio autor que explica la génesis del libro y pasa a leer unos versos. Generalmente más de los que sería recomendable. Aplausos. Firma de ejemplares. Sin embargo, Faílde nos sacudió el sopor previsible. Estuvo brillante. Terno clásico y algo grande para su esqueleto menudo. Camisa y corbata oscuras. Bigote einsteiniano. Gafitas redondas y algo caídas. Y un modo de hablar en el que se mezclaban un acento sureño domesticado, una gravedad irónica y un descaro nada impostado que le permitió leer y glosar sus poemas más lúbricos. No debe de ser fácil mantenerse tan elegante mientras se explayan las proezas íntimas en presencia de extraños. Cuando te vigilan muy de cerca dos viejos demasiado formales, de esos que van a los ateneos como quien va a misa, periódica y resignadamente, y que se miraban con espanto cada vez que a la boca del viejo poeta, casi tan viejo como ellos y sin embargo aún amotinado contra el tiempo, asomaban las confesiones de su sexo, alegre, irreverente y sabio. No aplaudieron al final. Se fueron dignos y en silencio. De camino a casa apenas hablaron. Después de cenar, se sentaron frente al televisor. En un plató de colorines se descuartizaba la intimidad de un haragán con fama. Hay a quien la carroña le produce efectos sedantes. A quien la miseria ajena le concilia el sueño. Qué desasosiego sin embargo la voz de ese viejo rijoso, sus versos obscenos, su irrenunciable deseo.

COMO un adolescente,
como quien ha perdido —sin navegar— el rumbo,
como ménade o sombra, no lo sé.
El caso es que me muero cuando te veo desnuda
y desde las cortinas, echadas, de tu sexo
advierto el tabernáculo, las ascuas que resumen
el fuego de los soles
y el calor de los números.

Mis ojos otra cosa no miran, ni los libros,
sagrados hace tiempo, ni las fotos
que guardan, ya en olvido, mi memoria
ni el paisaje que fluye, como los rascacielos,
detrás de la ventana, ni el río de la vida,
que va a darse de bruces contra la mar.

Por ti he abandonado
esos pequeños vicios que acomodan
los años transcurridos, en espera del día
en que todo se cierre, también entre tus piernas,
y no queden rincones que explorar en tu cuerpo
ni caricias, a oscuras, en sitios improbables,
ni normas que infringir; pues comienza a saberme
agrio el vino y perdieron
interés los manjares, que tanto disfrutaba.
E incluiré la poesía, pues no existen lugares
amenos, si no estás ni me huelen las rosas
sino al humus obsceno de tu vientre.

Es extraño. Lo sé
—ya sé que no sé nada— y me siento indefenso,
irremediablemente condenado
a arder en ese infierno que estalla entre tus muslos.

(Carnalia, Domingo F. Faílde. Cuadernos Cálamo-Gesto. Gijón, 2009)

lunes, octubre 05, 2009

Mercedes Sosa

En el anverso, por donde nos da el sol, fluye siempre una savia antigua que sabemos fue dulce y que sin embargo cuando nos la llevamos ahora a los labios resulta más bien amarga. La melancolía es pérdida. Añoranza de lo que nunca hubimos de arrepentirnos. Porque nos hizo mejores. Cuántas canciones nos levantaron del suelo algo más dignos. Y un poquito más sabios. Porque entender lo que nos rodea es tenerle piedad al dolor y es enseñarle los dientes a sus causas. Y llorar a quien nos lo enseñó es guardarle ley y es, sobre todo, recordar la letra y su estribillo.

Duerme, duerme, negrita...

martes, septiembre 29, 2009

Verde y humilde

Leo en El País que Juan Goytisolo sentenció en Formentor que "si no se crea un lenguaje nuevo, escribir no tiene interés". Siempre le han parecido a uno estas rotundidades de los consagrados como una (im)postura frente al espejo. La barbilla en proa, el gesto áspero, la mirada desafiante. La palabra literaria es el fruto de una combinación en la que se mezclan con proporciones diversas el sentimiento que la inspira, la experiencia sobre la que se impulsa y el medio en que se incuba y crece. Los matices que tal amalgama ofrece son casi infinitos. Y el interés que pueden despertar estará en relación con las expectativas que satisfagan. No es fin menor que, si el propio autor es exigente, lo que escriba le consuele, pues, a buen seguro, procurará igual consuelo a muchos de sus lectores —y entiéndase por tal no sólo alivio de un ánimo decaído, sino reparación de la pérdida que está tantas veces en el impulso de la escritura—. Para darle sentido a la vida, que es, según Magris, el objeto último de la literatura, debe conocerse mejor nuestra naturaleza, debe exponerse en la bonanza, pero sobre todo en medio de las circunstancias extremas que la desvelan. Y hemos de ayudarnos para ello de la ficción, de la intución o del detalle de la experiencia. Incluso de la experimentación formal, que puede abrir nuevas vías también en el proceloso acceso a la metáfora del alma. Pero el lenguaje nunca es fin sino medio. El interés de lo literario se instrumenta en la retórica, pero apunta siempre a la semántica. “Cuentan que Ulises, harto de prodigios, / lloró de amor al divisar su Itaca / verde y humilde. El arte es esa Itaca / de verde eternidad, no de prodigios” (Jorge Luís Borges).

viernes, septiembre 25, 2009

De lo inquietante

Pasa en no pocas ocasiones con los poemas, más raramente en las narraciones extensas —aunque suele ser recurso de muchos cuentos—, pasa con ciertas melodías y con no pocas fotografías, principalmente de paisajes —en particular con los desolados, con los desérticos o con los que sabemos a ciencia cierta que yacen silentes como tumbas—, y, pasa, sobre todo, con la pintura. Hablo de la inquietud. De lo inquietante. De lo que se nos pone en los ojos como una mácula obsesiva. La Lisbeth Salander de Millennium —uno cayó en la tentación de la primera de las tres partes y descubrió ese personaje fascinante en medio de muchas páginas de relleno— será siempre Tamara Villoslada. El retrato que de ella hizo quien era por entonces su pareja, Gino Rubert, un pintor permanentemente inquietante.

miércoles, septiembre 23, 2009

Letras canallas

A uno le da apuro hablar de estas cosas. Y sin embargo creo que debo hacerlo. Quienes seguís estos diarios desde hace tiempo sabéis que sólo con el paso de los días han ido desvelando el rostro de quien los escribe. Ya no son, por tanto, tan anónimos como nacieron. Al inicio la intención en ellos era poco más que hacer dedos. Ejercicios de aproximación a lo literario. En eso se anduvo con mejor o peor fortuna. Y en eso se anda aún. Sin dar más señas de identidad que las de la mi sensibilidad, que no es sino la manera en que se está en el mundo respondiendo a sus reclamos. No creo que me hubiera sentido cómodo en otro tipo de bitácora, dando sobre mi más allá de lo imprescindible. Pero no constituiría ya sino una discreción casi patológica tener por vez primera una novela, una breve novela en las librerías, y no dar noticia de ella. No animar a su lectura. Se escribe y se publica, entre otras razones no menores tampoco, para que se nos lea. Y hay en el resultado final del libro que llega a las manos del lector no sólo el esfuerzo de su creador, sino la apuesta de un editor. Alentado en estas reflexiones, me animo a hablar de mi novela Letras canallas, publicada por la editorial Septem y que recién empieza a distribuirse por las librerías. En ella se combina algo de humor, posesiones casi diabólicas, pequeñas dosis de tragedia en tono parco, bastante parodia y una pertinaz auto-conmiseración del narrador, que, aclaro, no es quien la escribe, aunque, me temo, algo tendrá de él. Decía en una entrevista reciente mi paisano Ricardo Menéndez Salmón que la literatura no es un oficio sino una enfermedad, que uno no escribe para ganar dinero o caer bien a la gente, sino porque intenta curarse, porque está infectado, porque lo ha ganado la tristeza. No le faltaba razón. De esa, la tristeza, o de otras carencias nace siempre lo que escribimos. El protagonista de Letras canallas cuenta por alivio, narra para justificarse, escribe para entender el mundo. No es un héroe intachable. Es, más bien, un pobre hombre. Las letras le son canallas, pero, aún así, las necesita como el aire que respira. Lo condenan, sí. Pero también lo salvan. Esta obrita es pues, dejadme que os ponga en la pista, una alegoría del propio oficio de escritor. Como aclara la cita de Claudio Magris que antecede la trama de la novela: “La literatura no salva la vida, pero puede darle sentido.”

miércoles, septiembre 16, 2009

Nudos indesatables

Andar siempre con la mar a cuestas. Sentado al atardecer en una terraza de la plaza mayor de Salamanca veo retirarse el dorado de las fachadas igual que las bajamares del otoño, dejando tras de si una arena húmeda, un montón de piedras poco a poco sombrías.
* * *
El palacio Lis es como una enorme caja de música en cuyo interior, luminoso y colorista, sonara una Billie Holiday casi alegre y bailaran esbeltas criselefantinas.
* * *
En Cáceres el día de fiesta había dejado casi desiertas las aceras. La plaza mayor, a media mañana, era como la calle blanca de un pueblo en hora de siesta. Por el Arco de la Estrella se entraba al sueño.
* * *
En Mérida eran, de nuevo al cabo del tiempo, días de pan y circo. Jugaba la selección de fútbol. Nadie compite ya en torno a la antigua espina romana. Ni los gladiadores ni los aurigas son esclavos. El servicio anda ahora por las gradas. Con trompetas y pinturas de guerra. La arena, como en los relojes, se ha ido precipitando al vacío del tiempo. Se brega en la hierba. Un espejismo de oasis en medio de tanta tierra seca.
* * *
En la cripta del museo romano, bajo un techo bajo y una luz irreal, se yerguen a duras penas del olvido unas cuantas ruinas. Recuerdo al paso los versos de Miguel D´Ors: “Esto es vivir: un porvenir de polvo, / la chispa que sucumbe en el oscuro / reino de la ceniza.”
* * *
De Plasencia guardamos memoria de un rincón umbrío en la plaza. De unas cañas frescas y unas tapas sabrosas. De una conversación amable y de un amigo que no conocíamos aún, pero al que abrazamos como si acudiéramos a un reencuentro largamente esperado.
* * *
En el museo judío de Béjar, en una pequeña estancia de suelo acristalado bajo la que se abre un antiguo pozo del que no se alcanza a ver su fondo, se proyecta un breve cortometraje sobre el edicto de expulsión promulgado en 1492 por los Reyes Católicos. La voz en off que leía el ultimátum real parecía venir de lo más oscuro del suelo.
* * *
El recuerdo deshilacha los viajes. Nos quedan entre los dedos sólo unas hebras con las que urdir algún nudo indesatable.

viernes, septiembre 04, 2009

Sin argamasa

Las palabras que levantan un aforismo deberían unirse unas a otras como los sillares de ciertas obras civiles romanas que se construían sin argamasa. Precisas y complementarias.

miércoles, septiembre 02, 2009

Cita

"A mí me cuesta trabajo declarar un dato así; imagine que va uno a un hotel y en la ficha le preguntan la profesión, resulta difícil decir: "poeta", verdad, una cosa tan impropable."

Antonio Pereira, Una fobia de don Jorge

martes, agosto 25, 2009

Un perfume frío

Esta mañana, como en el cuento El estudiante de Chejov, olía a invierno. Supongo que era una sensación propia de quien madruga y descubre que la luz ha menguado, y que las calles están mojadas de lluvia, y que el cielo parece una bayeta gris por escurrir, y que en el aire sopla una brisa como de estación fría. Y todo eso, de pronto y a la vez, encoge de modo irremediable el ánimo. Porque tendemos a ver en estos signos sombríos de cambio, como ocurre a menudo con los atardeceres, un reflejo de la vida misma, el de una llama débil que tiende a apagarse. Contra esa insistencia en que se afanan las muecas de los días por recordarnos que andamos de paso, no sé de otros conjuros que poner esto que uno ve y siente en negro sobre blanco, cantando como decía Machado aquello que se pierde, que suele ser siempre luz y es siempre tiempo, y arrebujarse de paso en esas líneas como los animales que hibernan, hasta que, si hay suerte, nos sacudamos la noche de nuevo cuando escampe.

sábado, agosto 15, 2009

Renglones de playa

Este pedazo de playa, que con el paso de los años va ganando arena y perdiendo lo que fuera su hosca alfombra de piedra, nos reserva todos los veranos un lugar. No necesariamente el mismo. Aunque tan igual pese a su diversidad que nada se echa casi nunca de menos, sea donde fuere finalmente que extendemos esterillas, apoyamos espaldas y leemos. O miramos la mar. Hasta donde alcanza su gravidez. Más allá posiblemente caiga en cascada sobre un mundo desconocido. O sea sólo una duplicación en otros ojos de este mismo paisaje que aquí vemos. Sobre ese borde incierto avanzan a menudo los mercantes camino del puerto, sobre el filo del océano. A esta hora de la tarde deja hoy la bajamar al descubierto una orilla de rocas, algas y llámpares. Y el trávelin de la mirada transcurre lento por las hojas que estaba leyendo y he posado unos instantes, por la arena gruesa, el pedrero, la mar en calma, los pocos bañistas, el barco lejano y el cielo limpio. A mi lado conversa una familia francesa. Tienen un niño pequeño de cinco o seis años. Llega extasiado del agua. Dice haber visto peces. Y mientras señala hacia el lugar donde supuestamente nadaba el cardumen, repara de pronto en que a lo lejos se impone el majestuoso perfil de un grand boiteau. Su padre lleva un sombrero color caqui de explorador. Lía un porro. A su lado, su mujer toma el sol. Tiene unos pechos blancos, maternales. Teme uno que se los queme esta luz casi violenta. A mis espaldas, me concentro ahora en lo que le dice un hombre joven a la chica que lo acompaña. Emplea un tono monocorde. Sentencioso. Triste. No habla alto, pero tiene una voz grave que reverbera en el aire caliente. Qué molesta resulta esa cháchara impostada de quien habla sólo por escucharse. Y sin embargo, aun siendo esa mi queja, reparo en que algo hay de parecido en escribir por leerse. Lo que uno tantas veces hace. Vuelvo a las hojas que dejé antes. He traido conmigo los apuntes de un viaje. De Avilés a Cádiz. De José Luís García Martín. Doce etapas que ha publicado en su bitácora. Hace un rato subrayé en el texto unas líneas: “Soy una persona que nunca deja de cumplir una obligación por un capricho. Pero que he tenido la habilidad de ir consiguiendo poco a poco que mis obligaciones laborales coincidan casi exactamente con mis caprichos”. Envidiable. La confesión. Y el estilo. Pocos gozan de esa suerte. No siempre se alcanza la fortuna a golpe de voluntad. Pero no es menos cierto que a veces no se pone en la tarea el empeño preciso. ¿Fue esa mi debilidad acaso? ¿Me tuve poca confianza? Ciertamente, mi trabajo no es un capricho. Aunque tenga algunas gracias no desdeñables. Entre las que no desprecio, por ejemplo, la de los respiros a media mañana cerca del puerto, a esa hora de los jubilados ociosos y de quien deja su despacho no por un café sino por un paseo. Y si me apuran, más incluso que por un paseo, por uno mismo, pues no hay mejor sitio para encontrarse que la soledad de un cabotaje.

jueves, agosto 13, 2009