miércoles, mayo 27, 2009

Espiando juntos desde lo oscuro

Querido JC:

Ayer, por fin, fue casi un dia de verano en Serandinas. Hasta eché las contraventanas al mediodía. Se quedó en sombras el salón. Disfruté mucho de esa umbría confortable de quien sabe al sol golpeando las aldabas. Y me acordé de pronto de que esa era una costumbre suya cuando volvía en los veranos a la casa de su padre. Aquí, justo al lado. En el viejo consultorio de don Avelino. El hijo regresaba en las vacaciones después de todo un curso de internado. Pero se pasaba las tardes enteras a solas y a oscuras. Leyendo gruesos libros médicos. Absorto en nervios, músculos y huesos. Observando por dentro lo que afuera, en la distancia corta y sobre todo bajo la violenta luz estival le resultaba simplemente pavoroso. Buena gente esa familia. El padre se dedicó en cuerpo y alma toda su vida a la medicina de pueblo. Él se hizo abogado. Le horrorizaba la sangre de verdad. Desinteresado y desprendido. Nunca le fue bien en el despacho. Terminó matándolo el tabaco. Los cigarrillos con los que espantaba la soledad. Tenía siempre una tez blanca. Una mirada escurridiza. Prisa por volver a sus cosas. Y un pitillo entre los dedos. Ayer se hizo el sol y eché las contraventanas. Fue sólo un momento. Para que no me cegara la luz que refulgía sobre las páginas del libro con que andaba. Compartí con él, con su recuerdo, ese rato de cobijo. Espiamos juntos desde lo oscuro la sorpresa de un mundo que de tan iluminado parecía de repente inabarcable. Quizás no fuera otro su miedo.
X. Serandinas

lunes, mayo 25, 2009

Balnearia

Uno empieza a tenerle querencia a esa terapia de aguas que dicen viene de Roma. A ese dejarse golpear por chorros violentos que vivifican. A ese dejarse amansar en marmitas tibias. A esa dejarse exprimir por vapores hirvientes. El agua ha sido siempre una recurrida metáfora. Lluvia, oleaje y ríos; tristeza, avatares, vida. Le busco también a esta novedad balnearia su reflejo: ¿placenta?

jueves, mayo 21, 2009

Vidas (profesionales) ejemplares

La de Jaume Vallcorba. Editor (Quaderns Crema y Acantilado). Pasión por los libros. Y por las cosas bien hechas. Así lo explica en la entrevista de Martín Gómez para la revista colombiana El malpensante. Aquí. Y un adelanto: "Me parece que la labor editorial se puede entender de dos modos: por una parte, el de quien se dedica a publicar libros que el público ya sabe que quiere; y, por otra parte, el de quien le ofrece al lector aquellos libros que quizás aún no sabe que quiere –que es en el que a mí me gusta trabajar–."

miércoles, mayo 20, 2009

Poética narrativa

En la muy original novela Sólo un muerto más, de Ramiro Pinilla, el protagonista, Sancho Bordaberri (Samuel Esparta), novelista vocacional metido a investigador por afición al género negro, mantiene esta conversación con Luciano Aguirre, falangista y poeta:

"-Se trata de escribir lo que se ve y lo que se oye. Nada más...
-¡Pero eso está al alcance de una máquina de fotos y un registrador de voces!
-En cierto modo, el creador debe desaparecer. Narrar es centrarse en lo de fuera, y en este fuera hay otros, hay hombres y mujeres que deben pesar en la historia más que el propio narrador. Los poetas no saben hacerlo. No porque no puedan sino porque no está en su ser.
-Así que se trata de humildad.
-Y de algo de imaginación.
-¿Imaginación en el realismo?"

jueves, mayo 14, 2009

Las noches que aún queden por venir

Cuando llegue esa edad en que se aprende
que en LAS NOCHES QUE AÚN QUEDEN POR VENIR
no habremos de buscarnos ya en la luz
sino acaso tan sólo en la memoria,
nos convendría al menos el consuelo
de no albergar entonces más deseo
que el de sabernos juntos todavía
contra el silencio insomne de lo oscuro.

lunes, mayo 11, 2009

Talla de luz


En la casa del escultor. Su taller está en una vivienda rural poco cuidada, levantada sobre la pradería, con lagar donde hubo establo tiempo atrás, con cobertizo en el que trabaja el artista, teniendo a la vista la montaña y bien rodeado de limoneros y naranjos. De su perfume dulce. Andan las obras por paredes y suelos. Bellas en su dispersión caótica. En su inestabilidad de cosa inacabada. Maderas talladas o tallándose, sierras, botes de tinte, un altavoz grande y lleno de polvo conectado a una emisora musical. Habló despacio de la obra en marcha, de las exposiciones previstas, de cómo trabajaba sus esculturas, de cómo se deja moldear cada tipo de madera. Pero a uno se le iba cada poco el santo al cielo. Más que al cielo, al valle. Hermoso desde aquel altozano. Con una dispersión hipnótica de manzanos en flor, en medio del silencio y de esa tristeza húmeda que algunos días le ponen a los verdes. Una insuperable talla de luz en la estación reciente.

miércoles, mayo 06, 2009

Una vida

Celebrar la vida. Sobre todo cuando se nos escapa de modo irremediable. Escribir por alivio. Por aventar el miedo. Acariciar como cuentas de un rosario laico el detalle de las más preciadas dichas. Apuntalando el ánimo. En eso, quizás, consiste la hermosa necrológica que escribió ayer Rosa Montero.

lunes, mayo 04, 2009

Uno de mayo


Nos acercamos a León. Salimos con el día más bien triste. Todo mejora ya a las puertas de la ciudad. Aparcamos cerca de Guzmán el Bueno. Mañana fría y cielo despejado. Ordoño. Ancha. Catedral. Subimos a las vidrieras. Se permite el acceso a las plataformas dispuestas en lo alto para su restauración. Nos explican el proceso de fabricación del vidrio en la Edad Media. Su coloración. Su engaste en plomo. La distinta manera de dibujarse los motivos. Desde la más primitiva con cristales pequeños, figuras hieráticas, ausencia de paisaje y colores mezclados en el proceso de fusión de la arena, hasta la renacentista, ya con perspectivas, imágenes que desbordan la nervatura del plomo y un color aplicado a la vidriera después de colocada en los muros. De allí al Húmedo. Empieza a templar la mañana. En la plaza de Grano no hay aún gente. Es hermoso el despertar de la ciudad por este rincón casi medieval. Se celebra el primero de mayo. Hay una concentración frente al palacio de los Botines. Malos tiempos. No será poca la impotencia que se palpará en muchos de los concentrados. No hay un enemigo único, definitivo, contra quien alzar la voz, a quien culpar de lo que ocurre. El sistema ha fallado. Pero el sistema hace tiempo que ha sido aceptado por casi todos. Nos tomamos unas cervezas. Se empieza a animar el gentío por las callejuelas. Paseamos por el barrio del Ejido hasta la Plaza de Jacinto Benavente. Un barrio de los años cincuenta. Urbanismo humanizado. Casas modestas. Patios con jardín. A las espaldas de la catedral. Comemos en El Nalgas. Bebemos un prieto picudo fresquito. Entra como agua en día de calor. Y no sólo a nosotros. En la mesa más próxima comen dos ancianas. Nos sorprende su apetito. Su incansable cháchara. Pero sobre todo, esa rítmica y constante manera de bajarse el tinto de la casa. A la salida nos las encontramos camino del centro. Van del brazo. Prosiguen su insaciable conversación. Contentas. Rodeamos las murallas. Entramos por la puerta que llaman del castillo. San Isidoro. San Marcos. Auditorio. Musac. Qué bella fachada. Tuñón y Mansilla fueron los arquitectos. Según parece tomaron como referencia una vidriera catedralicia. Trabajaron sus colores informáticamente hasta conseguir esa combinación de intensidades en la carcasa del edificio. Emblemática ya de la ciudad. En tan poco tiempo. Se tiende a tomar allí no pocas fotos. Sobre todo, supongo, en días soleados. Refulgiendo el cristal. Añadiéndose al cromatismo del edificio, el azul del cielo. Incluso, si por suerte las hubiera, esas manchas blancas que las nubes ponen a la composición como una pincelada medida. Las vidrieras de la catedral recogen, envuelven la penumbra del templo con una caricia de luz, con un aliento humano y alegre de Dios. Las vidrieras del Musac son más bien reclamo. Llaman. Incitan a adentrarse en un espacio desconocido y por tanto misterioso sobre el que generan una espectactiva de color, de emoción. Ya dentro tiene el lugar ese aire aséptico de la modernidad. Esas exposiciones desparramadas, pretenciosas, que precisan de mucho espacio y de no poca complicidad en el visitante. Nos decantamos por la visita guiada. Apenas una docena de personas. Nos condujo por las salas una muchacha algo etérea, con ese aire universitario francés que dan la tez blanca, la melenita Claudine, los zapatos bajos, la ropa negra y su nombre de refugiada, Nadia. De lo visto, lo más interesante sin lugar a dudas fue la muestra titulada Trying to Remember What We Once Wanted to Forget (Intentando recordar aquello que una vez quisimos olvidar), de Elmgreen & Dragset, un pareja artística de nórdicos que han montado doce instalaciones de considerable formato, constituidas mayormente por unas casitas agigantadas de monopoly. En cada una de ellas se recrea un ambiente algo enigmático, construido con muy escasos elementos y a través de puestas en escena que tienen, a veces, un vago aire surrealista. Fue la guía orientándonos hacia la finalidad última de la muestra en su conjunto a través de aproximaciones interpretativas de cada una de las instalaciones. Advirtiéndonos, al tiempo, de la militancia homosexual de los artistas, pues a su jucio —bien informado—, tal condición es clave en la obra; pero no cerrando la puerta a que cada espectador extrajera de lo visto sus propias conclusiones. A uno le parece que hay dos actitudes muy acostumbradas e igualmente rechazables ante este tipo de manifestaciones artísticas. La que parte de la negación, las entiende siempre como fraude y las combate con indignación o burla. La que, por el contrario, las sobrevalora hasta el cretinismo, envolviendo su fe —como toda fe— en una suerte de lenguaje para iniciados, que, generalmente, no es más que un llamativo envoltorio de la nada. Quizás deba uno abrir sus miras sin prejuicios. Sin prejuicios y sin complejos. Apreciar lo que merezca atención y reseña. Lo que deje rastro de talento y trabajo. Lo que, como en todo arte, sobrecoga por interpretación racional o intuitiva. No poco de esto que se pide encontró uno en la muestra de Elmgreen & Dragset, que junto algunos excesos vanales y una ocupación megalómana del espacio expositivo, genera, sobre todo, ciertas interrogantes y no escasa sorpresa. Vimos también los collages de Kirstine Roepstorff y los vídeos de la palentina Marina Núñez. Los primeros dejan en la retina un poso de acumulación desmedida y de intenciones torpemente explícitas. En el ambiente generado por los segundos hay una, bien conseguida, envolvente sensación de futurismo inquietante. A la salida nos acercamos hasta el paseo de la Condesa de Sagasta. Bajo la umbría de los castaños que empiezan a florecer. A la vera del Bernesga. Había muchos paseantes a esa hora. Y hasta una fiesta sindicalista en la que se anunciaba por los altavoces un concurso de baile. Cada pareja debía atreverse con tres piezas: un pasodoble, una rumba y un tango. Cuando arrancábamos el coche, ya de vuelta, sonaban las notas de un pasodoble.

martes, abril 28, 2009

Antonio Pereira

Ayer releí a Pereira. In memoriam. Extraje de entre sus páginas un papelito con algunas citas que transcribí hace años de sus cuentos. Había una entre ellas que me pareció de repente como la justificación de una obra literaria. La suya. La de todos los que escribimos desde rincones pequeños y soñamos mundos lejanos o distintos: “Hay que ver lo que son las islas si un chico las piensa en un pueblo de adobe”. Descanse en paz.

jueves, abril 23, 2009

Anónimos


Miguel Sanfeliu estuvo por aquí cerca presentando su libro. A uno le hubiera gustado, por esas cosas del pudor que nos gana tan a menudo, estar y no estar al tiempo. Ver todo por el ojo de una cerradura. Tocar en parabién el hombro del autor. Guiñarle un ojo cómplice. Llevarse feliz a casa la obra de alguien a quien se aprecia en la distancia. La cierta distancia. Porque por ahí conoció uno a Miguel. A través de su bitácora. Siempre interesante, siempre generosa. Abierta a la literatura, al cine, al paisaje. Escrita, como todo lo que de Miguel uno ha leído, con una sincera transparencia. Sin adiposidades. Anónimos es un libro ilustrado por el propio autor. Lo integran cuatro relatos y una introducción a modo de poética. “Yo escribo porque me gusta escribir, para intentar explicarme el mundo, para robar vida a la muerte, posibilidades al destino.” Se lee de un tirón —no es mala cosa decir esto de un libro—. Y sabe, en su brevedad, a poco. Hay en cada pieza una orientación literaria distinta. Hay en el conjunto un estilo semejante. Austeridad expresiva, tensión narrativa y en todos, salvo en el tercero, cierto cebo de misterio que atrae la atención del lector hasta el desenlace. En el primero, Sólo, se intuye un eco de narraciones del tipo Continuidad de los parques o Las ruinas circulares. Esas construcciones que en perspectiva semejan trampantojos sin principio ni final, circulares, enredadas. En el segundo, Anónimos, que da título al conjunto, se advierte, más bien, una inspiración cinematográfica, incluso un lenguaje sintético, eficaz y que nos arrastra, a buen ritmo, por la historia angustiosa de una amenaza anónima e individualizada que se torna finalmente en todo un clima de terror global. El tercero, El campeón de Arequipa, habla de una de las pasiones del propio escritor, el ajedrez. Aún recuerdo el magnífico post que Miguel escribió con motivo de la muerte Fischer. Tengo para mí que el final del cuento, su conclusión, algo tiene que ver con la propia relación del autor con el juego: “Cuando se convierte para ti en algo más importante que la propia vida, es el momento de dejarlo”. Y el cuarto y más breve, Renacer, es una historia desasosegante muy en la línea de los relatos tributarios de la herencia Poe. Es, en resumen, un libro muy recomendable. Bien escrito. Diverso. El primero, espero, de los que Miguel Sanfeliu nos irá ofreciendo en el futuro. Porque, contrariamente a lo que le sucedía al ajedrecista de su cuento, cuando la literatura significa tanto en una vida, no debería haber momento para abandonarla.

lunes, abril 20, 2009

Contra la oscuridad

La claridad se corona de ceniza, lo sé:
siempre llevo temblando el sol a la boca.
Eugenio de Andrade

Tampoco abril nos resultó propicio
y en él persisten las mañanas frías,
la lluvia, el cielo gris y entre las nubes
las tenaces aves del mal augurio.

Pero al menos guardamos
contra los pertinaces signos del invierno
aquellas tardes en que el sol obraba
como un cauterio suave
y la piel escondía celosa hasta la noche
las brasas últimas del día.

Tibio licor son ahora esos instantes
cuando la vida empieza a parecernos
tan dulce y dolorosa por momentos
como la soledad
entre las sábanas de nuestra infancia.

jueves, abril 16, 2009

Cerezos (japoneses)

El año pasado, por estas fechas, habíamos estado en el Jerte. A la floración. Gozando de ese cosquilleo lujurioso que genera toda explosión de la naturaleza. Fue bonito. Pero si la visita no hubiera cubierto expectativas, ni nos hubiéramos dado cuenta: tendemos a recompensarnos los esfuerzos, a consolarnos con los viajes. Desde hace algo más de una semana han florecido casi bajo nuestra ventana otros cerezos. Ornamentales. Grandes y de flor rosada. Una maravilla bajo la que pasan los transeúntes con una indiferencia casi insolente. Cuestión de perspectiva y de distancia. Al cabo del tiempo, sólo apreciamos el placer que se nos ofrece fuera de nuestro hábitat. Incorregibles Casanovas.

Inexplicable

Tiene uno la mala costumbre de sentarse a la noche a ver algún informativo televisivo. No siempre el mismo. Cada vez cansa más esa proliferación morbosa de sucesos, así que se busca la cadena menos dada a la carroña. No es fácil. Con ocasión de la semana santa, se desvió el foco desde la sangre fresca a la esculpida y procesional, a esa puesta en escena de la tragedia paradigmática. Tales historias ejemplares terminan siempre adornándose de pretensiones artísticas, lo que justifica y extiende sus efectos catárticos, bendecidos, en esta versión, por la coartada religiosa o de fe —irrebatible, por tanto—. Suelen trufarse los desfiles de pasos y cofradías con entrevistas entre asistentes pasivos y costaleros sufrientes. El micrófono del reportero recoge a pie de procesión el sentir de la gente. Y siempre se define éste del mismo modo, como “inexplicable”; lo que supone, por tanto, que “no haya palabras” capaces de describirlo. Hay en esa declaración de impotencia expresiva, una ingenuidad emotiva propia de lo inmaduro. Como en el capricho de los niños, que tampoco tiene manera de argumentarse. Obedece a impulsos sin brida. Pónganle a la cosa manto de organdí, cera perfumada, música sacra y músculo de costal. Finalmente, sin nada de eso, a pelo, hay sólo una corriente de intereses: la del templo y su supervivencia, la del hombre buscándole sentido al paso del tiempo, la de la ciudad por convertirse en centro de peregrinaje —y negocio— y la del periodismo que nutre y se nutre en simbiosis de escaparate.

martes, abril 14, 2009

La marea de las palabras


Por Segovia el tiempo nos deparó un poco de todo. Sol, lluvia y frío. Será por eso que nos hemos traído catarro. Y un malestar como de galbana sin causa. Si hasta leer le costaba a uno este fin de semana. De lo visto ya se ha dejado rastro en el diario. Y sobre alguna emoción se ha escrito más extenso. Como la de recorrer durante un buen rato la casa en que vivió don Antonio Machado. Esa pensión de techos bajos, paredes encaladas y habitaciones frías de la calle de los Desamparados. J. me regala una edición de Cátedra con la obra de Mairena. La compra en la pequeña librería de viejo que está a la entrada del museo. Uno había traído para la noche los relatos Anna María Ortese. El mar no baña Nápoles, tampoco Segovia, aunque parezca casi una isla cuando se la ve desde la distancia. Tan recogida sobre si misma. El viaje es la voluntad de la sorpresa. Siempre hay que procurar imponerse al tedio como sea. Genera desidia y acaba ofreciéndonos una ruinosa imagen propia que nos hace creernos peor, mucho peor, de lo que somos y actuar en consecuencia. Eso me parece al menos. Así que también apunto la reflexión en el cuaderno, como tantas otras cosas. Como esa cita de Alan Pauls que leo por azar en el periódico: “Se escribe un diario para dar testimonio de una época (coartada histórica), para confesar lo inconfesable (coartada religiosa), para "extirpar la ansiedad" (Kafka), recobrar la salud, conjurar fantasmas (coartada terapéutica), para mantener entrenados el pulso, la imaginación, el poder de observación (coartada profesional).” Habla el argentino de la finalidad. Medita uno sobre la forma, que tantas veces se asemeja al flujo de las mareas, gobernado desde lo oculto; ingobernable, por tanto.

viernes, abril 03, 2009

Slow

En estos días propicios para el viaje, piensa uno que no está de más encomendarse a un propósito de calma, la que nos pone en paz con lo que somos y con lo que se nos ofrece. Nunca es bastante la quietud, nunca se dilata uno lo suficiente en la emoción de las escasas dichas. Pasan a caballo por delante de nuestros ojos, montadas de lado, como las damas delicadas, más preocupadas de mantener la compostura que de gozar del trote. Los viajes se justifican no por la acumulación, sino por la sorpresa. Desvelarla sólo precisa un ánimo atento y una ausencia de prisa. Lo inesperado aguarda adentro, en el modo en que de repente nos descubrimos sintiéndonos como alguna vez quisimos vernos; o afuera, cuando el alma —ese difuso aliento de lo íntimo— se nos imanta a un encuadre del paisaje, a un lugar o al ritmo preciso en que todo transcurre con el diapasón del sosiego.

lunes, marzo 30, 2009

Un poquito de teatro, por favor


El viernes vimos Doce hombres sin piedad, de Reginald Rose, en la vieja versión que para Estudio 1 se montó allá por 1973. La dirigía Gustavo Pérez Puig y estaba interpretada por Jesús Puente, Pedro Osinaga, José Bódalo, Luis Prendes, Manuel Alexandre, Antonio Casal, Sancho Gracia, José María Rodero, Carlos Lemos, Ismael Merlo, Fernando Delgado y Rafael Alonso. Memorables interpretaciones las suyas en un escenario rudimentario, donde, sin embargo, parecía palparse el calor y la humedad crecientes, el humo espeso de los muchos cigarrillos, la tensión. A la vista de lo que con tanto acierto se representó entonces aun a pesar de lo escaso de los medios, cabe preguntarse cómo es posible que nadie se plantee volver a programar en la televisión pública otro espacio teatral como el de aquellos ejemplares Estudio 1. Le vendría bien al teatro, a la televisión y sobre todo a la castigada salud mental de los espectadores.

jueves, marzo 26, 2009

Trilogía


Hay un párrafo en El corrector que quizás nos ponga en la clave de sobre qué se fraguó la trilogía literaria completada por esta última novela de Ricardo Menéndez Salmón:

Nada nos hace tan sabios como el dolor. Hay una lucidez en la experiencia del dolor que no se puede conquistar de otra manera que sufriendo. De hecho, si no olvidáramos nuestra experiencia del dolor, creo que seríamos eternamente sabios, y que ya nada nos heriría; por desgracia, incluso la sabiduría del dolor se olvida, y de nuevo recaemos en nuestras viejas costumbres imperfectas.

En La ofensa (2007) se reflexionaba acerca de la guerra, un espacio terrible donde queda abolida toda moralidad. En Derrumbe (2008), el terror tomaba la imaginaria Promenadia y se constituía como una metáfora del miedo contemporáneo a la amenaza externa. Y en El corrector se relata un atentado terrorista real, el perpetrado en Madrid el 11 de marzo de 2004, en un intento de reflexión, entre otros, sobre la mentira y la manipulación políticas. Como Ricardo Menéndez Salmón ha dicho en alguna ocasión:

En realidad, yo siempre he escrito el mismo libro, uno que, bajo el aspecto del relato o la estructura de la novela, gira alrededor de unas pocas preguntas fundamentales: ¿por qué existen el dolor y el mal en el mundo?, ¿posee la belleza una capacidad redentora?, ¿cómo podemos sobrevivir al sinsentido de la existencia?

Y aún siendo, como queda apuntado, este corpus literario una obra en permanente construcción y cimentada sobre similares obsesiones, los diferentes escenarios adoptados en cada una de las tres piezas —historia, ficción y realidad— convierten no sólo en diferentes las perspectivas narrativas, sino que las vuelven sabiamente complementarias.

Si en el sentido último de lo escrito se desvela, como una marca de agua indeleble, esa puesta en cuestión permanente de las imperfecciones de la vida, en el estilo se reiteran también determinados rasgos que lo singularizan: los esporádicos pero precisos diálogos, el bullicio reflexivo de los personajes, el fragmentarismo y la elipsis. De todo ello se obtiene una impresión de artefacto pulido, al que se le han rebajado las barbas, los perfiles, las señas unívocas. De prosa potente, trabada y que sugiere.

En esta trilogía, en que cada pieza no debería compararse con las otras, sino ponerse en relación, el dolor que arrastra la guerra, la sospecha o la violencia alienta la obsesión de una literatura incómoda, la que aun no renunciando al consuelo nos enfrenta a los más insoslayables interrogantes.

jueves, marzo 19, 2009

Guijarros

Las novelas, como los lechos de muchos ríos, se asientan sobre las piedras. Entre esa mampostería le brilla de vez en cuando a algún guijarro una angustia de diamante ahogado, de aforismo pulido en la corriente de las palabras.

lunes, marzo 16, 2009

Gran Torino


El viernes vimos la última película de Eastwood, Gran Torino. En ella interpreta a un viejo hosco y racista, que vive con una culpa antigua y tumoral. Se trata de Walt Kowalski, veterano de la guerra de Corea que acaba de enviudar; un tipo intratable y amargado, que mantiene una relación distante y áspera con sus propios hijos (lo que nos pone en la pista de Million Dollar Baby, donde se retrataba también a la familia como un entramado de relaciones despiadadas e interesadas). Kowalski, de mentalidad ultraconsevadora, mantiene una actitud beligerante hacia los inmigrantes que han ido poblando, poco a poco, su barrio, hasta convertirlo en una suerte de pequeña colonia del sudeste asiático, marginal y peligrosa a causa de la proliferación de bandas juveniles. En medio de este ambiente, el protagonista emprende una agónica redención personal a través de la relación que, inesperadamente, le une a sus vecinos más próximos, de la etnia hmong. Hay varias figuras que estimulan ese proceso. Está entre ellas la del padre Janovich, un casi imberbe sacerdote católico que, siguiendo las instrucciones que le dio antes de morir la mujer del veterano, persigue a Kowalski para conseguir su confesión. También la joven Sue, la adolescente que sabe mirar más allá de la insoportable fachada de Kowalski, dulcificando su misantropía y restañando en parte las heridas por donde más sangra el viejo, la soledad y la desconfianza. Y por último, el auténtico catalizador de esa redención es el joven Thao, un adolescente timorato al que Kowalski tutela, sin miramiento alguno en su tránsito por la adolescencia. Hay, a mi entender, una escena capital para desentrañar la intención última de este film. Sucede después de que Kowalski acude a la iglesia a confesarse y una vez que el curita saborea, fugazmente, esa pequeña victoria, justo hasta que comprende que las culpas que le desvela su descarriada oveja no son más que asuntillos pícaros —el viudo cumplía así con la memoria de su difunta esposa y le agradecía al tiempo al sacerdote su tozudez de albacea—. Pero no se trataba de alcanzar la verdad a través de la revelación religiosa, sino de ponerse en paz con la conciencia viviendo dignamente el final de la vida. La auténtica confesión, el desgarro de lo que tanto tiempo le quemó la entraña, la hace Kowalski unos instantes después, a Thao, al que, por protegerlo de la propia ira que en esos momementos alberga el muchacho, deja encerrado en el sótano poniendo por medio la cesolía de una puerta metálica que recuerda la veladura del confesionario. Es entonces, en esa escena, cuando Kowalski rememora el amargo recuerdo bélico que le ha enturbiado el carácter y la vida a lo largo de cincuenta años. Cuando se confiesa y se impone su propia penitencia.

jueves, marzo 12, 2009

El palacio de Potala

Para Lupi

El cielo del domingo amaneció con un vago aspecto de hastío. Subimos a San Isidro temprano. La nieve parecía gris a esa hora. Los críos cogieron sus tablas y se fueron ladera arriba. Salíó casi al mismo tiempo el sol y aquella primera luz tan franca se llevó las natas del aire. Busqué un rincón abrigado y solitario. Lo encontré cerca de las orugas de la estación. Aparcadas en medio de la nada, sobre el blanco ya refulgente de la nieve, parecían los artilugios futuristas de una película ambientada en un planeta virgen. Tomé asiento en el pretil de un puente de madera. Antes de extraer de la mochila la lectura que había llevado conmigo para entretener la mañana, le eché una ojeada detenida al paisaje. Por las pistas zigzagueaban los esquiadores dejando una estela parecida a la de los bolígrafos fríos que no escriben y a los que nos empeñamos en sacarles de nuevo un trazo de tinta sobre un papel usado. Al otro lado se levantaba el Pico Torres. Recordé que años atrás llegué hasta su cima. Me animó a realizar la ascensión un buen amigo al que siempre le ha gustado la montaña. Se acompañaba por entonces en sus excursiones por un tipo ya veterano que vino también aquel día con nosotros. Un fibroso camionero que trepaba como un gato y al que le gustaba presumir de putero. Sentía predilección por las brasileñas. No sé si tuvo algo que ver la charla tabernaria, pero lo cierto es que mis guías se despistaron de tal modo que terminamos funambuleando sobre una crestería tan colgada de la nada que a mi me paralizó el miedo. Durante un buen rato me sentí incapaz de seguir hacia delante, de volver sobre mis pasos —opción ésta que hubiera sido descabellada según aseguraban mis acompañantes— o de mirar tan siquiera hacia abajo, hacia el vacío que se precipitaba sobre la minúscula salpicadura de algunas cabañas que, desde allí arriba, parecían enfocadas por el extremo opuesto de un catalejo. Mientras convivía con el pavor sólo pensaba en que mi hijo, que por aquel tiempo tenía apenas unos meses, se iba a quedar irremediablemente huérfano. L. me animó afrontar los últimos escollos. Alguno de ellos, según me desvelaron más tarde, era eso que en la jerga llaman pasos aéreos de no se qué puñetero grado. Ciertamente lo eran: jodidamente aéreos y sin red. Tragué saliva y continué mientras oía el pulso del corazón a la altura de las sienes. En la cima me venció un cansancio infinito, un apetito voraz. Daba el sol y los valles lucían un verdor primaveral. Al camionero le dio por reírse de mis miedos mientras comía en calzoncillos. Me pareció todo repentinamente irreal. El domingo estaba, en cambio, el Torres envuelto en nieve y parecía tan inaccesible como un remoto ochomil del Himalaya. Abrí finalmente, por la primera página, el libro que me había llevado. Comenzaba así: “Mi padre se escapó de casa un día de sol radiante”. Ayer miércoles concluí su lectura. Me dejó tan a gusto como las buenas películas de final feliz. Todo eso que tanto nos gusta, de Pedro Zarraluki, quizás tenga un inicio titubeante, o quizás fuera sólo que tardé algunas páginas en sintonizarme con lo que en la historia se narra, pero, una vez que los personajes toman cuerpo y se perfilan precisos sobre el escenario donde todo transcurre, no sólo la lectura se vuelve definitivamente fluida, sino gozosa e irrenunciable. Las peripecias de los protagonistas transcurren en un pequeño pueblo ampurdanés. Allí se redimen unas cuantas vidas a punto de truncarse para siempre. La de Tomás, un viejo arquitecto que huye de Barcelona camino del palacio de Potala en el Tibet y que encuentra en un alto del camino lo que tan lejos buscaba. La de su hijo, Ricardo, narrador del relato, un abogado recién separado, de vida desnortada y que arrastra consigo una larga ristra de remordimientos. La de su madre, Cristina, una altiva, inteligente y exquisita burguesa, que lleva con una envidiable distinción la propia supervivencia. La de una millonaria mecenas italiana, Barbara Baldosa, que trata de darle sentido a su fortuna protegiendo a jóvenes artistas, y que inesperadamente alcanza la armonía que buscaba en la compañía de un médico retirado, Ramiro, con quien compartirá una mansión algo irreal atendida por un mayordomo y una cocinera napolitanos. Una antigua profesora de literatura, Paquita, que tras quedarse ciega se dedica al cultivo de las rosas y cuyo dedicado esposo —Marcelo, un constructor que antes fuera camarero en Madrid— no escatima tiempo en leerle las más recomendables novelas. Una joven taxista, María, a punto de casarse. Una desamparada prostituta de carretera, Daryna. Una vieja anarquista, Lola, que regenta con proverbial mal humor una fonda de mala muerte donde finalmente confluyen todas las historias de esta espléndida novela, en la que progresivamente se va aireando el interior turbio de los personajes principales, ese poso que mucho tiene que ver con la trágica historia de David, el hermano del protagonisa, oscuro fondo de armario que se revela poco a poco y que está en la clave de esa huida hacia un lugar donde aún es posible reconciliarse con la vida y disfrutar de sus pequeños placeres: “María había querido decirme que el paraíso no existe. Si acaso es una intermitencia, una ráfaga de viento que nos sacude a veces, una posibilidad inalcanzable como el palacio de Potala, unos tiroleses bebiendo cerveza en un cuadro aborrecible. Lo demás es tesón y coraje, un poco de engaño y mucha resignación, aprender a disfrutar a ratos mientras se resiste, mientras se empieza a oler a cosas viejas, a salitre, a butacones de cuero y grasa recalentada, aprender a empaparse bien con agua de lavanda para disimular ese olor y acostumbrarse a convivir con los recuerdos, con todo lo que no se hizo o se hizo mal, con todo lo que se es incapaz de entender o de aceptar. Disfrutar, pese a todo, del instante. Eso es lo más parecido que tenemos al paraíso”. El domingo en San Isidro el paraíso era un recuerdo de miedo y placer, una cima nevada donde una vez yo también busqué el palacio de Potala.

viernes, marzo 06, 2009

Contrastes

Andaba uno esa noche con la voluntad floja, que es cosa que ocurre frecuentemente al final de la semana y en la que tiene que ver, me imagino, el trajín de los días laborables y el sueño escaso. Lo cierto es que me dejé llevar por esa práctica malsana de quedarse en el salón a solas y en oscuro, con la única compañía de un televisor y el mando a distancia. Eso sí, en silencio, inyectando el tóxico por vena ocular pero sin más ruido que la leve pulsión de canales, algo así como la precipitación de la dosis por el émbolo de la jeringuilla. De ese modo estaba uno, embruteciendo su molicie, cuando se encontró con una entrevista a un escritor de cierto éxito. Subí el volumen y me dispuse a mirar y a escuchar la pantalla, pero ya sin remordimiento; al fin y al cabo, pensé, era como asistir a la retransmisión de un acto cultural. El novelista en cuestión es joven. No creo que tenga mucho más allá de cuarenta años. Sobre la mesa estaban dispersos sus libros. Una docena de obras editadas por casas prestigiosas y recibidas por los especialistas con buenas críticas. Alguna, incluso, se ha llevado al cine. Tiene el tipo un aire a medias entre cantante folk americano y actor canalla de encanto irresistible. A propósito de ciertas peripecias cosmopolitas de sus personajes, habló con una soltura nada impostada de sus viajes y estancias por lugares como Arizona, Tokio, Nueva York, Malasia o Lavapiés. Su voz es algo hipnótica. Suave, lenta, inalterable. Una voz como sedada. Una voz sedante. Se recogía de cuando en cuando, por detrás de la oreja derecha, un mechón lacio de la melena. Dejaba ese gesto al descubierto el extremo de un tatuaje que le subía por el antebrazo. No sólo se trató de literatura, el periodista le preguntó también por su pareja, que resultó ser cierta actriz nórdica de una belleza tan exquisita como distante. Se aludió además a una época de adicciones en la vida del escritor, y a un tiempo en que recorrió cafés, tabernas y pequeños teatros cantando a la guitarra sus propios poemas, siempre historias de road movies y de derrotas. Y todo lo contaba él con una naturalidad que de pronto se me antojó odiosa, con un envidiable estilo que convertía en interesante hasta lo más nimio, porque se le palpaba el aliento consistente de las biografías desmesuradas a las que finalmente se les pone brida, memoria y prosa.
Tirado como un pelele en un sillón, cansado por una semana de papeles y rutina, aquel espectáculo televisivo me estaba reduciendo definitivamente la vida, por comparación, casi a la nada; sabiendo, como sabía además, que antes de acostarme debía poner a remojo las alubias del pote para la comida del día siguiente.

martes, marzo 03, 2009

El adarce los viajes

En la casi tristeza con que miras
los cuadernos de nuestras vacaciones
adivino el recuerdo que ahora invocas
y el amargo sabor de la lluvia en los cristales.

Apenas sin me atrevo a turbar ese silencio,
apenas a decirte
que no fuerces la vista en la penumbra.
Tan sólo ensayo un gesto sobre tu hombro,
un tierno ademán de complicidad.

jueves, febrero 26, 2009

Volviendo añicos los acuarios

Hay una ira vergonzosa. Que genera arrepentimiento. Que saca lo peor de nosotros. Pero hay otra ira que nos dignifica: la que reclama la restitución de una justicia que se nos niega de cualquier otro modo. Sin esa ira, que es sobre todo indignación y que en la mejor de sus versiones no debería ser destructiva sino activamente resistente, quizás no se hubiera avanzado lo bastante en algunos derechos sociales fundamentales. Algo de ese estar justificadamente airado ha habido en la reacción que llevó a un vecino vasco hace un par días a arremeter contra un local batasuno. Ese arrebato, como cualquier calentura, y aun estando bien argumentado, ha pecado, sobre todo, de imprudencia. La de la violencia, menor, es verdad, y no carente, tampoco, de sólidos eximentes, pero que, aun así, como toda violencia no defensiva, es rechazable. Y la de la singularidad, que si bien en cualquier sociedad democráticamente sana no generaría más secuelas que un protagonismo pasajero, en el ámbito vasco sitúa al vengador en el centro de una diana nada metafórica. Contra la primera de las imprudencias hubiese cabido la alternativa de canalizar ese enojo uniéndolo al que desde hace tiempo manifiestan valientemente muchos otros en algunas asociaciones cívicas. Contra la segunda de las imprudencias nada se puede hacer si esa ira mal gestionada no se extiende definitivamente entre quienes, como el narrador del cuento Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu, ahogan su rabia cuidando de un acuario. Diría aún más, nada se puede hacer en ningún caso si ni siquiera se es capaz de albergar esa rabia que tan a menudo se echa en falta. Quizás por eso, cuando aflora, aun de esta torcida aunque inocente manera, volviendo añicos algún acuario, tendemos, cómo no, a comprenderla.

martes, febrero 24, 2009

Máscaras y tricornios

Mientras desayunamos, en la radio recuerdan que se cumple el veintiocho aniversario de la intentona golpista. Tengo para mí que ese aumentativo con el que se define aquello ha calado porque su pronunciación da una idea precisa del grado de improvisación con que se se llevó a cabo, de la obesidad mórbida de la chapuza. Al hilo de lo que se rememoraba en el informativo, y de las fechas y fiestas en las que andamos, mi hijo preguntó de pronto: "¿Así que lo de Tejero fue en carnaval?". No recuerda uno haber reparado en la coincidencia. Supongo que porque en su día le asustó lo suficiente el asunto como para no hacer demasiadas bromas al respecto. Y sin embargo, este crío que lo ve ya como algo bufo y antiguo, asoció en seguida máscaras y tricornios. No anda descaminado, no.