miércoles, agosto 20, 2014
martes, agosto 19, 2014
jueves, agosto 07, 2014
Así vi desde una ventana el mundo
Por detrás del
maizal,
los muros blancos de la casa próxima
y su techumbre de pizarra.
Los pastos, el pinar,
el ganado casi quieto
que inclina su cerviz
sobre la tierra con hambre
inconsolable.
En la higuera,
el fruto temprano que expande
su olor de almíbar.
La tarde prende la escasa yesca
que no echó a perder la lluvia.
Y a medida que se enfría
la luz final del cielo,
bulle en el aire
un cónclave de pájaros
que me silencian de alegría el alma.
Así vi desde una ventana el mundo.
miércoles, julio 23, 2014
Resumen
miércoles, julio 09, 2014
Blanco y negro mindoniense
A la tarde quisimos volvernos por un rato mindonienses, cunqueirianos. Elegimos una mesa en la terraza de un café que mira a la
catedral y dejamos simplemente que pasara el tiempo: allí es como las
golondrinas, ave de paso que va y viene sin que nada importante cambie mientras
tanto. Los muros permanecen impasibles, las ventanas cerradas, los cielos
velados y en la penumbra de la catedral nadie detiene la degollación de los
inocentes. A nuestro lado, un hombre lee El Progreso y bebe, a pequeños sorbos,
un café negro. Espera a una mujer que llega enseguida y le cuenta cosas
intrascendentes. Que se ha apuntado a un curso de pilates. Que a pesar del
esquivo verano, tiene ya la espalda morena. No parecen matrimonio. Se hablan
con una alegría de cortejo. Pero tampoco son jóvenes. Se van a la vez, pero cada uno por
su lado. La mesa que han dejado vacía, la ocupa pronto una cuadrilla de
obreros que vuelven del trabajo. Viene con ellos un perro, Rufo, al que le traen de
adentro unos churros fríos y tiesos. Los engulle satisfecho. Uno de los
recién llegados cuenta que ha estado de vacaciones en Cádiz. Que se ha traído del Sur el
recuerdo de unas playas permanentemente soleadas y el regusto de unas gambas
muy sabrosas. Que mercó también allí algo de yerba. Quedan para probarla durante el
fin de semana. Desde su estatua, el escritor aguza el oído, que de este
discurrir de historias se hacen los libros y de esos viajes las epopeyas de los
nuevos Ulises.
lunes, julio 07, 2014
Las campanillas de la puerta
Las campanillas de la puerta, una mezcla de metal ligero y madera
hueca, deberían anunciar a quienes traspasan el umbral de la casa. A la casa no
ha llegado nadie y las campanillas, sin embargo, suenan al compás de las
ráfagas de viento. Un nordeste tardío, casi crepuscular, que mantiene el sol a
salvo de las nubes. Todo el día, sin embargo, ha venido opaco. Apenas se
revelaban los volúmenes en el paisaje. Casi ni tonalidades le sacaba la luz a
los verdes.
Cerca de Os Teixois, el bosque era una mancha espesa, continua, como
una pincelada cargada por un torpe pintor al óleo. El ramaje se cernía incluso
sobre la carretera como el mordisco voraz de una naturaleza creciente. El molino
levantaba desde sus muelas un polvo que suspendido en la penumbra era como el
poso repentinamente revuelto de una estancia deshabitada. Sobre el banzado
flotaba una isla vegetal florecida en blanco: la cabellera adornada de
jazmín de una Ofelia de aldea. En la fragua se avivaron los rescoldos e
incandesció el hierro. Luciérnaga en las tenazas del herrero. Taxidermia bajo
la percusión del mazo. Ya en las playas de Barreiros, la brisa gris de la tarde
volvía desapacible el arenal. Más que los días inaugurales del verano, parecían
su despedida. En Rinlo había un silencio laborioso, recogido puertas adentro.
Un sigilo al que vino a golpear en los cristales el ala de un sol postrero
que afiló la torre de la iglesia y dio color a las hortensias. Sentados en la
terraza de una taberna bebimos un vino blanco frío. Media docena de niños
jugaban cerca sin demasiado alborozo. Las campanillas de la puerta ya no
suenan. Se ha apaciguado también el aire. El último sol se deja ir pizarra
abajo, por el tejado de esta casa que nos acoge. Después de cenar,
cubrirá de nuevo las playas de la ría una hora azul casi sin pulso que todo lo tiñe
—cielo, mar, arena— con un intenso color de calma.
sábado, julio 05, 2014
Marina
En el aire se condensa una intensidad de tormenta interrumpida sólo por un instante. El sol se asoma en esa
tregua a través de una mancha apenas de arcoiris. Alguien ha marcado este
arenal desde lo alto con tachuelas de colores. Como queriendo señalar el lugar
exacto donde el verano debería estar incidiendo a plomo sobre los bañistas; la
playa que, sin embargo, a esta hora final de la tarde parece el escenario
arrumbado —y paradójicamente hermoso— de unas vacaciones abreviadas por la
irrupción de un otoño repentino.
viernes, julio 04, 2014
Postal desde Remior
Cualquier pulso que sostengas con el horizonte en esta playa, todo
desafío de la mirada por abarcar y poseer, todo intento de fijar a los paseantes lejanos que caminan por la orilla como aves descarriadas que picoteasen el grano de un
sembrado vastísimo, cualquier carrera con la que intentases acercar el final de
la arena, todo esfuerzo, en fin, te dejaría exhausto, vencido, entregado a la
soledad de quien gobierna sus días, señor aquí entonces del tiempo y del silencio acompasado a las olas.
miércoles, junio 11, 2014
Los días inesperados
En medio de una semana de
rutina, se abren de pronto las ventanas de los días inesperados. A su través
alcanzamos regiones en calma, tomadas de silencio, casi deshabitadas. Lugares que
nos conceden durante unas horas el gozo de los descubrimientos, como el de esa
playa sobre la que podría levantarse un verano y que la marea nos ofrecía como
un planeta sin hollar. Sobre su arena palpitaba un aire de salitre; un
espejismo. Los días inesperados son como ese paisaje frágil de las ilusiones: nunca
sabemos si fueron del todo reales, pero quisiéramos asomarnos a ellos cada mañana.
viernes, junio 06, 2014
Desmemorias
Conversación de café. Se habla de los finalistas de un prestigioso premio literario. Se enumeran los libros que cada uno ha leído de los autores que suenan para el galardón. Se trata de un ejercicio de memoria que extrae de lo profundo, con esfuerzo, algunos títulos de los que ni tan siquiera se está seguro, algunos argumentos confusos, algunos personajes desvaídos. Recuerdos, al fin y a la postre, de lectores que acumulan sobre sus párpados cerrados el peso de la literatura y, por tanto, en sus ojos, la noche irremediable del olvido. Leer y volver a leer. Pasar tanta vida entre las páginas de los libros. Llegar a su final condenados al recuerdo frágil de cuanto se tuvo por emoción y se evanescerá mas rápido que tarde.
* * *
Los hombres tienen la cabeza dura. Muy dura. Absorben ideas perniciosas por los ojos y los oídos y las encofran como tesoros entre el rigor y la osamenta de sus cráneos. Dan por valioso demasiadas veces lo que es tan sólo bisutería y dedican siempre escaso lugar a lo que de verdad importa y sólo echan de menos cuando se saben postreramente mortales.
* * *
Se precipitó desde la mesa baja del salón a la alfombra. ¿Cincuenta centímetros, quizás? Una distancia raramente lesiva para el tropiezo de un hombre, que se levantaría de suelo, muy probablemente, con la memoria intacta. Sin embargo, ese pequeño artilugio que custodiaba las imágenes de cien viajes, las confesiones de un diario, el arranque y algo más de una novela, el andamiaje de muchos poemas, algunos libros de otros y una gavilla de películas recomendables, se quebró por dentro como echando de menos las alas que no tuvo para tanto peso invisible. Hay sanadores que prometen, como los elixires de la vida eterna, devolvernos los recuerdos que un día les prestamos a los discos duros. El que tiene al mío en sus manos ha torcido el gesto y bajado la cabeza como hacen muchos médicos cuando no tienen más remedio que dar fatales noticias.
martes, junio 03, 2014
NIhil semper est
Caminando esta mañana
a la altura de la Plaza de Italia,
vi cómo un golpe imprudente de brisa
arrancaba de cuajo unas hojas de magnolio.
Unas hojas que en ese mismo instante
dejaron de ser, a su pesar
y para siempre, hojas perennes.
jueves, mayo 29, 2014
miércoles, mayo 14, 2014
Magia
Desplegó entre las manos
un abanico de naipes.
No sonreía.
Nunca suele hacerlo en balde.
Mantenía tan sólo
un descuido de alegría
a un lado de la boca.
Elegí una carta
que él no pudo ver.
Barajó luego el mazo entero.
Lo posó en la mesa.
Junto a sus cuadernos,
al lado de su viejo diccionario de inglés.
Ábrelo, me dijo.
Allí estaba, para mi asombro,
la carta elegida.
Creo que se sintió bien.
Había engañado sin remordimientos
a su padre.
lunes, mayo 12, 2014
Un hermoso elogio a los libros, por Álvaro Valverde
Por la descripción del paraíso, y la ceguera de Tobías y por el viaje de Jonás alojado en el vientre de una ballena.
Por las aventuras de Ulises a través de un mar color de vino y por la explicación de sus hazañas hasta que pudo regresar a Ítaca.
Por las enseñanzas de Virgilio acerca del tiempo que nos huye, irremediable, y, cómo no, por las de Horacio, que nos animó a disfrutar del momento que pasa y a llevar una vida retirada y modesta.
Por los jardines y fuentes de los versos árabigos, porque evocan la pérdida del inmenso desierto.
Por la flor del cerezo y la luna y el río, y por los pabellones y por las batallas que cantan los poemas de los clásicos chinos.
Por el amor que ha abierto las murallas de todos los castillos de la historia y por los trovadores que inventaron el modo de asaltarlas.
Por las coplas escritas a la muerte del padre, y las noches oscuras y la senda escondida, y la hermosa locura que inventó Don Quijote.
Por el descenso a los infiernos donde habitan los monstruos y el ascenso a los cielos donde viven los ángeles.
Por la busca del tiempo que creímos perdido en la patria feliz de la infancia.
Por los cuentos de hadas y los cuentos de lobos, por su felicidad y por su miedo.
Por los cantos oscuros de las tribus remotas, tan acordes al ritmo con que suena la Tierra.
Por la tristeza y por el entusiasmo que se esconden detrás de las líneas escritas por cualquier ser humano.
Por los mares del mundo: los del norte y sus sagas, los del sur y sus islas; y los de la persecución de Moby Dick y los profundos del Nautilus.
Por los héroes de leyenda y los seres reales porque son las dos caras de la misma existencia.
Por las volteretas de todas las vanguardias y los sueños que inventan con sus saltos festivos.
Y por todos los libros, incontables, que admiten recordar lo olvidado y volver a lugares donde nunca estuvimos y vivir esas vidas que jamás viviremos. Porque el mundo es un libro que nos lee y que escribimos.
lunes, abril 28, 2014
Lirios
Tomé esta foto al amanecer
del domingo. Entrando por los ventanales una luz algo sucia en las primeras
horas. Los lirios posaron con la elegante apariencia de quienes, a pesar de
haber trasnochado, conservan una lozanía enjuta. Ni el humo del tabaco, ni las
luces largas de la sobremesa les hicieron mella. Enraizados en el agua como una
pequeña bonanza mediterránea, uno espera que aún den fe durante algunos días de
esta primavera esquiva.
jueves, abril 24, 2014
Cinco lecturas recomendables
No se tiene a menudo el buen ojo o la fortuna de
acertar con cinco lecturas, una detrás de otra, de tanta calidad como las
últimas a las que uno les ha hincado el diente. Ayer las relacionaba en mi facebook
con ocasión del día del libro, y apuntaba para cada una pincelada orientativa
sobre por qué me han resultado tan placenteras.
Se trata de Niños en el tiempo, donde Ricardo Menéndez Salmón vuelve a brillar con la precisión de su prosa más pulida. Una novela de la que ya se ha dicho casi todo, y de la que, particularmente, me sobrecogió su primera parte “La herida”, para la que, a mi juicio, se escriben las siguientes (“Cicatriz” y “Piel”), en una suerte de conjuro que revela el poder consolador de la escritura.
En Canadá, Richard Ford relata el tránsito hacia la madurez, que adopta en las páginas de su narración una apariencia fronteriza: el paso hacia otro país, hacia un paisaje inhóspito donde abruma la desolación de un adolescente desprotegido de casi todo afecto.
Se trata de Niños en el tiempo, donde Ricardo Menéndez Salmón vuelve a brillar con la precisión de su prosa más pulida. Una novela de la que ya se ha dicho casi todo, y de la que, particularmente, me sobrecogió su primera parte “La herida”, para la que, a mi juicio, se escriben las siguientes (“Cicatriz” y “Piel”), en una suerte de conjuro que revela el poder consolador de la escritura.
En Canadá, Richard Ford relata el tránsito hacia la madurez, que adopta en las páginas de su narración una apariencia fronteriza: el paso hacia otro país, hacia un paisaje inhóspito donde abruma la desolación de un adolescente desprotegido de casi todo afecto.
Dos
olas, el
título de la segunda novela de Daniel Pelegrín es la pequeña medida con que se
nombra una pleamar de oficio e inspiración,
una urdimbre de registros lingüísticos diferentes, de tiempos distantes, en la
que no rechina nunca su engranaje gracias a un estilo cuidado, que no está
lejos de una máxima expresada en sus páginas: “en la medida y oportunidad se halla
toda sabiduría”.
La
hondonada es la
más reciente novela de Jhumpa Lahiri y aun no siendo la mejor Lahiri, es
Lahiri y eso es, para sus lectores —y uno se cuenta entre los más fieles— no es poca cosa. Se lee, como todo lo suyo, con facilidad pasmosa pese a la distancia
cultural y geográfica de la que hablan sus narraciones (la India y los
bengalíes emigrados a Estados Unidos han protagonizado hasta ahora sus relatos
y novelas). La presente arranca de la situación sociopolítica de la India
poscolonial, del movimiento naxalita y de cómo esa insurrección separa
a los hermanos Subhash y Udayan, cómo condiciona la biografía de la saga
familiar de la que forman parte y a la que se le da continuidad ya en Rodhe
Island, en el desarraigo de la Calcuta natal.
El diario Trasatlántico, de Miguel Rodríguez Muñoz, está escrito con la misma cadencia, sencillez y pericia con que transcurre la navegación ambientada en sus páginas, un crucero sin más pretensión de aventura que la observación de un pasaje tan anodino, y por ello tan subyugante, como pudiera serlo el tráfico de gentes bajo una ventana de ciudad, una riada de rostros grises en los que, muy de vez en cuando, se distingue el espejismo de una bailarina ucraniana.
El diario Trasatlántico, de Miguel Rodríguez Muñoz, está escrito con la misma cadencia, sencillez y pericia con que transcurre la navegación ambientada en sus páginas, un crucero sin más pretensión de aventura que la observación de un pasaje tan anodino, y por ello tan subyugante, como pudiera serlo el tráfico de gentes bajo una ventana de ciudad, una riada de rostros grises en los que, muy de vez en cuando, se distingue el espejismo de una bailarina ucraniana.
lunes, abril 21, 2014
Una suerte de edén
El edén es una palabra que tiene aguja como
algunos vinos. Su sola pronunciación nos sube a la cabeza una nube de alegría.
El edén en compañía nos procura, además, una embriaguez de taberna o de alcoba,
de risas compartidas o de amores sudorosos. El edén siempre nos fija a la
tierra. A la carne deseada, al compadreo cómplice, al jardín colmado. El edén
secreto al que llegamos días atrás después de que tuviéramos la dicha de la
llave ofrecida nos pareció un espejismo de día festivo. Eso creímos, al menos,
durante las horas gozosas que duró. Pero algunas fotografías memoriosas dan fe de
que fue real. Qué suerte la nuestra.
Santesteba
lunes, abril 14, 2014
Sillón mirador
Este sillón se ha ido volviendo con los años tan
cómodo como desvencijado. Tiene la forma exacta de la espalda y unos ojos igual
de largos que las linternas costeras de un faro. Creo, además, que el alma se le parece, trenzada con sus mismos mimbres y apoyada, como él, en el árbol de la
vida, comparten una vocación recóndita, la de las sombras apostadas en lo más alto de las forestas, invisibles a los ojos de un mundo que, sin embargo, abarcan en paisaje suficiente como para saber a tiempo del curso de las estaciones y como para apurar todos y cada uno de los días igual que viajeros perezosos en la proa de un trasatlántico.
miércoles, abril 09, 2014
El viajero de Úrculo
Posó la mirada en la arena
como un viajero de Úrculo
que abominara ya de cualquier prisa
y de toda nostalgia.
Como un hombre en paz con los años
que ya sólo aspirase
a acompasar sus pasos
con el pulso dócil de las bonanzas.
JCD
jueves, abril 03, 2014
Perlora
Una
ciudad de vacaciones en ruinas. Sus casas, apuntaladas. Sus calles, tomadas por
la maleza. El camino que desciende a sus playas, de nuevo agreste. Y la primavera
otorgándole a todo un aire de esperanza que la razón da por escasamente cierto.
Justo en este prado donde crecen las caléndulas de la fotografía, corrimos de niños
bajo la confiada mirada de nuestros padres. Llegábamos aquí en el ferrocarril de vía
estrecha. Volando por encima de los
acantilados. El día era un sol y un océano. La mala hierba que hoy lo toma
todo, nunca alcanzará aquella memoria, pero su nostalgia apaga el color de esta
desolación presente.
martes, abril 01, 2014
viernes, marzo 28, 2014
Dos olas
En aquella bitácora a través de la que conocí a Daniel Pelegrín, En Lisboa, se escribía lo que sigue un 4
de abril de 2007:
"Hay una Lisboa africana, una ciudad negra, mulata, mestiza. Los africanos
de Lisboa y de Portugal provienen en su mayoría de las ex colonias portuguesas:
de Cabo Verde, Angola, Guinea Bissau, Mozambique y São Tomé y Príncipe. En los
años sesenta, mientras el régimen salazarista enviaba a muchos jóvenes
portugueses a defender el imperio lusitano en la guerra de Angola y la pobreza
obligaba a otros a emigrar a la Europa rica, la mano de obra en la construcción
y en otros empleos difíciles y mal pagados fue ocupada por caboverdianos.
Muchos de ellos se quedaron, huyendo de la sequía endémica de las islas de Cabo
Verde, y más tarde, tras la independencia que siguió a la Revolución del 25 de
abril de 1974, llegaron otros africanos, entre ellos los angoleños que huían de
la guerra civil. Por lo tanto ya se puede hablar aquí de población negra (o
mulata, o mestiza) de segunda y puede que de tercera generación: son los
portugueses negros. A ellos se siguen sumando inmigrantes más recientes, que
enriquecen la diversidad de esta “ciudad blanca” (Alain Tanner se refería a la
luz, claro), como puede verse en su misma plaza central: Rossio, lugar de reunión
de muchos africanos. Un ejemplo de esta Lisboa africana es la zona de la Rua de
São Bento, célebre por ser la calle de la Assembleia da República (el
parlamento) y de los anticuarios, pero también conocida —a la altura en que se
sitúa la casa en donde escribo esto— como uno de los tres lados del viejo
“triângulo crioulo”, que entre los años sesenta y noventa fue un barrio de
mayoría caboverdiana, con restaurantes de katchupa (el plato
más célebre de la cocina caboverdiana) y bares africanos. Algo queda de
aquello, aunque la mayor parte de la población inmigrante se mudó a las
ciudades dormitorio como Amadora, Cacém, Odivelas o Almada. Sin embargo, al
margen de esta diversidad evidente hoy en día, la presencia africana en Lisboa
y en Portugal no se limita a la segunda mitad del siglo pasado y al presente.
En Portugal hubo una importante población esclava y liberta de origen africano
entre finales del siglo XV y mediados del XIX, que en algunos momentos alcanzó
hasta una décima parte de la población total. De hecho, entre mediados del
siglo XVI y finales del XVIII, parte de este barrio y el vecino de Madragoa
formaban la mayor concentración de población africana de Europa: el entonces
conocido como barrio de Mocambo. Las huellas de esta presencia africana en la
metrópoli pueden rastrearse hoy en muchas representaciones iconográficas, desde
cuadros a azulejos, pero también en tradiciones y músicas. Hay incluso estudios
que afirman que el fado tiene su origen en el lundum, una música
para danza que se originó en Brasil, mezcla de ritmos bantúes y portugueses.
Sin embargo, esta primera presencia africana, que duró cerca de cuatro siglos,
se fue diluyendo tras el fin de la esclavitud, mezclándose con la población
blanca. Lisboa es hoy, por tanto, una ciudad mestiza y diversa, pero no hay que
olvidar que ya lo fue en el pasado. Muchos portugueses, incluso de origen
africano, ignoran todavía ese legado."
Y no haría lo transcrito una mala introducción de la novela recientemente
publicada por Daniel Pelegrín, Dos olas. En ella, sus
protagonistas, Inés do Carmo y Adélia, son parte de esa Portugal mestiza, de
esa Lisboa negra. Las separan tres siglos de historia. Las unen, por un lado,
el estudio, por Adélia, de los procesos inquisitoriales del XVIII, de los que
fue víctima Inés do Carmo, y, por otro, la marginalidad de los mundos en los
que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue viviendo gran parte de la población
negra. Inés do Carmo cuenta a través de un relato que por si mismo constituiría
una pequeña novela picaresca —magistralmente ambientada y con un registro
lingüístico fielmente adaptado al de la época en que transcurre—, el aprendizaje en hechizos y artes curanderas
con el que trata de ganarse la vida una vez liberta. Lo que de Adélia sabemos,
en cambio, no se nos cuenta a través de una narración cronológica y
factualmente ordenada, sino más bien por la revelación de lo que de un modo
atropellado, con angustia y saltos temporales, fluye por la mente de una universitaria de poco más
de veinte años, a lo largo de un fin de semana en el que, después de someterse
a un aborto clandestino, intenta, con fuerzas menguadas y escaso ánimo, de poner
en orden su vida mientras trata de encontrar el consuelo de su amigo Tiago.
A través de aquella primera bitácora de Pelegrín, que cité al comienzo, uno
descubrió la obra pictórica de Paula Rego, que años más tarde pude ver de cerca
y con admiración en la Fundación Serralves con ocasión de un viaje a Oporto.
Las figuraciones de Rego se distorsionan a menudo en arrebato o sufrimiento, y están
a medio camino entre la denuncia social y la representación de las pesadillas.
En aquella entrada sobre la Rego que Pelegrín colgó en su blog, se refería,
entre otras, a una serie de pinturas sin título sobre el aborto, fechadas en
los años noventa. Hay un momento en la novela en que el autor mezcla con
acierto esos lienzos que a buen seguro están grabados a fuego en su memoria con
el propio argumento del relato, ese aborto que estigmatiza a Adélia:
Supongo, también, que en la manera de plasmar el desasosiego de Adélia no
poco ha tenido que ver la querencia de Pelegrín por Lobo Antunes, y en la
limpieza y precisión de las confesiones de Inés do Carmo el conocimiento y
lectura de nuestra tradición clásica. Su imbricación, la urdimbre de registros
tan diferentes sin que el engranaje rechine, es una labor de estilo cuidado, de
suma precisión, que no está lejos de esa máxima que se expresa en la página 150
de Dos
olas a propósito de otras razones, pero que tan bien le cuadra a la
bien armada hechura de la novela: “En la medida y oportunidad se halla toda
sabiduría”.
lunes, marzo 24, 2014
Djukan Lahimovic
Escribir en verso, como
arar —etimología obliga—, nos otorga una tranquilizadora sensación de propiedad sobre nuestra vida
—sobre nuestra tierra—, que de esa manera alcanzamos a ordenar a través de un
esfuerzo continuado, visible, pautado. El resultado final exige tiempos, el que
pasa y el que se manifiesta como capricho de estaciones. En la apariencia
inicial se muestra solo el rastro de un esfuerzo, un reguero prolongado de
palabras con voluntad de echar raíces y levantarse a la luz de las miradas. En
el principio, por tanto, fue —es— la semilla escueta sobre la que asienta el
mundo que nos habita, las obsesiones que nos desvelan.
De qué se habla en este poema de Djukan Lahimovic. Qué
pretenden sus versos. ¿No serán acaso el grano luminoso que se arroja al surco
del arado, el aliento de una vida que saldrá finalmente renacida al calor de
los ojos del lector y por encima del nivel oscuro de la tierra? Cuando escribió
el poema, Djukan Lahimovic empezaba a ser un viejo. Quizás también a recelar de
un ingobernable y triste deseo.
EL DESEO EN LOS CUERPOS DE LOS VIEJOS
Los cuerpos responden por costumbre
a su electricidad estática.
Se imantan con celo de limadura.
Quedan exhaustos en la oscuridad.
Sin palabras en el esfuerzo.
Son, por un instante de agonía,
vasijas vacías y frágiles
que el mismo rencor de un ave
podría quebrar con solo volar muy cerca.
El deseo en los cuerpos de los viejos
no sonríe ni galopa,
es tan sólo la terca desobediencia
de un ya inútil animal doméstico.
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