jueves, octubre 17, 2013

Feeling Good, por Missing Purple´s Half

Blues clásico en versión del grupo Mssing Purple´s Half, interpretado en "desenchufado" por su cantante, Adrián Sáez y su guitarrista, Álvaro "Blaky", en una grabación casera registrada en Oseja de Sajambre el 8 de septiembre de 2013.

domingo, octubre 13, 2013

Faro

Sobre los hombros de  los faros desprevenidos
rompen a veces oleajes insólitos de nubes,
mareas que vuelan muy por encima de los acantilados
y brillan como constelaciones de peces abisales

jueves, octubre 10, 2013

El Muelle al atardecer


  • Hablar con el corazón en la mano es, como bien puede suponerse, un suicidio sincero.
  • Los buenos amigos, como los libros muy leídos, se nos abren fácilmente del todo.
  • En los atardeceres luminosos se echa a gusto la persiana de los días; de la vida misma.

lunes, octubre 07, 2013

Caxigaleando

Esta mañana andaba tras de una caxigalín(e)a. Algo en relación con la paciencia de un buen conversador. Con los beneficios de las réplicas que se dan a tiempo, y que no son, como pudiera pensarse, contestaciones ingeniosas y a bote pronto, sino más bien respuestas que transporta el silencio en sus últimos vagones. Que a veces, incluso, ni llegan a subirse a ese tren si se decide, con buen criterio, que serían para el viaje un exceso de carga.  
* * *
Inverdadero, ámbito al resguardo del ruido y la intemperie donde se procura el cultivo de las certidumbres.

jueves, octubre 03, 2013

Ciudades en fragmento

A las guías ilustradas de los lugares a los que viajamos —siempre es bueno servirse de lazarillos cuando afrontamos lo desconocido—, conviene acompañarlas de libros que hablen de esos mismos lugares pero de un modo parcial y apasionado. Poemas sobre rincones que podrían pasar desapercibidos, leyendas sobre naufragios que no dejaron pecio alguno, recuerdos de infancia apuntados en diarios de letra menuda, fotografías de muros que al atardecer parecen rothkos y de casas sin encanto aparente donde se traficaron amores o se salvaron patrias. En ese equipaje imprescindible de itinerarios alternativos para lectores que viajan debe tener cabida un libro como Ciudades en fragmento (Editorial Impronta), de Ernesto Baltar. El diario de quien no sólo fija en palabras los pasos con que descubre las ciudades a las que llega, sino también del que busca el rastro propio y el de sus lecturas en esas impresiones apuntadas con cierto vértigo de escritor en trance pero sin descuido; en esas imágenes de fotógrafo en blanco y negro que, como en los textos en que se insertan, no encuadran los lugares con que habitualmente los turistas certifican su estancia, sino los barrios, parques, casas y rincones con que se alimentan las pasiones arbitrarias.
Nadie puede traducir una ciudad, ni literal ni libremente, pero quien más podría acercarse no es el que la habita sino el que llega por primera vez, el que empieza a descubrirla, ya lo haga desde la nada o desde sus pobres esquemas preconcebidos. Por eso, en cierto modo, la va creando. Es decir, que traduciéndola se traduce a sí mismo.”
Sabe uno de Baltar desde hace tiempo. He sido, soy, lector de su bitácora, que antes compendiaba “evangelios risueños” y ahora pruebas tipográficas (Lorem ipsum dolor sit amet). También recientemente de sus artículos en Jot Down. Conocía, pues, su afán viajero y el amor que alberga por Roma, por Londres o por lugares concretos como la madrileña Cuesta de Moyano. Este libro compendia esas querencias de modo admirable y sincero. Trasluce, por tanto, dónde se ha sentido su autor más dichoso y dónde ese deleite le ha impulsado a escribir más y mejor. Por eso son memorables los apuntes romanos: el calor pegajoso del barrio de San Lorenzo, su cine al aire libre en las noches de verano, el entrañable retrato de un anciano que come solo en una trattoria, el relato de un mendigo al que un camarero cruel le arroja un balde de agua en una noche gélida de Piazza Navona o el descubrimiento del cementerio acatólico donde yace Keats y pasean confiados  muchos gatos romanos. Por eso debería también quien viaje a Londres considerar los once lugares en que Baltar fragmenta la felicidad que ofrece a sus visitantes esa ciudad:  el Sir John Soane’s Museum, The Round Pond, Hampstead Heath, Kyoto Gardens, Leadenhall Market, Cavendish Square, El pub The George, la cafetería de la Tate Modern, La casa-museo de Thomas Carlyle y Hoxton Square. Enumeración, en fin, que condensa su fascinación por ese Londres, del que, como nos recuerda Baltar, una vez dijo el doctor Johnson: “cuando un hombre está cansado de Londres es que está cansado de la vida”.
A estas dos ciudades les siguen en el libro otras. Madrid, sobre todo, pero también Praga o Berlín o París. Quizás no por todas ha sentido el autor igual entusiasmo. Pero en cada una su atención y su método son los mismos siempre: «Andar con el cuaderno en la mano y escribirlo todo. Escribirlo todo con la mayor sencillez posible. Caminar con los ojos bien abiertos y el ánimo tranquilo, dejándose llevar por las cosas. No busca uno nada en concreto. Una bolsa de plástico enganchada en un árbol, la melena batiente de una chica, las manchas de óxido en una pared. Lo que le vaya saliendo al paso».
Ciudades en fragmento descubre, en fin, a quien viaje a los escenarios de sus páginas un diaporama sentimental sobre el que urdir itinerarios urbanos desacostumbrados, más atentos a la representación de la vida diaria que acogen que a la monumentalidad del teatro sobre las tablas de cuyo escenario discurre.

 “Las ciudades son novelas colectivas que van escribiéndose a medida que se van leyendo. Son ficciones incesantes, melodías fragmentadas, breviarios de incertidumbre. Son lugares a los que uno va a perderse para quizás, al cabo, encontrarse. Resúmenes del caos universal, promesas de locura y evasión, escenarios del asombro, del delirio, de la miseria. Funcional y simbólica, palpable y onírica, el alma de la ciudad es un collage de imágenes, memorias, deseos, encuentros, mercancías… Un paraíso del anonimato en el que se reúnen las masas solitarias. Un laberinto de rostros, gestos y palabras en los que la sorpresa acecha a cada paso. La ciudad sentida, la ciudad soñada y la ciudad recordada se funden en una amalgama verosímil. Vemos lo que sentimos. Vivimos como soñamos. Somos lo que recordaremos. Nos habitan paisajes, metáforas, ruinas.”

lunes, septiembre 30, 2013

La rendición

En los informativos le dan la bienvenida al otoño. Al soplar la brisa en los parques, vuelan las primeras hojas secas. Pero continúan, sin embargo, los días luminosos. El sol. El resplandor sobre la hierba. En las madrugadas laborales, y después de salvar el tráfico malencarado de la ciudad, la recompensa aguarda en las carreteras secundarias, en las villas afanadas en la rutina diaria y perezosa, en los pueblos tomados por los sonidos previsibles, por el acompañamiento de los animales domésticos y de los pájaros familiares, en las playas abandonadas a la soledad de las mareas
Aparqué siendo aún casi de noche en el embarcadero. Me encaramé sobre las maderas ruinosas, paseé por el limo de los juncales, me acerqué a los precarios galpones de los pescadores. El día se subía a los hombros de Soto. Empezaba a mirar desde esa altura la corriente quieta del estuario. Por el puente transitaba de vez en cuando un coche con los faros encendidos. Dejaba una estela de luz difusa entre la niebla y de ruido apresurado sobre el asfalto. Una sombra lejana cuidaba de un sedal lanzado desde los pretiles. Las barcas estaban tan quietas que el agua parecía sólida. En la orilla opuesta y cauce arriba, Muros se encendía como una bombilla de tungsteno.  Su filamento  quemaba la torre de la iglesia. El río todavía guardaba el frío de las horas apagadas. La promesa de sol se iba emparrando en lo alto como las uvas.  Traté de fijar con la cámara fotográfica esa hora fronteriza, el contraste entre la oscuridad desapacible y el despertar de las luces, entre el azul aturdido y el naranja risueño. Esa rendición de breda en que la noche, antes de refugiarse en lo más hondo del río, entrega al claror las llaves del día arrodillada entre los muelles y sus lanzas de madera.

viernes, septiembre 06, 2013

Alumbramiento

Durante el breve tiempo en que se alumbran algunos de los días, el mundo parece que se levantara sobre brasas, igual que los rincones devueltos a la vida por el fuego. Hasta tiene en esas mañanas el aspecto inaugural de un nido resguardado. El semblante confiado de quien bebe en compañía. La quietud de quien posa sin recelo. El silencio rítmico de las mareas apaciguadas. La apariencia de una ciudad hospitalaria. Y el sol clemente de las orillas orientadas a los cielos del Norte.

domingo, septiembre 01, 2013

Lejos y sin prisa

Para alargar la ilusión del verano, para pensarse aún de vacaciones, nada mejor que viajar temprano hasta algún lugar desconocido o casi olvidado. Mientras siguen los días de sol,  y los cielos polarizados, y el aire limpio, y la mar en calma, no cansa conducir en la certeza de que al cabo de los tramos finales de una carretera angosta nos aguarda un rincón memorable. El sábado sobre la cala a la que llegamos caían los maizales crecidos, verdes y espesos. Remontando la vista sobre el curso del río se alcanzaban reverberantes en el mediodía los tejados de pizarra del pueblo cercano. El nordeste ventilaba esa parte del mundo igual que si se hubieran abierto las ventanas a las corrientes. La mar estaba fría, como sin estrenar. Nos acordamos de que unos cuantos años atrás arrancamos con los niños llámpares a ese pedrero. Ya no viajan con nosotros y a ratos los añoramos como al tiempo que los ha crecido y vuelto casi hombres. A la entrada del arenal, encastillado en juncos, un chiringuito con bandera pirata nos presta sombra. Leemos el periódico y por encima de sus páginas pasa un velero sobre el horizonte con las velas tan hinchadas como las mejillas de un trompetista. Por un momento, la vista puede saltar desde las guerras al paraíso con un imperceptible movimiento de cabeza. En los fogones bucaneros se brasean atunes y navajas. Hierve el café en el puchero. Un cigarrillo nos humea entre las manos. Aletean en el aire como pájaros de paso los olores de un día de verano que transcurre como si estuviéramos muy lejos y sin prisa.

sábado, agosto 31, 2013

Emilio Amor / Samuel Stawton

En el marco de las actividades desarrolladas con motivo de XV aniversario de la revista Ágora, y como complemento a la exposición ARTE EN LIBERTAD, el viernes, 30 de agosto, tuvo lugar una lectura poética de Emilio Amor en la Biblioteca Jovellanos. Presenté a mi amigo con estas palabras:

Foto de Juan Garay

Hay hombres que nacen antes de tiempo y tratan, como pueden, de aproximarse al futuro que les estaba señalado. Julio Verne fue uno de ellos y viajó en sus libros a la edad que, de verdad, le pertenecía. Y hay otros que llegan a la vida mucho después de lo que hubiesen deseado. Estos últimos regresan a menudo sobre un rastro imaginario al mundo que perdieron, pero al que no renuncian. Emilio Amor habría dado sus botas de caña alta y su camisa desabrochada a cambio de conducir el automóvil Amilcar en que una chalina con maneras de cobra estranguló a Isadora Duncan, no mucho después, por cierto, de que la diva gritara  “Adieu, mes amis. Je vais à la gloire “.  Y a fe que su frase fue premonitoria. Sucedía aquello en Niza, en 1927.
         No lejos de allí, en Cannes, pero ya en 1965 los periódicos de la época daban la noticia de la muerte Samuel Stauwton, quien habría fallecido en compañía de la Vizcondesa de Neully y después de una vida azarosa.
Stauwton había nacido en Londres en 1898. Estudió en Cambridge. Se trasladó a  París donde conoció a Paul Valery, Cocteau, Proust y Gómez de la Serna. Tras morir su padre y heredar una considerable fortuna, viajó desde Egipto al Lejano Oriente. Con el pseudónimo de Cecil Bishop publicó Cuaderno de Bitácora. Se trasladó a Nueva York, donde queda deslumbrado por el jazz y el cine. Visitó el Oeste Americano, el Caribe y Sudamérica. Al finalizar la II Guerra Mundial vendió su mansión y el negocio de té familiar, recluyéndose en Trieste para recuperarse de una dolencia del pulmón. Comenzó por entonces su irrefrenable decadencia, que lo llevó  a la ruina por casinos y tabernas. En 1964 se casó con la Vizcondesa de Neully. Un año más tarde, Stauwton y su esposa, fueron encontrados muertos, abrazados y desnudos.
         Gracias a las Crónicas de Samuel Stawton conocí a Emilio Amor. Aquel libro, apócrifo o robado, le valió el Premio Cálamo y se publicó en una edición hermosamente ilustrada por Miguel Ángel Bonhome. A partir de entonces, además de amigos, hemos perseguido juntos la verdad sobre Stawton.
         El segundo libro stauwtoniano que Emilio Amor llevó a imprenta fue el titulado Canciones de Amor en los Campos de Marte. Para entonces sabíamos ya que Samuel Stauwton había fingido su muerte, que el cadáver hallado junto a su esposa era el de un amante polaco de ésta y que el escritor inglés vivía en el anonimato en un pueblo del sur de Irlanda, dedicado con pasión a la astronomía, la cartografía y la colombofilia.
         Todas las personas que, como Stawton, han hecho del continuo peregrinaje una forma de vida (Rimbaud, Byron, Stevenson, Gauguin), no hacen sino huir permanentemente: de la familia, de la propia historia, de algún pasado ignominioso o de quién sabe qué desencanto. Siempre tratan de olvidar. Y al no fijar en parte alguna sus raíces, se convierten en refinados impostores, en actores formidables. Y hasta acaban ellos mismos creyéndose la historia inventada de sus vidas. 
         Quizás forme parte de ese teatro lo que se dijo también sobre esos versos del segundo libro firmado por Emilio Amor, las Canciones de Amor en los Campos de Marte, aquello de que eran sólo un brillante ejercicio literario de un joven ucraniano, Cecil Sevchenko, con quien convivió el viejo escritor durante sus últimos años, un aventurero que llegó al puerto de Cork después de que encallase el decrépito carguero en el que viajaba, un marino alto y robusto como la chimenea de un vapor, con cabellos rubios y una estridente risa tabernaria, que gustaba a la mujeres fuertes y a los hombres sensibles.
         Sea como fuere, Stauwton pervive en un montón de poemas sobrecuya autoría no existe una certeza absoluta, que quizá sean en parte suyos y en parte sólo simulaciones, plagios o traducciones recreadas. Y es con esos mimbres con los que se urde también Transgresión del Edén, el tercero de los libros, hasta ahora, que Emilio ha firmado, versionando ciertos textos manuscritos encontrados en el subsuelo de Dublín en octubre de 2001 y que los investigadores han atribuido a un póstumo Stauwton. 
     Esa fijación por el personaje de Stauwton, un tipo mundano, culto, amante canalla y poeta maldito, es la que me lleva a creer que Emilio Amor hubiera deseado encarnar a un hombre así, en una época como aquella. La heteronimia puede ser para tales pruritos un eficaz atajo. Dado, por tanto, que Emilio Amor no tuvo la fortuna deseada con su fecha de nacimiento, les aproximaré en un esbozo biográfico los datos reales de nuestro protagonista de hoy: Emilio Amor, pintor, escultor y poeta, nació en Gijón en 1955. En los años 70 actuó en los grupos de teatro La Máscara, La Caterva y Margen. Cofunda el Gruva, grupo de arte vanguardista, en 1981, con el que colaboró en Una Cantata Celeste, elaborando la obra sonora Cuaderno de Bitácora. En 1983 es uno de los organizadores de Arte en la calle. En 1999 gana el premio Cálamo de poesía erótica con el libro Crónicas de Samuel Stauwton. Pasa entonces a formar parte del Grupo Cálamo,  dirigiendo, además, la sección Ágora Libertina de la revista Ágora, que publica la Sociedad Cultural Gesto. En ese rincón de la revista le ha dedicado espacio a Apollinaire, a Lautréamont, a Alfred Jarry, a Cocteau, a Anais Nin, a Georges Bataille, a Rimbaud, a Germain Nouveau, a Baudelaire, a Max Jacob, a René Char, al Divino Marqués, a Cravan, Shelley, a Dylan Thomas, o a Artaud. Toda una nómina, como pueden observar, de románticos, libertinos y vanguardistas. A partir de 2005, colabora con la Alianza Francesa en la celebración de la Primavera de los Poetas y pronuncia algunas conferencias sobre Rimbaud, René Char y el Surrealismo. Ha publicado:

Cuaderno de Bitácora, 1981 (en formato audio).
Crónicas de Samuel Stauwton, 1999. XIII Premio Cálamo de Poesía Erótica (Cuadernos Cálamo Gesto)
Canciones de Amor en los Campos de Marte, 2002 (Cuadernos del Bandolero)
Transgresión del Edén, 2008 (Cuadernos del Bandolero)

Ha participado también en los libros colectivos:

Gijón, reflejos de ciudad, 2005 (Editorial Grupo Norte)
Cimavilla, de recuerdos, pasiones y canallas, 2007 (Editorial Grupo Norte)

Próximamente aparecerán dos nuevos poemarios suyos: El mar y los laberintos y Encaje de mar.
         La poesía de Emilio resulta siempre torrencial. Como de aluvión. Da siempre la impresión de estar escrita en días inspirados. Por eso, quizás, sus versos produzcan cierta hipnosis en el lector, que se traslada a su través a un buen número de escenarios surreales, coloristas, refinados, marinos, lejanos. Son versos plagados de  imágenes apabullantes, de cadencias propias de quien piensa la vida en verso, de quien siempre lleva en la memoria geografías emblemáticas, escritores fetiche y pintores que se relacionan con ese mundo creativo que le resulta tan querido al autor: el de las vanguardias y el del romanticismo exótico y aventurero.
           Su poesía nunca tiembla, es firme aun en el empleo del recurso literario más audaz. Está escrita con naturalidad, con aplomo. Aprovecha el talento del autor, su confianza en la evocación visual, en la sonoridad, en  el poso que arrastran las muchas lecturas y los cientos de cuadros que lleva impresos en la retina. 
             Pero mucho mejor que yo, el propio Emilio Amor describe cómo es para él la poesía y cómo nacen sus poemas. Lo hace en unos versos de su próximo libro Encaje de mar. Esa poética que está a punto de publicarse dice así:

Nunca se sabe qué nos deparará un nuevo poema.
Se parte del hallazgo y la sorpresa:
los primeros versos son los únicos
dictados por los dioses.
Y luego,
a través de los caminos cruzados de los sueños,
siempre se llega a un puerto desconocido.
Hay poemas redondos y asimétricos, nunca espirales,
pueden ser un aullido de dolor o un canto a la alegría,
el himno de una hazaña o una alucinación;
pero, desde luego, todo poema lleva inscritos
los miedos y las inquietudes del poeta.

Les dejo con Samuel Stauwton, Con Cecil Bishop, con Cecil Sevchenko, con Emile L´Amour, con Emilio Amor… En fin, con el autor y sus máscaras.

martes, agosto 27, 2013

Misiegu

 
    La luz del sol en el invierno
    se deshoja en niebla sobre las playas.

jueves, agosto 15, 2013

Dioses de playa


Los buenos días lo serían menos si mientras transcurren no diéramos gracias en algún instante por ellos. No se trata tanto de bendecir la dicha como de ser plenamente consciente de estar bajo su amparo. Hoy, en el ámbito de esta sombrilla clavada en una recóndita cala, la vida no tiene apenas aristas. El cielo es azul, el mar apacible. En la orilla rompen las olas con una cadencia lenta y un estruendo discreto. A ras de arena, las conversaciones cercanas parecen robadas. Como si de repente descubriéramos a través de la pared de un hotel la intimidad de los huéspedes vecinos. Somos, de pronto, como dioses en la sombra a los que mece el mar y para los que no existen secretos de piel ni de palabra. Dioses en la playa que redactan el evangelio de este ocio estival y placentero.

Mi vida querida

El rumor de la piscina cae como lluvia menuda sobre la palmera. Ese roce insistente de voces alegres corre por el parasol de ramas y salpica la sombra en la que me he refugiado esta tarde. Leo a la Munro como quien se deja hipnotizar por una cortina de agua tan tenue como ordenada, por un aguacero suave que de pronto deslíe el mundo que se atisba a su través —tan real como inquietante—, por un chubasco sutil que cesa súbito y nos deja inacabamente apaciguados. 

miércoles, agosto 14, 2013

Sanguijuelas

Nunca me he cruzado con una sanguijuela. Sé de ellas, como sabemos todos, por lo que alguna vez hemos leído o visto en el cine. Que su boca actúa como una ventosa sobre las heridas abiertas. Que chupan la sangre. Que son negras. Que producen pesadillas. Yo creo que las obsesiones son como las sanguijuelas. Una vez que han descubierto por dónde sangras, cuál es, por tanto, tu punto más débil, se lanzan sobre él, sobre ti, con la voracidad insaciable de un cáncer. Desde ese momento, y contradiciendo la evidente disparidad de volúmenes entre un hombre y una sanguijuela, pasas a ser poco más que una extensión, incongruente y exhausta, del cuerpo de un gusano.

Arnao

Desde la bocamina se sale a la playa. Relumbra el mediodía. El cielo es intensamente azul. Se tarda unos instantes en acostumbrar el ojo a la luz. Una mujer se broncea en el espigón. Sobre la línea del horizonte un crucero aguarda la entrada al puerto. Hubo en este rincón de costa un yacimiento de carbón y un pequeño muelle de carga con gabarras y barcos de vapor. La mina hoy es un museo y por el dique y la playa se pasean los bañistas. Donde se levantó un esforzado paisaje en sepia, encuadro ahora el despreocupado color de un verano al sol.

martes, agosto 13, 2013

Por las Foces del Esva

El caminante ha compartido charla, fatiga, viandas y trago por el rompepiernas que parte de Bustiellu. Ha bajado junto al río y ha trepado hasta ver su cauce desde el camino escarpado que a tramos permite divisar en lo más alto la braña vaqueira de Adrados, ya casi en el valle el caserío de Longrey y muy por debajo de nuestros pies el brillo sonoro de las aguas del Esva. Y llegado al otro lado de la foz, le ha puesto reposo a su pulso junto a la iglesia de Ese de Calleras, un templo modesto y blanco, con cubierta de pizarra y espadaña alzada como un faro por encima de los maizales. En su testero llama la atención una celosía en arenisca de arcos geminados y de apariencia prerrománica, incrustada en la limpia pared de la capilla y que deja paso el sol, la pradería y el rumor próximo del río, no de manera muy distinta a como el recuerdo posiblemente nos llevará adentro al cabo de los días las imágenes de esta hermoso y esforzado paseo estival.

Foto de Xuan Nel Saez

jueves, agosto 08, 2013

Aveiro y la otra
















No debería compararse nunca más esta ciudad con la otra. Se hace a menudo y pierde injustamente en esa pretendida semejanza. Porque las vocaciones de ambas fueron y son diferentes. Comercial, palaciega y decadente la de Venecia. Laboriosa, modernista y recogida la de Aveiro.  Allí la elegancia de un carnaval  cortesano, aquí la picardía de unos barqueros de puerto. Cuando el sol ilumina este par de canales domesticados y urbanos, se refleja en sus aguas el vivo color de las proas de los moliçeiros y los azulejos de las fachadas.  Cuando el atardecer le da relieve a las aristas del mundo, los galpones salineros más que de madera parecen de cobre repujado. Aveiro tiene una belleza sonriente, blanca y modesta; una plaza del pescado bulliciosa; jardines de acacias; templos luminosos y tascas de raciones abundantes y vino fresco.  Paseándola a veces hay que cruzar por encima de sus canales. En ese breve tránsito, cuando el viajero se acoda en los puentes y fotografía las alegres barcas y su estela, siempre tiene la tentación de recordar Venecia. Sépase que no le hace ninguna falta a esta ciudad acogedora, pues siempre se hace un hueco en la nostalgia de quien llega a ella, y no con la afectación de los escenarios  solemnes a que recurre la otra, sino con el poso dulce de los días apacibles al sol y sin prisa.

martes, julio 30, 2013

Jardim das Lágrimas














Sólo queda en pie una ventana gótica.
Una ruina airosa
por la que se asoma un fondo de hiedra.
A veces llegan hasta aquí
algunos recién casados a retratarse;
posan justo donde la leyenda
cuenta que se citaban,
siete siglos atrás,
dos amantes cortesanos y furtivos.
Ese fondo de bosque y sombra
ha de resaltar, a buen seguro,
el encaje blanco de las novias en las fotos.
Muy cerca,
como un calamar gigante,
la raíz desbordada
de una higuera de Australia,
quiebra la tierra
y vuelve incierto
el camino de los que la merodean.
Hay quien ve un aviso en ello.

JCD

lunes, julio 29, 2013

Monsanto


Se ve desde la carretera muy en lo alto,
erguido con la arrogancia
de todo lo que elije las cimas para manifestarse:
poder, corona, cruz, veleta o castillo
—versiones, en fin, del miedo—.
Y aunque reverbera atravesado de sol
en este mediodía ardiente de julio,
el granito de sus calles retorcidas
asperja al menos un aire umbrío y fresco.
Estas piedras enormes,
que son su sostén y su adarve,
han permanecido durante siglos
en un equilibro de amenaza y prodigio.
En sus axilas,
como en un nido expuesto a las corrientes,
se alivia hoy la fatiga de este viajero.

JCD

martes, julio 23, 2013

Miquiño mío

Tuvo uno la fortuna de recibir el libro nada más publicarse. Y el honor de que le llegase al buzón de casa gentilmente dedicado. Se leyó enseguida. Y era la intención dar noticia de él nada más darle término. Así se hizo, recomendándose a amigos y conocidos. Y así quería hacerse también en este ámbito de la bitácora con una reseña pronta, justa y, por tanto, entusiasta. Pero en aquellos días se torcieron las cosas y no hubo tiempo para escribir con calma de las cartas de doña Emilia (pues son de la escritora gallega todas las que recoge la edición salvo una sola escrita por don Benito y que es la primera de las publicadas); para glosar ese tránsito epistolar, en el que se suceden respeto, encariñamiento, pasión y amistad, mantenido por la oronda gallega con su tímido  corresponsal a lo largo de casi treinta años. Deliciosas son gran parte de esas misivas. Dan pie a imaginarse  a una doña Emilia apabullante en sus encuentros amorosos con el pajarito canario. Apabullante, sí, pero a la vez tierna. Procaz, también, pero a la vez ingenua. Y a conjeturarlo a él a veces un poco desidioso, pues no le faltaron, por lo que se sabe, otros nidos de acogida (algunos de sus biógrafos creen que su relación con Emilia Pardo Bazán es simultánea a las que mantiene con Lorenza Cobián y con Concha Ruth Morell). Resulta delicioso el prólogo del libro. Escrito como si fuera de una sola persona —siendo de dos—; y nada académico, pero sin faltar al rigor ni a la delicadeza que requiere dar a la luz una literatura tan íntima, poniéndose el acento para ello, más que en la relación furtiva, en los matices expresivos a que ésta dio lugar y que nos ofrecen a una Pardo Bazán viviendo no sólo la literatura, sino también el amor, como una mujer adelantada a su tiempo y siempre apasionada.
Este casi centenar de cartas tienen como fecha inicial el año 1883. Galdós triunfaba entonces con La desheredada, y doña Emilia acaba de publicar La cuestión palpitante a la vez que ponía punto y final a la relación con su marido.  Desde ese momento asistimos a cómo se gestó y desarrolló la relación de admiración, amistad y amor entablada entre ambos escritores, pero, también, a cuál era el sentir de la narradora gallega acerca de la literatura y la vida cultural: la crítica que le sugerían las novelas que Galdós escribía y enviaba a su amiga para que le diera el parecer; cómo iban creciendo sus propias obras; de qué modo la afectaban los denuestos de Clarín o Pereda; o qué rencillas y tejemanejes guiaban la elección de los candidatos a la Academia de la Lengua, de la que ella misma fue aspirante en tres frustradas ocasiones.
La narración de las misivas encandila al lector a medida que gana en intimidad. Y no porque se desvele abiertamente a su través, para alimento del morbo, el clandestino amor entre dos de nuestras más insignes figuras literarias, sus encuentros secretos y sus celos e infidelidades (confiesa la Pardo, por ejemplo, en una carta el affaire que la arrojó en los brazos del joven y guapo Lázaro Galdiano); sino porque a la pluma de la autora no se le pone brida alguna en esas líneas de sinceridad y ternura, en las que se suceden frases de cariño memorable (“Amigo del alma, ante todo, no llames caridad a lo que es acendrada ternura. ¡Qué salto, qué brinco desde las alturas filosóficas hasta el tempestuoso océano de las pasiones de los afectos.” / “Te muerdo un carrillito y te doy muchos besos por ahí, en la frente, en el pelo y en la boca.”/ “Ansío ya darte un abrazo larguísimo. Ratonciño, adiós.” / “Haz por comer y no fumes mucho.”).
Pardo Bazán tenía poco más de cuarenta años cuando inicio sus amores con Galdós. Había nacido en el seno de una familia adinerada gallega. Su padre fue diputado liberal. Tuvo a su alcance de pequeña una bien nutrida biblioteca que resultó, sin duda, acicate de su vocación literaria. Se casó muy joven. Viajó por Europa y se interesó  por las nuevas corrientes literarias, que fueron argumento de sus artículos periodísticos y motivo de ruptura matrimonial, pues su marido, José Quiroga, no estaba dispuesto a convivir con una escritora de inspiración darwinista que había levantado incluso la alerta hasta en el Vaticano.
A Galdós sus padres lo habían enviado a Madrid para que estudiase Derecho, alejándolo de paso del arrebato amoroso que inspiró en el jovenzuelo una primita recién llegada a la casa familiar.  Para fortuna de sus lectores, no se empleó con demasiado interés en el estudio de las leyes. Pero sí extrajo un infinito provecho de la vida en la capital, de los barrios y de las gentes, que quedaron para siempre fielmente retratados en sus novelas. Cuentan sus biógrafos que fue discreto con su vida privada y que permaneció soltero porque prefería el amor mercenario y las pasiones pasajeras. De entre ellas, estas cartas de Miquiño mío cuentan la devoción que despertó en una mujer sensible e inteligente como era doña Emlia, y que no debió ser muy diferente tampoco a la que le tuvo Lorenza Cobián, pese a que ésta era, al contrario que la Pardo Bazán, una mujer de extracción humilde, casi analfabeta, pero cuyo amor no correspondido con Galdós, del que tuvo un hija —la única descendencia que se le conoce al canario—,  la llevó finalmente al suicidio.
En alguna entrevista, ha explicado Juan Manuel Hernández cómo llevaron su relación Galdós y Pardo Bazán y cómo nació el libro en el que ha trabajado con tanto cariño de la mano de Isabel Parreño: “Su círculo más intimo supo, o al menos sospechó que la relación existía, pero ambos la mantuvieron en secreto. Solo en 1971, cuando el diario mexicano Excelsior  publicó tres de las cartas de doña Emilia a don Benito, se atisbó la punta de iceberg de una pasión muy profunda» De las más de 90 cartas de Pardo Bazán que los dos responsables de Miquiño mío localizaron tras sus pesquisas, ya se conocían las 35 más intensas, publicadas en 1974 por Carmen Bravo-Villasante y conservadas en la Real Academia Española, pero a ésas añadieron ahora las que fueron hallando con su investigación y que encontraron muy dispersas. Las dataron y transcribieron depurando errores para completar así «con mucho trabajo un puzle amoroso».
Del resultado de ese puzle sólo se tiene una perspectiva adecuada cuando se completa la lectura del libro. Entre tanto, va uno llevándose a los ojos las piezas irregulares de la composición, el intercambio de unas palabras confiadas a la franqueza, de opinión y de sentimientos. Un episodio nacional privado, una dual cuestión palpitante.

lunes, junio 24, 2013

Lighthouse





















En los días de bonanza,
el faro de Lluces
le da la espalda a las mareas
y, como un índice sobre los labios del cielo,
pide silencio para la tierra
desde el acantilado.

lunes, junio 17, 2013

Lo esencial


 
En el reducido espacio de su carlinga, a la altura de un dios menor, Saint Exupery se convenció de que lo esencial era invisible a los ojos. Pensaba tal vez en la vida microscópica sobre la que el mundo se levanta. Tal vez en el tenaz castigo con que el tiempo se ceba en lo íntimo contra todas nuestras defensas. Tal vez en el amor, el odio  y el sabor agridulce de los frutos que, tarde o temprano, la vida nos acerca a los labios.

martes, junio 04, 2013

Haiku / Caxigalíne(a)s

Luce en el jarrón / la rosa del desierto / y su tallo de aire. 
  • Las nueces son todo cerebro.
  • Las baldas de su biblioteca y los cajones de su escritorio eran la perfecta metáfora de su cabeza: un caótico amontonamiento de lecturas, que urgían orden y desbrozo.
  • Aseguraba él con mucho convencimiento: "es una buena persona". Traducía yo, mentalmente, sus palabras: "todavía no le ha llevado la contraria".

sábado, mayo 18, 2013

LOMCE


Me permito traer aquí, desde facebook, esta lúcida e indignada declaración de Ricardo Menéndez Salmón (porque cuando algo se dice tan bien y con tanta razón, qué menos que divulgarlo en la medida de los posible).


Tengo 42 años y dos hijos, una niña y un niño. Soy una persona culta, cuyos libros se han traducido a siete idiomas distintos al español. He cursado siempre mis estudios, desde Infantil hasta la Universidad, en instituciones públicas. Mi único rasgo de fanatismo (quizá de masoquismo, estoy abierto a la discusión) es ser seguidor del Sporting de Gijón desde que tengo memoria. Soy comprensivo, pero también intolerante: con el racismo, con el fascismo, con las sectas. Es decir, no creo que todas las opiniones sean igualmente respetables. Me asiste la certeza, conquistada a través de los libros y de mi propia vida, de que se puede vivir sin religión ni dioses, pero de que no se puede vivir sin ética ni valores. Esto es: sostengo la absoluta superioridad de la Filosofía sobre la Religión. Esta cita de E. L. Doctorow, tomada de su novela El libro de Daniel, se la regalo a los padres de la LOMCE después del enésimo asesinato de la razón cometido en mi país: «La diferencia entre Sócrates y Jesús estriba en que nadie ha sido condenado a muerte en nombre de Sócrates. Y ello se debe a que las ideas de Sócrates nunca fueron convertidas en ley».
Ricardo Menéndez Salmón

martes, mayo 14, 2013

Paseos

 
El sábado lucía el sol en Corao. Muchos años atrás Madoz describió ese lugar como "un ameno vallecito en la carretera que desde el interior de la provincia conduce a la de Santander;  con clima templado y sano. De veintiséis casas de mediana fábrica, con muchas fuentes de buenas aguas, y dos ermitas dedicadas a San Nicolás y a Santa Rosa de Viterbo. El terreno es de superior calidad, y se haya fertilizado por los ríos Güeña y Chico, que se reúnen más abajo de la población; en sus riberas se crían hermosos álamos y grandes alisos, habiendo en otros parajes multitud de castaños, abedules y otros árboles que proporcionan sitios de comodidad y recreo. Produce trigo, escanda, maíz, habas, toda clase de legumbres y frutas, excepto el limón y naranja que no prosperan a consecuencia de los hielos; hay ganado vacuno y, algo de cerda, caza de perdices y liebres; y pesca de excelentes truchas. Industria: la agrícola y un molino harinero.” El idílico enclave y la cercanía de la alta montaña llevaron a Frassinelli a fijar su residencia allí. Escribe Alejandro Pidal que para el alemán «su verdadero teatro eran los Picos de Europa, Peña Santa, la Canal de Trea, los gigantescos Urrieles asturianos. En ellos se perdía meses enteros, llevando por todo ajuar un zurrón con harina de maíz y una lata para tostarlo al fuego de la yerba seca, su carabina y los cartuchos. Vino no lo bebía: bebía agua en la palma de la mano; carne, sólo la del rebeco que abatía el certero disparo de su escopeta y cuya asadura tomaba sobre la misma lata al mismo fuego. Dormía sobre las últimas matas del enebro que avecinan la región de las peñas y las nieves.” Desde el viejo castañar que se levanta a orillas del Güeña parte la Ruta Frasisenilli, un camino que lleva hasta el lago Enol y de allí al Pozu del Alemán, escondido rincón junto al río Pomperi donde cuentan que se bañaba el romántico vecino de Corao. No llegamos hasta tan lejos, pues andábamos sólo de paseo y no de esforzada marcha, pero sí que la senda nos acercó a la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, enclavada en un hermoso paisaje, custodiada por tejos centenarios y protagonista de un rico devenir histórico. El Marqués de Monsalud la describe como sigue en 1905: “A la mitad del camino, entre Cangas de Onís y Covadonga, á una legua de cada una de éstas, álzase la pequeña construcción sobre una extensa pradera rodeada de verdes lomas, dominando, desde su altura, la pequeña villa de Corao. Compónese el templo de una sola nave, habiendo sido objeto de transformaciones sucesivas, y aun cuando supónesele, generalmente, construido por el rey Pelayo, fácilmente pudiera datar la primitiva fábrica de la época visigótica. Monasterio de Abelania le nombra la crónica albeldense, y, en efecto, hacia el año 737 parece se estableció en el mismo una comunidad de monjes bajo la regla de San Benito.  El templo compónese de una sola nave, ostentando, en su estado actual, los caracteres del estilo románico. Es de sillería que, ennegrecida por el tiempo, presenta aspecto de venerable antigüedad. Divididos exteriormente sus muros por robustos contrafuertes, corre por la parte superior una vistosa hilada de canes que representan cabezas humanas, de bichas ó de dragones sosteniendo la sencilla cornisa. La puerta lateral, de arco de medio punto, compónese de dos bocines, ó arquillos, que descansan sobre columnas pareadas, ocupando su tímpano curiosísimo bajo relieve que representa el infierno, viéndose en él buen golpe de diablos que sostienen sobre el fuego una caldera, de la que asoma una cabeza, fiel representación, según el vulgo, de los eternos suplicios de don Opas el traidor. Le da á estos muros alto sentido de respetabilidad la circunstancia de haber sido primitiva sepultura del cristiano caudillo, glorioso triunfador de Covadonga.”

De vuelta a Corao, tomamos el vermú en una terraza soleada y tranquila, frente a los castaños que se levantan junto a ribera del Güeña. Seguimos luego ruta hasta Asiegu. Comimos al aire libre en la sidrería de los hermanos Niembro, geólogo uno y geógrafo el otro, que permanecen enraizados en su tierra, cuidándola, dándola a conocer y viviendo dignamente de ella. Nos dieron a probar, entre otras viandas, un cabrales de curación larga, al que llaman Teyedu, que resultó primoroso. Bebimos sidra Pamirandi, de los pomares del pueblo. Se mantuvo una charla franca y alegre a resguardo primero del sol y, a medida que avanzaba el día, de la brisa fresca de las alturas. Por bajar la comida, se paseó luego hasta el mirador de Udaondo. Se iba echando poco a  poco la niebla sobre la montaña. Ocultaba el Urriellu. Enfriaba la tarde. Caminamos un rato por los alrededores, hasta alcanzar un prado verdísimo, salpicado de gamones y en el que pacía el ganado como dispuesto para una postal, como fijado para la memoria de estos viajeros que tuvieron la ocasión feliz de compartir el día y sus descubrimientos.