miércoles, septiembre 16, 2009

Nudos indesatables

Andar siempre con la mar a cuestas. Sentado al atardecer en una terraza de la plaza mayor de Salamanca veo retirarse el dorado de las fachadas igual que las bajamares del otoño, dejando tras de si una arena húmeda, un montón de piedras poco a poco sombrías.
* * *
El palacio Lis es como una enorme caja de música en cuyo interior, luminoso y colorista, sonara una Billie Holiday casi alegre y bailaran esbeltas criselefantinas.
* * *
En Cáceres el día de fiesta había dejado casi desiertas las aceras. La plaza mayor, a media mañana, era como la calle blanca de un pueblo en hora de siesta. Por el Arco de la Estrella se entraba al sueño.
* * *
En Mérida eran, de nuevo al cabo del tiempo, días de pan y circo. Jugaba la selección de fútbol. Nadie compite ya en torno a la antigua espina romana. Ni los gladiadores ni los aurigas son esclavos. El servicio anda ahora por las gradas. Con trompetas y pinturas de guerra. La arena, como en los relojes, se ha ido precipitando al vacío del tiempo. Se brega en la hierba. Un espejismo de oasis en medio de tanta tierra seca.
* * *
En la cripta del museo romano, bajo un techo bajo y una luz irreal, se yerguen a duras penas del olvido unas cuantas ruinas. Recuerdo al paso los versos de Miguel D´Ors: “Esto es vivir: un porvenir de polvo, / la chispa que sucumbe en el oscuro / reino de la ceniza.”
* * *
De Plasencia guardamos memoria de un rincón umbrío en la plaza. De unas cañas frescas y unas tapas sabrosas. De una conversación amable y de un amigo que no conocíamos aún, pero al que abrazamos como si acudiéramos a un reencuentro largamente esperado.
* * *
En el museo judío de Béjar, en una pequeña estancia de suelo acristalado bajo la que se abre un antiguo pozo del que no se alcanza a ver su fondo, se proyecta un breve cortometraje sobre el edicto de expulsión promulgado en 1492 por los Reyes Católicos. La voz en off que leía el ultimátum real parecía venir de lo más oscuro del suelo.
* * *
El recuerdo deshilacha los viajes. Nos quedan entre los dedos sólo unas hebras con las que urdir algún nudo indesatable.

viernes, septiembre 04, 2009

Sin argamasa

Las palabras que levantan un aforismo deberían unirse unas a otras como los sillares de ciertas obras civiles romanas que se construían sin argamasa. Precisas y complementarias.

miércoles, septiembre 02, 2009

Cita

"A mí me cuesta trabajo declarar un dato así; imagine que va uno a un hotel y en la ficha le preguntan la profesión, resulta difícil decir: "poeta", verdad, una cosa tan impropable."

Antonio Pereira, Una fobia de don Jorge

martes, agosto 25, 2009

Un perfume frío

Esta mañana, como en el cuento El estudiante de Chejov, olía a invierno. Supongo que era una sensación propia de quien madruga y descubre que la luz ha menguado, y que las calles están mojadas de lluvia, y que el cielo parece una bayeta gris por escurrir, y que en el aire sopla una brisa como de estación fría. Y todo eso, de pronto y a la vez, encoge de modo irremediable el ánimo. Porque tendemos a ver en estos signos sombríos de cambio, como ocurre a menudo con los atardeceres, un reflejo de la vida misma, el de una llama débil que tiende a apagarse. Contra esa insistencia en que se afanan las muecas de los días por recordarnos que andamos de paso, no sé de otros conjuros que poner esto que uno ve y siente en negro sobre blanco, cantando como decía Machado aquello que se pierde, que suele ser siempre luz y es siempre tiempo, y arrebujarse de paso en esas líneas como los animales que hibernan, hasta que, si hay suerte, nos sacudamos la noche de nuevo cuando escampe.

sábado, agosto 15, 2009

Renglones de playa

Este pedazo de playa, que con el paso de los años va ganando arena y perdiendo lo que fuera su hosca alfombra de piedra, nos reserva todos los veranos un lugar. No necesariamente el mismo. Aunque tan igual pese a su diversidad que nada se echa casi nunca de menos, sea donde fuere finalmente que extendemos esterillas, apoyamos espaldas y leemos. O miramos la mar. Hasta donde alcanza su gravidez. Más allá posiblemente caiga en cascada sobre un mundo desconocido. O sea sólo una duplicación en otros ojos de este mismo paisaje que aquí vemos. Sobre ese borde incierto avanzan a menudo los mercantes camino del puerto, sobre el filo del océano. A esta hora de la tarde deja hoy la bajamar al descubierto una orilla de rocas, algas y llámpares. Y el trávelin de la mirada transcurre lento por las hojas que estaba leyendo y he posado unos instantes, por la arena gruesa, el pedrero, la mar en calma, los pocos bañistas, el barco lejano y el cielo limpio. A mi lado conversa una familia francesa. Tienen un niño pequeño de cinco o seis años. Llega extasiado del agua. Dice haber visto peces. Y mientras señala hacia el lugar donde supuestamente nadaba el cardumen, repara de pronto en que a lo lejos se impone el majestuoso perfil de un grand boiteau. Su padre lleva un sombrero color caqui de explorador. Lía un porro. A su lado, su mujer toma el sol. Tiene unos pechos blancos, maternales. Teme uno que se los queme esta luz casi violenta. A mis espaldas, me concentro ahora en lo que le dice un hombre joven a la chica que lo acompaña. Emplea un tono monocorde. Sentencioso. Triste. No habla alto, pero tiene una voz grave que reverbera en el aire caliente. Qué molesta resulta esa cháchara impostada de quien habla sólo por escucharse. Y sin embargo, aun siendo esa mi queja, reparo en que algo hay de parecido en escribir por leerse. Lo que uno tantas veces hace. Vuelvo a las hojas que dejé antes. He traido conmigo los apuntes de un viaje. De Avilés a Cádiz. De José Luís García Martín. Doce etapas que ha publicado en su bitácora. Hace un rato subrayé en el texto unas líneas: “Soy una persona que nunca deja de cumplir una obligación por un capricho. Pero que he tenido la habilidad de ir consiguiendo poco a poco que mis obligaciones laborales coincidan casi exactamente con mis caprichos”. Envidiable. La confesión. Y el estilo. Pocos gozan de esa suerte. No siempre se alcanza la fortuna a golpe de voluntad. Pero no es menos cierto que a veces no se pone en la tarea el empeño preciso. ¿Fue esa mi debilidad acaso? ¿Me tuve poca confianza? Ciertamente, mi trabajo no es un capricho. Aunque tenga algunas gracias no desdeñables. Entre las que no desprecio, por ejemplo, la de los respiros a media mañana cerca del puerto, a esa hora de los jubilados ociosos y de quien deja su despacho no por un café sino por un paseo. Y si me apuran, más incluso que por un paseo, por uno mismo, pues no hay mejor sitio para encontrarse que la soledad de un cabotaje.

jueves, agosto 13, 2009

lunes, agosto 10, 2009

Ajedrez

Las palabras como piezas de ajedrez. Los labios como manos de jugador. Y antes de todo movimiento, la representación mental de cuanto sucederá después. La reflexión previa, el tiento con el que se acaricia la pieza a trasladar, con el que se masca lo que se va a decir. Y el vértigo de detener finalmente la vida en un escaque hasta entonces vacío, en unas pocas palabras recientes.
Jugamos demasiado a menudo partidas rápidas. Quién puede en ellas gobernar como quisiera los movimientos de las fichas, la precisión de las palabras.

viernes, julio 31, 2009

Frouxeira


Con esa calma que da el provecho de las jornadas sin preocupaciones, conduje hasta el pico Frouxeira. Uno sube a este pico intentando imaginar cómo y porqué se construyó en un lugar tan inaccesible una fortaleza. El cómo no puede ser de otra manera que con el esfuerzo inhumano de no pocas huestes aherrojadas al feudo de un señor. El porqué quizás tenga que ver con la necesidad de información que nutre cualquier poder. Cuánto más lejano sea el horizonte que se abarca, más crece la sensación de gloria, la satisfacción de hallarse en el secreto de un universo vasto nos vuelve fuertes. Eso es el gobierno y también la ciencia. Estos tipos del medioevo, como el Pardo de Cela que levantó aquí su castillo, enriscaban a unos cuantos vigías en lo más alto y se sentían protegidos y poderosos. El caso es que sobre esos penedos de granito, grandes como para que con ellos jueguen los dioses a los bolos, cimeros sobre lo más alto de la sierra, hubo, allá por el siglo XV, cierta fortaleza. De la obra casi no queda nada, salvo que algo sea lo que pareciendo sólo roca tiene sin embargo señal de hendidura precisa o contorno de labra de cantero. Indican las guías locales que conviene subir allí y disfrutar desde el mirador una espectacular vista de la comarca. Como toda carretera que deja el curso transitado y sigue en soledad, poco a poco aquélla iba mostrando al tiempo el deterioro y la angostura de lo casi abandonado. La seguí con una inquietud disculpable —eso creo—, por si en la marcha se cruzara otro raro curioso que volviera confiado por el camino en el que cabe poco más que un vehículo, o por si al motor del nuestro le diera por pararse en lugares tan solitarios. No hubo ni de lo uno ni de lo otro y llegamos a lo más alto que sobre ruedas se podía. Una vez allí, echamos pie a tierra y aún ascendimos un buen trecho más. Hasta que nos detuvo la sorpresa de oír tan arriba y en camino así de empinado el ruido de un tractor. Andaba limpiando las sendas de maleza. Se paró para que pasáramos y hasta nos indicó su conductor cuál era el remate de trepada que nos restaba, que partía justo de dónde su mujer lo esperaba sentada al sol, un poco ajena a las labores de él y a nuestra inesperada irrupción. A uno, de natural precavido, aquel esfuerzo último le pareció insalvable. Se trataba de usar por peldaños unos salientes graníticos que estaban justo al lado del abismo. Eso me pareció al menos. Opinión, no obstante, que ni mi hijo ni mi mujer debieron de compartir, pues mientras maldecía el tiempo gastado para llegar allí y luego quedarme sin hacer cima, ellos me dejaban en esas cavilaciones y funambuleaban sin recelo alguno por los riscos con unas soltura que se me antojó ultrajante. Allí me vi dándole conversación a la señora del tractorista, quien, piadosamente —aunque con un punto de refocile— me vino a confesar que ella tampoco había sido capaz de afrontar esos últimos pasos a causa del vértigo. En eso estábamos, cuando se nos unió su marido. Un tipo fornido. Y con humor. Me preguntó si ya había subido al mirador y al saber que me retenía el miedo, me llevó casi del brazo hasta arriba. Así que finalmente, con más vergüenza aun que miedo, llegué a la atalaya y disfruté de la vista, que sí merecía en efecto la pena, pues alcanzaba la costa y la montaña, el bosque, la pradería y el sembrado, las aldeas dispersas y los caminos como venas. Y mientras lo oteábamos todo iba charlando con mi improvisado guía, que era de Foz y trabajaba para su ayuntamiento, que estaba limpiando la maleza de la zona, descuidada como todo lo del país, según afrimó, pues juraba y perjuraba que no había pueblo menos celoso de lo suyo que el gallego, ni más envidioso del vecino, ni menos partidario de aunar esfuerzos y hacerse fuerte, y que no eran así los asturianos, dijo supongo por complacernos, que bien lo sabía él pues había estudiado de chaval en Gijón, en la Escuela Pesquera de Cimadevilla, de la que guardaba recuerdos de compañeros y nostalgias de la ciudad. Y al oírle, pensaba que más que del sitio y de la gente, aquel grandullón de manos como hogazas añoraba una edad. Y que más que de su gente y de su terruño, renegaba de la vida que se había dado a si mismo. Así que todo aquello que uno iba oyéndole en lo alto del Frouxeira, entre la mar y las campanas de Mondoñedo, no debía sino tomarse como el bruto envés de una elegía. Sobre el haz, por contraste y por querencia hacia esta tierra, posaría uno la voz de Álvaro Cunqueiro:

Cando as lexións románs chegaron a Fisterre —conta Valeiro Flavio— que os soldados ó ver o sol asolagarse no océano, escoitaron algo así como o runxido que fai un ferro o roxo vivo que se mete na na fragua do ferreiro e asoenllaronse e di... que estaban presos dun relixioso terror: habían chegado o fin do mundo e habían visto a morte do sol... Pero polo sur, antes de chegar ó Fisterre, cando as lexións romás chegaron ó río Lima, creron que era un río famoso na mitoloxía greco-latina, creron que era o Letheo, o río do olvido. Os que pasaban aquel río ó chegar a outra ribeira, esquencíanse a lengua que falaban, esquencíanse os nomes propios, os nomes das súas familias e os rostros, xa non sabían de onde eran, apátridas, vagabundos, sen noites nin días polo mundo. E non quixeron cruzar o Lima e tuvo que ser o propio xefe das lexiós, Décimo Xuño Bruto, quen pasou a cabalo e dende a outra ribeira empezou a chamar os lexionarios polo seu nome, a dicirlles as batallas en que habían estado xuntos, as xentes que o coñeceran e hasta os nomes das familias e os nomes das terras de onde proviñan. E entón, convencidos de que aquel non era o Letheo, de que aquelas augas mansas que van verdes entre [...] e xunqueiras creron de verdade que non era o río do esquezo e pasárono e emprenderon a conquista de Galicia, a romanización de Galicia. De modo que Galicia é nin máis nin menos unha terra que ten a cabeza onde remata o mundo coñecido e ten os pés no Río do Esquezo. Realmente non pode haber país máis estrano, non pode haber país que estea máis lonxe, e que de máis lonxe veña a entrar dun xeito ou outro na grande historia humán.

jueves, julio 16, 2009

Chaves Nogales


A uno le llegó noticia de Chaves Nogales leyendo a Trapiello. Y no hace mucho recuperó el nombre por lo que de él se contaba en Babelia, donde Ruíz Mantilla resumía acertadamente vida y obra del autor sevillano. Luego, en una cena de amigos, T. me dijo que lo estaba leyendo con entusiasmo. Así que compré A sangre y fuego. Ya puedo asegurar que las referencias no eran en modo alguno exageradas. El libro merece tenerse y recomendarse aunque sólo sea por su prólogo. En esas pocas páginas introductorias se hace el más lúcido y objetivo retrato de la contienda civil española que uno recuerde. Deberían ser estos párrafos iniciales lectura obligada en escuelas y universidades cuando se trate el asunto histórico y vergonzante de nuestro fratricidio. Deberían ser lectura obligada también para toda la hueste política. La profesional y la que atiza el quehacer del gobierno y de la oposición desde las orillas con compromisos diversos —el de la memoria y el del olvido—.
“Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, de ciudadano de una república democrática y parlamentaria.”

miércoles, julio 15, 2009

martes, julio 14, 2009

El lector

El lector. Libro y película. Primero leí la obra de Bernhard Schlink. La extraña relación entre un adolescente sensible y maduro y una mujer áspera y sensual veinte años mayor. Se ambienta en la Alemania de los años cincuenta. Cuando se reconstruyen las ciudades y el espíritu mismo de un país en el que convive el silencio cómplice de los supervivientes y la vergüenza perpleja de sus hijos. Hanna y Michael Berg representan esas dos generaciones. La obra se interroga sobre la culpa y la comprensión. Sobre la pasividad en medio de la fuerza y sentido de las corrientes. Sobre el comportamiento de quienes no siendo nacionalsocialistas, aceptaron el horror del exterminio. Hanna pregunta al juez en el juicio (le pregunta también, intuyo, a quien lee su historia en las páginas de Schlink): ¿Qué hubiera hecho usted? Curiosamente, en ese instante el verdugo se vuelve víctima. Adquiere la apariencia de un engranaje obediente en las entrañas de una maquinaria enorme y tan poderosa que sobrepasa cualquier voluntad. Además, el analfabetismo vergonzante de Hanna le hace expiar más culpas que la propia. Esa extraña indefensión por no saber leer ni escribir la vuelve vulnerable, humana. Pese a la atrocidad de su obediencia, pese a los crímenes que pudieran atribuírsele por ella, hay, intuyo, una evidente intención en el autor de ponernos a la altura del personaje, de comprender finalmente su indeferencia. Sucedió, fue atroz, pero los ejecutores del holocausto no fueron diablos sino mortales cobardes, como muchos de nosotros, a los que al cabo del tiempo el remordimiento terminó por quitarles el sueño y hasta la vida. La adaptación cinematográfica de Stephen Daldry es bastante fiel al libro, aunque uno ve en Kate Winslet una osamenta demasiado esbelta como para darle vida a la ex celadora de Auschwitz.

viernes, julio 10, 2009

Sin ganas

Leyendo lo que escribí al llegar al hotel tan sólo un par de horas después de cruzarme con el hombre elefante, lo que días más tarde resumí en la bitácora acerca de ese tropiezo, pienso en si ese hatillo de palabras que apresaron una sensación agria, desasosegante y prolongada, en si ese retazo de diario de viaje no será sino la fotografía diferida tomada por un cobarde, el apunte de lo que me hizo huir, el remilgo atildado de un turista sensible que no se atrevió a dirigir el objetivo de su cámara, ni tan siquiera el de su ojo, hacia el rostro deforme del monstruo y que tampoco tuvo el escaso valor de acercarle unas monedas, el precio escaso de la cerveza que luego me tomé en una terraza próxima. Sin ganas.

miércoles, julio 08, 2009

El hombre elefante


Justo al lado del Nicola, en la acera en sombra de Rossío, mendigaba un hombre sobrecogedoramente deforme. Nunca había visto nada igual. Su rostro era como un enorme suflé desparramado de carne gangrenada. Nadie que se lo cruzara tendría, probablemente, reparo alguno en arrojarle al sombrero todas las monedas de su cartera. Pero qué pocos soportaban los escasos quince segundos en que, deteniendo el paso, debían acorazar coraje y mirada mientras buscaban una limosna que dejarle al monstruo en su proximidad aterradora.

lunes, julio 06, 2009

Viernes

El viernes nos acercamos a Niembro. T. está allí de vacaciones. Nos esperaba en lo alto del pueblo. En el mirador. Que es como el tronco de una mariposa. Su tierra firme. A los lados, extendidas, las alas. Torimbia y Toranda. Dos playas hermosas. De las más hermosas que uno conozca. Quietas sobre la flor acantilada. La mar estaba tan mansa como el cielo. Qué envida de este retiro. De este confinamiento en una pequeña casa con antojana y jardín. En medio del pueblo. Pasando los días en la ocupación de mareas, soles, nublados y lloviznas, cháchara a última hora en el bar de la carretera y bocados frugales en la taberna del camino al arenal. Ensaladas, pescado fresco, arroz. Charlamos un buen rato. Hizo café. Demasiado espeso. Caminamos hasta Barro. Retirado el mar, las barcas encallaban abandonadas en el limo. No tenía reflejo la iglesia ni el cementerio.

jueves, julio 02, 2009

Brinquedos

O Museu do Brinquedo, en Sintra, es un encantandor lugar abierto apenas hace unos años. Reúne una inmensa colección privada. En la primera planta, dispuesta para muestras temporales, vimos la que se le dedica a los playmobil, esos minúsculos personajes de articulación rudimentaria, expresión feliz y múltiples ocupaciones. En lo que son fondos propios del museo, las sorpresas y la fascinación son continuas. Ordenados por épocas y tipos, se mezclan coches, barcos, trenes, muñecos, animales, hojalata, madera, trapo, plomo. Auténticas reliquias. Encantadoras piezas rescatadas quizás de sótanos y anticuarios, del olvido y la desatención. Amor por el juego y evolución del mundo en esas piezas que recogen usos, costumbres, novedades, inventos, penurias y desahogos. Andábamos por la segunda planta, de vitrina en vitrina, llamándonos para enseñarnos lo que íbamos descubriendo con asombro, maravillados, cuando se dirigió a nosotros un hombre mayor, hemipléjico, que deambulaba por la sala sobre una silla de ruedas que movía con sólo una mano, la derecha, cubierta con un guante de piel negra. Preguntó desde dónde veníamos y si nos estaba gustando lo que veíamos. Y como le dijéramos que estábamos admirados, nos desveló entonces que él era el dueño, el coleccionista de todo aquel prodigio. Joao Arbués Moreira, su nombre, nos acompañó desde ese momento por la exposición. Hablándonos suave y sin pausa. Desvelándonos cómo había ido reuniendo tanto juguete. Glosándonos lo que íbamos viendo a su lado. Joao Arbués Moreria tenía un abuelo, Joao Capucho, que además de poseer una fortuna evidiable, albergaba ideas peculiares sobre la educación de sus nietos. Prefería que jugaran a que estudiaran, y hasta premiaba con juguetes las malas calificaciones escolares. Aquellos pequeños fueron creciendo rodeados de juguetes. Un profesor les preguntó un día si coleccionaban alguna cosa. Cuando le llegó el turno, Joao dijo que juguetes. Sus compañeros se rieron de la ocurrencia, pero el maestro les explicó entonces que una colección de juguetes era tan importante como cualquiera otra porque a través de ellos podía conocerse la época a la que pertenecían. Desde ese momento, Joao vió sus juguetes de otra manera. Desde ese día, Joao empezó verdaderamente a convertirse en coleccionista de juguetes. Su padre, en la esperanza de que tanto Joao como su hermano, se libraran de la influencia demasiado lúdica de su abuelo, los envió a ambos a estudiar a Inglaterra. El viejo, aun en la distancia, siguió haciendo de las suyas. Dispuso tal cantidad de dinero en las cuentas bancarias de sus nietos en Londres, que hasta la propia policía llegó a investigar el asunto, pues no le daban crédito a la versión de los adolescentes que justificaban en la excentricidad del abuelo esa abundancia de recursos. Finalmente, los muchachos no sólo finalizaron sus carreras allí, sino que Joao fue incrementando, al tiempo, no poco su colección de juguetes. La familia Arbués residía en Estoril. Eran vecinos de don Juan, el monarca español que nunca llegó a reinar. Joao tenía casi la misma edad que don Juan Carlos. Eran a diario compañeros de juego en el verano. Estaban juntos incluso el aciago día en que al príncipe se le disparó la pistola con la que mató a su hermano Alfonso. “Yo estaba allï —dice Joao—. Habíamos estado tirando en el jardín. Don Juan nos dijo cuando acabamos que las armas, una vez usadas, debían limpiarse. En eso estaba Juan Carlos cuando Alfonso, que era un travieso incorregible, empezó a brincarle alrededor. La bala le entró por la barbilla. Lo fulminó. Yo, que entonces tenía sólo doce años, tuve que ir a buscar al padre para decirle lo que había pasado. Fue terrible.” Joao guarda aún una buena amistad con el rey. Juntos salían algunas noches desde la Zarzuela en moto por las calles de Madrid. Más veloces de lo conveniente. De lo permitido. En una de aquellas correrías un guardia civil les dio el alto. Cuando vio a los motoristas sin casco, terminó cuadrándose. Joao se ríe recordándolo. Empuja la silla hacia las vitrinas de los soldados de plomo. Recrean batallas famosas. Acontecimientos históricos como el regicidio de Sarajevo. Héroes y villanos. Frente a las tropas nazis, se acuerda que una vez vio llorar a un hombre ya mayor. Era un judío que había estado confinado en un campo de trabajo durante varios años haciendo soldados de plomo como aquellos que ahora tenía en frente, quizás incluso alguno de ellos había salido de sus manos. El secreto de su perfección era el miedo. Cualquier tara podía costarle la vida al artesano. Incluso para las tropas de juguete hay tiempos de guerra. Nos lleva luego Joao hasta una de las últimas vitrinas de la segunda planta. Quiere ensañarnos un par de rudimentarias reproducciones en hojalata de cocodrilos. Sobre una de ellas monta un jinete de raza negra. “¿Se dan cuenta —pregunta divertido y por probarnos— de que estamos ante un juguete racista?” Al advertir que observamos algo perplejos el enigma, nos saca enseguida del apuro: “Quien hizo esta parodia, pensaba que nadie, salvo un negro tonto, montaría un cocodrilo. Y si se fijan, el segundo cocodrilo está mucho más gordo que el primero y se relame satisfecho. Se ha comido al jinete.” La broma es como la reproducción de una viñeta en dos escenas. Tiene el encanto de la gracia ingenua y el trasfondo cruel de un racismo sin complejos. Los juguetes no son a menudo inocentes. Son imagen de la gente, de sus aspiraciones, de su manera de pensar, de su capricho.

Enzo Ferrari tenía un viñedo en el que consechaba un vino escaso, excelso, para uso propio y para regalar a los amigos. Se le ocurrió que no habría mejor cofre para aquellas botellas que una reproducción del modelo que hiciera campeón a Fangio. Un regalo que era un coche a escala con una botella de excelente vino en su interior. Siempre anduvo Joao detrás de alguna de esas escasas reproducciones. Un amigo lo llamó un día desde Florencia. Había visto una en un anticuario. Joao y su mujer tomaron enseguida un vuelo que los llevó hasta la pieza codiciada. Dice el viejo que la consiguió a un precio escandaloso. De Ferrari auténtico. Luce ahora también en el museo. Y uno la ve distinta sabiendo cómo llego hasta aquí. A veces, algunos pequeños que visitan estas instalaciones en excursiones escolares quieren saber por qué Joao no camina. Él les dice entonces que no puede hacerlo porque no le han dado cuerda. A continuación, los pequeños les preguntan a sus maestros por qué al señor de la silla de ruedas no le dan cuerda. Ese juego también le divierte a Joao. Se ríe y nos contagia. Al irnos, se desprende ceremonioso del guante de su mano derecha. Se la estrechamos agradecidos.

viernes, junio 19, 2009

Lisboa


Lisboa era neutral.
Rick acompañó a Lisa hasta el aeropuerto.
En las hélices del avión se enroscaba el tiempo
como un ovillo a los pies de un gato.
Qué hacer luego con los nudos.

Partiremos de mañana.
Viajaremos al paso escaso
con que arrastra la luz el sol.
Parábola de migas.
La hogaza del hogar a las espaldas
y la voraz turbulencia de las palomas
en la otra orilla,
sobre el estuario mismo de los atardeceres.

(Hasta la vuelta.)

lunes, junio 15, 2009

Tres fotografías

En ocasiones, la inquietud imprecisa que nos impide conciliar el sueño, nos sume en un estado ligeramente febril, vagamente intuitivo. Pueden entonces, de pronto, asociarse de un modo imprevisto, aleatorio, imágenes y recuerdos. Puede rebobinarse lo que trajo el transcurso del día o lo que sucedió muchos años antes y emerge de las sombras con una nitidez desconcertante. Es posible pergeñar el argumento de un cuento, dormirse con la felicidad de un endecasílabo que creemos perfecto, viajar, amar o sufrir de soledad o espanto. En uno de esos duermevelas, tres fotografías adquirieron hace unos días una persistencia algo obsesiva. La foto de la Madre migrante que tomó en 1936 Dorothea Lange, que se convirtió al cabo de los años en la representación misma de la Gran Depresión americana y que se puede ver en la actualidad en Madrid con motivo de la exposición que recoge parte de la obra de la autora americana, la correspondiente a los años comprendidos entre 1931 y 1942. En segundo lugar, la instantánea que Nick Ut tomó en 1972 en Vietnam tras un bombardeo con napalm y en la que Kim Phuc, una niña entonces de nueve años, corre desnuda con su piel ardiendo. Y por último, la fotografía de Franns Rilles Melgar, el emigrante boliviano sin papeles, que sufrió la amputación del brazo izquierdo en una panificadora donde trabajaba sin contrato por un salario escaso. Su patrono arrojó la extremidad amputada a un contenedor y, por miedo a las sanciones, dejó desangrándose a su empleado a doscientos metros de las urgencias del hospital. En la primera hay perfección formal, hay posado, tomas varias y algún retoque final. Según parece, una cita del filósofo Francis Bacon permaneció clavada en la puerta del cuarto oscuro de Dorothea Lange durante muchos años: “La contemplación de las cosas como son, sin error o confusión, sin sustitución o impostura, es en sí misma algo más noble que una cosecha entera de invención”. La cosecha de las uvas de la ira de estos blanco y negros de la Lange siguió a su modo la recomendación. Persiguiendo, uno cree, más una finalidad que una estética ética. Lo logró: la madre migrante fue finalmente icónica. La foto del Kim Phuc es, por contra, seguramente mucho más imperfecta, pero tiene a su favor la verdad incuestionable de la toma única, del instante irrepetible. Consiguió remover conciencias con la verdad desnuda y borrosa. Diríamos que hay entre ambas fotos la distancia que separa el asco refinado de la arcada irreprimible. La tercera tiene escasos días. La distribuyó la agencia Efe dándole soporte gráfico a las prestaciones que a los sin escrúpulos le rinde, en tiempos de crisis, la emigración clandestina. La imagen es en color y el encuadre deja el muñón en primer plano —levemente desenfocado, como si un asomo de pudor le pudiera en el último momento al objetivo—. El cúmulo de vendas, agujas y blanco impoluto, aséptico y hospitalario de las sábanas lava la cara de un país que demostrándose ineficaz en el filtro de las fronteras y en la garantía de las condiciones laborales, procura al menos la curación de las víctimas de esa desidia. Supongo que en esa asociación de tomas tiene mucho que ver el fondo de iniquidad que en todas ella subyace, la personificación del abandono en una madre en la ruina, en una niña abrasada y en un emigrante amputado. Habrá mil fotos más, un millón, que se pudieran añadir a éstas. Pero esa noche, en ese trance en que uno lucha por conciliar un sueño que se le hace esquivo, las que yo vi de pronto, superpuestas, fueron las de Florence O. Thompson, una madre con tres de sus hijos en medio del hambre; la de Kim Phuc, una cría que llora a gritos sobre las brasas; y la de Franns Rilles Melgar, a quien a cambio de un brazo le darán por fin sus papeles.

viernes, junio 12, 2009

Galeradas


Así comprimidas, como llegan hoy en el correo electrónico, que sólo hace falta pulsar sobre su icono para que se desplieguen todas sus páginas, les parecerán milagro todavía a muchos autores. Porque aún no hace tanto que las galeradas debían de remitírseles envueltas en papel de estraza, sueltas como hojas volanderas y apelmazadas unas contra otras por combatir el frío de no estar encuadernadas. Pero no han ser, pese a ello, muy distintas las sensaciones que provocan aquellas y estas galeradas en quienes, primerizos, se enfrentan a su repaso. Desenvolver paquete o icono suele ser finalmente como situarse sobre la rejilla de un mirador que cuelga en el aire de un acantilado. Por dentro se nos dispara el sensor de abismos. Mide el vacío y le otorga su escala de angustia. Lo que se hizo y pareció bien, provoca ahora dudas. Lo que tanto tiempo llevó, parece casi nada. Lo que era cierto, es ya equívoco. Y aunque podría verse la empresa como la inesperada oportunidad de hacer mejor lo que se dio por hecho y concluido en el pasado (no otra cosa se desea en los arrepentimientos), no deja de ser curioso que el miedo nos tome al volver sobre nuestros pasos y que aun andando por territorio conocido en este regreso, se nos antoje su suelo tan poco firme como el que nunca hemos pisado. Así que somos casi en la tarea como ánimas en pena que recelasen de la luz de la mañana temiendo que las vuelva nada.

jueves, junio 11, 2009

Culturas

El pasado sábado apareció el primer número del suplemento Culturas en las páginas del diario El Comercio. Desde el logo que se ha incorporado a la derecha, sobre los enlaces recomendados, se puede acceder directamente a él. En el estrenado suplemento se da cuenta de algunas bitácoras literarias entre las que se ha tenido la generosidad de incluir estos Diarios. Estupenda idea, desde luego, que se emprenda esta aventura por el periódico que siempre se ha tenido como cosa de casa y tan entrañable como un pedazo más de la ciudad. Se agradece, además, que se acuerden —o los acuerden (Doce mediante)— de uno para la ocasión. Suerte.

miércoles, junio 10, 2009

Discreción

La discreción es tan necesaria, en su justa medida, como el ejército en los países democráticos. Previene y protege.
La discreción absoluta es tan opresiva como el ejército de las tiranías. Reprime e intimida.
La indiscreción vuelve indefenso al mundo y lo deja a merced de los pillos.

viernes, junio 05, 2009

Magistral alquimia

Una fotografía es un instante congelado. Esa imagen adquiere trascendencia cuando sobrecoge a quien la mira por la fuerza de lo que fija. Si además se sabe de las circunstancias en que fue tomada, uno puede empeñarse en la interpretación de lo fotografiado. Llevando luz a los rincones en sombra. Glosando gestos. Volviendo secuencia lo que sólo es instante.
A partir de un gesto de coraje, la dignidad de un presidente que fija su espalda al respaldo del escaño cuando el resto de los congresistas gatea, Cercas escribe uno de los más vibrantes, emotivos y certeros libros que uno haya leído. Lo que el autor deseaba en principio era construir esta historia desde la ficción, sin embargo terminó por cimentarla en la pesquisa documental, sin que por ello el libro pierda la fuerza de las mejores obras literarias. Tiene un argumento potente. Unos personajes perfilados con verosimilitud incuestionable. Su desarrollo engancha de tal modo al lector que sus casi quinientas páginas se devoran con la misma avidez con que se aborda una bien urdida trama novelesca. Recurre a los duelos, a los paralelismos, a los héroes, a los villanos, a las traiciones, a las catarsis. Y todo ello, sin más añadido imaginario que la conjetura de unas pocas conversaciones, la motivación de algún personaje, de ciertos comportamientos; y siempre, en esos casos, advirtiendo del recuso intuitivo emprendido. Es pues un libro que cuenta fielmente un cautivador pedazo de la historia de nuestro país de la mejor manera posible y con los mejores mimbres: desde la verdad y a través de la literatura. Magistral alquimia.

miércoles, junio 03, 2009

Dos caxigalíne(a)s

La vanidad convierte en vicios públicos las virtudes privadas.

El desprecio como defensa cava trincheras y nos hunde los pies en el barro. La alegría como esgrima nos vuelve tan ágiles y brillantes como mariposas.

martes, junio 02, 2009

Modus vivendi

Adolfo Suárez. El péndulo de la historia. Primero villano. Luego canonizado. Ahora imbécil. Leo el libro de Cercas (Anatomía de un instante) con entusiasmo. No en vano se trata del pedazo más intenso de la historia de nuestro país que hasta la fecha me ha tocado vivir. Al tiempo me encuentro con una entrevista a Gregorio Morán. Ha escrito también sobre el asunto. Sobre el personaje. Ya dos libros. De este segundo (Adolfo Suárez, historia de una ambición) extrae para el periódico algunas de las ideas que lo sostienen. Una de ellas le parece a uno importante para explicar algunas cosas que le ocurren a la política patria. A la europea, también. Escándalos británicos. Desfachatez italiana. Corruptela hispana. Dice Gregorio Morán: “Suárez es un hombre sin cultura, sólo sabe de política, lo que forma parte de una larga tradición española”. Es verdad que la clase política de hoy ha pasado por la Universidad y hasta en ocasiones, aunque escasas, hay en ella personas de cierto fuste intelectual. Pero la política se les ha vuelto, por lo general, un modus vivendi de más alta alcurnia, mejor retribuido. Han elegido la trinchera como supervivencia. Y tras los sacos terreros no se perdonan los ocios reflexivos, se pierde hasta la perspectiva. Suárez era un hombre sin cultura en medio de convulsiones insoportables, al que quizás lo llevó al poder un prurito de medro, pero que una vez allí tuvo el coraje de una ambición generosa, histórica. Hoy se orilla por igual la pasión intelectual de perseguir la verdad sin la traba del rédito electoral y la trascendencia que otorga toda delegación de representatividad. Quizás tenga que ver en ello el miedo a perder la canonjía que se disfruta. Concluyamos con algo prosaico: el sueldo. Se argumenta muchas veces que un político debe cobrar lo suficiente como para que no le tiente el amaño productivo. Pero, ¿debe cobrar tanto como para que le asuste la reincorporación a su profesión —en caso de que la tenga—?