jueves, julio 16, 2009

Chaves Nogales


A uno le llegó noticia de Chaves Nogales leyendo a Trapiello. Y no hace mucho recuperó el nombre por lo que de él se contaba en Babelia, donde Ruíz Mantilla resumía acertadamente vida y obra del autor sevillano. Luego, en una cena de amigos, T. me dijo que lo estaba leyendo con entusiasmo. Así que compré A sangre y fuego. Ya puedo asegurar que las referencias no eran en modo alguno exageradas. El libro merece tenerse y recomendarse aunque sólo sea por su prólogo. En esas pocas páginas introductorias se hace el más lúcido y objetivo retrato de la contienda civil española que uno recuerde. Deberían ser estos párrafos iniciales lectura obligada en escuelas y universidades cuando se trate el asunto histórico y vergonzante de nuestro fratricidio. Deberían ser lectura obligada también para toda la hueste política. La profesional y la que atiza el quehacer del gobierno y de la oposición desde las orillas con compromisos diversos —el de la memoria y el del olvido—.
Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, de ciudadano de una república democrática y parlamentaria.”

miércoles, julio 15, 2009

martes, julio 14, 2009

El lector

El lector. Libro y película. Primero leí la obra de Bernhard Schlink. La extraña relación entre un adolescente sensible y maduro y una mujer áspera y sensual veinte años mayor. Se ambienta en la Alemania de los años cincuenta. Cuando se reconstruyen las ciudades y el espíritu mismo de un país en el que convive el silencio cómplice de los supervivientes y la vergüenza perpleja de sus hijos. Hanna y Michael Berg representan esas dos generaciones. La obra se interroga sobre la culpa y la comprensión. Sobre la pasividad en medio de la fuerza y sentido de las corrientes. Sobre el comportamiento de quienes no siendo nacionalsocialistas, aceptaron el horror del exterminio. Hanna pregunta al juez en el juicio (le pregunta también, intuyo, a quien lee su historia en las páginas de Schlink): ¿Qué hubiera hecho usted? Curiosamente, en ese instante el verdugo se vuelve víctima. Adquiere la apariencia de un engranaje obediente en las entrañas de una maquinaria enorme y tan poderosa que sobrepasa cualquier voluntad. Además, el analfabetismo vergonzante de Hanna le hace expiar más culpas que la propia. Esa extraña indefensión por no saber leer ni escribir la vuelve vulnerable, humana. Pese a la atrocidad de su obediencia, pese a los crímenes que pudieran atribuírsele por ella, hay, intuyo, una evidente intención en el autor de ponernos a la altura del personaje, de comprender finalmente su indeferencia. Sucedió, fue atroz, pero los ejecutores del holocausto no fueron diablos sino mortales cobardes, como muchos de nosotros, a los que al cabo del tiempo el remordimiento terminó por quitarles el sueño y hasta la vida. La adaptación cinematográfica de Stephen Daldry es bastante fiel al libro, aunque uno ve en Kate Winslet una osamenta demasiado esbelta como para darle vida a la ex celadora de Auschwitz.

viernes, julio 10, 2009

Sin ganas

Leyendo lo que escribí al llegar al hotel tan sólo un par de horas después de cruzarme con el hombre elefante, lo que días más tarde resumí en la bitácora acerca de ese tropiezo, pienso en si ese hatillo de palabras que apresaron una sensación agria, desasosegante y prolongada, en si ese retazo de diario de viaje no será sino la fotografía diferida tomada por un cobarde, el apunte de lo que me hizo huir, el remilgo atildado de un turista sensible que no se atrevió a dirigir el objetivo de su cámara, ni tan siquiera el de su ojo, hacia el rostro deforme del monstruo y que tampoco tuvo el escaso valor de acercarle unas monedas, el precio escaso de la cerveza que luego me tomé en una terraza próxima. Sin ganas.

miércoles, julio 08, 2009

El hombre elefante


Justo al lado del Nicola, en la acera en sombra de Rossío, mendigaba un hombre sobrecogedoramente deforme. Nunca había visto nada igual. Su rostro era como un enorme suflé desparramado de carne gangrenada. Nadie que se lo cruzara tendría, probablemente, reparo alguno en arrojarle al sombrero todas las monedas de su cartera. Pero qué pocos soportaban los escasos quince segundos en que, deteniendo el paso, debían acorazar coraje y mirada mientras buscaban una limosna que dejarle al monstruo en su proximidad aterradora.

lunes, julio 06, 2009

Viernes

El viernes nos acercamos a Niembro. T. está allí de vacaciones. Nos esperaba en lo alto del pueblo. En el mirador. Que es como el tronco de una mariposa. Su tierra firme. A los lados, extendidas, las alas. Torimbia y Toranda. Dos playas hermosas. De las más hermosas que uno conozca. Quietas sobre la flor acantilada. La mar estaba tan mansa como el cielo. Qué envida de este retiro. De este confinamiento en una pequeña casa con antojana y jardín. En medio del pueblo. Pasando los días en la ocupación de mareas, soles, nublados y lloviznas, cháchara a última hora en el bar de la carretera y bocados frugales en la taberna del camino al arenal. Ensaladas, pescado fresco, arroz. Charlamos un buen rato. Hizo café. Demasiado espeso. Caminamos hasta Barro. Retirado el mar, las barcas encallaban abandonadas en el limo. No tenía reflejo la iglesia ni el cementerio.

jueves, julio 02, 2009

Brinquedos

O Museu do Brinquedo, en Sintra, es un encantandor lugar abierto apenas hace unos años. Reúne una inmensa colección privada. En la primera planta, dispuesta para muestras temporales, vimos la que se le dedica a los playmobil, esos minúsculos personajes de articulación rudimentaria, expresión feliz y múltiples ocupaciones. En lo que son fondos propios del museo, las sorpresas y la fascinación son continuas. Ordenados por épocas y tipos, se mezclan coches, barcos, trenes, muñecos, animales, hojalata, madera, trapo, plomo. Auténticas reliquias. Encantadoras piezas rescatadas quizás de sótanos y anticuarios, del olvido y la desatención. Amor por el juego y evolución del mundo en esas piezas que recogen usos, costumbres, novedades, inventos, penurias y desahogos. Andábamos por la segunda planta, de vitrina en vitrina, llamándonos para enseñarnos lo que íbamos descubriendo con asombro, maravillados, cuando se dirigió a nosotros un hombre mayor, hemipléjico, que deambulaba por la sala sobre una silla de ruedas que movía con sólo una mano, la derecha, cubierta con un guante de piel negra. Preguntó desde dónde veníamos y si nos estaba gustando lo que veíamos. Y como le dijéramos que estábamos admirados, nos desveló entonces que él era el dueño, el coleccionista de todo aquel prodigio. Joao Arbués Moreira, su nombre, nos acompañó desde ese momento por la exposición. Hablándonos suave y sin pausa. Desvelándonos cómo había ido reuniendo tanto juguete. Glosándonos lo que íbamos viendo a su lado. Joao Arbués Moreria tenía un abuelo, Joao Capucho, que además de poseer una fortuna evidiable, albergaba ideas peculiares sobre la educación de sus nietos. Prefería que jugaran a que estudiaran, y hasta premiaba con juguetes las malas calificaciones escolares. Aquellos pequeños fueron creciendo rodeados de juguetes. Un profesor les preguntó un día si coleccionaban alguna cosa. Cuando le llegó el turno, Joao dijo que juguetes. Sus compañeros se rieron de la ocurrencia, pero el maestro les explicó entonces que una colección de juguetes era tan importante como cualquiera otra porque a través de ellos podía conocerse la época a la que pertenecían. Desde ese momento, Joao vió sus juguetes de otra manera. Desde ese día, Joao empezó verdaderamente a convertirse en coleccionista de juguetes. Su padre, en la esperanza de que tanto Joao como su hermano, se libraran de la influencia demasiado lúdica de su abuelo, los envió a ambos a estudiar a Inglaterra. El viejo, aun en la distancia, siguió haciendo de las suyas. Dispuso tal cantidad de dinero en las cuentas bancarias de sus nietos en Londres, que hasta la propia policía llegó a investigar el asunto, pues no le daban crédito a la versión de los adolescentes que justificaban en la excentricidad del abuelo esa abundancia de recursos. Finalmente, los muchachos no sólo finalizaron sus carreras allí, sino que Joao fue incrementando, al tiempo, no poco su colección de juguetes. La familia Arbués residía en Estoril. Eran vecinos de don Juan, el monarca español que nunca llegó a reinar. Joao tenía casi la misma edad que don Juan Carlos. Eran a diario compañeros de juego en el verano. Estaban juntos incluso el aciago día en que al príncipe se le disparó la pistola con la que mató a su hermano Alfonso. “Yo estaba allï —dice Joao—. Habíamos estado tirando en el jardín. Don Juan nos dijo cuando acabamos que las armas, una vez usadas, debían limpiarse. En eso estaba Juan Carlos cuando Alfonso, que era un travieso incorregible, empezó a brincarle alrededor. La bala le entró por la barbilla. Lo fulminó. Yo, que entonces tenía sólo doce años, tuve que ir a buscar al padre para decirle lo que había pasado. Fue terrible.” Joao guarda aún una buena amistad con el rey. Juntos salían algunas noches desde la Zarzuela en moto por las calles de Madrid. Más veloces de lo conveniente. De lo permitido. En una de aquellas correrías un guardia civil les dio el alto. Cuando vio a los motoristas sin casco, terminó cuadrándose. Joao se ríe recordándolo. Empuja la silla hacia las vitrinas de los soldados de plomo. Recrean batallas famosas. Acontecimientos históricos como el regicidio de Sarajevo. Héroes y villanos. Frente a las tropas nazis, se acuerda que una vez vio llorar a un hombre ya mayor. Era un judío que había estado confinado en un campo de trabajo durante varios años haciendo soldados de plomo como aquellos que ahora tenía en frente, quizás incluso alguno de ellos había salido de sus manos. El secreto de su perfección era el miedo. Cualquier tara podía costarle la vida al artesano. Incluso para las tropas de juguete hay tiempos de guerra. Nos lleva luego Joao hasta una de las últimas vitrinas de la segunda planta. Quiere ensañarnos un par de rudimentarias reproducciones en hojalata de cocodrilos. Sobre una de ellas monta un jinete de raza negra. “¿Se dan cuenta —pregunta divertido y por probarnos— de que estamos ante un juguete racista?” Al advertir que observamos algo perplejos el enigma, nos saca enseguida del apuro: “Quien hizo esta parodia, pensaba que nadie, salvo un negro tonto, montaría un cocodrilo. Y si se fijan, el segundo cocodrilo está mucho más gordo que el primero y se relame satisfecho. Se ha comido al jinete.” La broma es como la reproducción de una viñeta en dos escenas. Tiene el encanto de la gracia ingenua y el trasfondo cruel de un racismo sin complejos. Los juguetes no son a menudo inocentes. Son imagen de la gente, de sus aspiraciones, de su manera de pensar, de su capricho.

Enzo Ferrari tenía un viñedo en el que consechaba un vino escaso, excelso, para uso propio y para regalar a los amigos. Se le ocurrió que no habría mejor cofre para aquellas botellas que una reproducción del modelo que hiciera campeón a Fangio. Un regalo que era un coche a escala con una botella de excelente vino en su interior. Siempre anduvo Joao detrás de alguna de esas escasas reproducciones. Un amigo lo llamó un día desde Florencia. Había visto una en un anticuario. Joao y su mujer tomaron enseguida un vuelo que los llevó hasta la pieza codiciada. Dice el viejo que la consiguió a un precio escandaloso. De Ferrari auténtico. Luce ahora también en el museo. Y uno la ve distinta sabiendo cómo llego hasta aquí. A veces, algunos pequeños que visitan estas instalaciones en excursiones escolares quieren saber por qué Joao no camina. Él les dice entonces que no puede hacerlo porque no le han dado cuerda. A continuación, los pequeños les preguntan a sus maestros por qué al señor de la silla de ruedas no le dan cuerda. Ese juego también le divierte a Joao. Se ríe y nos contagia. Al irnos, se desprende ceremonioso del guante de su mano derecha. Se la estrechamos agradecidos.

viernes, junio 19, 2009

Lisboa


Lisboa era neutral.
Rick acompañó a Lisa hasta el aeropuerto.
En las hélices del avión se enroscaba el tiempo
como un ovillo a los pies de un gato.
Qué hacer luego con los nudos.

Partiremos de mañana.
Viajaremos al paso escaso
con que arrastra la luz el sol.
Parábola de migas.
La hogaza del hogar a las espaldas
y la voraz turbulencia de las palomas
en la otra orilla,
sobre el estuario mismo de los atardeceres.

(Hasta la vuelta.)

lunes, junio 15, 2009

Tres fotografías

En ocasiones, la inquietud imprecisa que nos impide conciliar el sueño, nos sume en un estado ligeramente febril, vagamente intuitivo. Pueden entonces, de pronto, asociarse de un modo imprevisto, aleatorio, imágenes y recuerdos. Puede rebobinarse lo que trajo el transcurso del día o lo que sucedió muchos años antes y emerge de las sombras con una nitidez desconcertante. Es posible pergeñar el argumento de un cuento, dormirse con la felicidad de un endecasílabo que creemos perfecto, viajar, amar o sufrir de soledad o espanto. En uno de esos duermevelas, tres fotografías adquirieron hace unos días una persistencia algo obsesiva. La foto de la Madre migrante que tomó en 1936 Dorothea Lange, que se convirtió al cabo de los años en la representación misma de la Gran Depresión americana y que se puede ver en la actualidad en Madrid con motivo de la exposición que recoge parte de la obra de la autora americana, la correspondiente a los años comprendidos entre 1931 y 1942. En segundo lugar, la instantánea que Nick Ut tomó en 1972 en Vietnam tras un bombardeo con napalm y en la que Kim Phuc, una niña entonces de nueve años, corre desnuda con su piel ardiendo. Y por último, la fotografía de Franns Rilles Melgar, el emigrante boliviano sin papeles, que sufrió la amputación del brazo izquierdo en una panificadora donde trabajaba sin contrato por un salario escaso. Su patrono arrojó la extremidad amputada a un contenedor y, por miedo a las sanciones, dejó desangrándose a su empleado a doscientos metros de las urgencias del hospital. En la primera hay perfección formal, hay posado, tomas varias y algún retoque final. Según parece, una cita del filósofo Francis Bacon permaneció clavada en la puerta del cuarto oscuro de Dorothea Lange durante muchos años: “La contemplación de las cosas como son, sin error o confusión, sin sustitución o impostura, es en sí misma algo más noble que una cosecha entera de invención”. La cosecha de las uvas de la ira de estos blanco y negros de la Lange siguió a su modo la recomendación. Persiguiendo, uno cree, más una finalidad que una estética ética. Lo logró: la madre migrante fue finalmente icónica. La foto del Kim Phuc es, por contra, seguramente mucho más imperfecta, pero tiene a su favor la verdad incuestionable de la toma única, del instante irrepetible. Consiguió remover conciencias con la verdad desnuda y borrosa. Diríamos que hay entre ambas fotos la distancia que separa el asco refinado de la arcada irreprimible. La tercera tiene escasos días. La distribuyó la agencia Efe dándole soporte gráfico a las prestaciones que a los sin escrúpulos le rinde, en tiempos de crisis, la emigración clandestina. La imagen es en color y el encuadre deja el muñón en primer plano —levemente desenfocado, como si un asomo de pudor le pudiera en el último momento al objetivo—. El cúmulo de vendas, agujas y blanco impoluto, aséptico y hospitalario de las sábanas lava la cara de un país que demostrándose ineficaz en el filtro de las fronteras y en la garantía de las condiciones laborales, procura al menos la curación de las víctimas de esa desidia. Supongo que en esa asociación de tomas tiene mucho que ver el fondo de iniquidad que en todas ella subyace, la personificación del abandono en una madre en la ruina, en una niña abrasada y en un emigrante amputado. Habrá mil fotos más, un millón, que se pudieran añadir a éstas. Pero esa noche, en ese trance en que uno lucha por conciliar un sueño que se le hace esquivo, las que yo vi de pronto, superpuestas, fueron las de Florence O. Thompson, una madre con tres de sus hijos en medio del hambre; la de Kim Phuc, una cría que llora a gritos sobre las brasas; y la de Franns Rilles Melgar, a quien a cambio de un brazo le darán por fin sus papeles.

viernes, junio 12, 2009

Galeradas


Así comprimidas, como llegan hoy en el correo electrónico, que sólo hace falta pulsar sobre su icono para que se desplieguen todas sus páginas, les parecerán milagro todavía a muchos autores. Porque aún no hace tanto que las galeradas debían de remitírseles envueltas en papel de estraza, sueltas como hojas volanderas y apelmazadas unas contra otras por combatir el frío de no estar encuadernadas. Pero no han ser, pese a ello, muy distintas las sensaciones que provocan aquellas y estas galeradas en quienes, primerizos, se enfrentan a su repaso. Desenvolver paquete o icono suele ser finalmente como situarse sobre la rejilla de un mirador que cuelga en el aire de un acantilado. Por dentro se nos dispara el sensor de abismos. Mide el vacío y le otorga su escala de angustia. Lo que se hizo y pareció bien, provoca ahora dudas. Lo que tanto tiempo llevó, parece casi nada. Lo que era cierto, es ya equívoco. Y aunque podría verse la empresa como la inesperada oportunidad de hacer mejor lo que se dio por hecho y concluido en el pasado (no otra cosa se desea en los arrepentimientos), no deja de ser curioso que el miedo nos tome al volver sobre nuestros pasos y que aun andando por territorio conocido en este regreso, se nos antoje su suelo tan poco firme como el que nunca hemos pisado. Así que somos casi en la tarea como ánimas en pena que recelasen de la luz de la mañana temiendo que las vuelva nada.

jueves, junio 11, 2009

Culturas

El pasado sábado apareció el primer número del suplemento Culturas en las páginas del diario El Comercio. Desde el logo que se ha incorporado a la derecha, sobre los enlaces recomendados, se puede acceder directamente a él. En el estrenado suplemento se da cuenta de algunas bitácoras literarias entre las que se ha tenido la generosidad de incluir estos Diarios. Estupenda idea, desde luego, que se emprenda esta aventura por el periódico que siempre se ha tenido como cosa de casa y tan entrañable como un pedazo más de la ciudad. Se agradece, además, que se acuerden —o los acuerden (Doce mediante)— de uno para la ocasión. Suerte.

miércoles, junio 10, 2009

Discreción

La discreción es tan necesaria, en su justa medida, como el ejército en los países democráticos. Previene y protege.
La discreción absoluta es tan opresiva como el ejército de las tiranías. Reprime e intimida.
La indiscreción vuelve indefenso al mundo y lo deja a merced de los pillos.

viernes, junio 05, 2009

Magistral alquimia

Una fotografía es un instante congelado. Esa imagen adquiere trascendencia cuando sobrecoge a quien la mira por la fuerza de lo que fija. Si además se sabe de las circunstancias en que fue tomada, uno puede empeñarse en la interpretación de lo fotografiado. Llevando luz a los rincones en sombra. Glosando gestos. Volviendo secuencia lo que sólo es instante.
A partir de un gesto de coraje, la dignidad de un presidente que fija su espalda al respaldo del escaño cuando el resto de los congresistas gatea, Cercas escribe uno de los más vibrantes, emotivos y certeros libros que uno haya leído. Lo que el autor deseaba en principio era construir esta historia desde la ficción, sin embargo terminó por cimentarla en la pesquisa documental, sin que por ello el libro pierda la fuerza de las mejores obras literarias. Tiene un argumento potente. Unos personajes perfilados con verosimilitud incuestionable. Su desarrollo engancha de tal modo al lector que sus casi quinientas páginas se devoran con la misma avidez con que se aborda una bien urdida trama novelesca. Recurre a los duelos, a los paralelismos, a los héroes, a los villanos, a las traiciones, a las catarsis. Y todo ello, sin más añadido imaginario que la conjetura de unas pocas conversaciones, la motivación de algún personaje, de ciertos comportamientos; y siempre, en esos casos, advirtiendo del recuso intuitivo emprendido. Es pues un libro que cuenta fielmente un cautivador pedazo de la historia de nuestro país de la mejor manera posible y con los mejores mimbres: desde la verdad y a través de la literatura. Magistral alquimia.

miércoles, junio 03, 2009

Dos caxigalíne(a)s

La vanidad convierte en vicios públicos las virtudes privadas.

El desprecio como defensa cava trincheras y nos hunde los pies en el barro. La alegría como esgrima nos vuelve tan ágiles y brillantes como mariposas.

martes, junio 02, 2009

Modus vivendi

Adolfo Suárez. El péndulo de la historia. Primero villano. Luego canonizado. Ahora imbécil. Leo el libro de Cercas (Anatomía de un instante) con entusiasmo. No en vano se trata del pedazo más intenso de la historia de nuestro país que hasta la fecha me ha tocado vivir. Al tiempo me encuentro con una entrevista a Gregorio Morán. Ha escrito también sobre el asunto. Sobre el personaje. Ya dos libros. De este segundo (Adolfo Suárez, historia de una ambición) extrae para el periódico algunas de las ideas que lo sostienen. Una de ellas le parece a uno importante para explicar algunas cosas que le ocurren a la política patria. A la europea, también. Escándalos británicos. Desfachatez italiana. Corruptela hispana. Dice Gregorio Morán: “Suárez es un hombre sin cultura, sólo sabe de política, lo que forma parte de una larga tradición española”. Es verdad que la clase política de hoy ha pasado por la Universidad y hasta en ocasiones, aunque escasas, hay en ella personas de cierto fuste intelectual. Pero la política se les ha vuelto, por lo general, un modus vivendi de más alta alcurnia, mejor retribuido. Han elegido la trinchera como supervivencia. Y tras los sacos terreros no se perdonan los ocios reflexivos, se pierde hasta la perspectiva. Suárez era un hombre sin cultura en medio de convulsiones insoportables, al que quizás lo llevó al poder un prurito de medro, pero que una vez allí tuvo el coraje de una ambición generosa, histórica. Hoy se orilla por igual la pasión intelectual de perseguir la verdad sin la traba del rédito electoral y la trascendencia que otorga toda delegación de representatividad. Quizás tenga que ver en ello el miedo a perder la canonjía que se disfruta. Concluyamos con algo prosaico: el sueldo. Se argumenta muchas veces que un político debe cobrar lo suficiente como para que no le tiente el amaño productivo. Pero, ¿debe cobrar tanto como para que le asuste la reincorporación a su profesión —en caso de que la tenga—?

miércoles, mayo 27, 2009

Espiando juntos desde lo oscuro

Querido JC:

Ayer, por fin, fue casi un dia de verano en Serandinas. Hasta eché las contraventanas al mediodía. Se quedó en sombras el salón. Disfruté mucho de esa umbría confortable de quien sabe al sol golpeando las aldabas. Y me acordé de pronto de que esa era una costumbre suya cuando volvía en los veranos a la casa de su padre. Aquí, justo al lado. En el viejo consultorio de don Avelino. El hijo regresaba en las vacaciones después de todo un curso de internado. Pero se pasaba las tardes enteras a solas y a oscuras. Leyendo gruesos libros médicos. Absorto en nervios, músculos y huesos. Observando por dentro lo que afuera, en la distancia corta y sobre todo bajo la violenta luz estival le resultaba simplemente pavoroso. Buena gente esa familia. El padre se dedicó en cuerpo y alma toda su vida a la medicina de pueblo. Él se hizo abogado. Le horrorizaba la sangre de verdad. Desinteresado y desprendido. Nunca le fue bien en el despacho. Terminó matándolo el tabaco. Los cigarrillos con los que espantaba la soledad. Tenía siempre una tez blanca. Una mirada escurridiza. Prisa por volver a sus cosas. Y un pitillo entre los dedos. Ayer se hizo el sol y eché las contraventanas. Fue sólo un momento. Para que no me cegara la luz que refulgía sobre las páginas del libro con que andaba. Compartí con él, con su recuerdo, ese rato de cobijo. Espiamos juntos desde lo oscuro la sorpresa de un mundo que de tan iluminado parecía de repente inabarcable. Quizás no fuera otro su miedo.
X. Serandinas

lunes, mayo 25, 2009

Balnearia

Uno empieza a tenerle querencia a esa terapia de aguas que dicen viene de Roma. A ese dejarse golpear por chorros violentos que vivifican. A ese dejarse amansar en marmitas tibias. A esa dejarse exprimir por vapores hirvientes. El agua ha sido siempre una recurrida metáfora. Lluvia, oleaje y ríos; tristeza, avatares, vida. Le busco también a esta novedad balnearia su reflejo: ¿placenta?

jueves, mayo 21, 2009

Vidas (profesionales) ejemplares

La de Jaume Vallcorba. Editor (Quaderns Crema y Acantilado). Pasión por los libros. Y por las cosas bien hechas. Así lo explica en la entrevista de Martín Gómez para la revista colombiana El malpensante. Aquí. Y un adelanto: "Me parece que la labor editorial se puede entender de dos modos: por una parte, el de quien se dedica a publicar libros que el público ya sabe que quiere; y, por otra parte, el de quien le ofrece al lector aquellos libros que quizás aún no sabe que quiere –que es en el que a mí me gusta trabajar–."

miércoles, mayo 20, 2009

Poética narrativa

En la muy original novela Sólo un muerto más, de Ramiro Pinilla, el protagonista, Sancho Bordaberri (Samuel Esparta), novelista vocacional metido a investigador por afición al género negro, mantiene esta conversación con Luciano Aguirre, falangista y poeta:

"-Se trata de escribir lo que se ve y lo que se oye. Nada más...
-¡Pero eso está al alcance de una máquina de fotos y un registrador de voces!
-En cierto modo, el creador debe desaparecer. Narrar es centrarse en lo de fuera, y en este fuera hay otros, hay hombres y mujeres que deben pesar en la historia más que el propio narrador. Los poetas no saben hacerlo. No porque no puedan sino porque no está en su ser.
-Así que se trata de humildad.
-Y de algo de imaginación.
-¿Imaginación en el realismo?"

jueves, mayo 14, 2009

Las noches que aún queden por venir

Cuando llegue esa edad en que se aprende
que en LAS NOCHES QUE AÚN QUEDEN POR VENIR
no habremos de buscarnos ya en la luz
sino acaso tan sólo en la memoria,
nos convendría al menos el consuelo
de no albergar entonces más deseo
que el de sabernos juntos todavía
contra el silencio insomne de lo oscuro.

lunes, mayo 11, 2009

Talla de luz


En la casa del escultor. Su taller está en una vivienda rural poco cuidada, levantada sobre la pradería, con lagar donde hubo establo tiempo atrás, con cobertizo en el que trabaja el artista, teniendo a la vista la montaña y bien rodeado de limoneros y naranjos. De su perfume dulce. Andan las obras por paredes y suelos. Bellas en su dispersión caótica. En su inestabilidad de cosa inacabada. Maderas talladas o tallándose, sierras, botes de tinte, un altavoz grande y lleno de polvo conectado a una emisora musical. Habló despacio de la obra en marcha, de las exposiciones previstas, de cómo trabajaba sus esculturas, de cómo se deja moldear cada tipo de madera. Pero a uno se le iba cada poco el santo al cielo. Más que al cielo, al valle. Hermoso desde aquel altozano. Con una dispersión hipnótica de manzanos en flor, en medio del silencio y de esa tristeza húmeda que algunos días le ponen a los verdes. Una insuperable talla de luz en la estación reciente.

miércoles, mayo 06, 2009

Una vida

Celebrar la vida. Sobre todo cuando se nos escapa de modo irremediable. Escribir por alivio. Por aventar el miedo. Acariciar como cuentas de un rosario laico el detalle de las más preciadas dichas. Apuntalando el ánimo. En eso, quizás, consiste la hermosa necrológica que escribió ayer Rosa Montero.

lunes, mayo 04, 2009

Uno de mayo


Nos acercamos a León. Salimos con el día más bien triste. Todo mejora ya a las puertas de la ciudad. Aparcamos cerca de Guzmán el Bueno. Mañana fría y cielo despejado. Ordoño. Ancha. Catedral. Subimos a las vidrieras. Se permite el acceso a las plataformas dispuestas en lo alto para su restauración. Nos explican el proceso de fabricación del vidrio en la Edad Media. Su coloración. Su engaste en plomo. La distinta manera de dibujarse los motivos. Desde la más primitiva con cristales pequeños, figuras hieráticas, ausencia de paisaje y colores mezclados en el proceso de fusión de la arena, hasta la renacentista, ya con perspectivas, imágenes que desbordan la nervatura del plomo y un color aplicado a la vidriera después de colocada en los muros. De allí al Húmedo. Empieza a templar la mañana. En la plaza de Grano no hay aún gente. Es hermoso el despertar de la ciudad por este rincón casi medieval. Se celebra el primero de mayo. Hay una concentración frente al palacio de los Botines. Malos tiempos. No será poca la impotencia que se palpará en muchos de los concentrados. No hay un enemigo único, definitivo, contra quien alzar la voz, a quien culpar de lo que ocurre. El sistema ha fallado. Pero el sistema hace tiempo que ha sido aceptado por casi todos. Nos tomamos unas cervezas. Se empieza a animar el gentío por las callejuelas. Paseamos por el barrio del Ejido hasta la Plaza de Jacinto Benavente. Un barrio de los años cincuenta. Urbanismo humanizado. Casas modestas. Patios con jardín. A las espaldas de la catedral. Comemos en El Nalgas. Bebemos un prieto picudo fresquito. Entra como agua en día de calor. Y no sólo a nosotros. En la mesa más próxima comen dos ancianas. Nos sorprende su apetito. Su incansable cháchara. Pero sobre todo, esa rítmica y constante manera de bajarse el tinto de la casa. A la salida nos las encontramos camino del centro. Van del brazo. Prosiguen su insaciable conversación. Contentas. Rodeamos las murallas. Entramos por la puerta que llaman del castillo. San Isidoro. San Marcos. Auditorio. Musac. Qué bella fachada. Tuñón y Mansilla fueron los arquitectos. Según parece tomaron como referencia una vidriera catedralicia. Trabajaron sus colores informáticamente hasta conseguir esa combinación de intensidades en la carcasa del edificio. Emblemática ya de la ciudad. En tan poco tiempo. Se tiende a tomar allí no pocas fotos. Sobre todo, supongo, en días soleados. Refulgiendo el cristal. Añadiéndose al cromatismo del edificio, el azul del cielo. Incluso, si por suerte las hubiera, esas manchas blancas que las nubes ponen a la composición como una pincelada medida. Las vidrieras de la catedral recogen, envuelven la penumbra del templo con una caricia de luz, con un aliento humano y alegre de Dios. Las vidrieras del Musac son más bien reclamo. Llaman. Incitan a adentrarse en un espacio desconocido y por tanto misterioso sobre el que generan una espectactiva de color, de emoción. Ya dentro tiene el lugar ese aire aséptico de la modernidad. Esas exposiciones desparramadas, pretenciosas, que precisan de mucho espacio y de no poca complicidad en el visitante. Nos decantamos por la visita guiada. Apenas una docena de personas. Nos condujo por las salas una muchacha algo etérea, con ese aire universitario francés que dan la tez blanca, la melenita Claudine, los zapatos bajos, la ropa negra y su nombre de refugiada, Nadia. De lo visto, lo más interesante sin lugar a dudas fue la muestra titulada Trying to Remember What We Once Wanted to Forget (Intentando recordar aquello que una vez quisimos olvidar), de Elmgreen & Dragset, un pareja artística de nórdicos que han montado doce instalaciones de considerable formato, constituidas mayormente por unas casitas agigantadas de monopoly. En cada una de ellas se recrea un ambiente algo enigmático, construido con muy escasos elementos y a través de puestas en escena que tienen, a veces, un vago aire surrealista. Fue la guía orientándonos hacia la finalidad última de la muestra en su conjunto a través de aproximaciones interpretativas de cada una de las instalaciones. Advirtiéndonos, al tiempo, de la militancia homosexual de los artistas, pues a su jucio —bien informado—, tal condición es clave en la obra; pero no cerrando la puerta a que cada espectador extrajera de lo visto sus propias conclusiones. A uno le parece que hay dos actitudes muy acostumbradas e igualmente rechazables ante este tipo de manifestaciones artísticas. La que parte de la negación, las entiende siempre como fraude y las combate con indignación o burla. La que, por el contrario, las sobrevalora hasta el cretinismo, envolviendo su fe —como toda fe— en una suerte de lenguaje para iniciados, que, generalmente, no es más que un llamativo envoltorio de la nada. Quizás deba uno abrir sus miras sin prejuicios. Sin prejuicios y sin complejos. Apreciar lo que merezca atención y reseña. Lo que deje rastro de talento y trabajo. Lo que, como en todo arte, sobrecoga por interpretación racional o intuitiva. No poco de esto que se pide encontró uno en la muestra de Elmgreen & Dragset, que junto algunos excesos vanales y una ocupación megalómana del espacio expositivo, genera, sobre todo, ciertas interrogantes y no escasa sorpresa. Vimos también los collages de Kirstine Roepstorff y los vídeos de la palentina Marina Núñez. Los primeros dejan en la retina un poso de acumulación desmedida y de intenciones torpemente explícitas. En el ambiente generado por los segundos hay una, bien conseguida, envolvente sensación de futurismo inquietante. A la salida nos acercamos hasta el paseo de la Condesa de Sagasta. Bajo la umbría de los castaños que empiezan a florecer. A la vera del Bernesga. Había muchos paseantes a esa hora. Y hasta una fiesta sindicalista en la que se anunciaba por los altavoces un concurso de baile. Cada pareja debía atreverse con tres piezas: un pasodoble, una rumba y un tango. Cuando arrancábamos el coche, ya de vuelta, sonaban las notas de un pasodoble.