miércoles, febrero 02, 2011

Tira líneas

Hace sólo unos días que se presentó el nuevo libro de Fernando Menéndez: Tira líneas. No fuimos pocos los que en el Antiguo Instituto estuvimos arropando al autor. Lo introdujeron Jerónimo Granda y José Ramón González. Se enfrentaron al libro, a la propia presentación, desde actitudes distintas: la ocurrencia y la interpretación casi académica. En medio, Fernando, con su librillo en la mano, habló de esa manera algo desmadejada, franca e incontinente tan suya, y quizás al tiempo tan paradójica para un cultivador de lo breve, de los haikus y los aforismos. De ese minimalismo da idea incluso el propio libro presentado, que se edita en un tamaño adecuado para que pueda llevarse casi en cualquier bolsillo sin que ni abulte ni pese, pudiendo así leerlo de ese modo que piden los aforismos: intermitente, como de picoteo. Los de Fernando deben además rumiarse, interpretarse. No son sentencias al estilo dieciochesco, sino pequeñas provocaciones, acicates para la reflexión. A algunos hasta les falta la predicación, como si señalando tan sólo la evidencia fuera suficiente para abrir los ojos del lector: El hundimiento del muro de la intimidad. En otros destacan sus matices poéticos: Antes de apagar la luz, piensa en qué vas a soñar. Y en la mayoría se tratan todos esos asuntos que no escapan al espíritu observador de Fernando Menéndez, y que constituyen la concentrada materia sobre la que tantas veces se construyen obras literarias o filosóficas más extensas, pero no por ello más sabias.
Las palabras ensordecen el pensamiento.
A fuerza de vivir uno acaba por ser más cínico o más ignorante.
Existen dos tipos de humanos: los concéntricos y los excéntricos.
El fanatismo es el crepúsculo que anuncia la noche.

miércoles, enero 26, 2011

Malos tiempos para la lástima

Uno no conoce personalmente al detenido. Sabe de él por terceros. Terceros de fiar que atestiguan su austeridad. Y tiene, también, constancia de lo que ha sido su vida política. De mucho riesgo en los malos tiempos. En el trance por el que ahora pasa, aflora el ensañamiento y el ajuste mezquino de cuentas y parece lo más natural quitarle todo dique a la corriente. Dejar que fluya lo peor y con la mayor fuerza posible. Trocear el árbol y prender la hoguera. Arrimar el fuego a instituciones y personas. Desde la Conciergerie a la Place de la Concorde hay un pasillo de rostros airados y vociferantes. “Fin al régimen”, claman. En la fotografía borrosa del periódico no se ve a una enjoyada María Antonieta, sino a un anciano cabizbajo del que uno ignora al menos tantas cosas como las que parecen saber de él quienes lo esperan jubilosos en la guillotina. Malos tiempos para la lástima.

jueves, enero 20, 2011

Algo de Treme

Hay muchas maneras de tentar la dicha —me siento más cómodo empleando esta palabra; “felicidad” suele resultar demasiado ampulosa—. Después de comer seguí con El sueño del celta, de Vargas Llosa. Una envolvente historia que pone sobre la pista del mal. En el Congo y en la Amazonia. Exterminio por codicia. Se narra con mano ágil. Disfruto lo bien que se cuenta, aunque en el cómo hay más oficio que “chispa”. A media tarde, me subo a la estática y me pongo el primer capítulo de la serie Treme mientras pedaleo. Una pequeña maravilla ambientada en las ruinas del Katrina. Música de Nueva Orleans y buenos diálogos. Hay un pequeño cameo de Elvis Costello (nunca había reparado hasta ahora en el parecido que tiene con Menéndez Salmón). Un conjunto de jazz toca en un garito por la noche. Alguien le dice al trompetista que en la sala está Costello. No lo conoce. Insiste:
—Sería bueno que lo saludaras antes de que se fuese.
—Tío, no sé quién es.
—Es Elvis Costello, joder, uno de los grandes. ¿Te imaginas ir de telonero en su gira?
—¿Y se llama Elvis? —risas.
—Vamos, hombre, no me digas que te quieres pasar la vida fumando, tocando la trompeta en este bar por las noches y haciendo barbacoas en Nueva Orleans.
—No estaría mal, tío —más risas.
Lo dicho, maneras de encarar los días.

martes, enero 18, 2011

Arboleda en la niebla

Ocho troncos sin raíz ni copa. Temblando casi como si fueran un reflejo en el agua. Ofreciendo en medio del frío la llama de su corteza otoñal. Ayer mismo colgué este trozo de bosque en las paredes del salón. Se me iba cada poco la vista desde el libro que leía al lienzo que me reclamaba como una ventana abierta a un paisaje nuevo y misterioso. En esta arboleda de Ramón Fernández, la niebla tiene la consistencia de todo lo que nos confunde, de cuanto nos perturba. Por debajo uno intuye una fauna abisal y submarina, por encima el cielorraso del ramaje entrelazado y desnudo. Y en medio, el silencio opaco donde golpea como el oleaje la respiración asustada de quien se ha perdido en el bosque y no encuentra el camino a casa, al sillón desde donde sólo un momento antes se sabía a salvo bajo una luz tibia y con una novela en su regazo.

martes, diciembre 21, 2010

Carta

Querido Serandinas: A veces —muy de vez en cuando, pero desasosiega— siento en la distancia tu mirada inquisitiva. Incluso más que inquisitiva: de reproche. ¿Dónde se fue —te imagino preguntando con un tono manriqueño acorde con el río que transcurre tan próximo a tus predios— aquella constancia que promediaba casi un apunte diario, un esbozo en lo íntimo del paisaje, de la lectura o de las cosas de la república? Pereza, amigo, pereza. Pero no la pereza a que aboca la desidia. Sino la pereza en que nos sume el fruto escaso o agostado. La pereza con que nos aquieta la incertidumbre. Así que no te asombre que recurra al hurto consentido de lo ajeno, de la rama que cuelga sobre el camino y ofrece carga y sombra a quien pasa cerca. Hoy mismo, mientras me afeitaba y oía en la radio a la Concostrina —qué lujo sus apuntes diarios de la Historia—, tramaba traerme a la bitácora la referencia de su comentario: Iquique. Un lugar del norte de Chile. Quilapayún popularizó la cantata que recuerda la matanza allí ocurrida: Señoras y Señores / venimos a contar / aquello que la historia / no quiere recordar. / Pasó en el Norte Grande, / fue Iquique la ciudad. / Mil novecientos siete / marcó fatalidad. / Allí al pampino pobre / mataron por matar. Música emotiva para entrañas aún sin fermentar. Las nuestras de entonces. Sucedió el 21 de diciembre de 1907. El ejército acometió una represión sangrienta de la huelga de los empleados del salitre, un mineral que les procuraba enormes beneficios a los empresarios ingleses que lo explotaban. Los mineros sólo obtenían por su trabajo fichas que canjeaban en las tiendas de la propia compañía. Esclavitud encubierta. La rebelión terminó en masacre. Murieron casi tres mil. Busco una foto de entonces. Hay en ella, en los retratados a pie de mina, un aire oriental. Una miseria vagamente asiática. Los cuerpos sin grasa, los bigotes ligeros, los sombreros apagodados, las casullas amplias y sin cuello. Como si cayeran las indias orientales por lo más alto del Chile escuálido. Se levantaron suicida y dignamente. No hay ahora, en lo que uno conoce de cerca, la urgencia por el orgullo. Importa más la supervivencia. Vivir, aunque sea peor, para contarlo. Pasamos por el aro. El domador nos gobierna. El circo impone sus reglas. Te confesaré algo: creo haberme detenido a tiempo. Una suerte de deriva lenta y supuestamente argumentada me estaba llevando al otro lado. Es hora de que reme a contracorriente. De que venza la pereza. De que no olvide de qué lado está más que la verdad, el consuelo. El que hay que dar mientras se sigue bregando contra el agravio y el que se necesita igual que el aire respirado. Hoy, como verás, querido Serandinas., me he sobrepuesto a la desgana. Quizás te resulte confuso cuanto te cuento. Si fuera así, considera que Iquique, al menos como sinécdoque, me ganó las ganas y la memoria. Algo es algo. De lo demás, te diré que al invierno por aquí le ponen guirnaldas, y luces, y hasta fiesta. Será por combatirlo en la alegría, por muy forzada que resulte. Quizás tú también encuentres tiempo para reparar ensimismado en las nieves. Antes, lo sabrás por los viejos que aguantan todavía a duras penas por su osamenta en esos pueblos, se renegaba del frío y hasta de la estación entera. Porque era dura e interminable como esa ausencia de la que hablan los versos de Berta Piñán que he leído hace nada: "los brotos del xardín yá podrecieren / y el ríu medrara na to ausencia, / como miedren les hores / na cama d'un enfermu". Son del libro La mancadura, palabra con que le decimos al daño. Suenan bien en esa lengua que uno no acaba de ver como suya, pero que, sin embargo, parece dócil y muy viva en los poemas de Berta Piñán, siempre escritos en voz baja y despojados de adornos. A la manera en como se habla ahí a donde te escribo. Más largo que otras veces. Por compensar pasados silencios.

lunes, diciembre 20, 2010

Del ruido

"En las casas de los pobres, uno está condenado a oír los ruidos del otro. Lo escucha cuando grita, cuando cocina, cuando abofetea a su mujer, cuando va al baño, cuando la patrona le reprocha, llorando a los alaridos, su impotencia. Incluso se escucha, con todo detalle, el pormenor de sus actos sexuales. No hay privacidad entre los pobres. Siempre he vivido en casas así: apartamentos de mala muerte, chozas con paredes de hard borrad y otras pocilgas. Más aún: siendo pobre, uno ignora que existe el silencio. No sabe lo que es. No comprende por qué el silencio puede ser agradable. Juzga que los demás merecen oír nuestros ruidos, nuestra música a todo volumen, nuestros gritos destemplados, nuestras carcajadas sin gracia. Por haber sido pobre la vida entera, hablo en voz alta y expreso ruidosamente todas mis emociones. Estoy convencido de que los vecinos (y el prójimo, en general) deben compartir mis experiencias digestivas, eróticas y familiares. Es lo que nos pasa a las personas que tenemos poca educación y bajo nivel de vida".

Charles Bukowsky

De la Lindo

Ah, los talibanes de la certidumbre (buen artículo de la Lindo):
Hay personas a las que no les cabe la menor duda. Tiene su lógica. Son personas tan sobradas de razones que no tienen sitio en su cerebro para albergar una duda, por muy pequeña que sea. A ese tipo de personas las llevo rehuyendo desde niña. En mi juventud me acomplejaban; ahora, me aburren. Fundamentalmente. Creo que a ese tipo de personas se las observa con más claridad cuando se llega a la madurez: tienes la oportunidad de ver cómo actúan en un ciclo de vida amplio. A mí me ha dado tiempo, por ejemplo, a tener que soportar la intransigencia de un militante de izquierdas y ver a ese mismo individuo, años después, transformado en un intransigente de derechas...

miércoles, diciembre 15, 2010

Autocombustión navideña

Apretados como parejas que se revuelcan después de un armisticio. Así deberían estar siempre los renglones que se escriben. Sin dobles espacios abismales provocando el horror al vacío. Párrafos y párrafos de letra menuda y muy junta. Estrofas constreñidas en la vastedad del papel. Como oasis. Como rebaños amparados por una sombra en medio de la árida inclemencia. Así debería ser también el oropel de estas fechas. Un precipitado de luz. Intensa y concentrada. Ardiente. Insular. Sol o vela. En las cocinas de carbón, al levantar con el gancho las arandelas de la plancha, asistíamos a la combustión de su magma, un minúsculo círculo que nos llevaba, como Verne, al centro de la tierra. El corazón es un quicio sobre el que giran los años al doblarse. Un quicio forjado en la fragua de un volcán íntimo. Nada prospera sin calor. Nada se olvida sin ceniza. Llamas bailando muy pegadas. Ascuas como cuentas de pulsera. Polvo de hoguera perfilado en pasos. Los que se dieron. Los que están por dar. Eco de pasos en cuartos. En medias. En horas. Campanas de pasos tocando a fuego. Para que ardan como yesca estos días puñeteros. Consumidos por el mismo replandor que los adorna.

jueves, diciembre 09, 2010

La bilis

Cuándo comenzó a convertirse todo en el palo de un gallinero. Cuándo se subieron definitivamente los salvapatrias a ese madero rebozado de guano. Cuándo se convencieron de que no había nada mejor para hacerse con la audiencia que imitar como simios rijosos en lo alto las procacidades de los corrales más zafios. Llegaron las nuevas cadenas digitales y sus espacios de opinión política, y como nunca despertaron pasiones los debates sesudos, sino el acopio sexudo de imprecaciones, medias verdades y apocalipsis, a eso se aplicaron los inquilinos de la caverna y los convidados temporales —que no asisten al aquelarre como mártires de nobleza ingenua sino como contrapunto al que se brindan por soldada espuria—. La piedra arrojada al lodo mueve ondas lentas pero pertinaces. Llegan incluso a las orillas. Las desbordan. Esa piedra remueve lo peor de lo profundo: fetidez y miasmas. Desgraciadamente, los salarios que se ganan exprimiendo la propia bilis no suelen generar mala conciencia sino poder adquisitivo. Quién nos regenerará de políticos y opìnadores. Quién nos regenerará de lo peor de nosotros mismos. Cuándo será cacofonía la rima audiencia / indecencia.

viernes, diciembre 03, 2010

Dickensiana

Según parece, Henry James, y Virginia Woolf le achacaban a Dickens un sentimentalismo demasiado efusivo en su prosa. Bien, a riesgo de que esto pase por dickensiano ante los que aplauden hasta con la orejas cada nueva medida restrictiva del Gobierno sin pararse a pensar si cabrían soluciones alternativas a las mismas, reproduzco aquí una noticia de la prensa que me ha enviado con alarma mi buen amigo R. Dice así: Ingresa en prisión el parado que atracó un banco en La Calzada con un cuchillo. «Lo hice por necesidad, los 400 euros de la ayuda familiar no me dan para cubrir los gastos». El gijonés de 54 años acusado de asaltar una oficina de la Caja Rural armado con un cuchillo ingresó el pasado martes en prisión por orden del juez de guardia. El reo intentó defenderse ante el magistrado asegurando que había robado «por necesidad»: «Los 400 euros de la ayuda familiar no me dan para cubrir los gastos», declaró. Los hechos tuvieron lugar el jueves 11 de noviembre alrededor de las seis de la tarde en una sucursal situada en La Calzada. El ahora detenido, al que la Policía siguió la pista durante cuatro días, entró entonces en la oficina, se posicionó ante la trabajadora que estaba atendiendo en la ventanilla y sacó un cuchillo que tenía guardado en su chaqueta. El acusado amenazó entonces a la cajera pidiéndole mil euros. La víctima accedió a la petición del atracador y le entregó todos los billetes que tenía en su puesto. Tras recibir el dinero el asaltante se percató de que el botín no llegaba a la cantidad solicitada por lo que se llevó además las monedas que encontró. El ahora encarcelado accedió al banco a cara descubierta y abandonó la sucursal «a paso tranquilo», según los testigos de los hechos. La Policía le localizó cuatro días después del suceso. Los agentes consiguieron dar con el presunto autor del robo después de analizar los perfiles de varios vecinos de la zona con necesidades económicas agudas. La «poca profesionalidad» del acusado a la hora de cometer el atraco guió los pasos de los funcionarios del Cuerpo Nacional de Policía. El arrestado aseguró ante el juez que lleva «un año en paro y buscando trabajo sin ningún éxito». La desesperación de este gijonés, que tiene un hijo menor de edad «al que mantener», le llevó a cometer el delito por el que ahora debe cumplir la orden de prisión provisional. Reparen en el hecho de que a partir de hoy a los parados de larga duración no se les abonarán los cuatrocientos veintiséis euros que hasta ahora percibían. Ayer subió la bolsa.

martes, noviembre 30, 2010

Wikileaks

El desmedido afán por los inconfesables secretos de los camerinos se llevaba antaño con esmerada discreción. Ni más ni menos que como cualquier otra perversión de la que no resulta elegante vanagloriarse. Lo relevante era la obra teatral. Texto, interpretación, atrezzo y mensaje. De la malsana curiosidad de las bambalinas tan sólo daba cuenta la confidencia o el relato pícaro. Había, por tanto, para la materia el trato cuidado de lo que requiere media voz o especialización de estilo. Me refiero, claro, a gente cultivada. La que no lo estaba aireaba estos trapos como el resto de la colada, por patios y balcones. De un tiempo a esta parte, se ha ido asistiendo a la paulatina globalización del oreo ruin. La obra ya no es nada sino incorpora el acto supletorio del biombo transparente: a la vista del auditorio, la desnudez del elenco. Qué es sino este acopio en bruto de papeles.

viernes, noviembre 26, 2010

El turista accidental

Como un regalo. Después de un viaje obligado, de una visita al hospital, de acompañar por un rato junto a su cama a un hombre por cuya edad, más de ochenta años, quizás entre quienes le atiendan pase por un anciano, pero al que, debido a esa naturaleza suya casi arrogante, erguida, no resignada, nunca había visto yo como tal hasta ahora. Después, digo, de ese trance al que le dediqué la tarde y del que volví conduciendo a la noche, pasando por debajo de ese viaducto ciclópeo en construcción de la Concha de Artedo que se alzaba iluminado a esa hora muy por encima del tráfico como una via láctea de la que colgaban en andamiajes pequeños operarios fosforescentes. Después de cenar con los míos y tras sentarme al calor del fuego como un perro que llega mojado y exhausto de un trote atolondrado, vi de nuevo, por casualidad pero agradecido al azar, la película El turista accidental. No hace nada que leí de nuevo la novela de Anne Tyler en la que se basa. Que C. la leyó también contagiada por el entusiasmo con que le hablé de esa relectura. Y de pronto, como la llamada de un amigo en el que estábamos pensando, como un regalo que no se esperaba, la cinta de Kasdan se asomó a nuestro televisor. “En los viajes, como en la vida, no hay que llevar nada de valor y, más importante aún, no hay que llevar nada ni tan valioso ni tan estimado como para que su pérdida pueda suponer un disgusto.” A ese turista que afronta los viajes como una metáfora de la vida y que se enfrenta a ellos con una resignación desesperanzada, le aguarda por sorpresa en una esquina el asombro de la voluntad. La novela atrapa al lector con una urdimbre tejida a través de personajes paradigmáticos pero creíbles. Es una historia de más de trescientas páginas que tiene el mérito de no ser en el fondo más que un poema sobre la pérdida y la redención. La película resume acertadamente el argumento del libro y tiene, además, el mérito añadido de ponerle rostro adecuado a sus personajes. Como un regalo. Ayer vi ese film como un regalo, casi como un consuelo después de ese viaje en el que pensaba, al volver a casa, como en otra metáfora, la de quien regresa tras pasar la tarde junto a un anciano finalmente rendido y transita de pronto muy por debajo de una imponente autopista en construcción.

miércoles, noviembre 24, 2010

Acetre puro de Olivenza

Los oí tocar en Hervás hace unos años. Me gustaron. Aquí interpretan un fado que es al tiempo alegre y triste. Cinco minutos largos de buena música.

lunes, noviembre 22, 2010

Realismo mágico

M. me envía este enlace del diario colombiano El Tiempo. En su correo, me dice: En Colombia llueve y llueve. Todo se inunda. La realidad es más irreal que un cuento de García Márquez.

El invierno convirtió al municipio de Sucre en la 'Venecia' colombiana
Por Alberto Mario Suárez
La cancha de baloncesto del colegio Las Mercedes es una pecera gigante, donde decenas de bocachicos plateados, mojarras rojas y hasta una nutria nadan todo el día, mientras los niños reciben clases, arrumados, en el segundo piso. El profesor de filosofía, Isidro Álvarez, mira desde el techo del plantel cómo naufraga su pueblo, Sucre (en el departamento del mismo nombre), y sentencia: "No hay duda: esto es Macondo". El maestro, que lleva puesto un collar marcado con la leyenda 'pata de agua', como les dicen a los nativos de este municipio, cuenta que las inundaciones comenzaron el 7 de agosto pasado, cuando cayó un diluvio y el río Cauca, crecido, se metió por el caño Mojana. Todo quedó entre el agua. La escuela, la alcaldía, la Policía, el hospital, la iglesia, el restaurante Alfredosky, el hotel Venecia y las 5.000 casas nadan en el Cauca, que no sólo inundó el casco urbano, sino también los 36 corregimientos, 27 veredas y dos caseríos. Hoy, no hay una calle de este pueblo -donde el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez pasó parte de su adolescencia con sus padres- por donde no naden peces de colores. Casi la mitad de los 33.994 damnificados abandonaron sus viviendas y se refugiaron en Barranquilla, Magangué y Sincelejo. La otra mitad armó unas tarimas de maderas en sus casas, que llaman tambos, y siguió la vida al ritmo de las canoas, que ahora sirven para llevar a los niños al colegio y los muertos, al cementerio. Desde bien temprano, en la calle Junín, al frente de un pequeño puerto a donde llegan los viajeros de la región, se ve a decenas de 'mototaxistas' que cambiaron sus motos por canoas. "Aquí tenemos 'motocanoas'. Nos inventamos esta 'película' porque podemos hacer lo mismo que con las motos: llevar a la gente al hospital, a los sitios del pueblo, por 1.000 ó 2.000 pesos", explica Heriberto. El sacerdote Eduardo Arce confiesa que la situación es muy extraña: "Jamás había visto peces nadando dentro de una iglesia". La parroquia está cerrada. Las bancas yacen apiladas unas encima de otras. Las misas se realizan en la Casa del Adulto Mayor y las puertas sólo se abren cuando alguien muere. Los curas, para no mojarse, no se ponen sotana sino jean y botas pantaneras. "El último que sepultamos fue un señor al que degollaron, misteriosamente, en una cuadra que está abandonada. Nos tocó llevarlo en canoa hasta el cementerio, porque ya tenía tres días de fallecido", cuenta el padre Arce, otro damnificado del invierno. El camposanto es una piscina cubierta de plantas acuáticas que tapan las bóvedas más bajas. Las familias les rezan a sus muertos desde las canoas. A unos remos de allí está el colegio Las Mercedes, que funciona a medias. La mayoría de los niños que estaban en primaria dejaron de ir a clases desde finales de julio. En los salones de preescolar, primero y segundo, el agua les llegaba a las rodillas. En cuarto y quinto era igual. En esa institución estudiaron varios hermanos de García Márquez, afirma el profesor Álvarez antes de subrayar que en estas mismas calles, ahora inundadas, los hermanos Chica Salas asesinaron hace casi 60 años al joven Cayetano Gentile, el personaje en el que se basó 'Gabo' para escribir Crónica de una muerte anunciada. "De aquí salieron muchas de sus historias -agrega Álvarez-. Mira que en el cuento de Isabel viendo llover en Macondo dice una parte que el agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio. En Aracataca -donde nació el escritor- el cementerio no se inunda. En Sucre sí". Aguas abajo, en el hospital, el jefe de recursos humanos, Rafael Salas, dice que debido al invierno se han presentado brotes de fiebre, enfermedades cutáneas y distintos males virales, por lo que han enviado a Sincelejo a más de 270 pacientes. Cuando las lluvias arrecian, las canoas alcanzan a entrar al hospital y a dejar a los enfermos en la sala de espera. En maternidad tuvieron que montar unas camas sobre otras para poder atender a las parturientas sin que se mojaran. "En el área de urgencias, una niña se cayó de la camilla y terminó en el agua, pero no pasó a mayores", recuerda Salas. En la alcaldía trasladaron las oficinas de la Personería del primero al segundo piso, y ahora comparten un cuarto con el Concejo. Y en los pasillos de la misma planta se instalaron las secretarías de Planeación y Educación. "La Alcaldesa se fue para Sincelejo y sólo viene los jueves", informa un empleado de la administración. Para otros, la vida sigue normal. La mujeres, con sus sombrillas de siempre, van de compras en las 'motocanoas', mientras algunos caminan por improvisados andenes de tablas. El peluquero hace sus cortes entre el agua, el café Internet está levantado en un tambo y atiende hasta la noche, y en el Alfredosky los comensales se sientan con el agua a las rodillas y les arrojan la comida que les sobra a las arencas (peces pequeños, como sardinas), que velan como perros. Los niños tampoco se han dejado ganar de la inundación ni del tedio que produce no tener un sitio seco para jugar un partido de fútbol o a las escondidas. Cuando acaban las clases, Luis Alfredo se dedica al juego de moda: pescar en la cancha de baloncesto. Amarra un hilo a un anzuelo con "un animalito" y espera a que pique una mojarra, un bocachico o un moncholo. La inundación del pueblo es un tema de todos los días. Pedro Sampayo, director de Emergencias de Sucre, dice que las crecientes ocurren todos los años, entre octubre y diciembre, pero antes sólo llegaban hasta la periferia.El funcionario añade que el desastre es consecuencia de la sedimentación del río Cauca. Otros señalan al Invías por obras de infraestructura que habrían quedado mal hechas. Y no falta quien ofrezca una explicación mágica. Alfredo Rafael Támara, administrador de Alfredosky, dice, como si se tratara de una profecía, que desde hace mucho tiempo esta inundación se veía venir. "Ya el profesor lo había dicho en su libro, que este es 'El país de las aguas' ", dice sobre el libro del mismo nombre, escrito por Álvarez para mostrar la influencia de Sucre en la obra de 'Gabo'. Aunque el maestro no buscaba ser profético, muchos se quedaron con el título y le achacan el desastre que viven. "Acá creen que yo soy como un chamán", dice el escritor, burlón, sentado en una mesa del restaurante de Alfredo. "Hasta un señor me dijo que por culpa mía era que estábamos inundados. Me tocó decirle que se leyera el libro", se queja. Y Andrés Artencia, dueño del hotel Venecia, donde está el único inodoro que funciona en todo el pueblo (usarlo cuesta 500 pesos), cuenta que la mayoría de los pescadores creen que si a la Luna se le ve una 'línea' delgada a un costado es que se viene la lluvia. "Acá la gente cree más en la Luna que en el Ideam", remata entes de reírse. La tarde termina y las canoas hacen su últimos recorridos. Por las calles inundadas se ve a policías patrullando en una. Uno de los uniformados, de apellido Arroyo, confiesa que fue difícil aprender a manejar el nuevo transporte: "Para ir a cualquier lugar toca coger la canoa y aquí la mayoría de los policías somos de otra parte. Lo más difícil era llevarla derechita; al principio me iba para los lados y 'me reventaba' contra las puertas de los negocios". Las luces se encienden, pues la energía eléctrica no se ha suspendido, y en el balcón del hotel Venecia Artencia y su amigo Víctor pasan otra noche contando historias de brujas, de espantos que se aparecen si uno sale de un velorio antes de medianoche y de la extraña luz que persigue a los pescadores en la ciénaga. Según Víctor, pocos se animan a salir en la oscuridad. Los bebedores se quedan, a lo mucho, hasta las 9 ó 10 de la noche en el par de bares que tienen las mesas entre el agua, y en la calle "ya casi no se ven peladitas". "A mí me produce dolor todo esto de la inundación -admite Víctor-, pero uno tiene que ponerle sentido del humor. Mire: si usted va por la plaza ahora y se cae al agua todo el mundo se caga de la risa. Ni siquiera le dan la mano. Usted se tiene que parar y luego llegar a la casa y sobarse. Aquí es así; parece mentira, pero es así". Las crecientes en casi todos los ríos del país tienen en alerta roja a sus poblaciones ribereñas. El Cauca ha provocado inundaciones desde La Virginia (Risaralda), pasando por Venecia hasta La Mojana sucreña, en la parte baja. El Magdalena provoca inundaciones desde Honda hasta Puerto Wilches (Santander) y Cantagallo, en el sur de Bolívar. Hay alertas en otros ríos más pequeños como en el San Juan (Chocó); el Negro (Cundinamarca); Nare (Antioquia); Sogamoso y Carare (Santander), y Gualí y Guarinó (Tolima).

domingo, noviembre 21, 2010

Contar historias

El sábado cenamos en casa con algunos amigos. El domingo resultó abúlico por comparación y por su propia naturaleza crepuscular. Por la tarde, tirado sobre el sofá, mientras leía a ratos el periódico, fijé la mirada en el ramo de flores y en el trozo de madera pintado que estaban sobre la mesa del salón. Regalos de esa noche. Eso quedaba de la cena del día anterior. Eso y un rastro de olor a tabaco. Al cabo de una semana sobrevivirá tan sólo el tronco seco al que las pinturas le dan una nueva vida. Y, tal vez permanezca también, lo que ahora escribo. El diario es como una maroma que fija la memoria a los norays. Me acerco al muelle y oigo las risas. Los cubiertos y las copas. El barco de los recuerdos es como un pequeño crucero iluminado de fiesta. Se sientan todos los viajeros en torno a la mesa. Afuera llueve y ventea. Recordar y contar al calor del fuego es refugiarse contra la inclemencia: la del tiempo y la de los años. Dice Vargas Llosa que la literatura es una hija tardía de ese quehacer primitivo que es inventar y contar historias.

lunes, noviembre 15, 2010

Un afondo

Ayer por la tarde vi la entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a Juan Carlos Onetti en A fondo, aquel viejo programa de la televisión por el que pasaron tantos personajes interesantes, sobre todo del ámbito literario. Fue curioso ver a un Onetti de sesenta y pico años enfrentarse al entrevistador confesando de antemano que era un hombre tan radicalmente tímido que tales puestas en escena lo aterraban. No dejó de fumar en los tres cuartos de hora que duró el programa. De vez en cuando también se llevaba a los labios un sorbo de agua, como para tragarse las hebras del tabaco o pensarse un momento las siguientes palabras. Sus respuestas eran lentas y a veces llevaban a la incertidumbre en el entrevistador, que no sabía cuándo había terminado de contestar el autor uruguayo. Hubo, por tanto a menudo, silencios inciertos, espectantes. Y quedaron en el aire, como prendidas en el humo espeso del tabaco en el blanco y negro, algunas frases memorables: “En toda relación amorosa hay siempre un sordo, sino los dos”. O aquella explicación de sus comienzos en la literatura: “¿Cuándo empezó a escribir? No puedo saberlo exactamente. Lo que sí sé es que en mi infancia empecé a mentir”. Se declaraba amigo de todos los autores del bomm: Gabo, Cortázar o Llosa. Pero dijo admirar más que nada los cuentos de Julio Cortázar. Explicó también, a propósito de la caótica manera de enfrentarse a la elaboración de sus textos, la diferente relación que mantenían con la literatura Vargas Llosa y él mismo. Creía que el peruano, con sus horarios definidos de trabajo y su laboriosa constancia, mantenia una relación conyugal con la obra literaria. Él, en cambio, con su forma de hilvanar las partes de los relatos y las novelas, escritas en arrebatos, manuscritas en cuadernos o papeles sueltos, urdidas sin demasiado plan previo, tenía a la literatura más bien por una amante. Qué joya de documento, qué retrato más bien trazado y que respeto por quien llevaba la manija del programa hacia la particular manera en que Onetti se enfrentaba a las entrevistas: con timidez, casi con miedo, demoradamente reflexivo, escondiéndose en las volutas de los cigarrillos, revelándose, como siempre hemos intuido, un letraherido encerrado a cal y canto de por vida en cuanto leía y escribía.

miércoles, noviembre 10, 2010

A dónde fuimos los días en que llegaron las lluvias

Casi como un confinamiento gustoso. Con esa sensación se reciben a veces las primeras inclemencias duras del invierno. Como si después de un tramo de vida demasiado expuesta, nos tentase el retiro. Sobre la claraboya del tejado percutía la lluvia como una ráfaga interminable de fuego enemigo. Leía sentado de espaldas a la calle. Me resultaba incluso agradable oír ese ruido de fondo desde el regazo de mi orejero. La casa era un libro, la luz cálida de una lámpara iluminando sus páginas y el acomodo en un asiento convertido en trinchera. Afuera, la estación hostil proseguía un asedio inútil. Cuando se hacía el silencio de la lluvia, me llegaban los acordes de una canción alegre. Mi hijo tocaba a la guitarra su particular versión de Brown eyed girl, de Van Morrinson. Una canción que en sus primera notas se pregunta Where did we go days when the rains came.

viernes, noviembre 05, 2010

De Toulouse-Lautrec

La condesa de Toulouse-Lautrec, madre del pintor, tenía decidido quemar en los jardines del castillo familiar de Malromé los seiscientos cuadros y los miles de litografías que, como heredera de su hijo, obraban en su poder. Un mundo para ella incomprensible de burdeles, chulos de baja estofa, bailarinas de cabaret, borrachos, poetas y otras gentes de parecida ralea. La obra de Toulouse-Lautrec siempre inquietó a los burgueses conservadores de su época. Cuando en 1901 el pintor murió en Malromé, cerca de Albi, Adèle de Toulouse-Lautrec estaba decidida a que no quedara ni rastro de la obra de su hijo. Dicha obra fue salvada in extremis por Maurice Joyant, un editor y marchante de arte amigo de la familia que logró convencer a la condesa de que aquel tesoro, aunque heredado por ella, pertenecía al patrimonio artístico de todos los franceses. La condesa cedió y los cuadros, debidamente inventariados por Joyant, quedaron almacenados en el estudio que el pintor poseía en la rue Frochot. Adèle de Toulouse-Lautrec no era ni mucho menos la única que se espantaba al contemplar la obra de su hijo. Poco antes de la muerte del pintor, un respetable crítico de “Le Courrier de France” escribía: “Así como hay gentes a quienes les gustan las corridas de toros (sic), las ejecuciones capitales y otros espectáculos bochornosos, también las hay que gustan de la pintura de Toulouse-Lautrec. Felizmente para la humanidad existen pocos pintores parecidos a este aristócrata cínico y degenerado”. Cuando Joyant, de acuerdo con la condesa, ofrece el conjunto de la obra del pintor a la Biblioteca Nacional y al Museo de Luxemburgo no recibirá contestación alguna de las dos prestigiosas instituciones. Cuando años más tarde Joyant insiste ofreciendo algunos cuadros al museo, Bonnat, célebre por su retrato del cardenal Lavigerie y director de losMuseos Nacionales, se negó a que entrara “en esta antecámara del Louvre ni una sola obra de un pintor que como Toulouse-Lautrec apenas sabía dibujar”. Joyant se indigna y se desespera ante la incomprensión y la hostilidad hacia una de las obras que con toda evidencia iban a marcar un hilo en la historia del arte francés. La condesa Adèle, que poco a poco se había ido impregnando de la atmósfera que tan bien había reproducido el genial enano, escribe a Joyant: “No estoy dispuesta a convertirme en una admiradora de la obra de mi hijo, ni a ensalzar, ahora que él ha muerto, algo que tanto detesté cuando todavía estaba en vida. Pero...”. Y en ese “pero” de la condesa Joyant ponía todas sus esperanzas. Porque ese “pero” Francia entera también lo diría un día. El milagro se realizó por fin cuando Emile Combes, presidente del consejo y antiguo profesor del seminario de Albi, feudo ancestral de los condes de Toulouse-Lautrec, promulgó, en 1904, la separación de la Iglesia y del Estado. Gran parte de los bienes de la Iglesia pasaron a ser propiedad del patrimonio nacional de los franceses. Entre ellos el magnífico palacio de los Arzobispos de Albi, que fue convertido en museo. Pero, ¿qué se podía exponer allí? Excepción hecha de un Guardi, sólo se ofrecía al público una serie de pinturas de segundo orden y algunas copias en yeso de estatuas griegas. Joyant vuelve a escribir a ministros, a diputados y pide incluso audiencia al presidente de la República. “¿No es monstruoso –les pregunta– que Henri de Toulouse-Lautrec, cuya familia tanto significa desde hace siglos para la ciudad de Albi, no tenga su museo precisamente en este palacio de los Arzobispos tan obviamente desaprovechado?” Entre tanto, la guerra había transformado profundamente a la sociedad francesa. Las mentalidades habían cambiado. La óptica de los críticos también. Joyant acabó saliéndose con la suya. En 1921, a la edad de 81 años, la condesa de Toulouse-Lautrec inaugura, por fin, en el palacio de los Arzobispos el Museo Henri de Toulouse-Lautrec. “El público desfila, mudo de asombro, ante los cuadros malditos: ‘La femme au boa’, ‘Valentin le Desossé’, ‘La Golue’, ‘La toilette’, ‘Portrail de monsieur Delaporte’ –rechazado años atrás por Bonnard–, todo un mundo canallesco e inocente en el que Henri de Toulouse-Lautrec, el aristócrata sensible y refinado, había vivido desde que una caída de caballo le convirtió en enano al quebrarse las dos piernas. Un enano que hacía reír a los chulos y llorar a las mujeres ‘de petite vertu’. ‘La herejía de Albi’ –así llamaron los conservadores de la época al nuevo museo– se ha convertido con el tiempo en una de las joyas que más enorgullece a los franceses.”
In extremis, de José Luís de Vilallonga

viernes, octubre 29, 2010

Noticias de Tachia


Tachia Quintanar estrenará el 8 de noviembre en Cartagena de Colombia el monólogo Isabel viendo llover en Macondo, de García Márquez. “Tachia bella: Cuando nos conocimos en el helado otoño de 1955, en París, lo primero que se me ocurrió, al ver tu abrigo de tigre y al oír tu voz, fue que quería escribir un texto para oírtelo a ti. Esa misma noche me acordé que ya lo tenía: es el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Por eso me alegra tanto de que tú lo digas por ahí, por el mundo, porque todo fue como una premonición.Te mando, pues, un beso de bendición con todo el amor. Gabriel." De ese estreno y de su vida habla Tachia en esta magnífica entrevista que le realiza Margarita Vidal para El País. ¡Qué mujer!

jueves, octubre 28, 2010

Enlace y caxigalín(e)a

La Biblioteca Nacional ha digitilizado El Quijote: lectura de sus páginas, distintas ediciones, vida en el siglo XVII, grabados de la obra, música de la época y mapas de las aventuras del ingenioso hidalgo y su escudero. Una joya.

* * *

Alinearse con los soberbios, aun si están cargados de razón, alienta su tiranía intelectual y degrada hasta la servidumbre nuestro espíritu crítico.

lunes, octubre 25, 2010

Bauman dixit

Hacer pedazos el velo, comprender la vida… ¿Qué significa esto? Nosotros, humanos, preferiríamos habitar un mundo ordenado, limpio y transparente donde el bien y el mal, la belleza y la fealdad, la verdad y la mentira estén nítidamente separados entre sí y donde jamás se entremezclen, para poder estar seguros de cómo son las cosas, hacia dónde ir y cómo proceder. Soñamos con un mundo donde las valoraciones puedan hacerse y las decisiones puedan tomarse sin la ardua tarea de intentar comprender. De este sueño nuestro nacen las ideologías, esos densos velos que hacen que miremos sin llegar a ver. Es a esta inclinación incapacitadora nuestra a la que Étienne de la Boétie denominó «servidumbre voluntaria». Y fue el camino de salida que nos aleja de esa servidumbre el que Cervantes abrió para que pudiésemos seguirlo, presentando el mundo en toda su desnuda, incómoda, pero liberadora realidad: la realidad de una multitud de significados y una irremediable escasez de verdades absolutas. Es en dicho mundo, en un mundo donde la única certeza es la certeza de la incertidumbre, en el que estamos destinados a intentar, una y otra vez y siempre de forma inconclusa, comprendernos a nosotros mismos y comprender a los demás, destinados a comunicar y de ese modo, a vivir el uno con y para el otro.
Extracto del discurso de Zygmunt Bauman, premio Príncipe de Comunicación y Humanidades

domingo, octubre 24, 2010

La vida secreta de las palabras

Abierta de par en par la ventana. Qué trae adentro: el polvo húmedo del domingo y un roce intermitente de neumáticos sobre el asfalto mojado. He puesto a Tom Waits. ¿Alguien conoce una música mejor para estas horas mustias de los días? No hace nada que he apagado la pantalla. El último fundido en negro. Prolongado. Añorante. A continuación iba a escribir algo así como que acabo de ver una película muy hermosa, La vida secreta de las palabras, pero me doy cuenta de que quizás no esté siendo suficientemente preciso, de que "hermosa" quizás no sea la palabra. Y sin embargo, ese espejo levantado en medio del mar, ese pequeño cofre de imágenes insulares, de soledad, de personajes asomados al oleaje de la vida, me han procurado un confortable —y vergonzante— consuelo de belleza.


martes, octubre 12, 2010

El cerco de Leningrado

Sábado. Teatro Prendes. Obra: El cerco de Leningrado, de José Sanchís Sinisterra. Por La Galerna. Hubo en la representación un nivel escénico sigiloso, casi escondido, difícilmente visible, y que quizás no entraba en el propósito de la compañía, pero que uno vio desde el principio, cuando llegó al pequeño teatro de Candás, con un aforo escaso y un público que apenas lo llenaba, que uno presintió al descubrir a media luz sobre el escenario un atrezzo que se presumía demasiado escueto. El cerco no era bélico. Pero había, como en todo cerco, asedio (el paso del tiempo, la caducidad de las certezas) y había, a la vez, resistencia (la de un teatro en ruinas a cuyo cuidado se aferraban, igual que a la vida, igual que a la memoria, dos mujeres entradas en años, Natalia y Priscila, que conocieron el esplendor de esas tablas en el pasado y que tuvieron fe en las viejas ideas de la solidaridad y el justo reparto de la riqueza). Teatro dentro del teatro. Esos son los dos niveles con los que juega el autor en su obra, pero a su vez, ese metateatro puede representarse, como ocurrió el sábado, en unas tablas con un punto de precariedad que le viene bien a lo que el texto pretende decir, y por una compañía de provincias, con medios limitados por tanto, pero con la verdad de dos majestuosas comediantes (Puri García y Mary Chely Fernández) que bregan por darle sentido a su vocación en una obra en la que son un poco como las protagonistas, idealistas, soñadoras y ejemplares. Actrices solventes que pulsan con tino el sentido del humor en medio del desengaño de la vida, de las ideas y del teatro. Dos personajes ricos en matices, que mezclan desilusión, recuerdos, ironías, sarcasmos, realidad y espejismos. Viven en El Teatro del Fantasma, aquel viejo fantasma con que amenazaban los marxistas y que decían recorrería el mundo. Finalmente el ectoplasma exhausto se ha venido a refugiar entre los muros de un viejo local de representaciones. Cerrado. Sitiado por la voracidad externa. Defendido por dos viejas damas que fueron actriz y empresaria y comparten en la vejez manías, símbolos que son ya sólo utillería, memoria y rebeldía contra un fracaso que saben finalmente irreversible cuando descubren, veinte años después, el libreto escrito por Néstor (el que fuera esposo y amante respectivamente de ambas); un libreto titulado El cerco de Leningrado, en el que se tergiversa la historia real, dándole un triunfo profético y resignado a las tropas del mal. Aplausos. Muchos aplausos. Merecidos aplausos. La alegoría llega así a ese nivel imprevisto, el de la propia representación a la que asistimos, donde una vocación, la de estas soberbias actrices que saludan sobre el escenario, se sobrepone al pequeño escenario, al elemental atrezzo y hasta a la falta de un lleno en las butacas, para seguir poniendo en pie, una noche más, el teatro y con él la necesidad de amotinarse contra un mundo siempre mucho peor de lo deseable.