¿Cuánto puede medir esta playa? Me hago esa pregunta ociosa abarcando con un golpe de mirada su extensión. He de recordar al volver a casa que puedo comprobar su longitud exacta en una guía sobre el litoral que guardo en la biblioteca. En cualquier caso y a esta hora en que la marea anda a medio camino, creo que la distancia debe de ser de más de doscientos metros. La he recorrido por la orilla de extremo a extremo. Apenas si habrá sobre su arenal un par de docenas de bañistas. Desperdigados, solitarios en sus propios espacios, casi reinos, y dedicados, por tanto, con suficiente intimidad al sol, la lectura, los chapuzones, el paseo o la charla. El día está algo indeciso. Habían pronosticado incluso lluvia. De momento luce el más del tiempo una luz cálida y espesa a la que las nubes le dan una intermitencia que mantiene agradable la temperatura. No se oye más que el latido rítmico del escaso oleaje. A lo lejos pesca una pequeña barca de casco rojo. Sobre la línea del horizonte se levanta la vela de una embarcación que navega muy despacio. Estaba uno leyendo hasta hace un momento una gavilla de relatos titulada Inconvenientes del turismo en Praga y otros cuentos europeos, cuyo autor es Mario Martín Gijón. Debería ser fácil aquí concentrarse en la lectura. Nada altera la paz del aire. Y sin embargo, es precisamente ese sosiego el que me hace dejar en la arena el libro. De pronto, y como eclipsando lo que leo, se me despierta una revelación sobre la que, además, me urge escribir. Una consciencia súbita de que en este lugar tan condenamente hermoso, tan sin ruidos y en el que es posible además sentirse solo, se alcanza la sensación de ser dueño por un rato de la vida. Por eso me imagino como al protagonista de uno de esos cuentos que estaba leyendo, El destierro en Bugibba, regresando mañana de nuevo “a la playa, a mi playa, desolada pero extrañamente acogedora. Imaginando sus olas transparentes dándome la bienvenida. Siento curiosidad por el rostro de la recepcionista cuando le diga que quiero prolongar mi estancia durante otros quince días. Eso sí, en otra habitación, y con vistas al mar. Seré inflexible”.
martes, julio 31, 2012
lunes, julio 30, 2012
José Ramón Fernández y el otro lado del jardín
El próximo miércoles, día 1 de agosto, José Ramón Fernández inaugura exposición en el centro Puerta del Mar de San Juan de la Arena.
J. Ramón Fernández (San Esteban de Pravia, 1950) pinta desde muy joven. Desplazado a París en 1973, vive allí durante algún tiempo antes de proseguir un itinerario iniciático por Europa. Trabaja luego en Madrid, con el pintor Juan Gomila. Hace algunas exposiciones tanto individuales como colectivas, pero al cabo de un tiempo, decide apartarse del mundo social del arte, aunque sin renunciar nunca a la pintura. Desde entonces se ha dedicado profesionalmente al diseño de muebles. No obstante, no ha cejado en su vocación creativa con estudios sobre grabado e interés en el diseño gráfico por ordenador. Incluso en los últimos tiempos se ha adentrado en el mundo de la luthería. En fin, que Ramón traspasa de continuo la difusa frontera que tan arbitrariamente se establece a menudo entre lo artesanal y lo artístico, porque sus trabajos tienen la delicadeza de un creador, y sus creaciones el rigor de todo el que conoce bien un oficio. No diré dónde (aspiro a compartir el misterio y hasta su disfrute), pero Ramón se adueñó un día de un rincón del mundo y como un dios refinado le dio a un jardín, su jardín secreto, la forma exacta de los sueños. Allí vive, pinta, talla, lee y es feliz, cuida de las plantas y los colores, oye a José Larralde y hasta él mismo, en ocasiones especiales, nos canta a sus amigos. Hay quien le pregunta por qué no pinta en sus cuadros ese lugar donde tan a menudo es dichoso; un poco a la manera de Monet en Givenchy. Os diré por qué creo que no lo hace: porque se pinta o se escribe sobre lo que se le escapa a nuestra voluntad. Esa inaprensible materia oscura sobre la que no tenemos dominio alguno y que nos recuerda que somos apenas poco más que títeres colgados de una cuerda por la que los artistas trepan, rebeldes, con éxito dispar. Tampoco Monet pintó sólo nenúfares, sino el cambiante matiz de su color, una precursora abstracción donde había mucho más que un estanque. Del mismo modo, Ramón también traspasa los lindes de su jardín. Se adentra en el bosque. Bajo los lubricanes más ardientes o en las noches de luna llena. Y siempre hay en su manera de afrontar la pintura, una suerte de figuración arrepentida, como si se apoyara en la naturaleza (árboles, campos roturados, estanques, nieblas o mares) sólo como un trampolín desde donde emprender una indagación íntima, atormentada o feliz, pero siempre fértil.
domingo, julio 22, 2012
Final de viaje
Contra los degarros del tiempo
Salimos del hotel
con el firme propósito
de darle la espalda al último sol
sobre los tajamares
del puente della Trinitá.
Estábamos yéndonos ya
y deseábamos fijar la mirada
en las ascuas con que la tarde
enciende las aguas del Arno.
Que ardieran en su cauce
los buenos y malos momentos
que siempre le salen al paso
a quien anda lejos de casa.
A quien luego cuenta o escribe
de lugares, de paisajes y gentes,
procurando un relato amable
que sólo engarce dichas.
Mintiendo entonces y olvidando
que el viaje es sol, pero también es frío,
y que el viaje debiera concedernos,
sobre todas las cosas,
una encarnadura suficientemente fuerte
contra los desgarros del tiempo.
martes, julio 17, 2012
A orillas del Arno
Desmitificando encuadres
A esta altura del rio
apenas si levanta la mirada del cauce:
clava su pértiga en el limo
y compone contra el verde oscuro de las aguas
una estampa de porte impresionista,
la de un barquero ensimismado
al que se avista por sorpresa
entre el ramaje del bosque.
Pero la verdad sin embargo es otra:
desde los pretiles de Ponte Vecchio
un loco enjambre de turistas
dispara sus cámaras
con la misma crueldad
con que los psicópatas vacían
el tambor de sus revólveres.
Por eso no mira nunca hacia arriba
cuando llega a las arcadas del puente,
sabe que siempre resulta mortal
un disparo perdido entre los ojos.
domingo, julio 15, 2012
En Arezzo
La Trinitá d´Arezzo
Ya hace años que no se acercan a la capilla,
pero podrían dibujar de memoria
el rostro de la princesa Elena,
el árbol de Adán,
el puente sobre el Siloé
y hasta el mismísimo Cristo crucificado.
Estudiaron arte,
amaron a Piero della Francesca
y echaron raíces en Arezzo.
Pero al cabo del tiempo,
sentados a la sombra de la plaza
esperan ahora a que algún turista
pida precio por esos cuadros
que pintan con desgana
y por ganarse la vida.
(Tal vez sea todo una invención,
pero ella mira hacia la cámara
recelosa de un viajero curioso
que se empeña en fijarse más en la gente
que en los muros centenarios
de iglesias y palacios.)
jueves, julio 12, 2012
En el Valle d´Orcia
Postales toscanas
Si alguien le arrancara a esta tierra
cipreses, campos y caseríos,
dejaría al descubierto por debajo
el trazo de un geómetra toscano,
de un almagre sobre el que no se pintaron frescos,
sino sobre el que se ordenó el paisaje
tan precisamente
como un mundo recién creado.
miércoles, julio 11, 2012
En Lucca
martes, julio 10, 2012
En Firenze
lunes, julio 09, 2012
San Gimigniano
domingo, julio 08, 2012
Monteriggioni
En Monteriggioni
Un muro de piedra y enredaderas
le da sombra al patio
en nuestra pequeña casa de Monteriggioni.
Al otro lado,
se oye un educado rumor
de cubiertos y conversaciones.
Desayunan los huéspedes
del lujoso albergo vecino.
Bajo un toldo de inmaculada lona blanca
miran cómo se levanta el sol
sobre la lluvia de los aspersores.
Una lagartija enreda entre los geranios.
Zurean las palomas sobre el tejado.
Las campanas de la iglesia dan las horas.
Escucho sin querer
la íntima conversación
de una pareja de franceses
que no saben que estoy atento y tan cerca.
Recuerdan entre risas
que ayer noche bebieron demasiado brunello.
"¿O quizás no?", se preguntan
mientras brindan alegres
con zumo de naranja.
miércoles, junio 20, 2012
Barrio de Cimadevilla
Dada mi sencillez, me abruma lo profuso y lo confuso. Como buen
asturiano, me siento liberal. Tengo hambre de vida. Odio la subordinación. Me
engaña fácilmente la gente pícara; siento una soterrada y permanente angustia».
Luciano
Castañón


En su introducción, Paco Velasco incluye este Barrio de Cimadevilla dentro de la poesía social. Y como confirmación de ello, transcribe estos versos: Hay poetas que cantan a la luna, /al jilguero y a la flor, / pero que asimismo dicen, o piensan: / «Si otros hombres sufren es como si sufriera yo». Casi una poética que, en efecto, parece afirmarse en el compromiso y en la hermandad con los desfavorecidos, a quienes retrata en un ambiente festivo, laboral o sórdido. Con quienes construye, según Velasco, un retablo donde se suceden “las citas ‘non sanctas’ del tocador de laúd, los sonidos de marejada y olas en reyerta nocturna, la fiesta anual de la Virgen de la Soledad, los movimientos de la red en la faena de cada día, el vegetar de los jubilados, las horas de la rula, los vuelos de las gaviotas, el olor de las «focas» —apodo dirigido a quienes acarreaban la pesca—, el pescado de la rula, el muelle, los niños con el culo al aire, el viejo lobo de mar, el intruso destacamento militar que limita las aventuras infantiles, los nombres de las calles, el encuentro nocturno del borracho que sube la cuesta con el adormilado marinero que la baja y «que va en busca del alba y la sardina», las remendadoras de redes, la llegada de tiempo en tiempo de las barcas con el seno «pleno, fúlgido de coletazos», la madre que duerme a la niña con una nana (Duérmete nena / de Cimavilla; tu padre boga / al son de quilla), la reparación de una vieja y arruinada barca que merece una oda nerudiana, las viejas sentadas junto a la Colegiata, la taberna, el encuentro del marinero de Maupassant con «Bola de sebo»…”. Uno añadiría que a veces le encuentra a la pluma de Castañón trazos solanescos, un expresionismo crudo bajo el que no se puede ocultar la ternura de un tipo al que nunca parece serle ajena la desdicha de los otros.
MUELLE
por la tristeza de las adensadas nubes
y el monótono entrechocar de hierros;
por la alta pesadumbre en el todo muelle
en el cargador,
en el marinero,
y tanta en mí;
en el cielo y en el suelo.
Tú, muelle,
muelle solo y mañanero,
iza bandera, hiéndeme tu arpón,
aviva la politonía
de tus panzudos barcos:
negro mortuorio, blanco
sucio, rojo de macelo,
casi verde en el fondo.
Muelle,
agua puerca de turbia gelatina
en sucísimo balanceo;
gaviotas sombras deslizándose
—carroña en los picos curvos
y alas escoradas geometrizando el aire —;
olor a pinos,
a carbón,
podrido olor;
sabor a red salada,
a grúa;
olor con sabor;
gustoso asco podrido.
martes, junio 19, 2012
Del miedo
Está uno estos días disfrutando con esa pequeña maravilla publicada por Acantilado que lleva por título Historia menor de Grecia, de cuyo autor, Pedro Olalla, también se leen sus ocasionales entradas en la bitácora Desde Grecia. La última, El triunfo del miedo, es una cruda crónica de las recientes elecciones de ese país (ya también su país): "El miedo se vio canalizado hacia el electorado en una operación de guerra
psicológica de proporciones orwellianas: la amenaza de abandonar el euro, de ser
expulsados del espacio Schengen, de ser apartados de Europa, de caer en la
bancarrota absoluta, de ser atacados por Turquía, de quedarse sin alimentos ni
medicinas, de volver irremediablemente a las cavernas." No sería mala cosa, completar la lectura de ese post con lo que nos recordaba, a su vez, Nacho Escolar a propósito de los vencedores griegos: "Gana la derecha en Grecia, la misma derecha que engañó a Europa y manipuló las cuentas públicas con la bien pagada ayuda de Goldman Sachs. Gana el candidato de Angela Merkel y Alemania al fin es generosa: ya no hará falta sacar a Grecia de la moneda única y habrá concesiones en el plan de rescate, ese mismo plan de rescate que hace unos días era pecado mortal tocar. Gana Andonis Samarás, el coherente político que en 2010 votó en contra del plan de rescate y ahora presenta ese rescate como la única alternativa al caos."
jueves, junio 14, 2012
Las risas de los críos
El mismo barro cocido bajo nuestros pies. La espuela del sol sobre las ijadas del agua azul. El cielo de los veranos. La hierba fresca a la sombra de las palmeras. Si cierro los ojos, distingo el acorde de un surtidor, el chapoteo de los bañistas, las risas de los niños. Todo igual durante años a esta altura de las estaciones. Todo igual y todo distinto. Porque esas risas son ahora de los niños de otros.
Memento mori
Nunca más te rías como las hienas: ufanamente
jocoso de la desdicha o el aspecto de los infelices. Que no se cebe jamás tu
sarcasmo con las mellas de sus semblantes, con sus maneras vulgares o sus dispares
galas, con sus voces cuando tropiezan asustadas por la responsabilidad o por el
miedo, con su precipitación y sus torpes caídas, con esas desventuras que tan
reiteradamente los acechan, torciéndoles el camino, la suerte, la salud o la
vida. Guárdate de la ironía con los
humildes, con el error, la diferencia, con el infortunio o el entusiasmo que tu soberbia da por estéril. Te lo dice el esclavo de un césar que recorre
las calles de Roma el día de su coronación. Un esclavo acuclillado en la cuadriga de su amo. Un esclavo escondido de los vítores que le guarda el laurel al emperador al tiempo que le recuerda su condición humana y su existencia mortal.martes, junio 12, 2012
De ciertos entusiasmos
En un
reciente libro de aforismos de Pessoa, antologados por García Martín, se puede
leer que “el entusiasmo es una grosería”. Y no hay duda del aserto, al menos cuando uno
ve a su presidente aforofado en un estadio de fútbol horas después de declararnos en ruina
asistida.lunes, junio 11, 2012
El arbotante
Recuerdan en un espacio
radiofónico cuándo y por qué nació el gótico. Hasta esa irrupción en la
Francia del siglo XII, el culto era sombrío. Los templos lugares oscuros. A
iniciativa del abad Suger de Saint Denis, se construyó entonces una catedral de
luz. La esperanza siempre es un rayo de sol colándose por una ventana. Se planeó
entonces un edificio ligero, con vidrieras y rosetones. Un espacio amplio,
respirable y donde la mirada del cielo atravesase las paredes por grandes
resquicios, llenándolo todo de un aire ligero y respirable. Para sujetar
aquella arquitectura desconocidamente elevada se idearon los arbotantes. En
realidad, los arbotantes no sostenían sólo las catedrales, sino que, sobre
todo, llevaban, un poco al modo como lo hicieron con el agua los acueductos
romanos, un caudal inagotable de luz a donde sólo había una espesa y triste umbría.
Después
de un fin de semana en que, más que las razones o consecuencias de la inyección
financiera europea a nuestra banca, se ha discutido sobre cómo denominar a esa
recapitalización —en una palmaria muestra de hasta qué punto está atrincherado
todo el entorno (formaciones políticas y medios de comunicación)—, uno ve en
esa solución arquitectónica del gótico una analogía de cómo se ha obrado
también con las cuenta. Ese andamio europeo que permite la entrada de algo de
luz dentro de nuestro lóbrego solar bancario tiene mucho de arbotante. Les permite un sostén exterior a nuestros febles muros
patrios. Llámese por tanto si se quiere arbotante financiero —término arriba o
abajo poco importa— a lo que nos ha devuelto, al menos de momento, aire y
horizonte, pero nadie se olvide de que los sillares de este apoyo llevarán,
como entonces, la firma de los canteros, que mientras se levantaban los
edificios del medievo vivían a la vera de sus obras, montando allí los talleres
desde donde no sólo gestaban la fábrica, sino que vigilaban de cerca su
verticalidad.
jueves, junio 07, 2012
martes, junio 05, 2012
Cardinales
1
Tengo bastante desatendidos estos diarios. Cuando vuelvo a ellos, me cuesta dar con el tono. Al pasar los días sin tocarlos,
se parecen a un instrumento que precisa afinación. Debe primero encontrarse el
sonido no distorsionado, el acorde correcto, la armonía que nos devuelva la
música de otras veces. Y no es fácil. Un poco como cuando dejamos de ser felices, o de amar. Hay
prácticas que para nuestro bien necesitan de constancia.
2
Buen libro el Diario de invierno de
Auster. No parece el dietario de un escritor. No se recrea en las glorias,
amistades y fastos de la farándula de los escrivas. Se hunde más bien en la miseria de
la enfermedad, de las relaciones familiares, de los lugares angostos donde se
residió con apuros. Lo explica bien el autor en una entrevista: “Es un libro sobre mi vida física, sobre el
proceso de crecer y envejecer, sobre mi vida interior. Por eso no hay
referencias profesionales, ni siquiera hay referencias a amigos, poetas o
escritores. Traté de introducir esas cosas pero no funcionaba. Hay una coherencia
entre lo que hay dentro y lo que he dejado fuera. Nuestra vida física empieza
en el interior de nuestra madre, por eso hablo bastante de ella. Hay un
recorrido a través de las casas en las que he vivido, porque alojan nuestro
cuerpo y hay referencias a todas esas cosas que hacen sentir que nos
transformamos físicamente”.
3
He descubierto en la habitación
de mi hijo un llavero con la bandera cubana y el famoso retrato que Korda le
hizo al Ché. El hallazgo me dejó más satisfecho que preocupado, lo que una vez
repensado me dejó más preocupado que satisfecho.
4
Volvió de sus vacaciones una compañera . ¿Qué contó de Lisboa sobre cualquier otra
cosa? El tiempo que hacía y lo que allí comió. Será, quizás, que para esos
asuntos la audiencia siempre es receptiva. Harina de otro costal hubiera sido,
si fuera que de ello trajese acopio, que la viajera narrara las
impresiones de la luz última de los días sobre las colinas lisboetas o que
diera noticia de qué le pesa al observador en el alma traqueteada por los
viejos raíles del tranvía o henchida de vino verde en una terraza que mira al
Tajo. Decía Savater que para llorar se debe uno esconder en un rincón donde
nadie le vea, pero para reír se necesitan cómplices. Con la memoria de los
viajes pasa algo parecido: para lo que en ellos fue inaprensible riqueza
interior —dicha o espanto— es bueno el recato de la reflexión o el apunte
manuscrito. Lo que tuvieron de fiesta, de postal, de sol, mantel y copa, más
propio parece, en cambio, para compartirse en charla distendida.
5
Tertulia cazada al vuelo.
Un economista —que se define como liberal, por más señas— defendía el rescate
económico de España. ¿Argumentos? La troika que gobernase entonces (BCE, Comisión
Europea y FMI) tomaría la “sabia” decisión de cargarse la organización
territorial de España. Vamos, que el sagaz tertuliano liberal, sin que nadie
contradijera su prurito rescatador (lo que nos pone en la pista de que los
demás contertulios compartían su criterio), defendía, nada más y nada menos,
que un golpe contra la soberanía y la constitución a cargo de un triunvirato no
de Bruselas, sino de Pavía.
6
Caxigalin(e)a: Era mucho más que goloso, era incluso guloso.
jueves, mayo 31, 2012
Poema urgente
Que amanezca con sol y que la bajamar ofrezca
en las primeras horas del día a los paseantes madrugadores
un planeta de arena sin hollar y una lengua de agua perezosa y tibia
como la de una res estabulada,
no logra hoy conjurar la sombra entintada de los titulares.
Como en ciertos contrapicados del cine expresionista,
las letras de los periódicos han ido creciendo a lo largo de los meses
con la desproporción de las pesadillas.
Se han convertido en edificios levantados hasta mucho más arriba
de lo que la vista acostumbraba a alcanzar.
Y desde sus azoteas se presiente una lluvia
más de empujados que de suicidas.
en las primeras horas del día a los paseantes madrugadores
un planeta de arena sin hollar y una lengua de agua perezosa y tibia
como la de una res estabulada,
no logra hoy conjurar la sombra entintada de los titulares.
Como en ciertos contrapicados del cine expresionista,
las letras de los periódicos han ido creciendo a lo largo de los meses
con la desproporción de las pesadillas.
Se han convertido en edificios levantados hasta mucho más arriba
de lo que la vista acostumbraba a alcanzar.
Y desde sus azoteas se presiente una lluvia
más de empujados que de suicidas.
miércoles, abril 25, 2012
25 de abril
"El capitán de 29 años que se ha jugado la vida horas antes ante cinco carros blindados para salvar la Revolución, que mantiene el cuartel general de la GNR cercano rodeado de soldados rodeados a su vez de una muchedumbre pacífica y exultante, el tipo que no se ha equivocado en el momento en que no tenía que equivocarse, como un verdadero héroe de novela, el militar que se entrevistará poco después con Caetano personalmente para aclarar definitivamente la rendición y que morirá muchos años después, en 1992, de un cáncer, sin aceptar jamás ningún cargo político, ese hombre, Salgueiro Maia, se encogió de hombros ante estos dos gerifaltes y sin soltar el megáfono les respondió:- Aquí mandamos todos".
Así remata Antonio Jiménez Barca su recuerdo de Salgueiro Maia, Un héroe del 25 de abril. Una historia tan bien narrada como necesaria.
Un universo
Foto de Juan Garay
Me envía esta imagen Juan Garay. Maestro fotógrafo
y amigo leal. Como todo buen logro de artista, encierra un universo. El de una
ciudad que vive frente al océano y se tiene a si misma casi como el pecio de
sus mareas. El de un paisaje sobre el que los cielos son más a menudo óleos que
acuarelas. El de una urdimbre urbana, forjada con despropósito de codicia, que
dejó atrapados al menos, por descuido y
como fósiles, algunos edificios austeros y hermosos. Pasa uno casi todos los
días por este rincón sin agradecer como debe la dicha de pasearlo a la mañana
camino del trabajo. La vieja capilla de
San Lorenzo, cuyas paredes de arenisca se han vuelto esponja con el nordeste y
la sal marina. La que fuera pescadería municipal, sobria como un templo
clásico. El temperado cubo que alberga el consistorio. Y la gracia algo añeja de
un hotel donde se rodaron las escenas de un óscar con ocle.
miércoles, abril 18, 2012
Contra la codicia
Así concluye su poema Contra la codicia Rafael Argullol (un homenaje al farmacéutico jubilado griego Dimitris Christulas):
(...) Y falta ya muy poco
para que también la libertad
nos sea arrebatada
por el amor a la codicia,
que parece ya el único amor permitido.O eso es lo que cree
ese hombre que amenaza sin ira a un edificio
—ese hombre que me recuerda a mi padre anciano—
mientras entona una acusación a los espectros:
"¡los codiciosos!, ¡los codiciosos!".
Y eso mismo es lo que cree
Dimitris Christulas, la mano apretada en la culata,
al observar la plaza Syntagma, centro de Atenas,
situada tan sólo a unos kilómetros
del corazón antiguo, la Acrópolis,
donde hace exactamente 2.454 años
se representó por primera vez Antígona,
y el hombre cantó a lo más elevado de sí mismo:
"Muchas cosas hay portentosas,
pero ninguna tan portentosa como el hombre"
proclama, en el teatro, el coro de ancianos.
Dimitris Christulas dispara.
Al caer se lleva consigo un retazo
del azulísimo cielo de Grecia.
De Senectute
Enlazo a continuación lo último de Manuel Alcántara, que no trata sino de cómo aguantar el tipo dignamente cuando nos corroe la carcoma: "Después de este ensayo general con casi todo, siento una extraña piedad hacia el que era, pero no tanta como para echarme de menos. Me dispongo a jugar la prórroga. A ver qué piensa el árbitro sobre el descuento."
martes, abril 17, 2012
El redentorista
La letra pequeña de los viajes es un detalle casi ilegible de lo que también fueron y se olvidó pronto. Fuimos haciendo previsión semanas atrás de dónde iríamos, pero el mal tiempo pronosticado vino a aconsejarnos un destino distinto, más próximo, menos arriesgado. Se acertó de pleno. Y del menudeo ese al que aludía al principio, fijo ahora por curiosidad, que en la cambiante tarde del viernes, después de pasear largo desde bien temprano, de comer y beber generosamente, de disfrutar de un relajante tratamiento balneario y mientras respirábamos desde el mirador de las murallas un aire húmedo y alcanzábamos a lo lejos el Teleno nevado, un caminante encontradizo nos preguntó si además del paisaje como motivo estético, apreciábamos en el horizonte algún tipo de trascendencia. Ah, la paciencia del viajero descansado y feliz encaja con buen ánimo incluso este tipo de impertinencias místicas. Se trataba de un redentorista. Misionero, nos desveló enseguida, durante treinta y cinco años por tierras americanas. Desde Canadá hasta Chile. Había interrumpido su pequeño rosario anular muy posiblemente para matar el tedio con la charla. Tras una mañana soleada y fría, el cielo se había ido oscureciendo. Pesaba sobre el páramo como un falso techo mohoso y amenazantemente bajo. Por entre el espesor de las nubes se filtraba de vez en cuando el relumbre radial de un sol postrero. En esa telaraña veía el fraile la urdimbre divina. Uno, seguramente tan pegado al suelo como las lombrices, esperaba sin embargo que esa luz proyectase sobre las piedras de la pequeña ciudad episcopal ese relieve final de atardecer que tan bien le viene a las fotos con que fijamos los viajes. Ellas suelen ser su memoria salvada.
martes, abril 03, 2012
Las aguas del río
El sábado, después de una cena muy agradable, T. me aconsejó llevarme un librito titulado Las aguas del río, de Pilar Gómez Bedate. Lo leí ayer, mientras aguardaba por los rincones, como un refugiado en su propia casa, a que el pintor finalizase su trabajo. Poco más de setenta páginas de textos breves y poemas desnudos. De palabras precisas. De memoria y de añoranza. De aguas que transcurren fieles a su universal metáfora. De ocasos que cierran días y avivan el ascua de los recuerdos. De viajes felices. Y de separaciones fatales. En la primera parte, titulada como el libro, la autora hace un somero repaso de la vida. Desde la infancia en guerra al amor tras el que se viaja, y con el Duero zamorano como paisaje de fondo. “Mi madre se abalanza hacia una ventana para cerrarla en el momento en que, fuera, se escucha el estallido de una bomba. Es de madrugada, mis zapatitos de niña, blanqueados la noche anterior, están secándoe en el alféizar y ocupan todo el espacio, como en una pintura de Magritte. El silencio posterior a la explosión, absoluto y lívido, tiñe al aire de su color”.
En la continuación, Otros ríos (Poemas italianos), se vuelve a Florencia y a su Arno, a las calles de Roma, a la noche de Pisa. Qué sugerente, por cierto, esa ventana iluminada próxima al Panteón donde se acierta a vislumbrar la promesa de un hogar compartido.
“En una de aquellas calles que rodean a este templo sin igual, y en nuestro camino de vuelta al hotel del Corso, cuando ya las luces de los interiores estaban encendidas, había una ventana en la que siempre se fijaban mis ojos: una ventana alta y alargada, próxima a una esquina, por cuyos finos visillos blancos se adivinaba la lámpara baja que bañaba la estancia en claridad dorada. (…) Yo añoraba una ventana como aquella que pensaba nunca poder tener pues, enamorados clandestinos y amantes viajeros como éramos, ¿de qué hogar íbamos alguna vez a ser dueños? ¿de qué ventana cuya lámpara pudiese cobijarnos alrededor de una mesa? Aquella ventana cercana al Panteón romano ha sido para mí, durante años, el símbolo de lo añorado.”
En De nuevo, el Duero, la muerte ya ha segado la dicha y hay un retorno a las aguas primeras, esas que cierran definitivamente el libro con una Suite final donde el río va “duplicando en su seno las imágenes de cuanto lo rodea / desde su nacimiento hasta la muerte”, como lo que se escribe. Pero el verdadero cauce sobre el que fluyen estas páginas no es otro que el reconocimiento a Ángel Crespo, no como poeta —que lo fue y de los grandes—, sino como compañero de vida al que se agradece lo compartido y del que se extraña la ausencia.
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