jueves, marzo 31, 2011

Ríos y escaleras

Se ha empleado a menudo la metáfora manriqueña del río como vida. Caudal mínimo que nace cristalino, corre impetuoso montaña abajo, se acrecienta en la experiencia de su curso, se remansa a medida que se acerca al final y termina muriendo en la desembocadura que lo mezcla con las aguas oceánicas —ceniza de todas las existencias—. Podría plantearse, sin embargo, otra forma alegórica de observación de las vidas: la escalera. No vigiladas como desgaste, sino como actitud. La del que tiene por horizonte siempre un peldaño superior y procura tomar distancia no con propósito displicente sino con propósito abarcador. O la de quien, por contra, prefiere hurgar el final subterráneo de los escalones y se enloda no por remango altruista sino por querencia al refocile. Volviendo a las figuras literarias, pueden, entonces, darse las paradojas de que haya quien esté llegando al delta de la vida y siga empeñado en alcanzar lo más alto de la escalera; pero también la terrible lástima de quien transitando por el curso rápido de su propio río descienda al tiempo con igual alegría hacia los peldaños más ínfimos.

Oigo a última hora de la noche las declaraciones de una política poseída por la verdad. Más madera. En la estación esperan las urnas. Se trocean con saña, en astillas, los rellanos más altos de la escalera. La caldera hierve. Se pierde altura. Me asomo luego al balcón a que me dé al aire. La noche viene cálida y calma. Al otro lado de la calle una muchacha se afana bajo la luz de una lamparilla en lo que parece una lectura de folios sueltos sobre los que toma notas. Un estudio que la obliga a levantarse de vez en cuando a consultar libros que extrae de una pequeña biblioteca dispuesta a sus espaldas. Al cabo de un rato, se asoma también a la ventana. Mira por entre los aleros. El cielo parece despejado.

jueves, marzo 24, 2011

Perigeo

El sábado la luna era tan grande que se le veían hasta los años en el rostro. Se nos había hecho de noche en carretera. Y justo nos la encontramos sobre el viejo puente del tren que mira desde lo alto hacia la playa de Artedo. Descarrilada sobre la vía estrecha, como si se tratase de una atracción de feria en un viaje de circo de pueblo. Ese día las mareas se arrastraron primero perezosas pero interminables sobre los muelles; después, desdeñosas y lejanas como si corrieran detrás del horizonte. Cosas del influjo y del capricho de la luna. Había sido un día espléndido. El tojo florecía a lo largo de todo el cauce del río. La estación en ciernes salpicaba de amarillos el lomo perezoso de la sierpe. Decía Jaime Sabines que unas gotas de luna en los ojos de los ancianos ayudan a bien morir. Esa borrachera de luna grande le puso al sábado primaveral un cierre de exceso, una alegría en desmesura, una muerte redonda. Hacía muchos años que el satélite no se acercaba hasta la antojana de nuestras casas y hacía todo un invierno que el sol no brotaba desde el suelo.

miércoles, marzo 23, 2011

My Love

Mi amor camina como un soldado.
Mi amor abraza como una chica.
La voz de mi amor está rota.
Las manos de mi amor son suaves y fuertes.

jueves, marzo 17, 2011

Sea of love

Es una película a la que con los años quizás se le haya ido poniendo un tono como de betún de judea (aquel potingue de los trabajos manuales de nuestra infancia que le daba a las arrugas de las cosas un aire de antigüedad noble pero espuria). Pero es una película que vuelvo a ver siempre que puedo porque, pese a su ambientación ochentera tan poco intemporal, se me ha ido convirtiendo en todo un clásico. La historia no es un dechado de originalidad ni su dirección demasiado sutil, pero todo lo puede un trío de actores espléndidos que tejen juntos una crónica urbana de tintes negros, de pasiones y amistad que hace de Melodía de seducción un film inolvidable. Son Al Pacino, Ellen Barkin y John Goodman. El primero dando vida a un policía de vida haraposa y querencias alcohólicas. La segunda elevando justo hasta lo inflamable la temperatura del negativo. Y el tercero poniendo como secundario de lujo ese contrapunto de humor y bonhomía que tan bien engrasa cualquier thriller. Cuando se rodó, venía Al Pacino de una temporada de teatro y de excesos. Quizás por eso dé también ese perfil perdedor y desorientado del que no se desprende en ningún momento el protagonista, Frank Keller. Nada mejor para volverse un actor de esos que se llaman de carácter que una inmersión en los escenarios interpretando a tipos de cuya vida turbia hay que empaparse a lo stalisnasvski. Pero para que este modelo de personajes, que son el rostro mismo de la derrota, no se conviertan en una caricatura, en trapos humanos que se bambolean sobre el taburete de un bar de mala muerte mientras pronuncian frases pretendidamente profundas, conviene que se adornen con precisas dosis de humor y que incluso se rían de su propia estampa en los espejos. Por eso, una de las escenas más memorables de la película es cuando Al Pacino, mirándose los pies como se mira una extravagancia, le muestra a la Barkin unos mocasines caros y llamativos que ella le había regalado y que son absolutamente impropios de un detective borrachín y de apariencia más bien adánica: ¡Mira, si hasta llevo tus mocasines puestos! —le dice en una de las más hermosas declaraciones de amor cinematográficas que uno recuerde—. Y es perfectamente comprensible que se declare como pueda a una mujer como la Hellen de Melodía de seducción. Una femme fatale que resulta serlo finalmente sólo en la imaginación de Keller, pero también, y por el mismo desarrollo de la trama, en la de quienes al otro lado de la pantalla confundimos gozosos su misterio y su tórrido celo con las maneras fatales de una Dietrich de Sternberg. En el pasillo de un supermercado de barrio, la breve escena en que la mano de Pacino se desliza sólo unos centímetros por encima de la rodilla de una Barkin que acude a la cita vestida nada más que con una gabardina negra y unos zapatos de tacón, resulta mucho más candente que todo un maratón de gimnasia pornográfica. Sí, tal vez Melodía de seducción no sea una obra maestra, quizás incluso no sea ni tan siquiera una gran película a juicio de quienes fijan cánones en el mundillo del cine, pero confieso que cada vez que Tom Waits interpreta su inigualable versión de Sea of love (título original del film) sobre los créditos que cierran la proyección, a uno le invade eso de lo que Borges habló en un poema escandinavo y que tanto tiene que ver con la dicha amenazada de los instantes: la nostalgia del presente.

lunes, marzo 14, 2011

Canciones

Ya sé que son sólo canciones. Viejas canciones con las que se conjura muy de vez en cuando el olvido. Pero qué seríamos sin ellas. Sin su memoria. Sin ese sustrato de rimas que nos hiberna por dentro esperando el calor de las copas y el tabaco compartidos.

La noche engendra música. A su imán
acuden las canciones memoriosas, el piano
desafinado, la guitarra ya casi polvo, el violín
comido por los años, las maracas que suenan
como los huesos.
José Emilio Pacheco
Quien no recuerda las canciones de su vida, quien no las entona en los instantes exaltados de amistad y alegría, es como si hubiera perdido para siempre cualquier rastro de los cuentos de su infancia. Porque cuando los años nos van cambiando, volviéndonos en apariencia más sabios, pero irremediablemente más distantes, las canciones que no se nos borran del alma, hablan de lo mejor que fuimos, de lo que aún podríamos volver a ser con sólo rascar la desencantada cal del tiempo.

La sangre tiene razones
que hacen engordar las venas.
Pena sobre pena y pena
hacen que uno pegue el grito.
La arena es un puñadito...
Pero hay montañas de arena.
Atahualpa Yupanqui

viernes, febrero 25, 2011

Los comentarios

Aquí se deshabilitaron hace tiempo. La cortés respuesta a que obligaban suponía un esfuerzo continuado para el que no siempre se está con ánimo o tiempo suficientes. Por otro lado, tampoco este blog pretendió nunca generar corrillos dicharacheros, por más que en esporádicas ocasiones pudiese parecerlo. Se tiende aquí a la entradilla literaria, género que no da pie al desahogo habitual de los comentaristas, que prefieren cebarse sobremanera con lo político. No hay mejor comprobación de lo apuntado que acudir a las páginas digitales de un periódico y reparar en qué se concentra el interés del lector que recurre a la interpelación. No suele apuntar, se lo aseguro, a los artículos de las páginas culturales —salvo que en ellos se alimente alguna polémica como la protagonizada recientemente por Cercas y Espada, que habiendo derivado hacia lo prostibulario, a causa del dudoso gusto con que afrontó su réplica el segundo, adquirió una repercusión algo insólita—. Pero es que además, la mayoría de los comentaristas de los diarios forman parte de eso que podría considerarse “ejército de las tinieblas”: tropa oscura (anónima) y de colmillo retorcido. Por lo que esta práctica, como en toda en la que se relega a los discretos —la vida misma—, tiene consecuencias perversas: le toma el pulso a la opinión pública justo por donde más acelerado anda su ritmo cardiaco. Siendo así que si tan torpemente se indagan las constantes vitales, es más que probable que se yerre en el diagnóstico. En La literatura nazi en América, cuenta Bolaño a propósito de Mateo Aguirre Bengoechea que odiaba éste “a Alfonso Reyes con tesón digno de más noble empeño”. Qué magnífica aplicación se le daría al primer principio de la termodinámica si esa energía oscura de la mayoría de los comentaristas se transformara en una fuerza constructiva, si ese tesón perverso se volcara en más noble empeño. Y cuánto mejor nos iría si se le diera la importancia debida a cada cosa, siendo así que la bulla nos ocupara el exacto trabajo que le lleva al dedo corazón pulsar por el tiempo preciso la tecla delete.

martes, febrero 15, 2011

Pie de foto

A primera hora de la mañana me fui con la cámara a la playa. Era un amanecer de jirones casi viscerales. La vida palpitaba reciente por encima del cabo San Lorenzo. Algo más tarde, en la calma del paseo, le puse pie a la imagen.


Acaso la única certeza de los días
sea la luz con que despiertan.
Pero en estas mañanas
en que el cielo amanece en carne viva
afirmamos los ojos en la tierra
como si fuera dócil,
como si fuera eterna.

jueves, febrero 10, 2011

Caxigalíne(a)s

Debe procurarse que el inevitable ruido que genera el roce con los otros ni desordene cuanto se dice, ni perturbe los silencios imprescindibles.

Por qué con desesperante constancia suecede siempre que las aclaraciones que intentan paliar los malentendidos terminan por convertirse en una suerte de agonía que las más de las veces tiene un desenlace fatal.

Qué contrariedad estos humildes orígenes míos. Nada es más distinguido que el silencio, pero uno es un villano al que le pueden las palabras.

¿No hay en toda interpretación un pecado de arrogancia?

¿No hay en toda mala interpretación un ejercicio de ignorancia —o, en el peor de los casos, de mala fe?

miércoles, febrero 09, 2011

Memoria de la sombra

La poesía es memoria de la sombra de la memoria, dice la cita de Gelman que abre el nuevo libro de Paco Velasco, quien, además, en sus primeros versos, se afirma en la idea axial que se desprende del poema citado y de toda su escritura: Dice verdad quien dice sombra. Y pues la poesía es un andar casi a ciegas en busca de la luz, los versos de este libro no pretenden sino la verdad, buscan la narración precisa, pero a la vez elegiaca, de lo que la vida ha sido, de lo que de la vida queda en esa trocha que el poeta ha ido abriendo en las páginas en blanco de cada uno de sus días. La palabra del hombre / hacia la muerte / comienza en aquel cuaderno de rayas / y se tuerce en los versos / con que abres / la trocha entre las ramas de la página blanca. De aquel cuaderno, o de otro parecido al menos, se habla otra vez más tarde, ya en los regresos, esa parte del libro en que, de una manera honda, sentida y literariamente exquisita, se vuelve al pueblo, a la infancia, al principio de todo, pero sobre cualquier otra cosa, a la educación de una sensibilidad fraguada en el contacto con el paisaje y el hogar: La cartilla de rayas / esperándote está sobre la mesa / y la hogaza reciente / y el cazuelo de leche / que se enfría. / (…) Escucha las alondras como mil corazones palpitando / al lado del camino / al empezar el día. Ese pan es la madre, y está caliente más que de horno por el tacto de las manos que lo han amasado en la artesa. Decía Paco Velasco en las dedicatorias de su libro Noche, explicando unos hermosos heptasílabos (Hogacita caliente / que se enfría en el alba. / A trabajo del hombre / huele ya la mañana) que su madre hacía las mejores hogazas del mundo. No creo que sea casual que esta recuperación de la infancia, del pueblo, de sus paisajes, de sus pájaros, de su río, de la pizarra donde se dibujaba ordenado un mundo simple y feliz, que este hatillo de poemas que constituyen los Regresos ocupen el corazón del libro y arranquen, además, con un indisimulado tono manriqueño: ¿Qué se hizo la piedra de la honda / del niño cazador / y el aire en que la hundía? Allí se forjó, en gran medida, el hombre que luego fue, y escribió, y recopiló finalmente su camino en esta edad en la que se hace memoria, de la sombra de la memoria, justo, además, cuando otra sombra se cierne amenazante en el horizonte. Del mar viene la sombra; / desde el monte, / la luz de la mañana / que a la tarde se apaga. / (…) Sobre la mar, la muerte. Así se va armando el libro. Con la poética misma en que se constituye su primer capítulo, Palabras de la sombra: Con las luces caídas, / es más larga que el cuerpo / la sombra que te sigue. Con la evidencia de la vejez que transita los poemas de la segunda parte, Memoria de los ojos: “(…) avanzan los días / y el tiempo se te borra y las arrugas / y la mano lejana. / Y el rostro y la memoria. Hasta alcanzar su hermosísima cima en los Regresos, que uno cree que tanto tienen de aquellas “aguas silenciosas” que fluyeron por el anterior libro de Paco Velasco. El descenso de ese particular monte Carmelo se precipita con una desesperada Negación del tiempo (Llega la lluvia lenta / y la hierba que crece en las macetas / se levanta a beber.) hacia El fuego y la ceniza, la última estación que todo lo consume y ante la que sólo cabe seguir, como última esperanza (según la cita de Claudio Rodríguez), apurando la “página en blanco”. La poesía de Paco Velasco, ese viejísimo jugo de la tierra, se destila más puro que nunca, concentrado, intenso y, sobre todo, auténtico, en esta Memoria de la sombra.

Francisco Álvarez Velasco
Instituto Cultural «El Brocense»
Colección AbeZeterio, Cáceres, 2010

domingo, febrero 06, 2011

Sueve

Sábado al atardecer. Carrandi. Cerca de la iglesia. Del texu. Con el Sueve al fondo. En lo alto. Salpicado de nieve y de sol tardío. En silencio y después de tanto ruido.

miércoles, febrero 02, 2011

Tira líneas

Hace sólo unos días que se presentó el nuevo libro de Fernando Menéndez: Tira líneas. No fuimos pocos los que en el Antiguo Instituto estuvimos arropando al autor. Lo introdujeron Jerónimo Granda y José Ramón González. Se enfrentaron al libro, a la propia presentación, desde actitudes distintas: la ocurrencia y la interpretación casi académica. En medio, Fernando, con su librillo en la mano, habló de esa manera algo desmadejada, franca e incontinente tan suya, y quizás al tiempo tan paradójica para un cultivador de lo breve, de los haikus y los aforismos. De ese minimalismo da idea incluso el propio libro presentado, que se edita en un tamaño adecuado para que pueda llevarse casi en cualquier bolsillo sin que ni abulte ni pese, pudiendo así leerlo de ese modo que piden los aforismos: intermitente, como de picoteo. Los de Fernando deben además rumiarse, interpretarse. No son sentencias al estilo dieciochesco, sino pequeñas provocaciones, acicates para la reflexión. A algunos hasta les falta la predicación, como si señalando tan sólo la evidencia fuera suficiente para abrir los ojos del lector: El hundimiento del muro de la intimidad. En otros destacan sus matices poéticos: Antes de apagar la luz, piensa en qué vas a soñar. Y en la mayoría se tratan todos esos asuntos que no escapan al espíritu observador de Fernando Menéndez, y que constituyen la concentrada materia sobre la que tantas veces se construyen obras literarias o filosóficas más extensas, pero no por ello más sabias.
Las palabras ensordecen el pensamiento.
A fuerza de vivir uno acaba por ser más cínico o más ignorante.
Existen dos tipos de humanos: los concéntricos y los excéntricos.
El fanatismo es el crepúsculo que anuncia la noche.

miércoles, enero 26, 2011

Malos tiempos para la lástima

Uno no conoce personalmente al detenido. Sabe de él por terceros. Terceros de fiar que atestiguan su austeridad. Y tiene, también, constancia de lo que ha sido su vida política. De mucho riesgo en los malos tiempos. En el trance por el que ahora pasa, aflora el ensañamiento y el ajuste mezquino de cuentas y parece lo más natural quitarle todo dique a la corriente. Dejar que fluya lo peor y con la mayor fuerza posible. Trocear el árbol y prender la hoguera. Arrimar el fuego a instituciones y personas. Desde la Conciergerie a la Place de la Concorde hay un pasillo de rostros airados y vociferantes. “Fin al régimen”, claman. En la fotografía borrosa del periódico no se ve a una enjoyada María Antonieta, sino a un anciano cabizbajo del que uno ignora al menos tantas cosas como las que parecen saber de él quienes lo esperan jubilosos en la guillotina. Malos tiempos para la lástima.

jueves, enero 20, 2011

Algo de Treme

Hay muchas maneras de tentar la dicha —me siento más cómodo empleando esta palabra; “felicidad” suele resultar demasiado ampulosa—. Después de comer seguí con El sueño del celta, de Vargas Llosa. Una envolvente historia que pone sobre la pista del mal. En el Congo y en la Amazonia. Exterminio por codicia. Se narra con mano ágil. Disfruto lo bien que se cuenta, aunque en el cómo hay más oficio que “chispa”. A media tarde, me subo a la estática y me pongo el primer capítulo de la serie Treme mientras pedaleo. Una pequeña maravilla ambientada en las ruinas del Katrina. Música de Nueva Orleans y buenos diálogos. Hay un pequeño cameo de Elvis Costello (nunca había reparado hasta ahora en el parecido que tiene con Menéndez Salmón). Un conjunto de jazz toca en un garito por la noche. Alguien le dice al trompetista que en la sala está Costello. No lo conoce. Insiste:
—Sería bueno que lo saludaras antes de que se fuese.
—Tío, no sé quién es.
—Es Elvis Costello, joder, uno de los grandes. ¿Te imaginas ir de telonero en su gira?
—¿Y se llama Elvis? —risas.
—Vamos, hombre, no me digas que te quieres pasar la vida fumando, tocando la trompeta en este bar por las noches y haciendo barbacoas en Nueva Orleans.
—No estaría mal, tío —más risas.
Lo dicho, maneras de encarar los días.

martes, enero 18, 2011

Arboleda en la niebla

Ocho troncos sin raíz ni copa. Temblando casi como si fueran un reflejo en el agua. Ofreciendo en medio del frío la llama de su corteza otoñal. Ayer mismo colgué este trozo de bosque en las paredes del salón. Se me iba cada poco la vista desde el libro que leía al lienzo que me reclamaba como una ventana abierta a un paisaje nuevo y misterioso. En esta arboleda de Ramón Fernández, la niebla tiene la consistencia de todo lo que nos confunde, de cuanto nos perturba. Por debajo uno intuye una fauna abisal y submarina, por encima el cielorraso del ramaje entrelazado y desnudo. Y en medio, el silencio opaco donde golpea como el oleaje la respiración asustada de quien se ha perdido en el bosque y no encuentra el camino a casa, al sillón desde donde sólo un momento antes se sabía a salvo bajo una luz tibia y con una novela en su regazo.

martes, diciembre 21, 2010

Carta

Querido Serandinas: A veces —muy de vez en cuando, pero desasosiega— siento en la distancia tu mirada inquisitiva. Incluso más que inquisitiva: de reproche. ¿Dónde se fue —te imagino preguntando con un tono manriqueño acorde con el río que transcurre tan próximo a tus predios— aquella constancia que promediaba casi un apunte diario, un esbozo en lo íntimo del paisaje, de la lectura o de las cosas de la república? Pereza, amigo, pereza. Pero no la pereza a que aboca la desidia. Sino la pereza en que nos sume el fruto escaso o agostado. La pereza con que nos aquieta la incertidumbre. Así que no te asombre que recurra al hurto consentido de lo ajeno, de la rama que cuelga sobre el camino y ofrece carga y sombra a quien pasa cerca. Hoy mismo, mientras me afeitaba y oía en la radio a la Concostrina —qué lujo sus apuntes diarios de la Historia—, tramaba traerme a la bitácora la referencia de su comentario: Iquique. Un lugar del norte de Chile. Quilapayún popularizó la cantata que recuerda la matanza allí ocurrida: Señoras y Señores / venimos a contar / aquello que la historia / no quiere recordar. / Pasó en el Norte Grande, / fue Iquique la ciudad. / Mil novecientos siete / marcó fatalidad. / Allí al pampino pobre / mataron por matar. Música emotiva para entrañas aún sin fermentar. Las nuestras de entonces. Sucedió el 21 de diciembre de 1907. El ejército acometió una represión sangrienta de la huelga de los empleados del salitre, un mineral que les procuraba enormes beneficios a los empresarios ingleses que lo explotaban. Los mineros sólo obtenían por su trabajo fichas que canjeaban en las tiendas de la propia compañía. Esclavitud encubierta. La rebelión terminó en masacre. Murieron casi tres mil. Busco una foto de entonces. Hay en ella, en los retratados a pie de mina, un aire oriental. Una miseria vagamente asiática. Los cuerpos sin grasa, los bigotes ligeros, los sombreros apagodados, las casullas amplias y sin cuello. Como si cayeran las indias orientales por lo más alto del Chile escuálido. Se levantaron suicida y dignamente. No hay ahora, en lo que uno conoce de cerca, la urgencia por el orgullo. Importa más la supervivencia. Vivir, aunque sea peor, para contarlo. Pasamos por el aro. El domador nos gobierna. El circo impone sus reglas. Te confesaré algo: creo haberme detenido a tiempo. Una suerte de deriva lenta y supuestamente argumentada me estaba llevando al otro lado. Es hora de que reme a contracorriente. De que venza la pereza. De que no olvide de qué lado está más que la verdad, el consuelo. El que hay que dar mientras se sigue bregando contra el agravio y el que se necesita igual que el aire respirado. Hoy, como verás, querido Serandinas., me he sobrepuesto a la desgana. Quizás te resulte confuso cuanto te cuento. Si fuera así, considera que Iquique, al menos como sinécdoque, me ganó las ganas y la memoria. Algo es algo. De lo demás, te diré que al invierno por aquí le ponen guirnaldas, y luces, y hasta fiesta. Será por combatirlo en la alegría, por muy forzada que resulte. Quizás tú también encuentres tiempo para reparar ensimismado en las nieves. Antes, lo sabrás por los viejos que aguantan todavía a duras penas por su osamenta en esos pueblos, se renegaba del frío y hasta de la estación entera. Porque era dura e interminable como esa ausencia de la que hablan los versos de Berta Piñán que he leído hace nada: "los brotos del xardín yá podrecieren / y el ríu medrara na to ausencia, / como miedren les hores / na cama d'un enfermu". Son del libro La mancadura, palabra con que le decimos al daño. Suenan bien en esa lengua que uno no acaba de ver como suya, pero que, sin embargo, parece dócil y muy viva en los poemas de Berta Piñán, siempre escritos en voz baja y despojados de adornos. A la manera en como se habla ahí a donde te escribo. Más largo que otras veces. Por compensar pasados silencios.

lunes, diciembre 20, 2010

Del ruido

"En las casas de los pobres, uno está condenado a oír los ruidos del otro. Lo escucha cuando grita, cuando cocina, cuando abofetea a su mujer, cuando va al baño, cuando la patrona le reprocha, llorando a los alaridos, su impotencia. Incluso se escucha, con todo detalle, el pormenor de sus actos sexuales. No hay privacidad entre los pobres. Siempre he vivido en casas así: apartamentos de mala muerte, chozas con paredes de hard borrad y otras pocilgas. Más aún: siendo pobre, uno ignora que existe el silencio. No sabe lo que es. No comprende por qué el silencio puede ser agradable. Juzga que los demás merecen oír nuestros ruidos, nuestra música a todo volumen, nuestros gritos destemplados, nuestras carcajadas sin gracia. Por haber sido pobre la vida entera, hablo en voz alta y expreso ruidosamente todas mis emociones. Estoy convencido de que los vecinos (y el prójimo, en general) deben compartir mis experiencias digestivas, eróticas y familiares. Es lo que nos pasa a las personas que tenemos poca educación y bajo nivel de vida".

Charles Bukowsky

De la Lindo

Ah, los talibanes de la certidumbre (buen artículo de la Lindo):
Hay personas a las que no les cabe la menor duda. Tiene su lógica. Son personas tan sobradas de razones que no tienen sitio en su cerebro para albergar una duda, por muy pequeña que sea. A ese tipo de personas las llevo rehuyendo desde niña. En mi juventud me acomplejaban; ahora, me aburren. Fundamentalmente. Creo que a ese tipo de personas se las observa con más claridad cuando se llega a la madurez: tienes la oportunidad de ver cómo actúan en un ciclo de vida amplio. A mí me ha dado tiempo, por ejemplo, a tener que soportar la intransigencia de un militante de izquierdas y ver a ese mismo individuo, años después, transformado en un intransigente de derechas...

miércoles, diciembre 15, 2010

Autocombustión navideña

Apretados como parejas que se revuelcan después de un armisticio. Así deberían estar siempre los renglones que se escriben. Sin dobles espacios abismales provocando el horror al vacío. Párrafos y párrafos de letra menuda y muy junta. Estrofas constreñidas en la vastedad del papel. Como oasis. Como rebaños amparados por una sombra en medio de la árida inclemencia. Así debería ser también el oropel de estas fechas. Un precipitado de luz. Intensa y concentrada. Ardiente. Insular. Sol o vela. En las cocinas de carbón, al levantar con el gancho las arandelas de la plancha, asistíamos a la combustión de su magma, un minúsculo círculo que nos llevaba, como Verne, al centro de la tierra. El corazón es un quicio sobre el que giran los años al doblarse. Un quicio forjado en la fragua de un volcán íntimo. Nada prospera sin calor. Nada se olvida sin ceniza. Llamas bailando muy pegadas. Ascuas como cuentas de pulsera. Polvo de hoguera perfilado en pasos. Los que se dieron. Los que están por dar. Eco de pasos en cuartos. En medias. En horas. Campanas de pasos tocando a fuego. Para que ardan como yesca estos días puñeteros. Consumidos por el mismo replandor que los adorna.

jueves, diciembre 09, 2010

La bilis

Cuándo comenzó a convertirse todo en el palo de un gallinero. Cuándo se subieron definitivamente los salvapatrias a ese madero rebozado de guano. Cuándo se convencieron de que no había nada mejor para hacerse con la audiencia que imitar como simios rijosos en lo alto las procacidades de los corrales más zafios. Llegaron las nuevas cadenas digitales y sus espacios de opinión política, y como nunca despertaron pasiones los debates sesudos, sino el acopio sexudo de imprecaciones, medias verdades y apocalipsis, a eso se aplicaron los inquilinos de la caverna y los convidados temporales —que no asisten al aquelarre como mártires de nobleza ingenua sino como contrapunto al que se brindan por soldada espuria—. La piedra arrojada al lodo mueve ondas lentas pero pertinaces. Llegan incluso a las orillas. Las desbordan. Esa piedra remueve lo peor de lo profundo: fetidez y miasmas. Desgraciadamente, los salarios que se ganan exprimiendo la propia bilis no suelen generar mala conciencia sino poder adquisitivo. Quién nos regenerará de políticos y opìnadores. Quién nos regenerará de lo peor de nosotros mismos. Cuándo será cacofonía la rima audiencia / indecencia.

viernes, diciembre 03, 2010

Dickensiana

Según parece, Henry James, y Virginia Woolf le achacaban a Dickens un sentimentalismo demasiado efusivo en su prosa. Bien, a riesgo de que esto pase por dickensiano ante los que aplauden hasta con la orejas cada nueva medida restrictiva del Gobierno sin pararse a pensar si cabrían soluciones alternativas a las mismas, reproduzco aquí una noticia de la prensa que me ha enviado con alarma mi buen amigo R. Dice así: Ingresa en prisión el parado que atracó un banco en La Calzada con un cuchillo. «Lo hice por necesidad, los 400 euros de la ayuda familiar no me dan para cubrir los gastos». El gijonés de 54 años acusado de asaltar una oficina de la Caja Rural armado con un cuchillo ingresó el pasado martes en prisión por orden del juez de guardia. El reo intentó defenderse ante el magistrado asegurando que había robado «por necesidad»: «Los 400 euros de la ayuda familiar no me dan para cubrir los gastos», declaró. Los hechos tuvieron lugar el jueves 11 de noviembre alrededor de las seis de la tarde en una sucursal situada en La Calzada. El ahora detenido, al que la Policía siguió la pista durante cuatro días, entró entonces en la oficina, se posicionó ante la trabajadora que estaba atendiendo en la ventanilla y sacó un cuchillo que tenía guardado en su chaqueta. El acusado amenazó entonces a la cajera pidiéndole mil euros. La víctima accedió a la petición del atracador y le entregó todos los billetes que tenía en su puesto. Tras recibir el dinero el asaltante se percató de que el botín no llegaba a la cantidad solicitada por lo que se llevó además las monedas que encontró. El ahora encarcelado accedió al banco a cara descubierta y abandonó la sucursal «a paso tranquilo», según los testigos de los hechos. La Policía le localizó cuatro días después del suceso. Los agentes consiguieron dar con el presunto autor del robo después de analizar los perfiles de varios vecinos de la zona con necesidades económicas agudas. La «poca profesionalidad» del acusado a la hora de cometer el atraco guió los pasos de los funcionarios del Cuerpo Nacional de Policía. El arrestado aseguró ante el juez que lleva «un año en paro y buscando trabajo sin ningún éxito». La desesperación de este gijonés, que tiene un hijo menor de edad «al que mantener», le llevó a cometer el delito por el que ahora debe cumplir la orden de prisión provisional. Reparen en el hecho de que a partir de hoy a los parados de larga duración no se les abonarán los cuatrocientos veintiséis euros que hasta ahora percibían. Ayer subió la bolsa.

martes, noviembre 30, 2010

Wikileaks

El desmedido afán por los inconfesables secretos de los camerinos se llevaba antaño con esmerada discreción. Ni más ni menos que como cualquier otra perversión de la que no resulta elegante vanagloriarse. Lo relevante era la obra teatral. Texto, interpretación, atrezzo y mensaje. De la malsana curiosidad de las bambalinas tan sólo daba cuenta la confidencia o el relato pícaro. Había, por tanto, para la materia el trato cuidado de lo que requiere media voz o especialización de estilo. Me refiero, claro, a gente cultivada. La que no lo estaba aireaba estos trapos como el resto de la colada, por patios y balcones. De un tiempo a esta parte, se ha ido asistiendo a la paulatina globalización del oreo ruin. La obra ya no es nada sino incorpora el acto supletorio del biombo transparente: a la vista del auditorio, la desnudez del elenco. Qué es sino este acopio en bruto de papeles.

viernes, noviembre 26, 2010

El turista accidental

Como un regalo. Después de un viaje obligado, de una visita al hospital, de acompañar por un rato junto a su cama a un hombre por cuya edad, más de ochenta años, quizás entre quienes le atiendan pase por un anciano, pero al que, debido a esa naturaleza suya casi arrogante, erguida, no resignada, nunca había visto yo como tal hasta ahora. Después, digo, de ese trance al que le dediqué la tarde y del que volví conduciendo a la noche, pasando por debajo de ese viaducto ciclópeo en construcción de la Concha de Artedo que se alzaba iluminado a esa hora muy por encima del tráfico como una via láctea de la que colgaban en andamiajes pequeños operarios fosforescentes. Después de cenar con los míos y tras sentarme al calor del fuego como un perro que llega mojado y exhausto de un trote atolondrado, vi de nuevo, por casualidad pero agradecido al azar, la película El turista accidental. No hace nada que leí de nuevo la novela de Anne Tyler en la que se basa. Que C. la leyó también contagiada por el entusiasmo con que le hablé de esa relectura. Y de pronto, como la llamada de un amigo en el que estábamos pensando, como un regalo que no se esperaba, la cinta de Kasdan se asomó a nuestro televisor. “En los viajes, como en la vida, no hay que llevar nada de valor y, más importante aún, no hay que llevar nada ni tan valioso ni tan estimado como para que su pérdida pueda suponer un disgusto.” A ese turista que afronta los viajes como una metáfora de la vida y que se enfrenta a ellos con una resignación desesperanzada, le aguarda por sorpresa en una esquina el asombro de la voluntad. La novela atrapa al lector con una urdimbre tejida a través de personajes paradigmáticos pero creíbles. Es una historia de más de trescientas páginas que tiene el mérito de no ser en el fondo más que un poema sobre la pérdida y la redención. La película resume acertadamente el argumento del libro y tiene, además, el mérito añadido de ponerle rostro adecuado a sus personajes. Como un regalo. Ayer vi ese film como un regalo, casi como un consuelo después de ese viaje en el que pensaba, al volver a casa, como en otra metáfora, la de quien regresa tras pasar la tarde junto a un anciano finalmente rendido y transita de pronto muy por debajo de una imponente autopista en construcción.

miércoles, noviembre 24, 2010

Acetre puro de Olivenza

Los oí tocar en Hervás hace unos años. Me gustaron. Aquí interpretan un fado que es al tiempo alegre y triste. Cinco minutos largos de buena música.

lunes, noviembre 22, 2010

Realismo mágico

M. me envía este enlace del diario colombiano El Tiempo. En su correo, me dice: En Colombia llueve y llueve. Todo se inunda. La realidad es más irreal que un cuento de García Márquez.

El invierno convirtió al municipio de Sucre en la 'Venecia' colombiana
Por Alberto Mario Suárez
La cancha de baloncesto del colegio Las Mercedes es una pecera gigante, donde decenas de bocachicos plateados, mojarras rojas y hasta una nutria nadan todo el día, mientras los niños reciben clases, arrumados, en el segundo piso. El profesor de filosofía, Isidro Álvarez, mira desde el techo del plantel cómo naufraga su pueblo, Sucre (en el departamento del mismo nombre), y sentencia: "No hay duda: esto es Macondo". El maestro, que lleva puesto un collar marcado con la leyenda 'pata de agua', como les dicen a los nativos de este municipio, cuenta que las inundaciones comenzaron el 7 de agosto pasado, cuando cayó un diluvio y el río Cauca, crecido, se metió por el caño Mojana. Todo quedó entre el agua. La escuela, la alcaldía, la Policía, el hospital, la iglesia, el restaurante Alfredosky, el hotel Venecia y las 5.000 casas nadan en el Cauca, que no sólo inundó el casco urbano, sino también los 36 corregimientos, 27 veredas y dos caseríos. Hoy, no hay una calle de este pueblo -donde el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez pasó parte de su adolescencia con sus padres- por donde no naden peces de colores. Casi la mitad de los 33.994 damnificados abandonaron sus viviendas y se refugiaron en Barranquilla, Magangué y Sincelejo. La otra mitad armó unas tarimas de maderas en sus casas, que llaman tambos, y siguió la vida al ritmo de las canoas, que ahora sirven para llevar a los niños al colegio y los muertos, al cementerio. Desde bien temprano, en la calle Junín, al frente de un pequeño puerto a donde llegan los viajeros de la región, se ve a decenas de 'mototaxistas' que cambiaron sus motos por canoas. "Aquí tenemos 'motocanoas'. Nos inventamos esta 'película' porque podemos hacer lo mismo que con las motos: llevar a la gente al hospital, a los sitios del pueblo, por 1.000 ó 2.000 pesos", explica Heriberto. El sacerdote Eduardo Arce confiesa que la situación es muy extraña: "Jamás había visto peces nadando dentro de una iglesia". La parroquia está cerrada. Las bancas yacen apiladas unas encima de otras. Las misas se realizan en la Casa del Adulto Mayor y las puertas sólo se abren cuando alguien muere. Los curas, para no mojarse, no se ponen sotana sino jean y botas pantaneras. "El último que sepultamos fue un señor al que degollaron, misteriosamente, en una cuadra que está abandonada. Nos tocó llevarlo en canoa hasta el cementerio, porque ya tenía tres días de fallecido", cuenta el padre Arce, otro damnificado del invierno. El camposanto es una piscina cubierta de plantas acuáticas que tapan las bóvedas más bajas. Las familias les rezan a sus muertos desde las canoas. A unos remos de allí está el colegio Las Mercedes, que funciona a medias. La mayoría de los niños que estaban en primaria dejaron de ir a clases desde finales de julio. En los salones de preescolar, primero y segundo, el agua les llegaba a las rodillas. En cuarto y quinto era igual. En esa institución estudiaron varios hermanos de García Márquez, afirma el profesor Álvarez antes de subrayar que en estas mismas calles, ahora inundadas, los hermanos Chica Salas asesinaron hace casi 60 años al joven Cayetano Gentile, el personaje en el que se basó 'Gabo' para escribir Crónica de una muerte anunciada. "De aquí salieron muchas de sus historias -agrega Álvarez-. Mira que en el cuento de Isabel viendo llover en Macondo dice una parte que el agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio. En Aracataca -donde nació el escritor- el cementerio no se inunda. En Sucre sí". Aguas abajo, en el hospital, el jefe de recursos humanos, Rafael Salas, dice que debido al invierno se han presentado brotes de fiebre, enfermedades cutáneas y distintos males virales, por lo que han enviado a Sincelejo a más de 270 pacientes. Cuando las lluvias arrecian, las canoas alcanzan a entrar al hospital y a dejar a los enfermos en la sala de espera. En maternidad tuvieron que montar unas camas sobre otras para poder atender a las parturientas sin que se mojaran. "En el área de urgencias, una niña se cayó de la camilla y terminó en el agua, pero no pasó a mayores", recuerda Salas. En la alcaldía trasladaron las oficinas de la Personería del primero al segundo piso, y ahora comparten un cuarto con el Concejo. Y en los pasillos de la misma planta se instalaron las secretarías de Planeación y Educación. "La Alcaldesa se fue para Sincelejo y sólo viene los jueves", informa un empleado de la administración. Para otros, la vida sigue normal. La mujeres, con sus sombrillas de siempre, van de compras en las 'motocanoas', mientras algunos caminan por improvisados andenes de tablas. El peluquero hace sus cortes entre el agua, el café Internet está levantado en un tambo y atiende hasta la noche, y en el Alfredosky los comensales se sientan con el agua a las rodillas y les arrojan la comida que les sobra a las arencas (peces pequeños, como sardinas), que velan como perros. Los niños tampoco se han dejado ganar de la inundación ni del tedio que produce no tener un sitio seco para jugar un partido de fútbol o a las escondidas. Cuando acaban las clases, Luis Alfredo se dedica al juego de moda: pescar en la cancha de baloncesto. Amarra un hilo a un anzuelo con "un animalito" y espera a que pique una mojarra, un bocachico o un moncholo. La inundación del pueblo es un tema de todos los días. Pedro Sampayo, director de Emergencias de Sucre, dice que las crecientes ocurren todos los años, entre octubre y diciembre, pero antes sólo llegaban hasta la periferia.El funcionario añade que el desastre es consecuencia de la sedimentación del río Cauca. Otros señalan al Invías por obras de infraestructura que habrían quedado mal hechas. Y no falta quien ofrezca una explicación mágica. Alfredo Rafael Támara, administrador de Alfredosky, dice, como si se tratara de una profecía, que desde hace mucho tiempo esta inundación se veía venir. "Ya el profesor lo había dicho en su libro, que este es 'El país de las aguas' ", dice sobre el libro del mismo nombre, escrito por Álvarez para mostrar la influencia de Sucre en la obra de 'Gabo'. Aunque el maestro no buscaba ser profético, muchos se quedaron con el título y le achacan el desastre que viven. "Acá creen que yo soy como un chamán", dice el escritor, burlón, sentado en una mesa del restaurante de Alfredo. "Hasta un señor me dijo que por culpa mía era que estábamos inundados. Me tocó decirle que se leyera el libro", se queja. Y Andrés Artencia, dueño del hotel Venecia, donde está el único inodoro que funciona en todo el pueblo (usarlo cuesta 500 pesos), cuenta que la mayoría de los pescadores creen que si a la Luna se le ve una 'línea' delgada a un costado es que se viene la lluvia. "Acá la gente cree más en la Luna que en el Ideam", remata entes de reírse. La tarde termina y las canoas hacen su últimos recorridos. Por las calles inundadas se ve a policías patrullando en una. Uno de los uniformados, de apellido Arroyo, confiesa que fue difícil aprender a manejar el nuevo transporte: "Para ir a cualquier lugar toca coger la canoa y aquí la mayoría de los policías somos de otra parte. Lo más difícil era llevarla derechita; al principio me iba para los lados y 'me reventaba' contra las puertas de los negocios". Las luces se encienden, pues la energía eléctrica no se ha suspendido, y en el balcón del hotel Venecia Artencia y su amigo Víctor pasan otra noche contando historias de brujas, de espantos que se aparecen si uno sale de un velorio antes de medianoche y de la extraña luz que persigue a los pescadores en la ciénaga. Según Víctor, pocos se animan a salir en la oscuridad. Los bebedores se quedan, a lo mucho, hasta las 9 ó 10 de la noche en el par de bares que tienen las mesas entre el agua, y en la calle "ya casi no se ven peladitas". "A mí me produce dolor todo esto de la inundación -admite Víctor-, pero uno tiene que ponerle sentido del humor. Mire: si usted va por la plaza ahora y se cae al agua todo el mundo se caga de la risa. Ni siquiera le dan la mano. Usted se tiene que parar y luego llegar a la casa y sobarse. Aquí es así; parece mentira, pero es así". Las crecientes en casi todos los ríos del país tienen en alerta roja a sus poblaciones ribereñas. El Cauca ha provocado inundaciones desde La Virginia (Risaralda), pasando por Venecia hasta La Mojana sucreña, en la parte baja. El Magdalena provoca inundaciones desde Honda hasta Puerto Wilches (Santander) y Cantagallo, en el sur de Bolívar. Hay alertas en otros ríos más pequeños como en el San Juan (Chocó); el Negro (Cundinamarca); Nare (Antioquia); Sogamoso y Carare (Santander), y Gualí y Guarinó (Tolima).