miércoles, agosto 20, 2014

Los pequeños dioses

The Mohías' Church


Los pequeños dioses cuchichean como porteras.
Pesan las almas de sus semejantes con mezquindad de tendero avaro.
Roen su risa como musarañas.
Los pequeños dioses tienen su olimpo en las madrigueras.
Viven, al menos, de dos en dos, recordándose mutuamente que son deidades.
Pero si alguna vez se quedan solos y sin alabanzas,
caen de repente en la cuenta
de que en realidad no son dioses,
pero sí tan pequeños como infames.
El rencor entonces los pudre hasta la consunción
y se mueren con dolor como todos los humanos.
Tened, por tanto, presentes siempre estas palabras
si alguna vez os llaman “pequeños dioses” al oído.

Melanie Tsonga

jueves, agosto 07, 2014

Así vi desde una ventana el mundo


            Por detrás del maizal,
            los muros blancos de la casa próxima
            y su techumbre de pizarra.
            Los pastos, el pinar,
            el ganado casi quieto
            que inclina su cerviz
            sobre la tierra con hambre inconsolable.
            En la higuera,
            el fruto temprano que expande
            su olor de almíbar.
            La tarde prende la escasa yesca
            que no echó a perder la lluvia.
            Y a medida que se enfría
            la luz final del cielo,
            bulle en el aire
            un cónclave de pájaros
            que me silencian de alegría el alma.
            Así vi desde una ventana el mundo.

miércoles, julio 23, 2014

Resumen


La villa siempre resplandece. Devuelven sus muros blancos el sol en los días claros y su pizarra pulida la escasa luz cuando caen las lluvias. Le brilla el mercado los miércoles como un organismo abierto. El caserío sestea en la ruina de los blasones, en las cristaleras opacas que han quedado deshabitadas en las calles angostas que bajan al puerto. Junto al parque hay un desproporcionado palacio indiano del que sólo se ha salvado al cabo del tiempo su cúpula de cinabrio. Espejo es también de luz en los días apacibles y lomo abisal de escamas en los inviernos. Frente a la terraza donde nos sentamos a tomar una cerveza, unos cuantos críos juegan al fútbol con equipaciones vistosas. Su brega se detiene cuando una madre reclama a alguno de los contendientes, cuando la sed los lleva hasta la fuente o cuando el capricho de una golosina los conduce al quiosco cercano. Esa debería ser la verdadera relevancia de cualquier juego.

Ya en el final del día, puede uno confirmar que el sol esquivó el nuberío con buena cintura. Nos acercamos al atardecer a la playa. Arenal inabarcable. Fino. Salpicado de conchas, arenisca y pizarra. Por un momento se han cruzado mar adentro un velero airoso que partía y rasgaba el aire como un filo certero e indoloro y un pesquero achaparrado que volvía a puerto después de la faena. Nosotros estamos también a esta hora en algo así como un muelle. Recogidos por un dique de jardines cuidados en los que se levanta sobre su patas, flamenco de piedra, el cabazo de la casa. Huele a estiércol por momentos y ese aroma de establo que se queda como el humo en el aire ofrece una confortable sensación de seguridad, como si sólo viviéramos un espejismo de lejanía y en realidad nunca hubiésemos abandonado del todo  la infancia.


miércoles, julio 09, 2014

Blanco y negro mindoniense



A la tarde quisimos volvernos por un rato mindonienses, cunqueirianos. Elegimos una mesa en la terraza de un café que mira a la catedral y dejamos simplemente que pasara el tiempo: allí es como las golondrinas, ave de paso que va y viene sin que nada importante cambie mientras tanto. Los muros permanecen impasibles, las ventanas cerradas, los cielos velados y en la penumbra de la catedral nadie detiene la degollación de los inocentes. A nuestro lado, un hombre lee El Progreso y bebe, a pequeños sorbos, un café negro. Espera a una mujer que llega enseguida y le cuenta cosas intrascendentes. Que se ha apuntado a un curso de pilates. Que a pesar del esquivo verano, tiene ya la espalda morena. No parecen matrimonio. Se hablan con una alegría de cortejo. Pero tampoco son jóvenes. Se van a la vez, pero cada uno por su lado. La mesa que han dejado vacía, la ocupa pronto una cuadrilla de obreros que vuelven del trabajo. Viene con ellos un perro, Rufo, al que le traen de adentro unos churros fríos y tiesos. Los engulle satisfecho. Uno de los recién llegados cuenta que ha estado de vacaciones en Cádiz. Que se ha traído del Sur el recuerdo de unas playas permanentemente soleadas y el regusto de unas gambas muy sabrosas. Que mercó también allí algo de yerba. Quedan para probarla durante el fin de semana. Desde su estatua, el escritor aguza el oído, que de este discurrir de historias se hacen los libros y de esos viajes las epopeyas de los nuevos Ulises.


lunes, julio 07, 2014

Las campanillas de la puerta

Las campanillas de la puerta, una mezcla de metal ligero y madera hueca, deberían anunciar a quienes traspasan el umbral de la casa. A la casa no ha llegado nadie y las campanillas, sin embargo, suenan al compás de las ráfagas de viento. Un nordeste tardío, casi crepuscular, que mantiene el sol a salvo de las nubes. Todo el día, sin embargo, ha venido opaco. Apenas se revelaban los volúmenes en el paisaje. Casi ni tonalidades le sacaba la luz a los verdes.




Cerca de Os Teixois, el bosque era una mancha espesa, continua, como una pincelada cargada por un torpe pintor al óleo. El ramaje se cernía incluso sobre la carretera como el mordisco voraz de una naturaleza creciente. El molino levantaba desde sus muelas un polvo que suspendido en la penumbra era como el poso repentinamente revuelto de una estancia deshabitada. Sobre el banzado flotaba una isla vegetal florecida en blanco: la cabellera adornada de jazmín de una Ofelia de aldea. En la fragua se avivaron los rescoldos e incandesció el hierro. Luciérnaga en las tenazas del herrero. Taxidermia bajo la percusión del mazo. Ya en las playas de Barreiros, la brisa gris de la tarde volvía desapacible el arenal. Más que los días inaugurales del verano, parecían su despedida. En Rinlo había un silencio laborioso, recogido puertas adentro. Un sigilo al que vino a golpear en los cristales el ala de un sol postrero que afiló la torre de la iglesia y dio color a las hortensias. Sentados en la terraza de una taberna bebimos un vino blanco frío. Media docena de niños jugaban cerca sin demasiado alborozo. Las campanillas de la puerta ya no suenan. Se ha apaciguado también el aire. El último sol se deja ir pizarra abajo, por el tejado de esta casa que nos acoge. Después de cenar, cubrirá de nuevo las playas de la ría una hora azul casi sin pulso que todo lo tiñe —cielo, mar, arena— con un intenso color de calma.

sábado, julio 05, 2014

Marina


En el aire se condensa una intensidad de tormenta interrumpida sólo  por un instante. El sol se asoma en esa tregua a través de una mancha apenas de arcoiris. Alguien ha marcado este arenal desde lo alto con tachuelas de colores. Como queriendo señalar el lugar exacto donde el verano debería estar incidiendo a plomo sobre los bañistas; la playa que, sin embargo, a esta hora final de la tarde parece el escenario arrumbado —y paradójicamente hermoso— de unas vacaciones abreviadas por la irrupción de un otoño repentino. 

viernes, julio 04, 2014

Postal desde Remior


Cualquier pulso que sostengas con el horizonte en esta playa, todo desafío de la mirada por abarcar y poseer, todo intento de fijar a los paseantes lejanos que caminan por la orilla como aves descarriadas que picoteasen el grano de un sembrado vastísimo, cualquier carrera con la que intentases acercar el final de la arena, todo esfuerzo, en fin, te dejaría exhausto, vencido, entregado a la soledad de quien gobierna sus días, señor aquí entonces del tiempo y del silencio acompasado a las olas.

miércoles, junio 11, 2014

Los días inesperados


En medio de una semana de rutina, se abren de pronto las ventanas de los días inesperados. A su través alcanzamos regiones en calma, tomadas de silencio, casi deshabitadas. Lugares que nos conceden durante unas horas el gozo de los descubrimientos, como el de esa playa sobre la que podría levantarse un verano y que la marea nos ofrecía como un planeta sin hollar. Sobre su arena palpitaba un aire de salitre; un espejismo. Los días inesperados son como ese paisaje frágil de las ilusiones: nunca sabemos si fueron del todo reales, pero quisiéramos asomarnos a ellos cada mañana.

viernes, junio 06, 2014

Desmemorias

Conversación de café. Se habla de los finalistas de un prestigioso premio literario. Se enumeran los libros que cada uno ha leído de los autores que suenan para el galardón. Se trata de un ejercicio de memoria que extrae de lo profundo, con esfuerzo, algunos títulos de los que ni tan siquiera se está seguro, algunos argumentos confusos, algunos personajes desvaídos. Recuerdos, al fin y a la postre, de lectores que acumulan sobre sus párpados cerrados el peso de la literatura y, por tanto, en sus ojos, la noche irremediable del olvido. Leer y volver a leer. Pasar tanta vida entre las páginas de los libros. Llegar a su final condenados al recuerdo frágil de cuanto se tuvo por emoción y se evanescerá mas rápido que tarde.

*

Los hombres tienen la cabeza dura. Muy dura. Absorben ideas perniciosas por los ojos y los oídos y las encofran como tesoros entre el rigor y la osamenta de sus cráneos. Dan por valioso demasiadas veces lo que es tan sólo bisutería y dedican siempre escaso lugar a lo que de verdad importa y sólo echan de menos cuando se saben postreramente mortales.

*

Se precipitó desde la mesa baja del salón a la alfombra. ¿Cincuenta centímetros, quizás? Una distancia raramente lesiva para el tropiezo de un hombre, que se levantaría de suelo, muy probablemente, con la memoria intacta. Sin embargo, ese pequeño artilugio que custodiaba las imágenes de cien viajes, las confesiones de un diario, el arranque y algo más de una novela, el andamiaje de muchos poemas, algunos libros de otros y una gavilla de películas recomendables, se quebró por dentro como echando de menos las alas que no tuvo para tanto peso invisible. Hay sanadores que prometen, como los elixires de la vida eterna, devolvernos los recuerdos que un día les prestamos a los discos duros. El que tiene al mío en sus manos ha torcido el gesto y bajado la cabeza como hacen muchos médicos cuando no tienen más remedio que dar fatales noticias.

martes, junio 03, 2014

NIhil semper est

Caminando esta mañana
a la altura de la Plaza de Italia,
vi cómo un golpe imprudente de brisa
arrancaba de cuajo unas hojas de magnolio.
Unas hojas que en ese mismo instante
dejaron de ser, a su pesar
y para siempre, hojas perennes.

miércoles, mayo 14, 2014

Magia

Desplegó entre las manos
un abanico de naipes.
No sonreía.
Nunca suele hacerlo en balde.
Mantenía tan sólo
un descuido de alegría
a un lado de la boca.
Elegí una carta
que él no pudo ver.
Barajó luego el mazo entero.
Lo posó en la mesa.
Junto a sus cuadernos,
al lado de su viejo diccionario de inglés.
Ábrelo, me dijo.
Allí estaba, para mi asombro,
la carta elegida.
Creo que se sintió bien.
Había engañado sin remordimientos
a su padre.

JCD

lunes, mayo 12, 2014

Un hermoso elogio a los libros, por Álvaro Valverde



Elogio de los libros, de Álvaro Valverde


Por la descripción del paraíso, y la ceguera de Tobías y por el viaje de Jonás alojado en el vientre de una ballena.

Por las aventuras de Ulises a través de un mar color de vino y por la explicación de sus hazañas hasta que pudo regresar a Ítaca.

Por las enseñanzas de Virgilio acerca del tiempo que nos huye, irremediable, y, cómo no, por las de Horacio, que nos animó a disfrutar del momento que pasa y a llevar una vida retirada y modesta.
Por los jardines y fuentes de los versos árabigos, porque evocan la pérdida del inmenso desierto.

Por la flor del cerezo y la luna y el río, y por los pabellones y por las batallas que cantan los poemas de los clásicos chinos.

Por el amor que ha abierto las murallas de todos los castillos de la historia y por los trovadores que inventaron el modo de asaltarlas.

Por las coplas escritas a la muerte del padre, y las noches oscuras y la senda escondida, y la hermosa locura que inventó Don Quijote.

Por el descenso a los infiernos donde habitan los monstruos y el ascenso a los cielos donde viven los ángeles.

Por la busca del tiempo que creímos perdido en la patria feliz de la infancia.

Por los cuentos de hadas y los cuentos de lobos, por su felicidad y por su miedo.

Por los cantos oscuros de las tribus remotas, tan acordes al ritmo con que suena la Tierra.

Por la tristeza y por el entusiasmo que se esconden detrás de las líneas escritas por cualquier ser humano.

Por los mares del mundo: los del norte y sus sagas, los del sur y sus islas; y los de la persecución de Moby Dick y los profundos del Nautilus.

Por los héroes de leyenda y los seres reales porque son las dos caras de la misma existencia.

Por las volteretas de todas las vanguardias y los sueños que inventan con sus saltos festivos.

Y por todos los libros, incontables, que admiten recordar lo olvidado y volver a lugares donde nunca estuvimos y vivir esas vidas que jamás viviremos. Porque el mundo es un libro que nos lee y que escribimos.

lunes, abril 28, 2014

Lirios


Tomé esta foto al amanecer del domingo. Entrando por los ventanales una luz algo sucia en las primeras horas. Los lirios posaron con la elegante apariencia de quienes, a pesar de haber trasnochado, conservan una lozanía enjuta. Ni el humo del tabaco, ni las luces largas de la sobremesa les hicieron mella. Enraizados en el agua como una pequeña bonanza mediterránea, uno espera que aún den fe durante algunos días de esta primavera esquiva.

jueves, abril 24, 2014

Cinco lecturas recomendables

No se tiene a menudo el buen ojo o la fortuna de acertar con cinco lecturas, una detrás de otra, de tanta calidad como las últimas a las que uno les ha hincado el diente. Ayer las relacionaba en mi facebook con ocasión del día del libro, y apuntaba para cada una pincelada orientativa sobre por qué me han resultado tan placenteras.

Se trata de Niños en el tiempo, donde Ricardo Menéndez Salmón vuelve a brillar con la precisión de su prosa más pulida. Una novela de la que ya se ha dicho casi todo, y de la que, particularmente, me sobrecogió su primera parte “La herida”, para la que, a mi juicio, se escriben las siguientes (“Cicatriz” y “Piel”), en una suerte de conjuro que revela el poder consolador de la escritura.
En Canadá, Richard Ford relata el tránsito hacia la madurez, que adopta en las páginas de su narración una apariencia fronteriza: el paso hacia otro país, hacia un paisaje inhóspito donde abruma la desolación de un adolescente desprotegido de casi todo afecto.
Dos olas, el título de la segunda novela de Daniel Pelegrín es la pequeña medida con que se nombra una pleamar de oficio e inspiración, una urdimbre de registros lingüísticos diferentes, de tiempos distantes, en la que no rechina nunca su engranaje gracias a un estilo cuidado, que no está lejos de una máxima expresada en sus páginas: “en la medida y oportunidad se halla toda sabiduría”.
La hondonada es la más reciente novela de Jhumpa Lahiri y aun no siendo la mejor Lahiri, es Lahiri y eso es, para sus lectores —y uno se cuenta entre los más fieles— no es poca cosa. Se lee, como todo lo suyo, con facilidad pasmosa pese a la distancia cultural y geográfica de la que hablan sus narraciones (la India y los bengalíes emigrados a Estados Unidos han protagonizado hasta ahora sus relatos y novelas). La presente arranca de la situación sociopolítica de la India poscolonial, del movimiento naxalita y de cómo esa insurrección separa a los hermanos Subhash y Udayan, cómo condiciona la biografía de la saga familiar de la que forman parte y a la que se le da continuidad ya en Rodhe Island, en el desarraigo de la Calcuta natal. 
El diario Trasatlántico, de Miguel Rodríguez Muñoz, está escrito con la misma cadencia, sencillez y pericia con que transcurre la navegación ambientada en sus páginas, un crucero sin más pretensión de aventura que la observación de un pasaje tan anodino, y por ello tan subyugante, como pudiera serlo el tráfico de gentes bajo una ventana de ciudad, una riada de rostros grises en los que, muy de vez en cuando, se distingue el espejismo de una bailarina ucraniana.


lunes, abril 21, 2014

Una suerte de edén


El edén es una palabra que tiene aguja como algunos vinos. Su sola pronunciación nos sube a la cabeza una nube de alegría. El edén en compañía nos procura, además, una embriaguez de taberna o de alcoba, de risas compartidas o de amores sudorosos. El edén siempre nos fija a la tierra. A la carne deseada, al compadreo cómplice, al jardín colmado. El edén secreto al que llegamos días atrás después de que tuviéramos la dicha de la llave ofrecida nos pareció un espejismo de día festivo. Eso creímos, al menos, durante las horas gozosas que duró. Pero algunas fotografías memoriosas dan fe de que fue real. Qué suerte la nuestra.

Santesteba


Antes de que las puertas de esta aldea se cerraran para siempre, de que la mala hierba prendiera de escaleras, muros y recuerdos, en los riscos próximos que se asoman al río como las ventanas de Dios al mundo ínfimo de los hombres, una turba comedida de buitres volaba los quebrados, el bosque y hasta las nubes bajas de los días tristes. Cuando se trazó la carretera, cuando finalmente se hizo real con asfalto, arcenes, carriles delimitados por pintura fluorescente y señales de curvas peligrosas, las rapaces volaron lejos y la gente del pueblo subió con sus maletas a los autobuses que, como el río, llevaban, cauce abajo, hasta el oleaje ruidoso de la ciudad. La envergadura negra de los buitres se fue convirtiendo entonces ya sólo en una sombra esparcida a ras de suelo, entre las calles abandonadas de Santesteba, como una simiente de olvido.

lunes, abril 14, 2014

Sillón mirador

Este sillón se ha ido volviendo con los años tan cómodo como desvencijado. Tiene la forma exacta de la espalda y unos ojos igual de largos que las linternas costeras de un faro. Creo, además, que el alma se le parece, trenzada con sus mismos mimbres y apoyada, como él, en el árbol de la vida, comparten una vocación recóndita, la de las sombras apostadas en lo más alto de las forestas, invisibles a los ojos de un mundo que, sin embargo, abarcan en paisaje suficiente como para saber a tiempo del curso de las estaciones y como para apurar todos y cada uno de los días igual que viajeros perezosos en la proa de un trasatlántico.

miércoles, abril 09, 2014

Amaneciendo en Lluces





El viajero de Úrculo


    Posó la mirada en la arena
    como un viajero de Úrculo
    que abominara ya de cualquier prisa
    y de toda nostalgia.
    Como un hombre en paz con los años
    que ya sólo aspirase
    a acompasar sus pasos
    con el pulso dócil de las bonanzas.

                                       JCD

jueves, abril 03, 2014

Perlora


Una ciudad de vacaciones en ruinas. Sus casas, apuntaladas. Sus calles, tomadas por la maleza. El camino que desciende a sus playas, de nuevo agreste. Y la primavera otorgándole a todo un aire de esperanza que la razón da por escasamente cierto. Justo en este prado donde crecen las caléndulas de la fotografía, corrimos de niños bajo la confiada mirada de nuestros padres.  Llegábamos aquí en el ferrocarril de vía estrecha.  Volando por encima de los acantilados. El día era un sol y un océano. La mala hierba que hoy lo toma todo, nunca alcanzará aquella memoria, pero su nostalgia apaga el color de esta desolación presente.

martes, abril 01, 2014

PrimaNera


Odo la primavera nei rami neri indolenziti...
                                                                                 Giuseppe Ungaretti

viernes, marzo 28, 2014

Dos olas

En aquella bitácora a través de la que conocí a Daniel Pelegrín, En Lisboa, se escribía lo que sigue un 4 de abril de 2007:

"Hay una Lisboa africana, una ciudad negra, mulata, mestiza. Los africanos de Lisboa y de Portugal provienen en su mayoría de las ex colonias portuguesas: de Cabo Verde, Angola, Guinea Bissau, Mozambique y São Tomé y Príncipe. En los años sesenta, mientras el régimen salazarista enviaba a muchos jóvenes portugueses a defender el imperio lusitano en la guerra de Angola y la pobreza obligaba a otros a emigrar a la Europa rica, la mano de obra en la construcción y en otros empleos difíciles y mal pagados fue ocupada por caboverdianos. Muchos de ellos se quedaron, huyendo de la sequía endémica de las islas de Cabo Verde, y más tarde, tras la independencia que siguió a la Revolución del 25 de abril de 1974, llegaron otros africanos, entre ellos los angoleños que huían de la guerra civil. Por lo tanto ya se puede hablar aquí de población negra (o mulata, o mestiza) de segunda y puede que de tercera generación: son los portugueses negros. A ellos se siguen sumando inmigrantes más recientes, que enriquecen la diversidad de esta “ciudad blanca” (Alain Tanner se refería a la luz, claro), como puede verse en su misma plaza central: Rossio, lugar de reunión de muchos africanos. Un ejemplo de esta Lisboa africana es la zona de la Rua de São Bento, célebre por ser la calle de la Assembleia da República (el parlamento) y de los anticuarios, pero también conocida —a la altura en que se sitúa la casa en donde escribo esto— como uno de los tres lados del viejo “triângulo crioulo”, que entre los años sesenta y noventa fue un barrio de mayoría caboverdiana, con restaurantes de katchupa (el plato más célebre de la cocina caboverdiana) y bares africanos. Algo queda de aquello, aunque la mayor parte de la población inmigrante se mudó a las ciudades dormitorio como Amadora, Cacém, Odivelas o Almada. Sin embargo, al margen de esta diversidad evidente hoy en día, la presencia africana en Lisboa y en Portugal no se limita a la segunda mitad del siglo pasado y al presente. En Portugal hubo una importante población esclava y liberta de origen africano entre finales del siglo XV y mediados del XIX, que en algunos momentos alcanzó hasta una décima parte de la población total. De hecho, entre mediados del siglo XVI y finales del XVIII, parte de este barrio y el vecino de Madragoa formaban la mayor concentración de población africana de Europa: el entonces conocido como barrio de Mocambo. Las huellas de esta presencia africana en la metrópoli pueden rastrearse hoy en muchas representaciones iconográficas, desde cuadros a azulejos, pero también en tradiciones y músicas. Hay incluso estudios que afirman que el fado tiene su origen en el lundum, una música para danza que se originó en Brasil, mezcla de ritmos bantúes y portugueses. Sin embargo, esta primera presencia africana, que duró cerca de cuatro siglos, se fue diluyendo tras el fin de la esclavitud, mezclándose con la población blanca. Lisboa es hoy, por tanto, una ciudad mestiza y diversa, pero no hay que olvidar que ya lo fue en el pasado. Muchos portugueses, incluso de origen africano, ignoran todavía ese legado."

Y no haría lo transcrito una mala introducción de la novela recientemente publicada por Daniel Pelegrín, Dos olas. En ella, sus protagonistas, Inés do Carmo y Adélia, son parte de esa Portugal mestiza, de esa Lisboa negra. Las separan tres siglos de historia. Las unen, por un lado, el estudio, por Adélia, de los procesos inquisitoriales del XVIII, de los que fue víctima Inés do Carmo, y, por otro, la marginalidad de los mundos en los que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue viviendo gran parte de la población negra. Inés do Carmo cuenta a través de un relato que por si mismo constituiría una pequeña novela picaresca —magistralmente ambientada y con un registro lingüístico fielmente adaptado al de la época en que transcurre—,  el aprendizaje en hechizos y artes curanderas con el que trata de ganarse la vida una vez liberta. Lo que de Adélia sabemos, en cambio, no se nos cuenta a través de una narración cronológica y factualmente ordenada, sino más bien por la revelación de lo que de un modo atropellado, con angustia y saltos temporales, fluye  por la mente de una universitaria de poco más de veinte años, a lo largo de un fin de semana en el que, después de someterse a un aborto clandestino, intenta, con fuerzas menguadas y escaso ánimo, de poner en orden su vida mientras trata de encontrar el consuelo de su amigo Tiago.

A través de aquella primera bitácora de Pelegrín, que cité al comienzo, uno descubrió la obra pictórica de Paula Rego, que años más tarde pude ver de cerca y con admiración en la Fundación Serralves con ocasión de un viaje a Oporto. Las figuraciones de Rego se distorsionan a menudo en arrebato o sufrimiento, y están a medio camino entre la denuncia social y la representación de las pesadillas. En aquella entrada sobre la Rego que Pelegrín colgó en su blog, se refería, entre otras, a una serie de pinturas sin título sobre el aborto, fechadas en los años noventa. Hay un momento en la novela en que el autor mezcla con acierto esos lienzos que a buen seguro están grabados a fuego en su memoria con el propio argumento del relato, ese aborto que estigmatiza a Adélia:

"He vuelto a observar a las mujeres perro, para constatar con sorpresa que una de ellas, que se lame el brazo con avidez, me recuerda a Carolina, una de mis compañeras en el piso de la Costa de Caparica; o será que ahora recuerdo a Carolina con la dureza de esos rasgos, a pesar de que la vi por última vez hace dos días: una eternidad. Y tras la cara de Carolina-perro, como si lo estuviera buscando (y acaso así ha sido, aunque no recordaba que también me habías hablado de esas pinturas): la serie sin título que retrata a mujeres tras un aborto clandestino. He tenido que cerrar el volumen, no porque no pudiera soportar las pinturas, sino por lo que esas posturas, esos gestos y esos escenarios me recuerdan, tan próximo y tan lejano ya. Allí estaba otra vez la habitación húmeda de esa casa de Almada, mi esfuerzo por mantener las piernas bien abiertas sobre las sábanas acartonadas como ella me había pedido, casi ordenado, y abajo en la penumbra del suelo junto a la cama esa jofaina lista para recibir el embrión y lo que pudiera salir de mis entrañas."


Supongo, también, que en la manera de plasmar el desasosiego de Adélia no poco ha tenido que ver la querencia de Pelegrín por Lobo Antunes, y en la limpieza y precisión de las confesiones de Inés do Carmo el conocimiento y lectura de nuestra tradición clásica. Su imbricación, la urdimbre de registros tan diferentes sin que el engranaje rechine, es una labor de estilo cuidado, de suma precisión, que no está lejos de esa máxima que se expresa en la página 150 de Dos olas a propósito de otras razones, pero que tan bien le cuadra a la bien armada hechura de la novela: “En la medida y oportunidad se halla toda sabiduría”.

Novela como queda dicho de mujeres, pero novela también de ciudad. Novela femenina y feminista. Novela pegada a la tierra. Repara en la esclavitud y la inquisición, advierte de las arriesgadas prácticas abortivas a que se someten quienes carecen de recursos, llama la atención sobre la aún deprimida vida que soportan las colectividades negras que todavía descienden de los antiguos esclavos o de las emigraciones del hambre. Se enmarca en una ciudad conocida y que se advierte, además, vivida y querida, cuyas calles, plazas, jardines y museos se integran en la narración armónicamente, como cauce natural de lo que se relata. Novela hermosa, dura y bien escrita a la que uno le desea la mejor de las suertes e infinitas lecturas.

lunes, marzo 24, 2014

Djukan Lahimovic

Escribir en verso, como arar etimología obliga, nos otorga una tranquilizadora sensación de propiedad sobre nuestra vida —sobre nuestra tierra—, que de esa manera alcanzamos a ordenar a través de un esfuerzo continuado, visible, pautado. El resultado final exige tiempos, el que pasa y el que se manifiesta como capricho de estaciones. En la apariencia inicial se muestra solo el rastro de un esfuerzo, un reguero prolongado de palabras con voluntad de echar raíces y levantarse a la luz de las miradas. En el principio, por tanto, fue —es— la semilla escueta sobre la que asienta el mundo que nos habita, las obsesiones que nos desvelan.
         De qué se habla en este poema de Djukan Lahimovic. Qué pretenden sus versos. ¿No serán acaso el grano luminoso que se arroja al surco del arado, el aliento de una vida que saldrá finalmente renacida al calor de los ojos del lector y por encima del nivel oscuro de la tierra? Cuando escribió el poema, Djukan Lahimovic empezaba a ser un viejo. Quizás también a recelar de un ingobernable y triste deseo.
        
         EL DESEO EN LOS CUERPOS DE LOS VIEJOS

Los cuerpos responden por costumbre
a su electricidad estática.
Se imantan con celo de limadura.
Quedan exhaustos en la oscuridad.
Sin palabras en el esfuerzo.
Son, por un instante de agonía,
vasijas vacías y frágiles
que el mismo rencor de un ave
podría quebrar con solo volar muy cerca.
El deseo en los cuerpos de los viejos
no sonríe ni galopa,
es tan sólo la terca desobediencia
de un ya inútil animal doméstico.