Blues clásico en versión del grupo Mssing Purple´s Half, interpretado en "desenchufado" por su cantante, Adrián Sáez y su guitarrista, Álvaro "Blaky", en una grabación casera registrada en Oseja de Sajambre el 8 de septiembre de 2013.
jueves, octubre 17, 2013
domingo, octubre 13, 2013
Faro
Sobre
los hombros de los faros desprevenidos
rompen a veces oleajes insólitos de nubes,
mareas que vuelan muy por encima de los acantilados
y brillan como constelaciones de peces abisales
rompen a veces oleajes insólitos de nubes,
mareas que vuelan muy por encima de los acantilados
y brillan como constelaciones de peces abisales
jueves, octubre 10, 2013
El Muelle al atardecer
- Hablar con el corazón en la mano es, como bien puede suponerse, un suicidio sincero.
- Los buenos amigos, como los libros muy leídos, se nos abren fácilmente del todo.
- En los atardeceres luminosos se echa a gusto la persiana de los días; de la vida misma.
lunes, octubre 07, 2013
Caxigaleando
Esta mañana
andaba tras de una caxigalín(e)a. Algo en relación con la paciencia de un buen
conversador. Con los beneficios de las réplicas que se dan a tiempo, y que no
son, como pudiera pensarse, contestaciones ingeniosas y a bote pronto, sino más
bien respuestas que transporta el silencio en sus últimos vagones. Que a veces,
incluso, ni llegan a subirse a ese tren si se decide, con buen criterio, que
serían para el viaje un exceso de carga.
*
* *
Inverdadero, ámbito al
resguardo del ruido y la intemperie donde se procura el cultivo de las
certidumbres.
jueves, octubre 03, 2013
Ciudades en fragmento
A las guías ilustradas de los
lugares a los que viajamos —siempre es bueno servirse de lazarillos cuando afrontamos
lo desconocido—, conviene acompañarlas de libros que hablen de esos mismos
lugares pero de un modo parcial y apasionado. Poemas sobre rincones que podrían
pasar desapercibidos, leyendas sobre naufragios que no dejaron pecio alguno,
recuerdos de infancia apuntados en diarios de letra menuda, fotografías de muros
que al atardecer parecen rothkos y de
casas sin encanto aparente donde se traficaron amores o se salvaron patrias. En
ese equipaje imprescindible de itinerarios alternativos para lectores que
viajan debe tener cabida un libro como Ciudades en fragmento (Editorial
Impronta), de Ernesto Baltar. El diario de quien no sólo fija en palabras los pasos con que descubre las ciudades a las que llega, sino también
del que busca el rastro propio y el de sus lecturas en esas
impresiones apuntadas con cierto vértigo de escritor en trance pero sin
descuido; en esas imágenes de fotógrafo en blanco y negro que, como en los textos
en que se insertan, no encuadran los lugares con que habitualmente los turistas
certifican su estancia, sino los barrios, parques, casas y rincones con que se
alimentan las pasiones arbitrarias.
“Nadie puede traducir una ciudad, ni literal ni libremente, pero quien
más podría acercarse no es el que la habita sino el que llega por primera vez,
el que empieza a descubrirla, ya lo haga desde la nada o desde sus pobres
esquemas preconcebidos. Por eso, en cierto modo, la va creando. Es decir, que traduciéndola
se traduce a sí mismo.”
Sabe uno de Baltar desde hace
tiempo. He sido, soy, lector de su bitácora, que antes compendiaba “evangelios
risueños” y ahora pruebas tipográficas (Lorem ipsum dolor sit amet). También
recientemente de sus artículos en Jot Down. Conocía, pues, su afán viajero y el
amor que alberga por Roma, por Londres o por lugares concretos como la
madrileña Cuesta de Moyano. Este libro compendia esas querencias de modo
admirable y sincero. Trasluce, por tanto, dónde se ha sentido su autor más dichoso
y dónde ese deleite le ha impulsado a escribir más y mejor. Por eso
son memorables los apuntes romanos: el calor pegajoso del barrio de San
Lorenzo, su cine al aire libre en las noches de verano, el entrañable retrato
de un anciano que come solo en una trattoria, el relato de un mendigo al que un
camarero cruel le arroja un balde de agua en una noche gélida de Piazza Navona
o el descubrimiento del cementerio acatólico donde yace Keats y pasean
confiados muchos gatos romanos. Por eso
debería también quien viaje a Londres considerar los once lugares en que Baltar
fragmenta la felicidad que ofrece a sus visitantes esa ciudad: el Sir John Soane’s Museum, The Round Pond, Hampstead
Heath, Kyoto Gardens, Leadenhall Market, Cavendish Square, El pub The George, la
cafetería de la Tate Modern, La casa-museo de Thomas Carlyle y Hoxton Square.
Enumeración, en fin, que condensa su fascinación por ese Londres, del que, como
nos recuerda Baltar, una vez dijo el doctor Johnson: “cuando un hombre está cansado de Londres es que está cansado de la vida”.
A estas dos ciudades les siguen
en el libro otras. Madrid, sobre todo, pero también Praga o Berlín o París.
Quizás no por todas ha sentido el autor igual entusiasmo. Pero en cada una su
atención y su método son los mismos siempre: «Andar con el cuaderno en la mano y escribirlo todo. Escribirlo todo con
la mayor sencillez posible. Caminar con los ojos bien abiertos y el ánimo
tranquilo, dejándose llevar por las cosas. No busca uno nada en concreto. Una
bolsa de plástico enganchada en un árbol, la melena batiente de una chica, las
manchas de óxido en una pared. Lo que le vaya saliendo al paso».
Ciudades en fragmento
descubre, en fin, a quien viaje a los escenarios de sus páginas un diaporama sentimental
sobre el que urdir itinerarios urbanos desacostumbrados, más atentos a la
representación de la vida diaria que acogen que a la monumentalidad del teatro
sobre las tablas de cuyo escenario discurre.
“Las
ciudades son novelas colectivas que van escribiéndose a medida que se van
leyendo. Son ficciones incesantes, melodías fragmentadas, breviarios de
incertidumbre. Son lugares a los que uno va a perderse para quizás, al cabo,
encontrarse. Resúmenes del caos universal, promesas de locura y evasión,
escenarios del asombro, del delirio, de la miseria. Funcional y simbólica,
palpable y onírica, el alma de la ciudad es un collage de imágenes, memorias,
deseos, encuentros, mercancías… Un paraíso del anonimato en el que se reúnen
las masas solitarias. Un laberinto de rostros, gestos y palabras en los que la
sorpresa acecha a cada paso. La ciudad sentida, la ciudad soñada y la ciudad
recordada se funden en una amalgama verosímil. Vemos lo que sentimos. Vivimos
como soñamos. Somos lo que recordaremos. Nos habitan paisajes, metáforas, ruinas.”
lunes, septiembre 30, 2013
La rendición
En
los informativos le dan la bienvenida al otoño. Al soplar la brisa en los
parques, vuelan las primeras hojas secas. Pero continúan, sin embargo, los días
luminosos. El sol. El resplandor sobre la hierba. En las madrugadas laborales,
y después de salvar el tráfico malencarado de la ciudad, la recompensa aguarda
en las carreteras secundarias, en las villas afanadas en la rutina diaria y
perezosa, en los pueblos tomados por los sonidos previsibles, por el acompañamiento
de los animales domésticos y de los pájaros familiares, en las playas
abandonadas a la soledad de las mareas
Aparqué siendo aún casi de noche en el embarcadero. Me encaramé sobre las
maderas ruinosas, paseé por el limo de los juncales, me acerqué a los precarios
galpones de los pescadores. El día se subía a los hombros de Soto. Empezaba a
mirar desde esa altura la corriente quieta del estuario. Por el puente
transitaba de vez en cuando un coche con los faros encendidos. Dejaba una
estela de luz difusa entre la niebla y de ruido apresurado sobre el asfalto.
Una sombra lejana cuidaba de un sedal lanzado desde los pretiles. Las barcas
estaban tan quietas que el agua parecía sólida. En la orilla opuesta y cauce
arriba, Muros se encendía como una bombilla de tungsteno. Su filamento
quemaba la torre de la iglesia. El río todavía guardaba el frío de las
horas apagadas. La promesa de sol se iba emparrando en lo alto como las
uvas. Traté de fijar con la cámara
fotográfica esa hora fronteriza, el contraste entre la oscuridad desapacible y
el despertar de las luces, entre el azul aturdido y el naranja risueño. Esa
rendición de breda en que la noche, antes de refugiarse en lo más hondo del
río, entrega al claror las llaves del día arrodillada entre los muelles y sus
lanzas de madera.
viernes, septiembre 13, 2013
viernes, septiembre 06, 2013
Alumbramiento
domingo, septiembre 01, 2013
Lejos y sin prisa
sábado, agosto 31, 2013
Emilio Amor / Samuel Stawton
En el marco de las actividades desarrolladas con
motivo de XV aniversario de la revista Ágora,
y como complemento a la exposición ARTE EN LIBERTAD, el viernes, 30 de
agosto, tuvo lugar una lectura poética de Emilio Amor en
la Biblioteca Jovellanos. Presenté a mi amigo con estas palabras:
![]() |
Foto de Juan Garay |
Hay hombres que nacen antes de tiempo y tratan, como
pueden, de aproximarse al futuro que les estaba señalado. Julio Verne fue uno
de ellos y viajó en sus libros a la edad que, de verdad, le pertenecía. Y hay
otros que llegan a la vida mucho después de lo que hubiesen deseado. Estos
últimos regresan a menudo sobre un rastro imaginario al mundo que perdieron,
pero al que no renuncian. Emilio Amor habría dado sus botas de caña alta y su
camisa desabrochada a cambio de conducir el automóvil Amilcar en que una
chalina con maneras de cobra estranguló a Isadora Duncan, no mucho después, por
cierto, de que la diva gritara “Adieu, mes amis. Je vais à la gloire “. Y a fe que su frase fue premonitoria. Sucedía
aquello en Niza, en 1927.
No
lejos de allí, en Cannes, pero ya en 1965 los periódicos de la época daban la
noticia de la muerte Samuel Stauwton, quien habría fallecido en compañía de la
Vizcondesa de Neully y después de una vida azarosa.
Stauwton había nacido en Londres en 1898. Estudió en
Cambridge. Se trasladó a París donde
conoció a Paul Valery, Cocteau, Proust y Gómez de la Serna. Tras morir su padre
y heredar una considerable fortuna, viajó desde Egipto al Lejano Oriente. Con
el pseudónimo de Cecil Bishop publicó Cuaderno de Bitácora. Se trasladó a
Nueva York, donde queda deslumbrado por el jazz y el cine. Visitó el Oeste
Americano, el Caribe y Sudamérica. Al finalizar la II Guerra Mundial vendió su
mansión y el negocio de té familiar, recluyéndose en Trieste para recuperarse
de una dolencia del pulmón. Comenzó por entonces su irrefrenable decadencia,
que lo llevó a la ruina por casinos y
tabernas. En 1964 se casó con la Vizcondesa de Neully. Un año más tarde,
Stauwton y su esposa, fueron encontrados muertos, abrazados y desnudos.
Gracias
a las Crónicas de Samuel Stawton conocí a Emilio Amor. Aquel libro,
apócrifo o robado, le valió el Premio Cálamo y se publicó en una edición
hermosamente ilustrada por Miguel Ángel Bonhome. A partir de entonces, además
de amigos, hemos perseguido juntos la verdad sobre Stawton.
El
segundo libro stauwtoniano que Emilio Amor llevó a imprenta fue el titulado Canciones
de Amor en los Campos de Marte. Para entonces sabíamos ya que Samuel
Stauwton había fingido su muerte, que el cadáver hallado junto a su esposa era
el de un amante polaco de ésta y que el escritor inglés vivía en el anonimato
en un pueblo del sur de Irlanda, dedicado con pasión a la astronomía, la
cartografía y la colombofilia.
Todas las
personas que, como Stawton, han hecho del continuo peregrinaje una forma de
vida (Rimbaud, Byron, Stevenson, Gauguin), no hacen sino huir permanentemente:
de la familia, de la propia historia, de algún pasado ignominioso o de quién
sabe qué desencanto. Siempre tratan de olvidar. Y al no fijar en parte alguna
sus raíces, se convierten en refinados impostores, en actores formidables. Y hasta
acaban ellos mismos creyéndose la historia inventada de sus vidas.
Quizás
forme parte de ese teatro lo que se dijo también sobre esos versos del segundo
libro firmado por Emilio Amor, las Canciones de Amor en los Campos de Marte,
aquello de que eran sólo un brillante ejercicio literario de un joven ucraniano,
Cecil Sevchenko, con quien convivió el viejo escritor durante sus últimos años,
un aventurero que llegó al puerto de Cork después de que encallase el decrépito
carguero en el que viajaba, un marino alto y robusto como la chimenea de un
vapor, con cabellos rubios y una estridente risa tabernaria, que gustaba a la
mujeres fuertes y a los hombres sensibles.
Sea
como fuere, Stauwton pervive en un montón de poemas sobrecuya autoría no existe
una certeza absoluta, que quizá sean en parte suyos y en parte sólo
simulaciones, plagios o traducciones recreadas. Y es con esos mimbres con los
que se urde también Transgresión del Edén, el tercero de los libros, hasta ahora,
que Emilio ha firmado, versionando ciertos textos manuscritos encontrados en el
subsuelo de Dublín en octubre de 2001 y que los investigadores han atribuido a
un póstumo Stauwton.
Esa
fijación por el personaje de Stauwton, un tipo mundano, culto, amante canalla y
poeta maldito, es la que me lleva a creer que Emilio Amor hubiera deseado
encarnar a un hombre así, en una época como aquella. La heteronimia puede ser
para tales pruritos un eficaz atajo. Dado, por tanto, que Emilio Amor no tuvo la
fortuna deseada con su fecha de nacimiento, les aproximaré en un esbozo
biográfico los datos reales de nuestro protagonista de hoy: Emilio Amor,
pintor, escultor y poeta, nació en Gijón en 1955. En los años 70 actuó en los
grupos de teatro La Máscara, La Caterva y Margen. Cofunda el Gruva,
grupo de arte vanguardista, en 1981, con el que colaboró en Una Cantata Celeste, elaborando la obra
sonora Cuaderno de Bitácora. En 1983 es uno de los organizadores de Arte en la calle. En 1999 gana el
premio Cálamo de poesía erótica con el libro Crónicas de Samuel Stauwton.
Pasa entonces a formar parte del Grupo Cálamo,
dirigiendo, además, la sección Ágora
Libertina de la revista Ágora, que publica la Sociedad
Cultural Gesto. En ese rincón de la revista le ha dedicado espacio a
Apollinaire, a Lautréamont, a Alfred Jarry, a Cocteau, a Anais Nin, a Georges
Bataille, a Rimbaud, a Germain Nouveau, a Baudelaire, a Max Jacob, a René Char,
al Divino Marqués, a Cravan, Shelley, a Dylan Thomas, o a Artaud. Toda una
nómina, como pueden observar, de románticos, libertinos y vanguardistas. A
partir de 2005, colabora con la Alianza Francesa en la celebración de la Primavera de los Poetas y pronuncia
algunas conferencias sobre Rimbaud, René Char y el Surrealismo. Ha publicado:
Cuaderno de Bitácora, 1981 (en formato audio).
Crónicas de Samuel Stauwton, 1999. XIII Premio Cálamo de Poesía Erótica (Cuadernos Cálamo Gesto)
Canciones de Amor en los Campos de Marte, 2002 (Cuadernos del Bandolero)
Transgresión del Edén, 2008 (Cuadernos del Bandolero)
Cuaderno de Bitácora, 1981 (en formato audio).
Crónicas de Samuel Stauwton, 1999. XIII Premio Cálamo de Poesía Erótica (Cuadernos Cálamo Gesto)
Canciones de Amor en los Campos de Marte, 2002 (Cuadernos del Bandolero)
Transgresión del Edén, 2008 (Cuadernos del Bandolero)
Ha participado también en los libros colectivos:
Gijón, reflejos de ciudad, 2005 (Editorial Grupo Norte)
Cimavilla, de recuerdos, pasiones y canallas, 2007 (Editorial Grupo Norte)
Próximamente aparecerán dos nuevos poemarios suyos: El mar y los laberintos y Encaje de mar.
La poesía de Emilio resulta siempre torrencial. Como
de aluvión. Da siempre la impresión de estar escrita en días inspirados. Por
eso, quizás, sus versos produzcan cierta hipnosis en el lector, que se traslada
a su través a un buen número de escenarios surreales, coloristas, refinados,
marinos, lejanos. Son versos plagados de
imágenes apabullantes, de cadencias propias de quien piensa la vida en
verso, de quien siempre lleva en la memoria geografías emblemáticas, escritores
fetiche y pintores que se relacionan con ese mundo creativo que le resulta tan
querido al autor: el de las vanguardias y el del romanticismo exótico y aventurero.
Su poesía nunca tiembla, es firme aun en el empleo
del recurso literario más audaz. Está escrita con naturalidad, con aplomo.
Aprovecha el talento del autor, su confianza en la evocación visual, en la
sonoridad, en el poso que arrastran las
muchas lecturas y los cientos de cuadros que lleva impresos en la retina.
Pero mucho mejor que yo, el propio Emilio Amor
describe cómo es para él la poesía y cómo nacen sus poemas. Lo hace en unos
versos de su próximo libro Encaje de mar. Esa poética que está
a punto de publicarse dice así:
Nunca se sabe qué nos deparará un nuevo poema.
Se parte del hallazgo y la sorpresa:
los primeros versos son los únicos
dictados por los dioses.
Y luego,
a través de los caminos cruzados
de los sueños,
siempre se llega a un puerto desconocido.
Hay poemas redondos y asimétricos, nunca espirales,
pueden ser un aullido de dolor o un canto a la
alegría,
el himno de una hazaña o una alucinación;
pero, desde luego, todo poema lleva inscritos
los miedos y las inquietudes del poeta.
Les dejo con Samuel
Stauwton, Con Cecil Bishop, con Cecil
Sevchenko, con Emile L´Amour, con Emilio Amor… En fin, con el autor y sus
máscaras.
martes, agosto 27, 2013
jueves, agosto 15, 2013
Dioses de playa
Mi vida querida
El
rumor de la piscina cae como lluvia menuda sobre la palmera. Ese roce
insistente de voces alegres corre por el parasol de ramas y salpica la sombra
en la que me he refugiado esta tarde. Leo a la Munro como quien se deja
hipnotizar por una cortina de agua tan tenue como ordenada, por un aguacero
suave que de pronto deslíe el mundo que se atisba a su través —tan real como inquietante—, por un chubasco sutil que cesa súbito y nos
deja inacabamente apaciguados.
miércoles, agosto 14, 2013
Sanguijuelas
Nunca me he cruzado con una sanguijuela. Sé de ellas, como sabemos todos, por lo que alguna vez hemos
leído o visto en el cine. Que su boca actúa como una ventosa sobre las heridas
abiertas. Que chupan la sangre. Que son negras. Que producen pesadillas. Yo
creo que las obsesiones son como las sanguijuelas. Una vez que han descubierto
por dónde sangras, cuál es, por tanto, tu punto más débil, se lanzan sobre él,
sobre ti, con la voracidad insaciable de un cáncer. Desde ese momento, y
contradiciendo la evidente disparidad de volúmenes entre un hombre y una
sanguijuela, pasas a ser poco más que una extensión, incongruente y exhausta,
del cuerpo de un gusano.
Arnao
martes, agosto 13, 2013
Por las Foces del Esva
El caminante ha compartido charla, fatiga, viandas y trago
por el rompepiernas que parte de Bustiellu. Ha bajado junto al río y ha trepado
hasta ver su cauce desde el camino escarpado que a tramos permite divisar en lo
más alto la braña vaqueira de Adrados, ya casi en el valle el caserío de Longrey
y muy por debajo de nuestros pies el brillo sonoro de las aguas del Esva. Y
llegado al otro lado de la foz, le ha puesto reposo a su pulso junto a la
iglesia de Ese de Calleras, un templo modesto y blanco, con cubierta de pizarra
y espadaña alzada como un faro por encima de los maizales. En su testero llama
la atención una celosía en arenisca de arcos geminados y de
apariencia prerrománica, incrustada en la limpia pared de la capilla y que deja
paso el sol, la pradería y el rumor próximo del río, no de manera muy distinta
a como el recuerdo posiblemente nos llevará adentro al cabo de los días las
imágenes de esta hermoso y esforzado paseo estival.
Foto de Xuan Nel Saez |
jueves, agosto 08, 2013
Aveiro y la otra
No debería compararse nunca más esta ciudad con la otra. Se
hace a menudo y pierde injustamente en esa pretendida semejanza. Porque las
vocaciones de ambas fueron y son diferentes. Comercial, palaciega y decadente
la de Venecia. Laboriosa, modernista y recogida la de Aveiro. Allí la elegancia de un carnaval cortesano, aquí la picardía de unos barqueros
de puerto. Cuando el sol ilumina este par de canales domesticados y
urbanos, se refleja en sus aguas el vivo color de las proas de los moliçeiros y
los azulejos de las fachadas. Cuando el
atardecer le da relieve a las aristas del mundo, los galpones salineros más que
de madera parecen de cobre repujado. Aveiro tiene una belleza sonriente, blanca y modesta; una
plaza del pescado bulliciosa; jardines de acacias; templos luminosos y tascas
de raciones abundantes y vino fresco.
Paseándola a veces hay que cruzar por
encima de sus canales. En ese breve tránsito, cuando el viajero se acoda en los
puentes y fotografía las alegres barcas y su estela, siempre tiene la tentación
de recordar Venecia. Sépase que no le hace ninguna falta a esta ciudad acogedora, pues siempre se hace un hueco en la nostalgia de quien llega a ella, y no con la afectación de los escenarios solemnes a que recurre la otra, sino con el poso
dulce de los días apacibles al sol y sin prisa.
martes, julio 30, 2013
Jardim das Lágrimas
Sólo queda en pie una ventana gótica.
por la que se asoma un fondo de hiedra.
A veces llegan hasta aquí
algunos recién casados a retratarse;
posan justo donde la leyenda
cuenta que se citaban,
siete siglos atrás,
dos amantes cortesanos y furtivos.
Ese fondo de bosque y sombra
ha de resaltar, a buen seguro,
el encaje blanco de las novias en las fotos.
Muy cerca,
como un calamar gigante,
la raíz desbordada
de una higuera de Australia,
quiebra la tierra
y vuelve incierto
el camino de los que la merodean.
Hay quien ve un aviso en ello.
JCD
lunes, julio 29, 2013
Monsanto
Se ve desde la carretera muy en lo alto,
erguido con la arrogancia
de todo lo que elije las cimas para manifestarse:
poder, corona, cruz, veleta o castillo
—versiones, en fin, del miedo—.
Y aunque reverbera atravesado de sol
en este mediodía ardiente de julio,
el granito de sus calles retorcidas
asperja al menos un aire umbrío y fresco.
Estas piedras enormes,
que son su sostén y su adarve,
han permanecido durante siglos
en un equilibro de amenaza y prodigio.
En sus axilas,
como en un nido expuesto a las corrientes,
se alivia hoy la fatiga de este viajero.
JCD
martes, julio 23, 2013
Miquiño mío

Este
casi centenar de cartas tienen como fecha inicial el año 1883. Galdós triunfaba
entonces con La desheredada, y doña Emilia acaba de publicar La
cuestión palpitante a la vez que ponía punto y final a la relación con
su marido. Desde ese momento asistimos a
cómo se gestó y desarrolló la relación de admiración, amistad y amor entablada entre
ambos escritores, pero, también, a cuál era el sentir de la narradora gallega acerca
de la literatura y la vida cultural: la crítica que le sugerían las novelas que
Galdós escribía y enviaba a su amiga para que le diera el parecer; cómo iban
creciendo sus propias obras; de qué modo la afectaban los denuestos de Clarín o
Pereda; o qué rencillas y tejemanejes guiaban la elección de los candidatos a
la Academia de la Lengua, de la que ella misma fue aspirante en tres frustradas
ocasiones.
La
narración de las misivas encandila al lector a medida que gana en intimidad. Y
no porque se desvele abiertamente a su través, para alimento del morbo, el
clandestino amor entre dos de nuestras más insignes figuras literarias, sus
encuentros secretos y sus celos e infidelidades (confiesa la Pardo, por
ejemplo, en una carta el affaire que la
arrojó en los brazos del joven y guapo Lázaro Galdiano); sino porque a la pluma
de la autora no se le pone brida alguna en esas líneas de sinceridad y ternura,
en las que se suceden frases de cariño memorable (“Amigo del alma, ante todo, no llames caridad a lo que es acendrada
ternura. ¡Qué salto, qué brinco desde las alturas filosóficas hasta el
tempestuoso océano de las pasiones de los afectos.” / “Te muerdo un carrillito y te doy muchos besos por ahí, en la frente, en
el pelo y en la boca.”/ “Ansío ya
darte un abrazo larguísimo. Ratonciño, adiós.” / “Haz por comer y no fumes mucho.”).
Pardo
Bazán tenía poco más de cuarenta años cuando inicio sus amores con Galdós. Había
nacido en el seno de una familia adinerada gallega. Su padre fue diputado
liberal. Tuvo a su alcance de pequeña una bien nutrida biblioteca que resultó,
sin duda, acicate de su vocación literaria. Se casó muy joven. Viajó por Europa
y se interesó por las nuevas corrientes
literarias, que fueron argumento de sus artículos periodísticos y motivo
de ruptura matrimonial, pues su marido, José Quiroga, no estaba dispuesto a
convivir con una escritora de inspiración darwinista que había levantado incluso la alerta hasta en el Vaticano.
A
Galdós sus padres lo habían enviado a Madrid para que estudiase Derecho,
alejándolo de paso del arrebato amoroso que inspiró en el jovenzuelo
una primita recién llegada a la casa familiar. Para fortuna de sus lectores, no se empleó con
demasiado interés en el estudio de las leyes. Pero sí extrajo un infinito
provecho de la vida en la capital, de los barrios y de las gentes, que quedaron
para siempre fielmente retratados en sus novelas. Cuentan sus biógrafos que fue discreto con su vida privada y que permaneció soltero porque prefería el
amor mercenario y las pasiones pasajeras. De entre ellas, estas cartas de Miquiño
mío cuentan la devoción que despertó en una mujer sensible e
inteligente como era doña Emlia, y que no debió ser muy diferente tampoco a la
que le tuvo Lorenza Cobián, pese a que ésta era, al contrario que la Pardo Bazán, una mujer
de extracción humilde, casi analfabeta, pero cuyo amor no correspondido con
Galdós, del que tuvo un hija —la única descendencia que se le conoce al
canario—, la llevó finalmente al suicidio.
En alguna entrevista, ha explicado Juan Manuel Hernández cómo
llevaron su relación Galdós y Pardo Bazán y cómo nació el libro en el que ha
trabajado con tanto cariño de la mano de Isabel Parreño: “Su círculo más intimo
supo, o al menos sospechó que la relación existía, pero ambos la mantuvieron en
secreto. Solo en 1971, cuando el diario mexicano Excelsior publicó tres de
las cartas de doña Emilia a don Benito, se atisbó la punta de iceberg de una
pasión muy profunda» De las más de 90 cartas de Pardo Bazán que los dos
responsables de Miquiño mío localizaron tras sus pesquisas, ya se conocían las
35 más intensas, publicadas en 1974 por Carmen Bravo-Villasante y conservadas
en la Real Academia Española, pero a ésas añadieron ahora las que fueron
hallando con su investigación y que encontraron muy dispersas. Las dataron y
transcribieron depurando errores para completar así «con mucho trabajo un puzle
amoroso».
Del resultado de ese puzle sólo se tiene una perspectiva
adecuada cuando se completa la lectura del libro. Entre tanto, va uno
llevándose a los ojos las piezas irregulares de la composición, el intercambio
de unas palabras confiadas a la franqueza, de opinión y de sentimientos. Un
episodio nacional privado, una dual cuestión palpitante.
lunes, junio 24, 2013
Lighthouse
En los días de bonanza,
el faro de Lluces
le da la espalda a las mareas
y, como un índice sobre los labios del cielo,
pide silencio para la tierra
desde el acantilado.
lunes, junio 17, 2013
Lo esencial
En el reducido espacio de su carlinga, a la
altura de un dios menor, Saint Exupery se convenció de que lo esencial era invisible
a los ojos. Pensaba tal vez en la vida microscópica sobre la que el mundo se
levanta. Tal vez en el tenaz castigo con que el tiempo se ceba en lo íntimo
contra todas nuestras defensas. Tal vez en el amor, el odio y el sabor agridulce de los frutos que, tarde
o temprano, la vida nos acerca a los labios.
martes, junio 04, 2013
Haiku / Caxigalíne(a)s
Luce en el jarrón / la rosa del desierto
/ y su tallo de aire.
- Las nueces son todo cerebro.
- Las baldas de su biblioteca y los cajones de su escritorio eran la perfecta metáfora de su cabeza: un caótico amontonamiento de lecturas, que urgían orden y desbrozo.
- Aseguraba él con mucho convencimiento: "es una buena persona". Traducía yo, mentalmente, sus palabras: "todavía no le ha llevado la contraria".
sábado, mayo 18, 2013
LOMCE
Me permito traer aquí, desde facebook, esta lúcida e indignada declaración de Ricardo Menéndez Salmón (porque cuando algo se dice tan bien y con tanta razón, qué menos que divulgarlo en la medida de los posible).
Tengo
42 años y dos hijos, una niña y un niño. Soy una persona culta, cuyos libros se
han traducido a siete idiomas distintos al español. He cursado siempre mis estudios,
desde Infantil hasta la Universidad, en instituciones públicas. Mi único rasgo
de fanatismo (quizá de masoquismo, estoy abierto a la discusión) es ser
seguidor del Sporting de Gijón desde que tengo memoria. Soy comprensivo, pero
también intolerante: con el racismo, con el fascismo, con las sectas. Es decir,
no creo que todas las opiniones sean igualmente respetables. Me asiste la
certeza, conquistada a través de los libros y de mi propia vida, de que se
puede vivir sin religión ni dioses, pero de que no se puede vivir sin ética ni
valores. Esto es: sostengo la absoluta superioridad de la Filosofía sobre la
Religión. Esta cita de E. L. Doctorow, tomada de su novela El libro de Daniel,
se la regalo a los padres de la LOMCE después del enésimo asesinato de la razón
cometido en mi país: «La diferencia entre Sócrates y Jesús estriba en que nadie
ha sido condenado a muerte en nombre de Sócrates. Y ello se debe a que las
ideas de Sócrates nunca fueron convertidas en ley».
Ricardo Menéndez Salmón
martes, mayo 14, 2013
Paseos
El sábado lucía el sol en Corao. Muchos años atrás Madoz describió ese lugar como "un ameno vallecito en la carretera que desde el interior de la provincia conduce a la de Santander; con clima templado y sano. De veintiséis casas de mediana fábrica, con muchas fuentes de buenas aguas, y dos ermitas dedicadas a San Nicolás y a Santa Rosa de Viterbo. El terreno es de superior
calidad, y se haya fertilizado por los ríos Güeña y Chico, que se reúnen más abajo de la población; en sus riberas se crían hermosos álamos y grandes alisos, habiendo en otros parajes multitud de castaños, abedules y otros
árboles que proporcionan sitios de comodidad y recreo. Produce trigo, escanda, maíz, habas, toda clase de legumbres y frutas, excepto el limón y naranja que no prosperan a consecuencia de los hielos; hay ganado vacuno y, algo de cerda,
caza de perdices y liebres; y pesca de excelentes truchas. Industria: la agrícola y un molino harinero.” El idílico enclave y la cercanía de la alta montaña llevaron a Frassinelli a fijar su residencia allí. Escribe Alejandro
Pidal que para el alemán «su verdadero teatro eran los Picos de Europa, Peña Santa, la Canal de Trea, los gigantescos Urrieles asturianos. En ellos se perdía meses enteros, llevando por todo ajuar
un zurrón con harina de maíz y una lata para tostarlo al fuego de la yerba seca, su carabina y los cartuchos. Vino no lo bebía: bebía agua en la palma de la mano; carne, sólo la del rebeco que abatía el certero disparo de su escopeta
y cuya asadura tomaba sobre la misma lata al mismo fuego. Dormía sobre las últimas matas del enebro que avecinan la región de las peñas y las nieves.”
Desde el viejo castañar que se levanta a orillas del Güeña parte la Ruta
Frasisenilli, un camino que lleva hasta el lago Enol y de allí al Pozu del
Alemán, escondido rincón junto al río Pomperi donde cuentan que se bañaba el
romántico vecino de Corao. No llegamos hasta tan lejos, pues andábamos sólo de
paseo y no de esforzada marcha, pero sí que la senda nos acercó a la iglesia de
Santa Eulalia de Abamia, enclavada en un hermoso paisaje, custodiada por tejos
centenarios y protagonista de un rico devenir histórico. El Marqués de Monsalud
la describe como sigue en 1905: “A la
mitad del camino, entre Cangas de Onís y Covadonga, á una legua de cada una de
éstas, álzase la pequeña construcción sobre una extensa pradera rodeada de
verdes lomas, dominando, desde su altura, la pequeña villa de Corao. Compónese
el templo de una sola nave, habiendo sido objeto de transformaciones sucesivas,
y aun cuando supónesele, generalmente, construido por el rey Pelayo, fácilmente
pudiera datar la primitiva fábrica de la época visigótica. Monasterio de Abelania
le nombra la crónica albeldense, y, en efecto, hacia el año 737 parece se
estableció en el mismo una comunidad de monjes bajo la regla de San
Benito. El templo compónese de una sola
nave, ostentando, en su estado actual, los caracteres del estilo románico. Es
de sillería que, ennegrecida por el tiempo, presenta aspecto de venerable
antigüedad. Divididos exteriormente sus muros por robustos contrafuertes, corre
por la parte superior una vistosa hilada de canes que representan cabezas
humanas, de bichas ó de dragones sosteniendo la sencilla cornisa. La puerta
lateral, de arco de medio punto, compónese de dos bocines, ó arquillos, que
descansan sobre columnas pareadas, ocupando su tímpano curiosísimo bajo relieve
que representa el infierno, viéndose en él buen golpe de diablos que sostienen
sobre el fuego una caldera, de la que asoma una cabeza, fiel representación,
según el vulgo, de los eternos suplicios de don Opas el traidor. Le da á estos
muros alto sentido de respetabilidad la circunstancia de haber sido primitiva
sepultura del cristiano caudillo, glorioso triunfador de Covadonga.”
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