En medio de una semana de
rutina, se abren de pronto las ventanas de los días inesperados. A su través
alcanzamos regiones en calma, tomadas de silencio, casi deshabitadas. Lugares que
nos conceden durante unas horas el gozo de los descubrimientos, como el de esa
playa sobre la que podría levantarse un verano y que la marea nos ofrecía como
un planeta sin hollar. Sobre su arena palpitaba un aire de salitre; un
espejismo. Los días inesperados son como ese paisaje frágil de las ilusiones: nunca
sabemos si fueron del todo reales, pero quisiéramos asomarnos a ellos cada mañana.
miércoles, junio 11, 2014
viernes, junio 06, 2014
Desmemorias
Conversación de café. Se habla de los finalistas de un prestigioso premio literario. Se enumeran los libros que cada uno ha leído de los autores que suenan para el galardón. Se trata de un ejercicio de memoria que extrae de lo profundo, con esfuerzo, algunos títulos de los que ni tan siquiera se está seguro, algunos argumentos confusos, algunos personajes desvaídos. Recuerdos, al fin y a la postre, de lectores que acumulan sobre sus párpados cerrados el peso de la literatura y, por tanto, en sus ojos, la noche irremediable del olvido. Leer y volver a leer. Pasar tanta vida entre las páginas de los libros. Llegar a su final condenados al recuerdo frágil de cuanto se tuvo por emoción y se evanescerá mas rápido que tarde.
* * *
Los hombres tienen la cabeza dura. Muy dura. Absorben ideas perniciosas por los ojos y los oídos y las encofran como tesoros entre el rigor y la osamenta de sus cráneos. Dan por valioso demasiadas veces lo que es tan sólo bisutería y dedican siempre escaso lugar a lo que de verdad importa y sólo echan de menos cuando se saben postreramente mortales.
* * *
Se precipitó desde la mesa baja del salón a la alfombra. ¿Cincuenta centímetros, quizás? Una distancia raramente lesiva para el tropiezo de un hombre, que se levantaría de suelo, muy probablemente, con la memoria intacta. Sin embargo, ese pequeño artilugio que custodiaba las imágenes de cien viajes, las confesiones de un diario, el arranque y algo más de una novela, el andamiaje de muchos poemas, algunos libros de otros y una gavilla de películas recomendables, se quebró por dentro como echando de menos las alas que no tuvo para tanto peso invisible. Hay sanadores que prometen, como los elixires de la vida eterna, devolvernos los recuerdos que un día les prestamos a los discos duros. El que tiene al mío en sus manos ha torcido el gesto y bajado la cabeza como hacen muchos médicos cuando no tienen más remedio que dar fatales noticias.
martes, junio 03, 2014
NIhil semper est
Caminando esta mañana
a la altura de la Plaza de Italia,
vi cómo un golpe imprudente de brisa
arrancaba de cuajo unas hojas de magnolio.
Unas hojas que en ese mismo instante
dejaron de ser, a su pesar
y para siempre, hojas perennes.
jueves, mayo 29, 2014
miércoles, mayo 14, 2014
Magia
Desplegó entre las manos
un abanico de naipes.
No sonreía.
Nunca suele hacerlo en balde.
Mantenía tan sólo
un descuido de alegría
a un lado de la boca.
Elegí una carta
que él no pudo ver.
Barajó luego el mazo entero.
Lo posó en la mesa.
Junto a sus cuadernos,
al lado de su viejo diccionario de inglés.
Ábrelo, me dijo.
Allí estaba, para mi asombro,
la carta elegida.
Creo que se sintió bien.
Había engañado sin remordimientos
a su padre.
lunes, mayo 12, 2014
Un hermoso elogio a los libros, por Álvaro Valverde
Por la descripción del paraíso, y la ceguera de Tobías y por el viaje de Jonás alojado en el vientre de una ballena.
Por las aventuras de Ulises a través de un mar color de vino y por la explicación de sus hazañas hasta que pudo regresar a Ítaca.
Por las enseñanzas de Virgilio acerca del tiempo que nos huye, irremediable, y, cómo no, por las de Horacio, que nos animó a disfrutar del momento que pasa y a llevar una vida retirada y modesta.
Por los jardines y fuentes de los versos árabigos, porque evocan la pérdida del inmenso desierto.
Por la flor del cerezo y la luna y el río, y por los pabellones y por las batallas que cantan los poemas de los clásicos chinos.
Por el amor que ha abierto las murallas de todos los castillos de la historia y por los trovadores que inventaron el modo de asaltarlas.
Por las coplas escritas a la muerte del padre, y las noches oscuras y la senda escondida, y la hermosa locura que inventó Don Quijote.
Por el descenso a los infiernos donde habitan los monstruos y el ascenso a los cielos donde viven los ángeles.
Por la busca del tiempo que creímos perdido en la patria feliz de la infancia.
Por los cuentos de hadas y los cuentos de lobos, por su felicidad y por su miedo.
Por los cantos oscuros de las tribus remotas, tan acordes al ritmo con que suena la Tierra.
Por la tristeza y por el entusiasmo que se esconden detrás de las líneas escritas por cualquier ser humano.
Por los mares del mundo: los del norte y sus sagas, los del sur y sus islas; y los de la persecución de Moby Dick y los profundos del Nautilus.
Por los héroes de leyenda y los seres reales porque son las dos caras de la misma existencia.
Por las volteretas de todas las vanguardias y los sueños que inventan con sus saltos festivos.
Y por todos los libros, incontables, que admiten recordar lo olvidado y volver a lugares donde nunca estuvimos y vivir esas vidas que jamás viviremos. Porque el mundo es un libro que nos lee y que escribimos.
lunes, abril 28, 2014
Lirios
Tomé esta foto al amanecer
del domingo. Entrando por los ventanales una luz algo sucia en las primeras
horas. Los lirios posaron con la elegante apariencia de quienes, a pesar de
haber trasnochado, conservan una lozanía enjuta. Ni el humo del tabaco, ni las
luces largas de la sobremesa les hicieron mella. Enraizados en el agua como una
pequeña bonanza mediterránea, uno espera que aún den fe durante algunos días de
esta primavera esquiva.
jueves, abril 24, 2014
Cinco lecturas recomendables
No se tiene a menudo el buen ojo o la fortuna de
acertar con cinco lecturas, una detrás de otra, de tanta calidad como las
últimas a las que uno les ha hincado el diente. Ayer las relacionaba en mi facebook
con ocasión del día del libro, y apuntaba para cada una pincelada orientativa
sobre por qué me han resultado tan placenteras.
Se trata de Niños en el tiempo, donde Ricardo Menéndez Salmón vuelve a brillar con la precisión de su prosa más pulida. Una novela de la que ya se ha dicho casi todo, y de la que, particularmente, me sobrecogió su primera parte “La herida”, para la que, a mi juicio, se escriben las siguientes (“Cicatriz” y “Piel”), en una suerte de conjuro que revela el poder consolador de la escritura.
En Canadá, Richard Ford relata el tránsito hacia la madurez, que adopta en las páginas de su narración una apariencia fronteriza: el paso hacia otro país, hacia un paisaje inhóspito donde abruma la desolación de un adolescente desprotegido de casi todo afecto.
Se trata de Niños en el tiempo, donde Ricardo Menéndez Salmón vuelve a brillar con la precisión de su prosa más pulida. Una novela de la que ya se ha dicho casi todo, y de la que, particularmente, me sobrecogió su primera parte “La herida”, para la que, a mi juicio, se escriben las siguientes (“Cicatriz” y “Piel”), en una suerte de conjuro que revela el poder consolador de la escritura.
En Canadá, Richard Ford relata el tránsito hacia la madurez, que adopta en las páginas de su narración una apariencia fronteriza: el paso hacia otro país, hacia un paisaje inhóspito donde abruma la desolación de un adolescente desprotegido de casi todo afecto.
Dos
olas, el
título de la segunda novela de Daniel Pelegrín es la pequeña medida con que se
nombra una pleamar de oficio e inspiración,
una urdimbre de registros lingüísticos diferentes, de tiempos distantes, en la
que no rechina nunca su engranaje gracias a un estilo cuidado, que no está
lejos de una máxima expresada en sus páginas: “en la medida y oportunidad se halla
toda sabiduría”.
La
hondonada es la
más reciente novela de Jhumpa Lahiri y aun no siendo la mejor Lahiri, es
Lahiri y eso es, para sus lectores —y uno se cuenta entre los más fieles— no es poca cosa. Se lee, como todo lo suyo, con facilidad pasmosa pese a la distancia
cultural y geográfica de la que hablan sus narraciones (la India y los
bengalíes emigrados a Estados Unidos han protagonizado hasta ahora sus relatos
y novelas). La presente arranca de la situación sociopolítica de la India
poscolonial, del movimiento naxalita y de cómo esa insurrección separa
a los hermanos Subhash y Udayan, cómo condiciona la biografía de la saga
familiar de la que forman parte y a la que se le da continuidad ya en Rodhe
Island, en el desarraigo de la Calcuta natal.
El diario Trasatlántico, de Miguel Rodríguez Muñoz, está escrito con la misma cadencia, sencillez y pericia con que transcurre la navegación ambientada en sus páginas, un crucero sin más pretensión de aventura que la observación de un pasaje tan anodino, y por ello tan subyugante, como pudiera serlo el tráfico de gentes bajo una ventana de ciudad, una riada de rostros grises en los que, muy de vez en cuando, se distingue el espejismo de una bailarina ucraniana.
El diario Trasatlántico, de Miguel Rodríguez Muñoz, está escrito con la misma cadencia, sencillez y pericia con que transcurre la navegación ambientada en sus páginas, un crucero sin más pretensión de aventura que la observación de un pasaje tan anodino, y por ello tan subyugante, como pudiera serlo el tráfico de gentes bajo una ventana de ciudad, una riada de rostros grises en los que, muy de vez en cuando, se distingue el espejismo de una bailarina ucraniana.
lunes, abril 21, 2014
Una suerte de edén
El edén es una palabra que tiene aguja como
algunos vinos. Su sola pronunciación nos sube a la cabeza una nube de alegría.
El edén en compañía nos procura, además, una embriaguez de taberna o de alcoba,
de risas compartidas o de amores sudorosos. El edén siempre nos fija a la
tierra. A la carne deseada, al compadreo cómplice, al jardín colmado. El edén
secreto al que llegamos días atrás después de que tuviéramos la dicha de la
llave ofrecida nos pareció un espejismo de día festivo. Eso creímos, al menos,
durante las horas gozosas que duró. Pero algunas fotografías memoriosas dan fe de
que fue real. Qué suerte la nuestra.
Santesteba
lunes, abril 14, 2014
Sillón mirador
Este sillón se ha ido volviendo con los años tan
cómodo como desvencijado. Tiene la forma exacta de la espalda y unos ojos igual
de largos que las linternas costeras de un faro. Creo, además, que el alma se le parece, trenzada con sus mismos mimbres y apoyada, como él, en el árbol de la
vida, comparten una vocación recóndita, la de las sombras apostadas en lo más alto de las forestas, invisibles a los ojos de un mundo que, sin embargo, abarcan en paisaje suficiente como para saber a tiempo del curso de las estaciones y como para apurar todos y cada uno de los días igual que viajeros perezosos en la proa de un trasatlántico.
miércoles, abril 09, 2014
El viajero de Úrculo
Posó la mirada en la arena
como un viajero de Úrculo
que abominara ya de cualquier prisa
y de toda nostalgia.
Como un hombre en paz con los años
que ya sólo aspirase
a acompasar sus pasos
con el pulso dócil de las bonanzas.
JCD
jueves, abril 03, 2014
Perlora
Una
ciudad de vacaciones en ruinas. Sus casas, apuntaladas. Sus calles, tomadas por
la maleza. El camino que desciende a sus playas, de nuevo agreste. Y la primavera
otorgándole a todo un aire de esperanza que la razón da por escasamente cierto.
Justo en este prado donde crecen las caléndulas de la fotografía, corrimos de niños
bajo la confiada mirada de nuestros padres. Llegábamos aquí en el ferrocarril de vía
estrecha. Volando por encima de los
acantilados. El día era un sol y un océano. La mala hierba que hoy lo toma
todo, nunca alcanzará aquella memoria, pero su nostalgia apaga el color de esta
desolación presente.
martes, abril 01, 2014
viernes, marzo 28, 2014
Dos olas
En aquella bitácora a través de la que conocí a Daniel Pelegrín, En Lisboa, se escribía lo que sigue un 4
de abril de 2007:
"Hay una Lisboa africana, una ciudad negra, mulata, mestiza. Los africanos
de Lisboa y de Portugal provienen en su mayoría de las ex colonias portuguesas:
de Cabo Verde, Angola, Guinea Bissau, Mozambique y São Tomé y Príncipe. En los
años sesenta, mientras el régimen salazarista enviaba a muchos jóvenes
portugueses a defender el imperio lusitano en la guerra de Angola y la pobreza
obligaba a otros a emigrar a la Europa rica, la mano de obra en la construcción
y en otros empleos difíciles y mal pagados fue ocupada por caboverdianos.
Muchos de ellos se quedaron, huyendo de la sequía endémica de las islas de Cabo
Verde, y más tarde, tras la independencia que siguió a la Revolución del 25 de
abril de 1974, llegaron otros africanos, entre ellos los angoleños que huían de
la guerra civil. Por lo tanto ya se puede hablar aquí de población negra (o
mulata, o mestiza) de segunda y puede que de tercera generación: son los
portugueses negros. A ellos se siguen sumando inmigrantes más recientes, que
enriquecen la diversidad de esta “ciudad blanca” (Alain Tanner se refería a la
luz, claro), como puede verse en su misma plaza central: Rossio, lugar de reunión
de muchos africanos. Un ejemplo de esta Lisboa africana es la zona de la Rua de
São Bento, célebre por ser la calle de la Assembleia da República (el
parlamento) y de los anticuarios, pero también conocida —a la altura en que se
sitúa la casa en donde escribo esto— como uno de los tres lados del viejo
“triângulo crioulo”, que entre los años sesenta y noventa fue un barrio de
mayoría caboverdiana, con restaurantes de katchupa (el plato
más célebre de la cocina caboverdiana) y bares africanos. Algo queda de
aquello, aunque la mayor parte de la población inmigrante se mudó a las
ciudades dormitorio como Amadora, Cacém, Odivelas o Almada. Sin embargo, al
margen de esta diversidad evidente hoy en día, la presencia africana en Lisboa
y en Portugal no se limita a la segunda mitad del siglo pasado y al presente.
En Portugal hubo una importante población esclava y liberta de origen africano
entre finales del siglo XV y mediados del XIX, que en algunos momentos alcanzó
hasta una décima parte de la población total. De hecho, entre mediados del
siglo XVI y finales del XVIII, parte de este barrio y el vecino de Madragoa
formaban la mayor concentración de población africana de Europa: el entonces
conocido como barrio de Mocambo. Las huellas de esta presencia africana en la
metrópoli pueden rastrearse hoy en muchas representaciones iconográficas, desde
cuadros a azulejos, pero también en tradiciones y músicas. Hay incluso estudios
que afirman que el fado tiene su origen en el lundum, una música
para danza que se originó en Brasil, mezcla de ritmos bantúes y portugueses.
Sin embargo, esta primera presencia africana, que duró cerca de cuatro siglos,
se fue diluyendo tras el fin de la esclavitud, mezclándose con la población
blanca. Lisboa es hoy, por tanto, una ciudad mestiza y diversa, pero no hay que
olvidar que ya lo fue en el pasado. Muchos portugueses, incluso de origen
africano, ignoran todavía ese legado."
Y no haría lo transcrito una mala introducción de la novela recientemente
publicada por Daniel Pelegrín, Dos olas. En ella, sus
protagonistas, Inés do Carmo y Adélia, son parte de esa Portugal mestiza, de
esa Lisboa negra. Las separan tres siglos de historia. Las unen, por un lado,
el estudio, por Adélia, de los procesos inquisitoriales del XVIII, de los que
fue víctima Inés do Carmo, y, por otro, la marginalidad de los mundos en los
que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue viviendo gran parte de la población
negra. Inés do Carmo cuenta a través de un relato que por si mismo constituiría
una pequeña novela picaresca —magistralmente ambientada y con un registro
lingüístico fielmente adaptado al de la época en que transcurre—, el aprendizaje en hechizos y artes curanderas
con el que trata de ganarse la vida una vez liberta. Lo que de Adélia sabemos,
en cambio, no se nos cuenta a través de una narración cronológica y
factualmente ordenada, sino más bien por la revelación de lo que de un modo
atropellado, con angustia y saltos temporales, fluye por la mente de una universitaria de poco más
de veinte años, a lo largo de un fin de semana en el que, después de someterse
a un aborto clandestino, intenta, con fuerzas menguadas y escaso ánimo, de poner
en orden su vida mientras trata de encontrar el consuelo de su amigo Tiago.
A través de aquella primera bitácora de Pelegrín, que cité al comienzo, uno
descubrió la obra pictórica de Paula Rego, que años más tarde pude ver de cerca
y con admiración en la Fundación Serralves con ocasión de un viaje a Oporto.
Las figuraciones de Rego se distorsionan a menudo en arrebato o sufrimiento, y están
a medio camino entre la denuncia social y la representación de las pesadillas.
En aquella entrada sobre la Rego que Pelegrín colgó en su blog, se refería,
entre otras, a una serie de pinturas sin título sobre el aborto, fechadas en
los años noventa. Hay un momento en la novela en que el autor mezcla con
acierto esos lienzos que a buen seguro están grabados a fuego en su memoria con
el propio argumento del relato, ese aborto que estigmatiza a Adélia:
Supongo, también, que en la manera de plasmar el desasosiego de Adélia no
poco ha tenido que ver la querencia de Pelegrín por Lobo Antunes, y en la
limpieza y precisión de las confesiones de Inés do Carmo el conocimiento y
lectura de nuestra tradición clásica. Su imbricación, la urdimbre de registros
tan diferentes sin que el engranaje rechine, es una labor de estilo cuidado, de
suma precisión, que no está lejos de esa máxima que se expresa en la página 150
de Dos
olas a propósito de otras razones, pero que tan bien le cuadra a la
bien armada hechura de la novela: “En la medida y oportunidad se halla toda
sabiduría”.
lunes, marzo 24, 2014
Djukan Lahimovic
Escribir en verso, como
arar —etimología obliga—, nos otorga una tranquilizadora sensación de propiedad sobre nuestra vida
—sobre nuestra tierra—, que de esa manera alcanzamos a ordenar a través de un
esfuerzo continuado, visible, pautado. El resultado final exige tiempos, el que
pasa y el que se manifiesta como capricho de estaciones. En la apariencia
inicial se muestra solo el rastro de un esfuerzo, un reguero prolongado de
palabras con voluntad de echar raíces y levantarse a la luz de las miradas. En
el principio, por tanto, fue —es— la semilla escueta sobre la que asienta el
mundo que nos habita, las obsesiones que nos desvelan.
De qué se habla en este poema de Djukan Lahimovic. Qué
pretenden sus versos. ¿No serán acaso el grano luminoso que se arroja al surco
del arado, el aliento de una vida que saldrá finalmente renacida al calor de
los ojos del lector y por encima del nivel oscuro de la tierra? Cuando escribió
el poema, Djukan Lahimovic empezaba a ser un viejo. Quizás también a recelar de
un ingobernable y triste deseo.
EL DESEO EN LOS CUERPOS DE LOS VIEJOS
Los cuerpos responden por costumbre
a su electricidad estática.
Se imantan con celo de limadura.
Quedan exhaustos en la oscuridad.
Sin palabras en el esfuerzo.
Son, por un instante de agonía,
vasijas vacías y frágiles
que el mismo rencor de un ave
podría quebrar con solo volar muy cerca.
El deseo en los cuerpos de los viejos
no sonríe ni galopa,
es tan sólo la terca desobediencia
de un ya inútil animal doméstico.
lunes, marzo 17, 2014
Un pájaro de sol
Recordé ya en la terraza que el libro con el que me
había acompañado permanecía cerrado sobre la mesa. Sin abrirse. Y posé mi mano
sobre su lomo como sobre un animal doméstico y dócil, con el propósito de mantenerlo
contento. Aunque a buen seguro que lo estaba en los brazos de la luz franca de
esta mañana. Incluso permaneciendo en silencio, y cerrado. Arrebujado sobre mismo,
en su tibieza íntima. Como yo también casi lo estaba, pues me había abrigado
hasta el cuello de la brisa que corría por delante de este sol inaugural de la
primavera. Un sol alegre pero débil todavía. Tan esperado que fue oírlo cantar
al otro lado de los cristales nada más amanecer y echarnos a la calle a su
encuentro. Sin ganas de otra cosa que ofrecerle el rostro y la atención entera
que merece quien llega de lejos para hacernos un poco más felices.
jueves, marzo 06, 2014
En Cierta Distancia
"Los poemas, en su arranque, cuando empiezan a ponerse de pie como potrillos recién nacidos, exigen cuaderno y portaminas; y toman forma en lugares y momentos favorables. En los diarios, en cambio, hay una voluntad de ejercicio, que no creo que sea demasiado diferente al entrenamiento de un deportista. Para las narraciones, la idea va fluyendo al tiempo que desgasta y se nutre de todo cuanto toca, se va convirtiendo así en un río cuyo aluvión arrastra materiales diversos que uno acumula en un proceso de escritura que lleva cabo de las formas más diversas: a través de la disciplina o el alumbramiento súbito, a lápiz o en ordenador, en los ratos libres de la actividad laboral diaria o en los días de descanso. Para este menester del relato es uno, en fin, apenas melindroso: se trata de abrigar del frío una osamenta; cuando empieza a entrar en calor, de quitarle lo que le sobre."
A preguntas de Miguel Sanfeliu en su Cuestionario Básico.
martes, febrero 11, 2014
Marejada
Con la insólita violencia
que rebosa el recipiente más hondo imaginable
—el alma atormentada de los hombres
o el vaso insondable del océano—,
las olas se ceban a veces
con la paz de los puertos
y el sosiego de los faros en vela,
con las sendas holladas en la playa
y la amura al pairo de las costas,
con los cimientos mismos
de las ciudades erigidas
sobre aduanas trazadas por pleamares
a puras dentelladas de naufragio.
JCD
miércoles, febrero 05, 2014
El pequeño faro
Al
otro lado de la marejada,
el pequeño faro
ilumina
una península quieta.
Su
luz alivia el frío,
templa
el pulso
y
sosiega el miedo,
como cualquier ventana
habitada por una llama en la noche.
JCD
JCD
lunes, febrero 03, 2014
Mar Braña Gancedo
El jueves, 30 de enero, tuvo uno el gusto de presentar el recital poético de Mar Braña en el Centro Municipal de La Arena. Se hizo según la transcripción que se acompaña:
Mi madre tenía las manos gastadas de acariciarnos.
Posaba su palma con idéntica presión
sobre nuestras ocho cabezas formando una escalera.
La luz que brillaba en sus ojos nos alumbraba
en las noches de no luna.
Mi madre perdió los dientes para que yo tuviera huesos
pero jamás renunció a sonreír mientras me acunaba.
Ella cerró con llave su armario de triste pasado
para que nunca viésemos sus ropas de luto.
Ahora sus manos, sus ojos y encías
son de ceniza.
La escalera ha perdido ya tres peldaños y
los otros cinco descendemos
buscando el rellano donde ella nos espera.
Mi madre perdió los dientes para que yo tuviera huesos…
Mar Braña Gancedo
Hoy me he permitido hacer trampas en el solitario. He alterado lo que es costumbre en las presentaciones: darle cancha al organizador, ordenar la biografía del autor o autora protagonista y mentar lo más notable de su obra. Hoy, digo, tengo el día tramposo y hasta confieso que estoy jugando con cartas marcadas, porque, como han visto, he puesto sobre el tapete, nada más abrirse el envite, un as incontestable: ese hermosísimo y sobrecogedor poema de Mar que no se puede leer sino con el corazón encogido y que estoy seguro de que nos ha dejado a todos con el lagrimal en regadío y con infinitas ganas de conocer mejor y enseguida los versos de la autora. Ese deseo, para la suerte de ustedes y para la mía propia, me obliga a ser breve. En esa brevedad reside el beneficio de la trampa.
Así que iré a lo esencial, retomando, ahora sí, el protocolo habitual de los maestros de ceremonia. Hablándoles de que quien nos trae hoy hasta aquí compartió con uno las aulas de la plaza Feijoo, aquel benedictino gallego cuyas lecciones de ilustración tan viejas se nos han quedado que su celda ovetense se visita ahora en el museo arqueológico y cuya talla preside una hermosa y modesta plaza que lo fue de la facultad de filología, donde Mar Braña y servidor se licenciaron, también ya en tiempos casi arqueológicos. Creo que fue por aquellos días cuando compartimos un viaje desde Oviedo a Gijón y, charlando de esto y lo otro, vinimos a enterarnos de que ambos trabajábamos al tiempo que cursábamos la carrera. El que les habla en el humilde gremio de los ultramarinos y la que les recitará en el más noble ámbito de los “grines” golfistas. Como ven, empezaban, por tanto, a diferenciarse las categorías: uno terminó de presentador de eventos y Mar de protagonista de los mismos. En cualquier caso a los dos podría recurrir Wert para que les expliquemos a los universitarios lo que les va a tocar en el futuro: financiarse, con trabajos precarios y mal remunerados, el pago de sus matrículas. Esa misma parvedad de recursos que nos llevó a trabajar para poder estudiar, nos obligó, una vez licenciados y dado cómo estaba el panorama de las oposiciones a la enseñanza entonces, aun peor que él de estos tiempos últimos, a buscarnos la vida en el regazo de la madre Administración, que siempre ha tenido fama de procurar un garbanzo duro, pero seguro. Pero igual que la cabra tira al monte, los letraheridos tiran a todo lo que se mueve, porque escritura y vida se miran mucho y quien se inoculó del virus de la palabra está para siempre condenado a su compañía. Se lee cuanto se puede y se escribe cuanto se necesita, que el escribir suele hacerse por apremio de la vida, para celebrarla o maldecirla, se haya alcanzado plaza de docente o se forme parte de la vilipendiada tropa rasa de la función pública.
Por eso Mar escribe desde siempre y, estoy seguro, de que lo hará irremediablemente en el futuro (de estas adiciones se quita uno mal), celebrando y maldiciendo de esa manera la vida, y en ambas dedicaciones, la imprecación y la dicha, se expresa con igual pericia. Capaz de ser endiabladamente divertida con sus juegos de palabras, sus dobles sentidos, sus encadenamientos imposibles, sus versos pícaros y sus artículos sarcásticos; y capaz, al tiempo, de abrirse en canal en sus poemas más desgarrados y personales. Como tan bien decía el recientemente desaparecido y admirado Juan Gelman: “escribir poesía es abrirse camino en uno mismo”.
Así podrán comprobarlo enseguida, pues sé que ha preparado para la ocasión una cuidada antología de su obra poética, recogida hasta la fecha en los poemarios: Tiempo de lágrimas, Luz roja: poemas para leer con semáforos (que fue finalista del premio Cálamo), Sin embargos… y Sinestesias sin anestesias.
Justo sería que estuvieran editados, que todos pudiéramos disfrutarlos con calma, leerlos en papel, sonreír con las ocurrencias de Luz roja o emocionarnos con los versos en carne viva de Tiempo de lágrimas. Eso es lo que yo desearía y lo que ustedes, a buen seguro, desearán después de la cata que hoy le haremos a la obra de Mar Braña. No sería, por ello, una mala propuesta que a estos eventos se acercaran ojeadores editoriales como por los campos de fútbol modestos se pasan ojeadores de talentos en ciernes. Aquí, hoy, además, lo tendrían más fácil, irían sobre seguro, porque la obra de Mar ya no es ninguna obra en ciernes, sino una obra bien en sazón, cuajada.
En esta lectura, Mar Braña ha tenido el buen gusto y la fortuna de acompañarse del músico Daniel García de la Cuesta. Lo que me anima a recordarles que ustedes también pueden ejercer, a su manera, de músicos esta tarde, pues no en vano dice Joan Margarít, a propósito de lo los lectores de poesía, que no son como el público que escucha canciones, sino como los músicos que interpretan partituras. Formula Margarit, supongo, esa comparación en la creencia de que la poesía sólo termina de hacerse en el oído y el gusto de quienes la aprecian y, finalmente, la interpretan. Por lo que les animo a que se pongan a ello.
martes, enero 28, 2014
De cuando Blanche llegó a Sevilla...
O la generosa lectura que a veces hacen de nuestras cosas los amigos:
Aunque Blanche no me acompañe en El hilo invisible de Sir John Moore (leer AQUÍ)
Gracias, Juanma.
lunes, enero 27, 2014
Viaje
Sábado,
15 de enero de 2014
Son
las once de la mañana. El tren acaba de dejar la estación de Oviedo. Día gris.
De niebla. Al otro lado de la ventanilla, el paisaje no logra despojarse de su
color de estiércol. Hasta Alicante serán nueve horas de trayecto. Partiré por
la mitad y en diagonal el mapa de España. Al otro lado, en el Mediterráneo
luminoso, me encontraré con L. No nos conocemos personalmente, por eso
ayer, cuando me telefoneó, hizo una somera descripción de su persona: “Tengo
sesenta y ocho años y los aparento”. En lo que queda de viaje trataré de apurar La llanura fantástica,
un hermoso libro que me hizo llegar por correo hace unas semanas.
Al
otro lado del pasillo se ha sentado un hombre trajinado malamente por la vida.
Tiene unos ojos claros pero vidriosos, apoyados sobre unas almohadillas de
arrugas y capilares desangrados. Enseguida se ha sacado del zurrón varias
bolsas de supermercado. De la primera extrae una cuña de queso curado. De la
segunda, una barra de pan. En la tercera esconde un cartón de vino. Y hay una
cuarta, en la que no adivino a ver con claridad lo que contiene, pero que
pudiera ser un frasco de colonia. Sobre la mesita extendida que cuelga del
asiento delantero, dispone sus viandas. Saca una navaja y parte el queso.
Acompaña sus bocados con un pan que al morderlo se le desmiga sobre el pecho.
Al interventor que pasa en este instante, le anuncia que va a comerse unas
tapitas. “Que te aproveche, hombre”, le dice el ferroviario sonriendo y sin detenerse.
Los tragos con que se acompaña le desatan la lengua. Habla consigo mismo. Con
el reflejo de si mismo proyectado en el cristal de las ventanillas. Se llama
por su nombre, Pedro. Se cuenta poco a poco su historia. Trabajó en la
construcción casi cuarenta años. Cotizados, como recalca una y otra vez. Nacido
en Bilbao. Su padre era burgalés, se llamaba Primitivo y fue trabajador del
tren. Pedro cobra una pensión de ochocientos euros. Saca su billetero de cuero
descarnado. Se muestra para si unos cuantos billetes de cincuenta euros. Da
miedo pensar que eso mismo lo haga en el ámbito de una taberna de mala muerte,
a la vista de algún rufián que lo deje sin nada. Nunca, dice, ha votado a
nadie. Ni a Suárez, recuerda, que era de Ávila. Y eso que conoció a algunos
políticos A Fraga Iribarne que un día, al encontrárselo, le dijo “¿cómo va eso,
Pedro?”. Pues ni con esas, que a él tampoco le votó. Porque hay mucho
“abuso de poder” y eso no le gusta. No le gusta dice, mientras se echa otro
trago, que se le de trabajo a la gente no por su valía, sino por ser conocido
de alguien, o familia de alguien, o alguien. Que él se lo “curró” toda la vida,
desde joven, después de hacer la mili, y de pasar por la Legíón, y de estar
tirado por muchas cunetas en obras malas y con tiempo perro. Y uno se pregunta
a dónde irá este infeliz con su historia a cuestas. Se levanta camino del
vagón-cafetería. Tambaleante por el vino y el tren, se para frente a la puerta
corredera y le dice muy serio, como mirándola a los ojos: “Ábrete, Sésamo”.
Desde
la trinchera del ferrocarril se alza el periscopio de esta ventanilla fría a
través del que se extienden los campos llanos de Castilla, parduzcos de
invierno, delimitados por chopos quijotescos o encinas escuderas. De vez en
cuando, en un pequeño alcor se levanta el caserío arracimado de un pueblo. Unos
cuantos palmos por encima del tejado más alto, se yergue otro periscopio, de
piedra y campanas, el de la iglesia. Esa visión me hace recordar por un momento
la belleza distinta de Coimbra, que tiene por torre más alta, como le gustaba
recordar a Unamuno, no el ojo inmisericorde de un dios, sino el reloj laico de
una universidad.
La
estación de Segovia lleva el nombre de Guiomar, como la novia que aquí se echó
Antonio Machado. ¡Qué pensión tan fría la que heló su escasez en esta ciudad!
Algo, y no poco, ha tenido que ver la crudeza de estas tierras, también la de
Soria, con el tuétano desnudo de sus versos.
Tras
cruzar Madrid, el paisanaje se ha metamorfoseado. Hasta la capital era más ralo
y más provinciano, y uno cree que también era más sano. El hombre que hablaba
solo dejó el tren. Le perdí la pista en la cafetería. Comí allí a las dos y por
entonces el se estaba tomando una cerveza justo al lado. No volví a verlo. En
Atocha se ha subido mucha gente. Los viajeros que me caen al lado, han puesto
sobre las mesitas sus tabletas digitales nada más tomar asiento. No he visto a
nadie en este vagón leer un libro de papel. Uno no es tan ingenuo como para
creer que el mundo empeorará necesariamente sin libros de papel, pero me asusta
esa posibilidad porque, de algún modo, me vuelve más viejo, superviviente de
una especie en extinción. El cielo, camino de Cuenca, está hermoso y trágico,
con esas nubes espesas que se desparraman hasta aristarse por sus extremos y
hendir así, como la cuchilla de Buñuel, el azul pizarroso de la tarde y
la pupila solar. He visto algunos campos de olivos color ceniza. Enseguida se
pondrá el día. Entretanto, el campo se muestra en verdes muy pictóricos gracias
al relieve que le da a todo el declinar del sol. Decía Tiziano que el atardecer
es la hora de la pintura.
Domingo,
26 de enero de 2014
El
tren empieza a desplazarse con sigilo gatuno, como si llevase almohadillas en
sus ruedas. Apenas se me mueve este cuaderno en el que escribo. La letra del
lápiz será así, espero, más legible. Por entre los asientos de los pasajeros
que van sentados delante de mí, veo un libro escrito en japonés. Los renglones
caen hacia el regazo de su lectora como serpentinas de distinto largo, pero
todas igualmente elegantes. La mujer pasa las hojas de derecha a izquierda y el
libro es como un moleskine caligrafiado por un miniaturista concienzudo.
He
llegado a la estación con el tiempo justo y sin más desayuno encima que un café
templado. Ayer pisé
Alicante a las 19:32, conforme a las previsiones de Renfe, que supone uno añade
esos dos minutos a la media para que se le quede al viajero la impresión de que
por aquí también somos capaces de ser tan precisos como los suizos. Virtud que
no se apreciaría del mismo modo si la llegada del tren se previera a una hora
con reminiscencias de imprecisión o informalidad, tal como a uno le puede
parecer que invita el citarse con una estación a “y cuarto”, a “y media”
o, más o menos, a “en punto”.
Me
esperaba L. Lo reconocí enseguida. Tras dejar la maleta en el hotel,
emprendimos viaje a Rojales, contándonos cosas de la vida y previéndome él, a
ratos, sobre la naturaleza de la presentación a la que acudíamos: una cita
anual con la que el pueblo está encariñado y a la que acuden más vecinos de los
que uno podría imaginarse un sábado a las nueve de la noche. El trayecto
discurría a través de la vega baja del Segura, en la oscuridad de una autovía a
cuyos lados un sinfín de luces pespunteaban la noche con hilo dorado. Luis me
iba señalando de qué pueblo se trataba cada uno de los montoncitos de
luminarias. Por dónde caía el mar. Dónde se levantaba a duras penas algún
montecillo en medio de la planicie. En qué tramo del camino se abre la
desviación a Catral, su pueblo, del que uno ahora ya sabe no sólo que existe
sino que tiene una santa que se llama Águeda y que, por legítima y si se
repartiera su propiedad, tocaría como mucho a una sagrada uña por cada
copropietario de las dos familias que mandaron esculpirla después de que la
guerra civil quemase la talla original; y donde hay, también, una iglesia en la
que un día aparecieron desorientadas dos cigüeñas; y unas charcas donde a veces
las ranas se encaprichan de los veraneantes; y una misteriosa mujer que
convirtió durante una noche en animales diversos a una partida de tahúres; y un
campanero viudo y sordo que crío en el campanario a un Ícaro. Todo eso lo sabe
uno porque en el viaje que lo ha traído hasta aquí se leyó La llanura fantástica de Luis T. Bonmatí, quien no tuvo,
cuando la escribió, falta de inventarse macondos para fabular con un envidiable
ingenio, con mucho humor y con apego al terruño que lo vio nacer, sobre la vida
y milagros de las gentes y los parajes de Catral, al que, eso sí, le menguó el
nombre hasta dejarlo en sólo un punto C.
En la presentación nos defendimos malamente. Leí sobre la marcha un texto al que le fui puliendo cosas por no
extenderme. Y conversé luego con el propio L., con M. C. y M. A., que
apuntaron lecturas inteligentes del texto, que trataron de confirmar
significaciones sugeridas por la novela y que, en todo momento, me trataron con
muy generosa amabilidad. En el transcurso de la charla, y al confesar uno que
se tenía mayormente por poeta, L. recordó lo que Fernando Quiñones decia
sobre cuánta importancia le daba a cada uno de los géneros en los que había
trabajo su literatura. Decía el reputado bebedor y escritor gaditano que la
poesía era como el wisky solo, que el relato era como el wisky con hielo y que
la novela era un gran vaso de wisky con hielo y agua. Del evento extrajo
uno sus conclusiones: que conviene respirar más y más profundamente cuando se
habla en público, que también es aconsejable no hablar más de lo preciso,
porque hablar en exceso es hablar peor; que los tres hombres sin piedad que
otorgan todos los años este premio son buenos e intuitivos lectores, cuyas
apreciaciones sobre Aunque
Blanche no me acompañe pusieron,
creo, en gana de leerla a los presentes.
Finalmente,
llegó la hora de firmar ejemplares del libro. Tarea que me dejó derrengado y
agradecido, tal como debe de quedar una “puta en día de congreso”, que
decía Víctor Botas. Se empeñó uno en ser original en ese trance y en no repetirse
en las pocas palabas con que dedicaba la novela a una fila ordenada de
lectores. Y tal empeño cansa. A unos les agradecía yo su presencia, a otros les
deseaba que fuera de su gusto la novela; con estos expresaba mi alegría por
hallarme en una tierra tan luminosa —de la que, sin embargo, para ser sincero,
no había visto ni un terrón por haber llegado a ella ya de noche—, y a aquellos
les apuntaba cómo se había escrito en medio de la niebla lo que iban a leer
—era ésta, en fin, una inexactitud que se me antojó delicadamente literaria, y
que quizás sea solo una cursilada—.
Cenamos
cerca de una noria antigua y monumental que luce junto al puente dieciochesco
que salva el cauce del Segura, un río que llega exhausto de regadío a las
calles del pueblo. La noche era agradable y silenciosa. Disfruté mucho de las
alcachofas del menú y de un pan tostado que untado en alioli y tomate natural
resultó un manjar humilde y delicioso. Nos acompañó en la mesa la viuda de Salvador García Aguilar, el
escritor que da nombre al galardón. Mujer ya muy anciana, que lucía, no
obstante, sus muchos años con el garbo que dan un acertado maquillaje, un buen
paño y un distinguido saber estar. Doña Aurora me pidió el número de teléfono
cuando me iba, anunciándome que, una vez concluyese la lectura de mi novela, me
llamaría para darme su parecer. El parecer, aventuro, de un gorrioncito que me
hablará muy suave y desde muy lejos, con un suspiro de voz apenas ya
resistente.
Durante
toda la cena tuve a mi diestra a L., pendiente de que me sintiera a
gusto y muerto, el pobre, de sueño. Volvimos a Alicante casi a las dos de la
madrugada. No paré de hablarle en el camino para que no se me durmiera al
volante. Esta mañana me ha recogido en el hotel y me ha dado un garbeo por la
ciudad. Los cielos han amanecido limpios y las calles emporcadas por la huelga
del servicio de limpieza. Parece éste un lugar privilegiado, a orillas de un
mar turquesa y casi siempre en bonanza; un lugar, además, bendecido por la luz.
Al trazado urbano lo recorren holgadas avenidas y ramblas muy airosas y
mediterráneas bajo la esquiva sombra de las palmeras. Alicante está coronado
por un castillo vigía con el que se defendía de los piratas. Salvo por esa
colina amurallada, la ciudad es llana y paseable. Tomamos café en un mirador
que se asoma a la bahía sobre la playa del Postiguet. Luis fumó y hablo sin
prisa. Todo parece hacerlo ya sin prisa, dispuesto, como me dice, a transitar
ya sin demasiados apremios esta etapa de su vida: leyendo, sobre todo,
publicando libros y disfrutando, cuando lo dejen, de sus pequeñas
nietas. Le desea uno, de corazón, que le vaya bien, porque es un hombre bueno.
En
Albacete se ha subido una mujer joven que se sienta a mi lado. Por sus
conversaciones telefónicas llego a saber que viaja a Madrid para asistir al
entierro de un tío. Que el muerto sufrió una agonía trágica y los médicos,
entonces, propusieron sedarlo. Su mujer —hoy ya su viuda— quiso antes que un
sacerdote le aplicase la extremaunción. El cura despertó al enfermo de su sueño
agónico y el moribundo comprendió de pronto, entre sollozos muy angustiosos
para los oídos de sus seres queridos, que estaba yéndose de este mundo
irremediablemente. Al hilo de este suceso, del que me he ido enterando según
avanza el tren camino de la capital, recuerdo las denuncias de quienes,
considerándolos crueles, pusieron, no hace mucho, ante los tribunales a los
médicos sedadores. Son los denunciantes, sin duda, los mismos que prefieren por
alivio ante la muerte ese aceite ungido con que el enfermo pierde toda
esperanza. Antes de apearse, la sobrina del muerto me pregunta si yo también me
quedo en Madrid. Contagiado por la trascendencia del viaje de esta joven, le
respondo, algo enfáticamente: “no, yo sigo más allá”. Pero, dándome cuenta de
la imprecisión de mis palabras y porque no piense que tengo intención de
ponerme ya a repetir el mismo itinerario que su tío, le aclaro que este “más
allá” al que aludo tiene tierra firme y es reino aún de vida, que sigo viaje
hasta Gijón.
Por
Tierra de Campos los caseríos son como cenobios laicos. Vida enclaustrada en la
infinitud del paisaje.
En
esta parte del itinerario que va de Madrid a Gijon, viajo junto a un joven
italiano que nada más aposentarse, ha puesto sobre su mesita dos móviles de
pantalla ciclópea. Los ha colocado en paralelo. Ostensiblemente. Como un
pistolero dejaría a la vista en un salón del oeste sus dos revólveres y la
canana de las municiones. Marcando territorio. Para este menester, los animales
orinan. Al otro lado del pasillo, duerme hecha un ovillo una mujer que diría de mala vida.
Lleva el pelo teñido de un amarillo como de paja agosteña. Lo oculta en parte
con una gorra de visera. Se ha echado a los hombros una chalina de leoparda y
la ciñen unas ropas ajustadas y negras que dan idea de un cuerpo desparramado y
rendido por dios sabe qué fatigosas faenas. Se abraza por darse calor en el
sueño, abrochándose a los hombros con unas uñas largas y pintadas de rosa. Se
sienta sobre sobre unas botas de mosquetera que harían las delicias del cardenal
Richelieu. Al despertarse en el final del trayecto, deja que salgamos del tren
el resto de los viajeros mientras ella se pinta los labios. También de rosa.
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